Evaluación del desempeño
Entre mujeres tenemos que hacer comunidad para que podamos tener mayores oportunidades laborales, visibilizar las conductas machistas e inapropiadas y erradicar la violencia laboral
Por Lado B @ladobemx
17 de septiembre, 2020
Comparte
Dancorten

“¿Por qué no me pagaron mi bono de desempeño?”, fue la pregunta que detonó todo. En mi posición de jefa de Recursos Humanos, continuamente me encuentro con estas interrogantes. Pero esa vez fue diferente, yo sabía que era una injusticia. No había motivo o lineamiento al cual apegarse para justificar la decisión, sólo una instrucción de muy arriba borrando tajantemente su nombre. Quizás por eso me dejó insatisfecha la excusa que de momento le dí a mi compañera, quien salió de mi oficina con más dudas que respuestas.

Ahora recuerdo la primera señal de alerta. En una reunión donde la única mujer era yo, se empezó a comentar que mi compañera usaba pantalones muy pegados. Me encomendaron ser la vocera, decirle que ya no los llevara, que le podían faltar al respeto. Fui cuestionada por mi reacción al intentar explicar la razón por la cual esa “petición” no era correcta. En lo sucesivo todo el tiempo se habló del físico de mi compañera, se juzgaba su peinado, su ropa, su rostro con o sin maquillaje. Finalmente –después de no obtener su bono de desempeño– me enteré de que había sufrido un episodio concreto de hostigamiento, precisamente de la persona que injustamente había dado el veredicto. Mi compañera intentó salir del paso sin hacer aspavientos. El hostigador comenzó una campaña de desprestigio a sus espaldas aunque, de frente, evadía cualquier confrontación. 

Ella había sufrido anteriormente hostigamiento por parte de otra persona. En esa ocasión se atrevió a denunciar y le pidieron pruebas para poder continuar, pues su palabra no era suficiente. La segunda vez que esto ocurrió –el episodio que narro– prefirió no alzar la voz, proteger su trabajo, minimizar la situación, pensar que algún día todo quedaría en el pasado. Fue despedida 6 meses después. 

Esta experiencia activó algo en mí. Me sentí engañada, utilizada, pero, sobre todo, me sentí traidora. Me reproché, porque sentía que podía haber hecho las cosas diferentes. Y de pronto, como cuando conoces una nueva palabra, empecé a ver situaciones similares en todas partes. Estoy teniendo una deconstrucción absoluta de mi feminismo. En el documental español Qué coño está pasando (2019) lo describen perfectamente. Ahora estoy más alerta y soy más sensible a estos temas que antes, seguramente, pasaba de largo. 

También puedes leer: Antigrita feminista: un sonoro llamado ante la impunidad

Cuando mi compañera fue dada de baja, me recriminé no haberla incitado a denunciar, había un camino para hacerlo. La empresa en la que trabajo, como muchas otras organizaciones privadas o incluso la administración pública, han creado mecanismos de denuncia a través de una línea “segura”. Haciendo un poco de investigación, encontré que en el Informe Estadístico de Registro de Casos de Hostigamiento y Acoso Sexual en la Administración Pública Federal de 2018, de las 211 denuncias presentadas el 91% de las víctimas son mujeres, y el 90% de los denunciados son hombres. Más de la mitad (55%) no concluyeron, por falta de elementos o de información, baja del demandado o porque quien denunció desiste de la demanda. El reporte concluye que el 74 % de las demandas no tuvo ninguna acción preventiva o no está especificada. Estos números desmotivan las denuncias. Muchas veces la víctima queda expuesta al juicio de terceros que, en ocasiones, deciden no avanzar por falta de pruebas mayores a la palabra. 

Mirando al pasado, intentando entender por qué las mujeres somos las más expuestas a este tipo de conductas, hay que recordar que desde que las mujeres nos integramos al mercado laboral hemos estado en desventaja. En principio, se crearon puestos de trabajo exclusivos para nosotras y, por otro lado, aun en estos días hay posiciones que siguen sin tener representación femenina real. 

De acuerdo con el estudio “Women Matter MX” publicado en noviembre de 2018, en México existe una brecha de 26 puntos entre mujeres y hombres en los niveles de ingreso, a pesar de no tener nada que ver con la capacidad de un sexo u otro. Cuanto más subimos en el organigrama hay menos mujeres. En los puestos gerenciales las mujeres tienen una participación del 35 % y sólo 10% están en el Comité Ejecutivo. En estos días es común escuchar que, si una mujer logra colarse en los niveles gerenciales o directivos, no fue por su capacidad, pese a que el 45% de los graduados universitarios mexicanos a nivel licenciatura  son mujeres.

La escritora Rebecca Solnit, en su ensayo Los hombres me explican cosas, hace notar que las mujeres nos vemos en la necesidad de estar continuamente demostrando que somos capaces, que podemos tener buenas ideas, que tenemos inteligencia. ¡Vaya!, que somos testigos confiables de nuestra propia vida. Esto me lleva a pensar que para encajar o ser aceptadas en este mundo originalmente concebido para los hombres, las mujeres hemos sido orilladas a no dar importancia, minimizar e incluso aceptar bromas o reírnos de algunas conductas que son inapropiadas. Son situaciones que, en general, nos minimizan, nos cosifican o nos atribuyen estereotipos. Por ejemplo, nos etiquetan de ser hormonales y que reaccionamos con las emociones (llorar, gritar, hacer desplantes). Peor, incluso: asocian nuestro comportamiento con la menstruación. Esto no es más que una mentira que intenta convertirse en verdad a base de repetición. ¿Acaso los hombres no tienen emociones? ¿No se enojan y golpean la pared o el escritorio? ¿No están de mal humor algunos días? 

Estos prejuicios aparentemente no hacen daño, ya que no tienen nada que ver con el machismo tóxico que la mayoría de los hombres reconoce y critica, el machismo que mata o el machismo que humilla con golpes. No obstante, como menciona Rebecca Solnit, forman parte de la lucha por el poder del patriarcado, una especie de recordatorio de que son ellos quienes nos están permitiendo formar parte del mundo laboral. Sin duda son las primeras actitudes de una escalada de violencia hacia las mujeres. Entre nosotras tenemos que hacer comunidad para que podamos tener mayores oportunidades laborales, visibilizar las conductas machistas e inapropiadas y erradicar la violencia laboral en contra de nosotras simplemente por ser mujeres.

Mucho hemos escuchado de la sororidad, definida por Marcela Lagarde en el texto Pacto entre Mujeres como la hermandad de las mujeres (del latín soro-hermana y e-idad– relativo a). Pero la realidad es que, como menciona en su texto: “nuestra cultura femenina tradicional no incluye conocimientos, habilidades y destrezas para agendar ni pactar. Aprendemos el estilo masculino y patriarcal y por lo tanto debemos desaprender para poder construir una alianza entre mujeres desde una posición política de género”. 

Cuando borré el nombre de mi compañera de la lista de bonos, no dije nada. Cuando mi compañera me preguntó directamente, preferí evadir el tema. Cuando me enteré de que había sufrido un episodio de hostigamiento, preferí seguir con la normalidad. La verdad es que no supe qué hacer. Apoyar a las víctimas es lo éticamente correcto, pero laboralmente autodestructivo. Por esta razón concuerdo con lo que menciona Marcela Lagarde: “la sororidad debe emerger como alternativa a la política que impide a las mujeres la identificación positiva de género, el reconocimiento, la agregación en sintonía y la alianza”.

¿Cómo convocar a la solidaridad con nuestro género si no somos solidarias entre nosotras? Debemos desmontar el llamado a la desunión, al ataque, a las opiniones sin argumentos que sólo nos debilitan. No debemos permitir que se siga minimizando la autoridad, capacidad e incluso inteligencia o méritos de una mujer que ha podido escalar dentro del organigrama. Debemos dejar de lado la crítica destructiva que nos fue enseñada, la prohibición patriarcal del pacto entre mujeres y desmontar la cultura misógina, como menciona Lagarde. Cuando inicié a escribir estas líneas intentaron ser una confesión, una especie de catarsis. Hoy descubro que se acerca más a una evaluación de desempeño. El área de mejora deber ser la sororidad. 

 

Foto de portada: Freepik

Comparte
Lado B
Información, noticias, investigación y profundidad, acá no somos columnistas, somos periodistas. Contamos la otra parte de la historia. Contáctanos : info@ladobe.com.mx