Escalas de la potencia feminista, una conversación con Alondra Carrillo
Décadas de desgaste de la educación provocada por la privatización neoliberal en Chile reactivaron en 2019 la ola de demandas estudiantiles y feministas.
Por Klastos @
17 de septiembre, 2020
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El reciente ciclo de conflictos en Chile ha hecho evidente que lo político se juega no sólo en el terreno de lo institucional sino también en el de lo simbólico. El llamado “estallido social” de octubre de 2019 vino a potenciar distintas luchas latentes por muchos años en la sociedad chilena, sobre todo las de los estudiantes de secundaria y las de los feminismos. 

Esas disputas se han caracterizado por un afán destituyente, por una pulsión por cambiar por completo el orden de las cosas, frente al cual el Estado ha reaccionado con un afán restituyente, una pulsión por borrar los conflictos, por aplanarlos y restituir “la normalidad”. Parece tratarse de una lucha por aquello que puede entrar o no en el orden de lo visible, por opacar, por invisibilizar, por sacar de la vista. Y si a esto sumamos el lacerante número de personas que perdieron los ojos por la represión de los carabineros, esta disputa por lo visual se hace aún más notoria.

Hace unos meses, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, se tomó una polémica foto en la Plaza de la Dignidad (antiguamente, Plaza Italia). El gesto de inmediato fue interpretado como el de un Estado que se sentía invicto y que volvía a controlar el espacio público, borrando la memoria de la revuelta. ¿Cómo no pensar de inmediato en el acordonamiento del Ángel de la Independencia por supuestos motivos de restauración tras las protestas feministas de 2019 en Ciudad de México?

Conectando esa potencia feminista que recorre tanto a Chile como a México, desde Klastos quisimos conversar con Alondra Carrillo, de la Coordinadora Feminista 8M, para explorar estos vínculos entre lo visto y lo no visto en el ciclo de conflictos (re)abierto en 2019, de cara especialmente al proceso constituyente que ha sido convocado en Chile, preguntándonos qué lugar podrían ocupar nuevas formas de educación y de aprendizaje tras la desgastante experiencia neoliberal. 

Klatos (K): ¿Qué dirías que singulariza al movimiento desatado en octubre de 2019? ¿Cómo se conectaría ese movimiento con otros antecedentes dentro de la genealogía del conflicto neoliberal latente en Chile desde la transición democrática?

Alondra Carrillo (AC): La lectura sobre la revuelta del 18 de octubre ha sido hecha desde muchos espacios, desde los cuales hemos ido trazando una genealogía de conflictos de luchas recientes en Chile. Esa genealogía nos habla un poco de cómo se dio el proceso mismo de instalación del gobierno transicional, post-dictatorial, que va a instalar algo sumamente relevante en la revuelta misma: la impunidad como una condición de facto del establecimiento de la política neoliberal en Chile, la impunidad respecto a la criminalidad y la violación masiva de los derechos humanos; como esa forma de actuación estatal que hace todas las condiciones de posibilidad y de existencia del régimen en Chile. 

De alguna manera, esa impunidad ha servido de manto para la actuación del Estado durante todos estos años, configurando –especialmente durante esta revuelta reciente– lo que llamamos “terrorismo de Estado”: una respuesta de ese orden, de mutilación, de violencia política sexual, asesinato, desaparición, secuestro; cosas que, lamentablemente, todo nuestro pueblo experimenta.

Estallido social de octubre 2019, Chile. / Foto: Wikimedia.

Esas condiciones políticas son las que han organizado la gobernabilidad política en Chile. Por una parte, está todo esto, una suerte de condición de actualidad de la dictadura en el presente. Por otra parte, tenemos el desarrollo paulatino de lo que han sido los principales focos de conflictividad de esta vida neoliberal que hay en nuestro país. Algunos de esos, efectivamente, tuvieron lugar en las luchas estudiantiles, en ese sector donde –nosotras lo leemos así– se está formando la nueva clase trabajadora neoliberal. 

[Una clase que] es el producto de toda esta organización neoliberal que se forma también con todas las contradicciones que le son propias, una enorme cantidad de población sobrante que se está formando en universidades que son básicamente negocios donde circula el capital inmobiliario, no es mucho más que eso. Pero, al mismo tiempo, claro que es mucho más que eso, porque son personas que están estudiando, que están formando su subjetividad política, que están formando una expectativa de futuro, un cierto futuro que es prometido por la educación y que, sin embargo, es imposible.

Ahí, en el ámbito estudiantil, se fueron dando procesos de politización de arcos largos: tenemos la movilización de 2001: el Mochilazo, y la movilización de 2006: la Revolución Pingüina, que fueron experiencias muy significativas para la población en general, porque fueron una forma de poner en cuestión algo que nos era dado: la educación, ese lugar donde pasábamos todo el día, prácticamente todos los días de la semana.

La “Revolución Pingüina” de 2006, Chile. / Foto: Wikimedia.

Para mí se trató un poco de reconocer que ese lugar al que yo iba y que parecía un lugar singular –es decir, mi colegio, mis amigas, mi espacio, el lugar donde yo estaba aprendiendo– en realidad era un lugar conectado con muchos otros lugares donde mis compañeras y compañeros, de otros lugares de la ciudad y del país, estaban experimentando otras realidades. Para mí 2006 fue una especie de choque de realidad para conocer cómo se estaba viviendo la cotidianeidad en otros espacios.

Luego, en 2011, las movilizaciones estudiantiles alcanzaron un nivel de generalidad en la impugnación que empezaba a mostrar un despunte de una crítica general al orden de las cosas. La consigna al inicio era “No más lucro con la educación”, pero después fue “No más lucro”, en general: no más la vida como un negocio.

Pancarta con la consigna “No + lucro” durante las protestas estudiantiles de en 2011, Chile. / Foto: Wikimedia.

A la par de estos dos grandes momentos, hay otros arcos de conflictos. En primer lugar, las luchas socioambientales, que en Chile son muy fuertes y muy activas en distintos puntos del país debido a la forma en la que el capital extractivista organiza los conflictos; que portan a su vez memorias mucho más largas que llegan hasta la violencia colonial. No es casualidad que la wenufoye, la bandera mapuche, haya aparecido en las revueltas como un signo tan presente. Esto también tiene que ver con aquella otra conflictividad, que articula hartas conflictividades a su alrededor.

Manifestantes portando la wenufoye durante el estallido de octubre de 2019. / Foto: Wikimedia.

En segundo lugar tenemos la emergencia feminista: en Chile el feminismo tiene una larguísima historia. Las primeras organizaciones datan de 1906-1907, incluso antes de eso ya había algunos antecedentes, pero ese era un feminismo obrero más consolidado. En 1935 se funda el Movimiento Pro-Emancipación de la Mujer en Chile, que lucha por el aborto libre y la emancipación integral de todas las formas de opresión que experimentan las mujeres. 

En los años de la dictadura, el feminismo también fue fundamental para la resistencia, sobre todo en acciones callejeras o formas alternativas de acción política que no necesariamente se inscribían dentro de la trama de acciones comandadas por los partidos, que eventualmente fueron los que organizaron las claves de los términos de la transición democrática. Eran otras formas que nosotras como feministas hemos ido recuperando para hacer memoria de esas maneras de intervenir en el espacio público, también desde acciones artísticas.

Esto en 2016 tuvo un momento de auge, articulado con la convocatoria mundial del Ni Una Menos. Ese fue uno de los primeros momentos de irrupción de masas del feminismo, aunque ya existía hace un rato, incluso desde la movilización de 2011, cuando se levantaron congresos por una educación no sexista. Desde 2016, esta irrupción no ha hecho sino crecer, como lo ha demostrado a cada paso. 

Una de las cuestiones más interesantes que pasaron con eso, en 2018 –al alero del movimiento feminista que alberga la participación de las compañeras que son parte de muchos de estos otros ámbitos de conflictividad– es que aparece la posibilidad de una impugnación general. Decimos que vamos a salir a la calle contra la precarización de la vida en general. Ya no vamos a salir sólo contra el negocio de la educación, o contra las termoeléctricas. Hasta ese momento, el feminismo estaba muy anudado a la experiencia de la violencia extrema del feminicidio, y en ese sentido era un feminismo que estaba continuamente saliendo a la calle reforzando la posición de la victimización, donde sólo se podía hablar desde esa voz, y nosotras pensábamos que esa era una voz única muy peligrosa.

Afiche de convocatoria al Ni Una Menos, Chile, 2016. / Foto: Wikimedia.

En 2018 llegaba la derecha al gobierno, y a la derecha le complace esa posición de víctima en la que nos pone la violencia patriarcal; es una posición que le sirve y que pueden procesar. Por eso nosotras llamamos a hacer ese desplazamiento hacia una impugnación más transversal. Fue un desplazamiento fundamental para la impugnación de estas conflictividades, porque no es procesable para el gobierno: se trata de una crítica transversal a la precariedad general de la vida, que choca con la gestión autoritaria y precarizadora de la derecha. Allí generamos un antagonismo que confrontaba el autoritarismo que ha encarnado este gobierno. Especialmente a finales de ese año, con la avanzada del Comando Jungla en el territorio del Wallmapu y el asesinato por la espalda de Camilo Catrillanca.

Hubo algo ahí, con ese giro autoritario que –no sé bien aún cómo decirlo, creo que todavía nos va a tomar tiempo poder entender y nombrar– se quebró. El 18 de octubre de 2019, casi un año después del asesinato de Camilo, cuando se alzan las tarifas de transporte, hubo una nueva respuesta: los estudiantes saltan los torniquetes del Metro y el gobierno reacciona reprimiendo, metiendo a los pacos a los vagones del Metro a pegarle a los estudiantes, lo cual desató una furia generalizada. Esa furia fue la única forma de responder, era una condición de supervivencia. Creo que es toda esta genealogía lo que antecede a ese estallido del 18 de octubre.

Afiche en alusión a la genealogía de conflictos sociales recientes en Chile. / Foto: Wikimedia.

K: La consigna “No son 30 pesos, son 30 años” parece llamar la atención sobre un número que codifica un largo malestar que tiene una raíz histórica que va más allá del conflicto actual. ¿Crees que en ese juego con la cifra “30” haya implícita una experimentación con la escala y con la incalculabilidad del movimiento y de la revuelta? Es decir, ¿crees que lo que queda cifrado en el conflicto actual no es sólo un cálculo cuantitativo de la precarización de la vida sino también una invitación a experimentar con otras formas de hacer y de vivir juntxs de modos imprevistos, siempre en construcción, irreconocibles para el vocabulario político institucional?

AC: Creo que ahora, escuchándolos, he pensado en esta consigna de otro modo. Efectivamente, de los pesos a los años hay un tránsito muy grande. Todos sabemos, más o menos, lo que es un peso, pero parece que no sabemos en sí lo que es un año. Nadie puede decirlo realmente, excepto nosotras, que lo estamos enunciando, que lo estamos viviendo. Cuando decíamos “No son 30 pesos, son 30 años”, también decíamos luego: “No son 30 años, son 47”, de la memoria de la dictadura, o “son 500 años”, de la memoria de la violencia colonial, porque la revuelta reciente da cuenta de un arco de conflictos mucho más largo. Efectivamente, me parece súper interesante pensar la consigna de ese modo.

Grafiti con la consigna “No son 30 pesos, son 30 años”. / Foto: Wikimedia.

K: ¿Qué lecciones crees que habría que tener en cuenta sobre las experiencias de luchas feministas recientes en este actual ciclo de conflictos en Chile?

AC: Es todo un desafío pensar en los procesos de aprendizaje que implica la posibilidad de generar un feminismo que se reconozca en la historia de movilización de las y los oprimidos, que busca cambiar radicalmente el mundo, no que busque gestionar o mejorar lo que existe, sino de abrir paso a una transformación radical del orden de lo existente. 

Ha sido un desafío orgánico, que no ha sido tan pensado. Así fue con el surgimiento de la Coordinadora Feminista 8M (CF8M). Las compañeras en Argentina nos han preguntado por qué quisimos hacer una Coordinadora Feminista, y nosotras les respondimos que no quisimos hacerla, simplemente la hicimos. De alguna manera, eso es lo que se hace aquí cada año el 8 de marzo: se le llama “coordinación” porque se asume que cada una como feministas está haciendo su trabajo y en ese momento del año nos coordinamos para reunirnos y hacer cosas juntas. Pero digamos que no fue algo planificado.

Sin embargo, esa forma de organización ha tenido implicaciones muy significativas. Después de cada 8 de marzo vamos organizando el siguiente, no dejamos pasar la potencia de esos encuentros. Uno de los mayores esfuerzos ha sido organizar huelgas para el 8 de marzo, porque en este país está prohibida la huelga. Dice una compañera que la única vez que aparece la palabra huelga en nuestra constitución es para prohibirla. Vamos a hacer una huelga precisamente porque no está permitida, y por eso la queremos hacer. Así fue como surgió la CF8M, como un esfuerzo para seguir coordinadas para abrir camino a algo; no sabemos muy bien a qué. Bueno, después vino la revuelta y ahí hubo algo de lo que creíamos que tenía que ocurrir.

Estamos ante un vértice histórico: la crisis mundial capitalista está llegando a un punto que supone que las alternativas de futuro que se perfilan son a través de la gestión cada vez más autoritaria con la irrupción del fascismo –nosotras habíamos visto la lección cercana de Brasil y pensamos que sería una amenaza real para toda América Latina–. En estas condiciones, el feminismo tiene que ser capaz de proponer otros futuros, pero tal como existíamos nosotras no podíamos hacerlo, teníamos que seguir experimentando con otras formas.

Pienso que no hay tanto que yo pueda decir a propósito de ejercicios necesariamente autoconscientes sobre esas formas orgánicas otras, porque no operamos así, planteándonos hacer cosas distintas a las que hemos hecho antes o a las que hacen los partidos, sino que nos proponemos hacer cosas que queremos y sobre eso vamos buscando la estructura necesaria para lograrlo. La CF8M funciona como una especie de monstruo; son hartas compañeras que, todo el tiempo, todo el día, están trabajando. Me gusta llamarla “monstruo”, en parte, para perderle miedo a los monstruos, pero también porque es un organismo viviente, una criatura que se despierta en la mañana y se acuesta por la noche, y que se hace preguntas constantemente.

K: Pareciera que uno de los retos que plantea la coyuntura chilena actual es cómo aprender a hacer política de otras formas: esquivando la militancia partidista, la relación clientelar mediada por las élites políticas y económicas, la burocracia e institucionalidad tradicionales. ¿Cómo se han mediado las relaciones tensas entre el feminismo y la estructura sólida y tradicionalmente patriarcal de la izquierda?

AC: Yo preferiría hablar de “potencia feminista” en lugar de “el feminismo” como algo consolidado. Nombrarla así, como esa forma de crítica, de cuestionamiento, de pensamiento, de expresión de la palabra y de la experiencia. En esa potencia nosotras hemos identificado un acontecimiento que fue muy relevante: el llamado “éxodo feminista” de la izquierda. En el 2017, después de la irrupción de masas del feminismo con Ni Una Menos, el feminismo se convierte en una especie de clave de lectura de la cotidianeidad. Empieza a circular muchísimo entre nosotras la denuncia de la cotidianeidad de la violencia que no sólo se vive en la calle, sino también en la casa, en el trabajo, en las organizaciones políticas, en los movimientos estudiantiles, en todos los espacios que habitamos.

Protesta feminista en desconfinamiento parcial en Santiago de Chile. / Foto: Coordinadora Feminista 8M | Revista Emancipa.

Comenzó entonces cierta forma de actividad política a través de estas denuncias, que ya no son del orden de lo privado sino de lo público. Se trataba de interpelar a las organizaciones políticas para que estuviesen a la altura del conflicto y se hicieran responsables de esa vida cotidiana. Las organizaciones de izquierda, comandadas en gran medida por varones –pero no sólo por eso, sino también por su estructura misma, por la forma en la que se organizan–, no son capaces de estar a la altura de estas denuncias, y se quiebran. Es entonces cuando las feministas se van en masa de esas organizaciones. Yo no me fui, yo me quedé militando en la izquierda, preguntándome por qué me estaba quedando. ¿Tiene sentido construir feminismo al interior de la izquierda? Y si es así, ¿en qué condiciones es eso posible? Las que nos quedamos comenzamos a preguntarnos esto y sobre las relaciones entre capital y patriarcado.

Esa potencia feminista ha comenzado a encontrar caminos que recorrer por fuera de los domicilios de la izquierda, de los partidos políticos, creando espacios, instancias y procesos propios desde los cuales ir explorando su propia potencia, que estaba de algún modo domesticada o subordinada por las organizaciones tal y como existían hasta ese momento. Creo que esa potencia feminista está en explorar posibilidades de articulación de cuestiones que aparecían como separadas. Parecía que cada uno de los conflictos se administraba temáticamente: como si el conflicto educacional fuera algo que atañe sólo a los estudiantes, o el socioambiental sólo a las personas que habitan ese lugar en el que el conflicto se manifiesta.

Protesta feminista en desconfinamiento parcial en Santiago de Chile. / Foto: Coordinadora Feminista 8M | Revista Emancipa.

El feminismo lo que empieza a hacer es generar la posibilidad de una voz común de todas esas conflictividades. Casi podríamos pensar que es la posibilidad del surgimiento de un sujeto colectivo, aunque yo no estoy tan segura de eso. En todo caso, sí es la posibilidad de cierta transversalidad, que es así como lo dicen las compañeras en Argentina. El feminismo tiene el potencial de poner en entredicho los nichos y casilleros en los que la vida neoliberal organiza nuestras identidades. Yo pienso que esa es otro de los grandes logros que hemos tenido.

K: ¿Qué experiencias arroja el Encuentro Plurinacional de Las y Les que Luchan sobre esas nuevas formas de aprender cómo hacer política de una manera más transversal?

AC: Pienso que el Encuentro Plurinacional de Las y Les que Luchan nos sirvió para entender que las posibilidades para articular esa voz común no están dadas, hay que producirlas. El feminismo nos ha demostrado que eso se puede hacer desde el encuentro, reconociéndonos mutuamente. Con las posibilidades de discutir, de pelearnos, de pensar el mundo conflictivo, que es lo que implica todo práctica democrática. Levantar el llamado a ese Encuentro fue algo súper correcto, tuvo una respuesta inmediata, a través de decenas de pre-encuentros por distintas compañeras a lo largo del país y en distintos sectores. Se mostraba que había un deseo latente de citarnos al Encuentro y crear nuestros espacios. Para nosotras ha sido un desafío que ese Encuentro no sea solo un acontecimiento aislado. sino que sea algo que puede trazar una historicidad propia. El Encuentro ha sido clave para levantar las coordenadas de nuestra propia acción como feministas para este año.

K: ¿Qué lugar crees que están ocupando las luchas feministas en la preparación del terreno para el plebiscito sobre una nueva constitución para Chile?

AC: El asunto del rol del feminismo en el proceso constituyente que se está abriendo ahora en nuestro país ha sido una pregunta clave para nosotras. ¿Tenemos la posibilidad de plantear un horizonte táctico respecto al proceso constituyente que ha suscitado tantos resquemores al interior de la sociedad? Hay sectores que no están dispuestos a participar en ese proceso y hay otros que ya están haciendo campaña a favor. 

Izquierda: Carteles de protesta por una nueva constitución durante las movilizaciones estudiantiles de 2011. /Foto: Wikimedia. | Derecha: cartel de protesta por una nueva constitución durante el estallido social de 2019. / Foto: Wikimedia.

El acuerdo del 15 de noviembre que abre paso al proceso constituyente no es nuestro acuerdo, lo tomaron a nuestras espaldas, lo tomaron como un acuerdo de impunidad que salva a un gobierno terrorista. Sin embargo, se trata de un acuerdo que marca las condiciones políticas de nuestro tiempo y nosotras vemos que es insoslayable, va a estar ahí sí o sí. 

Entonces la pregunta es: ¿el feminismo puede seguir ocupando este lugar de proponer una política que albergue diferencias tácticas, que albergue estas lecturas múltiples e incluso antagónicas? ¿Es posible que lo haga? ¿Cómo puede hacerlo? Son preguntas que están abiertas y para las que no tenemos aún respuestas certeras. Lo único que nos sostiene ahora es plantearnos esas preguntas, sostener esas interrogantes. Preguntarnos si es posible hacer algo distinto a lo que hemos hecho para cambiar la vida.

Izquierda: Imágenes de protestas feministas por una nueva constitución. / Foto: Revista Emancipa. | Derecha: Imagen de portada del Kit Constituyente: herramientas y argumentos para la participación de las mujeres en el proceso constituyente de Chile. / Foto: Humanas: Centro Regional de Derechos Humanos y Justicia de Género.

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Alondra Carrillo Vidal es militante feminista, psicóloga clínica y estudiante de posgrado en filosofía política. Entre los años 2018 y 2020 fue vocera de la Coordinadora Feminista 8M, espacio que se propuso impulsar el desbordante proceso de Huelga General Feminista que tuvo lugar en Chile en 2019 y 2020. Es coautora, junto a Javiera Manzi, del artículo “Lo constituyente, lo destituyente y la imaginación política feminista”, publicado en el libro Por una constitución feminista, y del artículo “Nuestras luces en la penumbra: potencia feminista y urgencias destituyentes”, publicado en el libro La Internacional Feminista. Lucha en los territorios y contra el neoliberalismo.

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Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com