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Luis Felipe Lomelí

"Es que no cabe en el carro”, la primera vez que escuché ese pretexto para no darle un aventón a alguien fue en EE.UU. A lo cual, por supuesto, contraargumenté que sí cabíamos, que nos apretujábamos en el asiento de atrás y listo

"¿Quién de ustedes tiene una familia como ésa?” Era mi ejemplo preferido, porque era el mejor para explicar qué diablos es una construcción social.

Hay autores que tratan de resolver(se) preguntas fundamentales a través de su obra. Hay otros que procuran cuestiones más bien accesorias y ambos grupos, por descontado, llegan a producir libros indispensables: la apreciación depende mucho de lo que estamos buscando, como lectores, en un momento dado.

"Este programa tiene que desaparecer porque no es sustentable”, suelen decir desde hace años funcionarios, políticos e intelectuales a favor del adelgazamiento del estado.

Existen autores a los que uno debe llegar en el momento indicado, no antes ni después. Parece como si existiera una geografía subterránea, líneas que delimitan las fronteras y paradas aduanales y, a su vez, éstas son permeadas desde la lectura.

La propaganda oficial cantaba “nuestro enemigo, la pobreza, hay que acabarla con destreza… Solidaridad, ¡venceremos!” Eso fue hace 27 años y, si usted está lo suficientemente ruco, seguramente una vocecita en su cabeza ya empezó a entonar la melodía.

"¿Quiénes de ustedes leen el periódico?”, solía preguntar a mis estudiantes cada semestre. Luego precisaba: qué periódicos leen, cada cuánto. Y, por último, les preguntaba cómo se informaban a quienes decían no leer periódico alguno: “por Twitter, profe”, o por algún otro tipo de red, respondían.

Podemos hacer el experimento: levanten la mano todos los que conozcan a alguien quien haya sido secuestrado”, dije al vuelo, sin esperar respuesta, como parte de la charla sobre mi novela Indio borrado

Hay un grupo de escritores buenísimos que nadie conoce. Ni siquiera, del todo, sus colegas. Supongo que algo así ha de haber existido en cada época y lugar: entre los maestros de la caligrafía Qing, en las órdenes monásticas de los claustros alpinos, en las salas de café de Damasco a Teherán o entre los tlacatecólotl del Valle de Anáhuac.

Por varios años mi trabajo era éste: poner en orden ideas para transmitirlas a alguien más, ya fuera por escrito o verbalmente, cuando daba clases. Eso, por supuesto, implicaba un trabajo más bien sedentario: leer y hacer anotaciones, entablar discusiones conmigo mismo alrededor de la casa o de las cuadras que caminaba.