¿Y qué hacemos con la indignación?, un diálogo con el Labo Ciudadano
El encuentro y el intercambio entre antagonistas puede operar como (re)educación política en una sociedad profundamente polarizada.
Por Klastos @
17 de septiembre, 2020
Comparte

El Labo Ciudadano es un colectivo de activistas que trabaja en Caracas, Venezuela, generando acción, tejido y contenido en torno a resistencia no violenta, derechos humanos e innovación política. Han experimentado con talleres, encuentros de discusión colectiva, rallys, mapeos, recorridos por la ciudad y, por supuesto, fiestas. Sus prácticas conectan la trama digital con la calle, explorando otros modos de hacer política en tiempos de una profunda desestabilización social, institucional y económica como la que vive Venezuela, agravada recientemente por las difíciles condiciones impuestas por la pandemia.

Desde Klastos, quisimos conversar con el Labo Ciudadano para interrogar de qué modo el activismo ciudadano y la experimentación artística pueden abrir nuevos espacios de aprendizaje y diálogo para estos tiempos inciertos. De cara a la “nueva normalidad”, ¿podemos poner en práctica modos más transversales de hacer vida en común? ¿Podemos volver a aprender para ser algo más que ciudadanes?

***

Klastos (K): ¿Qué es el Labo Ciudadano? ¿Cuándo y cómo surgió la necesidad de echar a andar este proyecto?

Seymar Liscano (SL): Somos un grupo de ciudadanos diversos que nos conocimos en la calle, en el asfalto, durante el largo ciclo de protesta de 2017, en Caracas. Todo comenzó con un par de encuentros en una librería muy querida de Caracas, la librería Lugar Común, que ya no existe, que nos albergó ahí para unos talleres sobre protesta no violenta que organizaron Cheo Carvajal, Jaime Cruz y María Teresa Urreiztieta

A ese par de talleres asistieron un montón de personas, había gente escuchando desde afuera, en la calle. Era gente buscando una vía, alguna alternativa, para las protestas que se estaban volviendo cada vez más violentas por la represión del gobierno y la policía. Mi motivación para estar allí era poder salir a las calles para protestar pero teniendo una voz, no salir sólo a lanzar molotovs y tragar gas lacrimógeno y arriesgarse a morir, sino salir para hacer otras cosas. 

Algunas acciones de calle del Labo Ciudadano. / Fotos: Instagram.

Ángel andaba en esos talleres con una libretita negra anotando los nombres de los que quisieran juntarse para inventar nuevas estrategias. Y así fue como comenzamos a reunirnos cada jueves, para pensar tácticas de protesta no violenta. Ahí confluimos varios grupos, como Las Piloneras y Dale Letra, y de ahí surgieron otros como El BusTV. Se iban juntando las ideas de unos con los comentarios de otros, e iban surgiendo nuevas propuestas y nuevos grupos. Estábamos todos ansiosos por buscar nuevas vías para salir a la calle, había mucho ánimo y esperanza de cambio. 

Luego, cuando las fuerzas policiales enfriaron la calle (porque no se enfrió sola, la represión y la instauración de la Asamblea Nacional Constituyente lo hicieron), se acabó ese primer ciclo de protestas. Pero un grupo de nosotros que quería seguir haciendo cosas, aprovechó esa pausa para estudiar un poco mejor todo lo que había pasado –porque habían sido días muy duros, de asfalto, asfalto, asfalto continuo, sin tiempo para reflexionar sino para actuar–, y fue ahí cuando nos cayó la locha: el asunto no era sólo táctico, debíamos pensar la protesta no violenta para activarla de otras formas.

Izquierda: Algunas acciones de Las Piloneras | Derecha: El Bus TV | Abajo: Dale Letra. Fotos tomadas de sus respectivos perfiles de Instagram.

Ángel Zambrano (AZ): Todo esto que relata Seymar fue como un vértigo loco que nos hacía sentir que estaba pasando una vaina muy importante, algo que se estaba gestando, y que estábamos juntos en esos momentos cruciales. La clave en ese proceso fue conocer gente: conectarnos con organizaciones, con colectivos, con individuos, conocer una diversidad muy bonita de gente que estaba movilizándose por cosas muy distintas, pero con dolores, esperanzas y arrecheras que podían confluir. Creo que eso es en lo que hemos sido mejores: en tejer relaciones con mucha gente dentro y fuera del país, de muchos caminos distintos.

Nosotros no teníamos oficinas ni sede, así que en esta segunda etapa nos encontrábamos en el apartamento de una pana, unas nueve o diez personas hablando y hablando por horas, en un proceso de despolarización progresiva. Conocimos a gente que venía del proceso ideológico del chavismo, gente que estaba en temas de lo ecológico, de los feminismos, etcétera. Y fue así como quisimos darle cuerpo a esa organización para hacerla sostenible. Fue así como, en mi caso, aquel romance de verano terminó convirtiéndose en un amor duradero más allá del éxtasis y del calor del momento (con muchas birras de por medio, claro… y, hablando de eso, voy a buscar una que metí al refri para seguir conversando).

K: Después de aquel ciclo de protestas de 2017, el Labo Ciudadano se ha dedicado a transformar la energía de aquellas acciones de calle en espacios de encuentro, aprendizaje y discusión colectiva. ¿Qué vínculos hay entre aquello que hacían entonces y lo que hacen ahora? ¿Cómo se ha transformado su práctica de acuerdo al avance de las circunstancias sociopolíticas venezolanas?

Eduardo Burger (EB): Yo creo que hay un corredor continuo en esa transformación de 2017 a 2018; creo que había cosas latentes en el primer año que después se convirtieron en nuestros principales procesos de 2019. Esas conexiones eran muy importantes porque en aquel momento vivíamos ya una primera cuota de exilio recrudecido –todavía no podíamos hablar del éxodo, como se habló después, pero nuestros vínculos, como los de muchos ciudadanos del país, ya estaban lesionados, cortados por la diáspora– y vivíamos también una profunda precarización social y económica: una total incapacidad para salir a convivir, para vivir juntos el espacio público, para conectarnos. 

Algunos aprendizajes del 2019, según el Labo Ciudadano. / Fotos: Instagram.

Todo estaba sometido a la precariedad, al hambre, a unas presiones materiales y emocionales muy fuertes. Pero eso sirvió para darle más sentido a esas conexiones que se iban generando de forma cada vez más consciente. Yo creo que había muchas cosas que fuimos haciendo a partir de 2018 que ya estaban desde el inicio en 2017.

Algunos aprendizajes del 2019, según el Labo Ciudadano. / Fotos: Instagram.

SL: Realmente no ha habido un quiebre entre estos años. Si bien al principio lo esencial era la protesta, la táctica, todo eso ocurría en realidad desde la lógica del encuentro. Fuimos prendiendo conversas y conociendo a la gente de las organizaciones vecinales y a la gente del movimiento de los defensores de los derechos humanos (que era un mundo muy vasto que no conocíamos). Y fuimos ampliando poco a poco esas relaciones del ecosistema social hasta transformarnos –a partir de esos diálogos– en lo que somos hoy: un colectivo de activistas que genera acción, tejido y contenido en torno a resistencia civil no violenta, derechos humanos e innovación política.

Algunos aprendizajes del 2019, según el Labo Ciudadano. / Fotos: Instagram.

Hoy se mantiene aquella esencia de la protesta pero encontrando otros caminos desde el espacio del laboratorio: comenzamos a entender cómo es que funciona la experimentación, cómo armar prototipos que hay que probar primero para luego sacarlos a la calle para generar más saberes, experiencias y músculo.

Algunos aprendizajes del 2019, según el Labo Ciudadano. / Fotos: Instagram.

K: Desde esta perspectiva experimental, ¿qué lugar ocupa en sus prácticas la idea del diálogo y del encuentro?

SL: Nosotros queremos habilitar espacios, desencadenar procesos colectivos y prender conversas que nos atraigan a todos y que activen la líbido, que nos hagan querer estar ahí y colaborar a pesar de todas las crisis y conflictos. Una pulsión que nos anime y nos mantenga ahí. Desde esa experimentación, hemos descubierto que a nosotros nos gusta hacer todo esto desde la risa y el disfrute. Nosotros, adonde vamos, vamos poniendo ese ánimo fiestero: llevamos cocuy a todas partes, bebemos birras juntos, armamos bochinche.

Al inicio nos daba pena con la gente con la que colaborábamos, en especial los defensores de los derechos humanos, que son muy serios. Pero esa es nuestra esencia y, resulta que –hoy en día–, es justo por eso por lo que nos llaman, porque para ellos es como decir: “¡Coño, esta es la gente que le pone vida a estos espacios acartonados y serios!”. Porque hacemos las cosas desde otro lugar: desde la fiesta. Nos hemos comprometido con la fiesta y la hemos entendido como forma de diálogo, de comunicación, de organización; como espacio de resistencia, y la defendemos –así como defendemos la alegría como una vaina seria– porque desde ahí podemos actuar y animar a otros a actuar: conectarnos para vencer la deshumanización.

Algunas imágenes de dispositivos de resistencia desde la fiesta del Labo Ciudadano. / Fotos: Instagram.

K: ¿Qué proyectos específicos han llevado a cabo en los que conversar, escuchar a otres y colaborar haya sido una estrategia central?

SL: Tenemos varias experiencias. Una de ellas son las Birras Despolarizadas (BD), que básicamente son un dispositivo en el que nos encontramos con gente diversa a discutir temas posiblemente álgidos. Las BD surgieron después de un encuentro con la gente de la Plataforma Contra el Arco Minero del Orinoco, que son panas que venían del chavismo. 

Un día fuimos a uno de sus eventos y, al salir –como pasa con ese tipo de cosas– nos fuimos a tomar unas birras juntos al bar más cercano, en Plaza Venezuela, para seguir conversando. Éramos como unas cinco o seis personas. Entre birras, comenzamos a hablar sobre temas que nos diferenciaban en lo político, un asunto que era un poco tabú porque intuíamos que, aunque colaborábamos y coincidíamos en muchas cosas, había asuntos ideológicos que nos distanciaban y no queríamos entrar ahí por miedo a discutir entre nosotros. Pero resulta que no, que con unas birras pudimos tener una conversa sólida en la que planteábamos nuestras diferencias sin problema y decidimos que teníamos que aprovechar ese formato.

Birras despolarizadas, Labo Ciudadano. / Fotos: Instagram.

El asunto parece estar muy inspirado en El banquete, de Platón; es decir: sentarse con alcohol de por medio a discutir temas potencialmente polarizantes. En las primeras BD todo giraba en torno a esa polarización: era como una suerte de mea culpa, todos confesando su polarización en torno a distintos temas, tanto los chavistas como a los antichavistas. Pero poco a poco el formato se fue refinando hasta la estructura que tenemos ahora. 

La conversación gira en torno a un tema, digamos, candente, a algo que pueda ser delicado, urgente, y que nos pueda polarizar como sociedad. Sobre eso vamos discutiendo sin que sea un debate, porque la regla esencial de las BD es que vamos con el ánimo de compartir y no de convencer, no se trata de presentar un argumento contra otro, sino de ir lanzando ideas y dándole vueltas al asunto. En ese proceso se van dando acuerdos y vamos encontrando puntos en común.

Las birras son fundamentales por nuestra propia premisa de tomarnos la informalidad en serio. Creemos que el bar es un espacio muy sabroso para estar y para generar cosas nuevas, un espacio muy sabroso para experimentar. Hemos hecho BD también en plena calle, sobre temas como la ciudad (preguntándonos si está viva o muerta), sobre temas de feminismo, en asociación con panas de organizaciones LGBTTTIQ+, sobre temas de política dura (a propósito de las opciones sobre y bajo la mesa para la política en Venezuela en lo que resta de año). 

Hemos tenido BD muy amplias y también más pequeñas e íntimas pero, en cualquiera de sus formatos, siempre son un espacio para el encuentro y la conversación, muy inspiradas en los “diálogos improbables” de Jean Paul Lederach. Se trata de practicar el diálogo desde la micropolítica, de construir microdemocracia, de mostrar que el diálogo no sólo tiene que ser ante agentes internacionales y en reuniones privadas en Noruega, sino que nos podemos sentar a conversar entre nosotros mismos.

AZ: También armamos una serie de talleres en 2018: “Política del cuerpo”, que buscaban generar espacios para la participación de la sociedad civil. En especial hubo un taller a partir de la fiesta de El Tamunangue, para hablar de la organización ciudadana y del derecho a la libre asociación, pero experimentando con el cuerpo, desde la danza, las tradiciones y la celebración comunitaria.

SL: La idea era explorar el contenido político que tienen las fiestas en sus raíces. Las fiestas y celebraciones populares son, en buena medida, formas de hackear al poder: son maneras de disfrazarse para transformar los sistemas de poder desde adentro. La idea era cómo los sones y las danzas pueden orientarnos sobre nuestras formas cotidianas de organizarnos, de luchar, de confrontar. La idea era ver cómo podemos estudiar todo este asunto político desde nuestros cuerpos.

Se estudió mucho el fenómeno del joropo tuyero, el joropo central, es decir, el joropo que nació en los márgenes de la ciudad, que nos sirvió para reconocer patrones en nuestros comportamientos y nuestras dinámicas. Por ejemplo, si ves a la gente en el Metro, caminando apuraítos, te das cuenta que esa es la misma forma en la que se baila ese joropo. Entonces queríamos entrar a esos grandes temas políticos que nos preocupaban, pero no desde el lenguaje técnico de los derechos humanos, sino desde el cuerpo. Primero vamos a bailar, vamos a vivir esta vaina desde el cuerpo y después lo vamos a llevar a la cabeza y a discutirlo con mayor profundidad.

K: Nos interesa saber más de las formas de encuentro y aprendizaje que han intentado propiciar en las actuales condiciones de virtualidad impuestas por la pandemia, tomando en cuenta las especificidades de esos procesos para el contexto venezolano, con una infraestructura comunicacional y de conectividad digital desmantelada casi por completo. Quizá un caso reciente de esa experimentación digital haya sido el ciclo de talleres en línea El Parasistema. ¿En qué consistió esta iniciativa y qué formas de colaboración esperaban poner en marcha con ella?

SL: El Parasistema fue una idea que estuvimos trabajando durante meses con Provea (el Programa Venezolana de Educación-Acción en Derechos Humanos). Al principio lo llamábamos “el festivalito”, porque queríamos hacer como un pequeño festival de saberes y activismo. Pasamos mucho tiempo llamándolo “festivalito” porque nunca le poníamos un nombre ni le dábamos forma a la vaina. 

La idea original era hacerlo en la ONG (la Organización Nelson Garrido, un espacio de resistencia cultural en Caracas), como una pequeña serie de talleres enfocados en el activismo. La idea fue evolucionando y, por una u otra cosa, siempre se nos caía, sentíamos que había algo que estaba faltando. Queríamos convocar a más gente, ampliar la zona de contacto para que no fueran sólo nuestros allegados, queríamos salir de nuestros conocidos e incluir a muchos jóvenes. En algún momento, incluso antes de la pandemia, ya habíamos considerado hacerlo online, porque estábamos en un momento donde era muy peligroso hacer cosas en el espacio público, sobre todo para Provea, que es una organización muy perseguida en Venezuela. Cuando llegó la pandemia finalmente decidimos retomar el proyecto y apostamos por la digitalidad.

El Parasistema, Labo Ciudadano.

En ese momento habíamos coincidido con la artista Blanca Haddad y habíamos escuchado “El manifiesto de las pequeñas muertes”. Tuvimos una junta con Blanca donde nos contó sobre su trabajo con arteterapia, y a partir de ahí surgió la idea de enfocar el encuentro desde la idea de la catarsis a través de la creación. Queríamos salirnos del activismo duro y frontal, y abordar el asunto desde lo sensible. Entonces decidimos enmarcar todo en la pregunta: ¿qué hago yo con esta arrechera?, que terminó convirtiéndose en: ¿qúe hago yo con esta indignación?, y fue así como surgió El Parasistema como un espacio formativo para la construcción de herramientas para hacer catarsis y canalizar el malestar a través de dinámicas individuales y colectivas de expresión creativa. El Parasistema juega con la idea de otra forma de educación, otro sistema para aprender que se sale de las formas tradicionales y estructurales de la pedagogía.

“Manifiesto de las pequeñas muertes”. / Foto: Instagram Blanca Haddad.

AZ: Este experimento de El Parasistema fue producto del más reciente proceso de reorganización y reestructuración del Labo en el que nos agarró la pandemia. La fragmentación que ha producido la cuarentena y el distanciamiento social ha sido muy dura para nosotros, que éramos muy de juntarnos a tomar y comer algo mientras planificábamos proyectos. Para el totalitarismo este ha sido un escenario perfecto para seguir fragmentando y atomizando el tejido social. Nos ha costado mucho hallar la manera de reconectar, pero hemos conseguido la forma de seguir reestructurándonos.

SL: Nuestra naturaleza era muy offline y de calle, pero los venezolanos aprendemos a cholazos, así que nos tocó a los golpes adaptarnos. Hemos tenido que explorar servidores, espacios de trabajo colaborativo online, llevar a lo digital nuestras redes de colaboración: WhatsApp, Telegram, Jamboard, Slack, Padlet, Blackboard, Workstream, Zoom, Jitsi, todas esas vainas en las que nos fuimos perdiendo. 

Ha sido muy difícil por el asunto de la asincronía del trabajo en línea, pero también por todo el peo de conectividad de Venezuela: no todos tenemos siempre internet o luz, y en esas condiciones es muy difícil sostener una conversa, pero hemos concretado ciertos proyectos en los que lo hemos logrado; experimentando con nuevos aprendizajes.

K: A partir de estos experimentos con el activismo desde la digitalidad, ¿han tenido que repensar la escala del proyecto que están llevando a cabo?

AZ: Algo curioso de algunos enfoques sobre la no violencia es que la pintan como algo titánico: es algo enorme, es derrocar una dictadura, es Gandhi, es Martin Luther King, es idear estrategias y redes para cientos de miles de personas para salir de regímenes opresores. Y, coño, en nuestro andar nos hemos dado cuenta de que la cosa, en realidad, es pequeña: lo que nosotros hacemos es pequeño, no tiene por qué ser titánico ni intentar tumbar ninguna dictadura, sino ir caminando pelo a pelo, conectado cositas, armando espacios aquí y allá, generando pequeñas comunidades.

K: Nos gustaría reflexionar sobre la idea del laboratorio, que nosotros entendemos como una suerte de ensamblaje de muchas cosas: de agentes humanos (investigadores, científicos) y no-humanos (utensilios, dispositivos, sustancias bioquímicas), junto con condiciones muy específicas de orden material (recursos económicos) y social (instituciones, corporaciones). ¿Cómo describirían el ensamblaje que los caracteriza a ustedes como Laboratorio Ciudadano? ¿Qué papel juega la experimentación teórica y práctica en su trabajo?

EB: Al pensar en 2018 distingo dos momentos: una etapa de muchas frustraciones (que iban de la mano de las frustraciones que vivíamos como ciudadanía en general, de promesas políticas fracasadas pero también de las precariedades cotidianas: que si en la casa no hay agua, que si el carro dejó de funcionar y no se consiguen repuestos, que si el Metro tiene fallas de nuevo, que si en la oficina no hay internet, etcétera); y otra etapa de ser tolerantes con esa frustración. 

Aprender a ser compasivos con esos procesos de frustración fue un hecho de experimentación. Esto es algo muy interesante del trabajo de laboratorio en un marco de opresión tan fuerte como el que vivimos. La frustración puede sabotear esos experimentos porque se esperan resultados inmediatos y de formas específicas, pero en realidad la experimentación tiene que llevar a sitios y a conexiones inesperadas: tiene que conducir a la oportunidad de errar.

Algunas imágenes del taller “+ ciudad para las mujeres”. / Fotos: Instagram Labo Ciudadano.

SL: Al principio pensábamos en espacios muy abiertos, donde convocábamos libremente a quien se quisiera sumar, pero luego hubo otra fase donde hicimos trabajo más chiquito, con un núcleo de trabajo más definido dentro del Labo, donde comenzábamos a poner en práctica los dispositivos que íbamos imaginando, probándolos para ver cómo ir desarrollando las ideas. Y es de ese segundo proceso de donde salen lo que llamamos nuestros corotos: dispositivos para generar acción, tejido y contenido a través de una estructura un poco más definida. Ahora creo que estamos en una tercera fase donde, ya teniendo esa estructura, comenzamos a reabrirnos para volver a experimentar, para imaginar nuevos procesos.

K: ¿Pueden contarnos más sobre cómo imaginan desde el Labo su capacidad de incidir, intervenir, cortocircuitar o hackear la “nueva normalidad”, a partir de las condiciones impuestas por la pandemia y agravadas, además, por el propio conflicto en Venezuela? 

AZ: Estas condiciones nos están permitiendo el tiempo para pensar más en algo que ya teníamos en mente: el trabajo en red. Toda esta coyuntura loca ha vuelto a poner sobre la mesa asuntos de trabajo en colaboración, de redes de solidaridad, de apoyo mutuo y de compartir saberes. Al inicio de la cuarentena estuvimos intentando colaborar con la iniciativa de Frena La Curva, un proyecto internacional para canalizar y organizar la energía de la sociedad civil frente a la pandemia, pero fue muy frustrante porque no logramos sintonizar con esa escala enorme que implicaba el proyecto. 

Finalmente decidimos volver a una escala más pequeña y trabajar con lo que ya hay en las condiciones más cercanas a nosotros. Queremos más bien intentar frenar otras curvas que tenemos en Venezuela, además de la del coronavirus: la curva del autoritarismo, la curva del hambre y, sobre todo, la de la fragmentación social.

SL: A mí no me gusta defender mucho la digitalidad, porque somos muy del cuerpo y lo presencial. Pero debo admitir que las condiciones digitales a partir de la pandemia han traído ciertas ventajas como, por ejemplo, la posibilidad de conectar con personas a las que nunca hubiéramos podido conocer de otra forma, y El Parasistema fue una muestra de eso. Gente que ni de vaina se conectaba, ahora se está conectando e interactuando desde otras plataformas. 

Eso, para Venezuela, conlleva la ventaja de abrirnos de nuevo a la vista del mundo, que era algo que no pasaba desde 2017 cuando todos los ojos se posaron sobre Venezuela por la violencia de las protestas. Ahora, otra vez, se está abriendo un espacio para dialogar con otras latitudes. Por ahí estamos teniendo un nuevo campo que explorar. Aunque ahora parezca un poco titánico eso de intentar conectar con la diáspora, creemos que a largo plazo es algo que podemos ir trabajando, porque tenemos la firme creencia de que se puede reconstruir la nación fuera del territorio.

***

El Labo Ciudadano está conformado, entre otres, por:

Seymar Liscano: traductora y activista. Desde que comenzó todo en 2017, es la araña del Labo: conecta ideas y personas, y arma juntaderas varias.

Ángel Zambrano: periodista y activista que vive y trabaja en Caracas (varado primero en Estados Unidos y ahora en República Dominicana por la pandemia, queriendo regresar ya a casa). Desde mayo de 2017, es el embullador oficial del Labo.

Eduardo Burger: guionista, docente, escritor y activista. Enfocado en la creación y gestión de proyectos de ciudadanía a través del arte, especialmente el teatro y la producción audiovisual. 

María Fernanda Abzueta: bailarina, activista y metodóloga del Labo. Siempre sacando al Labo de la caja.

Pablo Luis Duarte Borges: periodista con experiencia en medios digitales e impresos. Desde 2019, es activista y coordinador de comunicaciones, pastelero y pastichero oficial del Labo.

Comparte
Klastos
Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com