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Martín López Calva

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*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

Como decíamos en este espacio la semana anterior, el documento: Los docentes en México. Informe 2015 contiene información muy completa y elementos de análisis muy diversos y pertinentes que dan para muchos artículos y debates. Es por ello que esta semana propongo algunas reflexiones derivadas de la información y conclusiones del documento relativas a la situación social de la docencia en nuestro país.

"Los colegios de jesuitas de Cataluña, en los que estudian más de 13.000 alumnos, han comenzado a implantar un nuevo modelo de enseñanza que ha eliminado asignaturas, exámenes y horarios y ha transformado las aulas en espacios de trabajo donde los niños adquieren los conocimientos haciendo proyectos conjuntos…”

En el México de hoy existe aversión a la ofensa, siempre y cuando la ofensa no esté dirigida a los políticos, a la policía, a los “periodistas vendidos”, a Televisa –por supuesto hoy a MVS- y a todos los que por activa, por pasiva o por simple suposición son parte de la “mafia en el poder”.

La filósofa valenciana Adela Cortina plantea que en cuestiones de moral habría que definir las cosas en términos de alta moral o desmoralización más que desde la perspectiva de lo moral o lo inmoral. Traigo esta idea a colación porque creo sinceramente –y lo he sostenido en este espacio en otras ocasiones- que el mayor mal de la sociedad mexicana en los últimos tiempos es precisamente la desmoralización.

¿Educamos para humanizar? Fue la pregunta que definió la temática del II Congreso Nacional de la Red de Educación CIRM en el que tuve el honor de participar con la conferencia inaugural y la reflexión de cierre. Durante dos días y medio alrededor de seiscientos educadores mayoritaria pero no exclusivamente de colegios de inspiración cristiana se reunieron en Guadalajara para conocer y compartir reflexiones, experiencias y herramientas para tejer humanidad en el marco de una educación de la libertad.

Vivir antes que todo. Vivir es la realidad de la que se parte y la meta a la que se debería aspirar en las aulas. Educar en el vivir y para vivir, educar en el vivir humano y para vivir humanamente, esta sería la premisa fundamental y el contenido de esta meta nunca estaría respondido porque la respuesta a la pregunta sobre qué significa vivir humanamente es un desconocido-conocido, algo de lo que sabemos una parte pero ignoramos casi todo, algo que se tiene que ir descubriendo y redescubriendo progresiva y limitadamente a lo largo de la historia.

En la columna de la semana pasada abordamos aquí el tema del miedo a ser padres y el terrible daño que este temor, desgraciadamente muy común en nuestros tiempos, genera en los hijos. Al final del texto planteamos que una parte esencial para romper con este miedo a la paternidad-maternidad y formar niños y adolescentes sanos y capaces de convivir de manera constructiva en sociedad es la del ejercicio de la autoridad.

Vivimos en un país cada vez más dominado por la ira y el odio. Nos encontramos en un momento histórico en el que la acumulación de crímenes cada vez más despiadados, de atrocidades toleradas o a veces incluso propiciadas por un sistema político cuyo motor es la corrupción y cuyo incentivo principal es la impunidad, han desatado una polarización social que la clase política parece creer controlable y manejable pero que en cualquier momento puede llevarnos a un estallamiento de proporciones impredecibles.