Sobreviviente…
Esta reflexión es sobre cómo las mujeres luchamos todos los días por sanar nuestras heridas, de cómo en ese camino otras mujeres y el feminismo nos abrigan
Por Samantha Paéz @samantras
09 de octubre, 2020
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Una de las experiencias más potentes y más bellas después de escribir el texto “Yo aborté” fue el diálogo con otras mujeres, empezando con mi madre, quien después me escribió una carta también publicada en este espacio. Pero hubo muchas otras que me escribieron, que me mandaron mensajes contándome de sus propios abortos o de su decisión de no tener hijas o hijos, también para mostrarme su apoyo.

Una mujer valiente, a la que admiro y quiero mucho, me mandó un texto, allí contaba una de las experiencias más difíciles y duras de su vida. Además, hacía una reflexión sobre cómo las mujeres luchamos todos los días por sanar nuestras heridas, de cómo en ese camino otras mujeres y el feminismo nos abrigan, nos sostienen. Le pedí que me permitiera publicar su texto y aquí está.

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Hace dos meses me encontré reviviendo una de las experiencias más dolorosas pero complejas de mi vida y que tuvo lugar hace dos años: la violación de la que fui víctima por parte de quien una vez consideré mi pareja. Digo revivir, porque como muchas adolescentes y mujeres en este país, pensar en quien un día amaste como la persona que ejerció un acto de violencia sexual parece inconcebible, y no es algo que se borre de la noche a la mañana.

Fue durante esta pandemia que la crueldad de la violencia que vivimos llegó a mi, tras acompañar dos casos de violación contra hombres. Ambos para mí manifestaron a nivel simbólico lo que el patriarcado quiere, someter a quienes no encajan en las reglas del juego, de su sistema.

Los acompañamientos detonaron en mí pesadillas sobre el suceso. Hoy sin miedo a equivocarme tengo claras las imágenes; la primera, donde después de haber bebido, comenzó a gritarme que estaba harto de mí, que ya no quería seguir; la segunda, mientras acostada en un sillón llorando y sollozando me dijo que ya le parara, que dejara de estar así; y la última, donde yo con lágrimas en los ojos, siento su cuerpo tumbarse al mío y violarme. ¿Fue una pesadilla? No, no lo fue, hay testigos que me vieron irme con él, así como amigas que al día siguiente vieron los moretones y las huellas de sangre en el vestido que traía puesto, quienes me enseñaron las marcas que me dejó en el cuello (que no había podido ver) y en los brazos, para finalmente, llorar en los brazos de mi madre confirmando sus dedos marcados en mi entrepierna.

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¿Por qué el feminismo no pudo prevenirlo? ¿Por qué después de conocer este andar feminista desde hace diez años me tuvo que pasar a mí de nuevo? La violencia contra las mujeres debemos entenderla como un fenómeno estructural, histórico y social, que le ha dado a un sector de la sociedad, a los hombres, la voluntad de ejercer poder contra/sobre otras/os, de dominar, pero también de desentender su responsabilidad si los hechos no resultan a su conveniencia. Sin embargo, la pregunta más importante era ¿cómo saldría adelante de esto?

Las mujeres feministas comunitarias, así como algunas decoloniales, las cuales tuve la oportunidad de conocer en 2010 y 2014, mientras estuve en Colombia y en Perú, recuperaban los sentires que el cuerpo había vivido, y además, nos manifestaban que nuestro cuerpo es el primer territorio de defensa de las mujeres, y así como lo ha sido nuestra Madre Tierra, habíamos sido saqueadas y violadas. Recordé a Lorena Cabnal cuando se refiere a la sanación como fenómeno “cósmico-político”, venimos al mundo en cuerpos felices, que traen las memorias ancestrales de quienes nos antecedieron. Muchas de ellas, vivieron estas violencias también.

La violencia sexual te somete y paraliza, inunda el cuerpo de miedo, culpa y vergüenza, no sólo contigo misma, sino también hacia el mundo, porque tenemos el patriarcado cruzado: ¿qué dirá mi familia? ¿Qué pensarán de mí? O ¿acaso yo lo busqué? Hoy vengo a compartirte que el patriarcado es un sistema que ataca, que busca reafirmarse no viéndonos, ni escuchándonos a quienes vivimos violencia sexual. Pero con el corazón en mi mano te digo que no estás sola. El primer paso, es reconocer lo que sentimos: mi caso, me atraviesan el dolor, la angustia, la ansiedad. Hay días en los que me pienso que la teoría no pudo prevenirlo, que caí ante los avatares del amor romántico, ante el fantasma de la soledad; sin embargo, otros como hoy, en que reconozco que las redes que he hecho, gracias al feminismo, me salvaron de no derrumbarme, de encontrar la confianza y el amor en las palabras de aliento de mis amigas, en sus risas, en sus abrazos en la distancia, e inclusive de reconocer mi ser, aún con piezas rotas.  

Existen múltiples formas de sanar, ningún proceso es lineal, hay momentos que son como una montaña rusa, acelerando y otras despacito, llevándonos a momentos para encontrar un poco de paz. Para mí algunas formas de sanación han sido: pensar en mis abuelas, mujeres que vivieron violencia familiar pero continuaron teniendo fe en su mundo y encontrando las maneras de salir adelante aún con las adversidades; hablarle al cielo y a mis plantas, decirles cuando siento el alma pesada y lo único que deseo es dormir para despertar fuerte y más sonriente; escribir mis memorias como cuando miro algún colibrí atravesar los árboles, mientras comemos en nuestro rinconcito de resistencia, o la abeja que se acercó a las lavandas que sembró mi roomie en nuestro jardín; mirar la serie mientras como un trozo de pizza con vino en compañía solo de mí misma, y abrazarme, tocarme con el cariño que solo yo podría darme.

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Acuerpar, encontrar, escuchar, a muchas mujeres más, también son maneras de reconocerme hoy como sobreviviente, como persona que vive aún después de este desencuentro, que permanece e incluso perdurará en el tiempo. He tenido muchos desencuentros, he tomado la decisión firme de alejarme de espacios y personas que fomentan prácticas de violencia que están tan normalizadas. Mi ser y mi energía están canalizados ahora en seguir sanándome y continuar cuidando en colectiva a mujeres que así deseen hacerlo también. Acuerpar, como dijera Cabnal, es un acto personal y político, que “en estos tiempos, la indignación que viven otros cuerpos por las injusticias, también yo las vivo y las sufro, pero también la sanación que yo disfruto, que celebro, que reivindico también otros cuerpos la van a reivindicar”.

Más que hablar de perdón, yo habló de sanarnos a nosotras, de enfocarnos en nosotras mismas. Retomo las palabras de Yovana Sáenz líder colombiana y una de las fundadoras de Dhefensoras (Fundación Nacional Defensora de Derechos Humanos de Mujeres Víctimas de Violencia Sexual): “Si hablas, les das fuerza a otras mujeres. Si hablas, haces historia. Y si haces historia, trabajas para que no se repita”. Hoy hablo aún con miedo y un poco de vergüenza, pero sé que mis palabras acompañarán los procesos de otras, porque también defiendo que cada una tiene su propia voz e historia. Mis esfuerzos son para que las mujeres de mi vida no lo vivan y para que tengan presente cada día que ellas me salvaron.

Maricela Téllez

 

*Foto de portada: Pxfuel

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Samantha Paéz
Coordinadora del Observatorio de Violencia de Género en Medios de Comunicación (OVIGEM), periodista y activista. Tengo especial interés en los temas de género y libertad de expresión. Formo parte de la Red Puebla de Periodistas. También escribo cuentos de ciencia ficción.