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Desde el clítoris

Esta semana el DIF Municipal nos invitó (al secretario de mi asociación Equilátera y a mí) a la conferencia “Quihúbole (sic) con tus sueños” de Yordi Rosado. Los temas que prometía eran paternidad responsable y prevención del uso nocivo de alcohol o drogas.

La tarde del miércoles 2 de septiembre caminaba felizmente bajo un cielo que anunciaba una tormenta muy próxima. Iba particularmente alegre porque era el cumpleaños de mi pareja, y me disponía a celebrarlo con familiares y amistades.

No sé si a alguien le interese lo que voy a escribir en esta columna. La verdad es algo personal y decidí compartirlo porque me pareció muy intensa mi experiencia, y sobre todo, algo que no a cualquiera le toca vivir, (y tal vez me gusta mucho sacar mis propios trapitos al sol).

¿Las mujeres tenemos fiestas? ¿Las mujeres nos celebramos? ¿Tenemos espacios de diversión, de esparcimiento entre nosotras y para nosotras? Me acerco peligrosamente a los 30 años. Esta llegada inminente al tercer piso me ha hecho reflexionar, como siempre, sobre la situación de las mujeres que están en mi misma situación. Una cosa me ha llevado a la otra, hasta que acabé llegando a la conclusión que les voy a compartir: las mujeres solo tenemos fiestas si seguimos el patrón de vida preestablecido de casarnos y ser madres.

Hay una fuerte campaña actualmente en las redes sociales llamada #YoAborté y #DenúnciameEsta (si no la han visto pueden empezar a enterarse por aquí). Y como me siento muy indignada, voy a echarle más leña al fuego. Hablemos del aborto.

Les escribo con toda mi honestidad y cariño, siendo este mi último intento por orientarles como profesora. Está muy claro que durante el ciclo escolar logré inspirarles y entusiasmarles muy poco, y que la información que les proporcioné tampoco fue significativa. Mucho menos pude compartirles lo importante que es el aprendizaje de esta materia, ni del conocimiento en general.

Estoy dedicando varias columnas al tema de la menstruación por lo que expliqué en esta, mi columna sobre mis XV años menstruando. Esta es mi forma de celebrarlo: visibilizando este hecho natural revestido de mitos, estereotipos, tabúes, secretos, exageraciones y otras peculiaridades. Esta vez quiero hacer uso de estas letras para hacer presentes las historias que mis amigas me compartieron sobre su propia experiencia de la menstruación. Quiero celebrarlo con ellas porque difícilmente vemos la menstruación como algo que celebrar, como algo que compartir con alegría o como un hecho que requiere solidaridad. No se dice, no se goza, no se festeja; se sufre en silencio y se disimula.

La primera vez que vi una copa menstrual fue hace unos cinco años, me la mostró mi amigo Nol y me dijo con simpleza que las copas menstruales eran muy ecológicas y más seguras y cómodas para mí, que debía comprármela y dejarme de dudas. Jamás investigué sobre ellas en internet ni conocía a nadie que las usara, (no es que nadie lo hiciera, sino que no las conocía). Además no tenía Facebook y por eso el flujo de información que llegaba a mi vida era controlable aún, y por ende, no podía leer nada sobre el tema y tampoco se me ocurría.

No es nada fácil explicarle a un grupo de 20 adolescentes, hombres y mujeres, por qué su maestra de psicología les está invitando a la marcha de las putas. Obvio, la propuesta levantó carcajadas, “sacones de onda”, preguntas absurdas (“miss, ¿van a ir sabrosas?” “miss, ¿son las teiboleras?”), y una estudiante que, ya de plano, me vio feo. Aparte, la marcha era domingo en la mañana, pero aunque fuera a la hora de la clase de cálculo, ¿quién diablos va a ir a marchar por las putas, si es lo que todas queremos NO ser? Es más, no solo queremos ser no-putas (tampoco santas), sino que es el mayor terror de la reputación de una respetable dama.