El arte de la docencia
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
08 de septiembre, 2020
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Creo que un gran maestro es un gran artista y hay tan pocos como hay grandes artistas. La enseñanza puede ser el más grande de los artes ya que el medio es la mente y espíritu humanos.

 John Steinbeck

Decía hace una semana en esta Educación personalizante que educar es construir y contar una historia, y que eso puede hacerse en el contacto cercano cara a cara del aula o a través de los dispositivos electrónicos que hoy están teniendo que utilizarse –en los sectores sociales que tienen acceso a ellos, que desafortunadamente siguen siendo minoritarios en nuestros países-, porque la construcción de esa historia no depende de la escenografía, la iluminación, la música espectacular o los efectos especiales sino de la veracidad de un contenido humano –sea un conocimiento, un método o un valor- y de la autenticidad y la pasión con que se comunica. 

Presentaba como evidencia personal de esta convicción el enorme impacto estético, afectivo e intelectual que dejó en mí la obra teatral Wenses y Lala, que vi por primera vez en vivo y por segunda ocasión a través de una transmisión por streaming sin que hubiese en ese impacto –risas, preguntas, gozo, coraje, llanto, amor, esperanza- ninguna diferencia en ambas ocasiones. 

Estoy plenamente convencido, y lo planteaba en esa columna anterior, de que un buen docente es capaz de producir ese efecto en sus estudiantes de cualquier edad o nivel educativo, ya sea en el espacio áulico o en la educación a distancia que hoy se está viviendo de manera generalizada por la crisis por coronavirus que padecemos en el país.

Porque así como la obra de teatro que referí –y habrá muchas otras obras, películas, series, libros, podcasts, etc. que logren ese mismo impacto–, un buen docente no es quien tiene a su alcance la mejor y más actual tecnología, ni el más sofisticado material didáctico, tampoco es el que domina la técnica didáctica o conoce mucho de Pedagogía.

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En el caso del teatro podemos ver actores con una técnica muy depurada, una presencia física muy atractiva y unos recursos tecnológicos de alto costo que no nos comunican nada, que nos mantienen indiferentes, impasibles ante cualquier cosa que hagan en el escenario porque en el fondo no hay drama que comunicar –no hay una buena historia que contar- o no hay la autenticidad y la pasión necesarias para contarlo. De la misma manera podemos tener docentes que dominen la técnica –las plataformas tecnológicas o los métodos e instrumentos de planeación didáctica y de evaluación–, pero que no generen un aprendizaje significativo en sus estudiantes porque en el fondo no existe esa historia humana profunda y llena de sentido o no hay en ellos la veracidad y la pasión educadora indispensables para lograr la finalidad de la educación.

Por eso he elegido seguir con esta línea de reflexión y desarrollar hoy la idea de que un buen docente, un auténtico profesional de la educación es, como dice Steinbeck en el epígrafe, un artista. Un gran docente es un gran artista y de esos hay pocos, pero un buen docente es un artista solvente, un artista que realiza su trabajo con veracidad, pasión y compromiso para construir y contar una buena historia a los niños y adolescentes, una historia que les enseñe en qué consiste ser humano en este tiempo convulso, en este mundo doloroso y complejo pero también lleno de aventura, misterio y cosas buenas por descubrir y experimentar.

En estos días participé como asistente en un foro sobre formación de docentes universitarios en el que se tocó el problema permanente de los profesores universitarios que provienen de muchas profesiones distintas, pero no tienen conocimientos pedagógicos. La postura de uno de los ponentes era que la universidad debería ofrecerles –y pedirles que tomaran- cursos y talleres sobre elementos pedagógicos para poder ejercer la docencia en los niveles de licenciatura o posgrado. Estando de acuerdo con que es conveniente que los profesionales que no se formaron para enseñar se capaciten en ciertas habilidades necesarias para la práctica docente, yo le planteaba que existe -según cuestionaba hace algunos años en otra institución una muy sabia colega- el riesgo de pretender “pedagogizar” la universidad, es decir, pensar que volviendo expertos en Pedagogía a los profesores de todas las disciplinas se logra en automático que promuevan una formación integral de calidad.

Foto: Pikist

La respuesta me sorprendió, porque si bien el ponente reconoció que este es un debate aún no resuelto en las universidades, planteó que la Pedagogía y enseñar son una ciencia, por lo que un profesionista de cualquier carrera debe formarse en esta otra ciencia y ser un “doble profesionista” si quiere enseñar en una institución de educación superior. El ejemplo que planteó es el típico y muy real caso de profesionistas destacados que son verdaderas referencias en su campo pero que “no saben enseñar”, que son muy malos profesores.

Si bien este es un hecho irrebatible que se vive con cierta frecuencia en las universidades, también lo es que existen muchos profesionistas que no estudiaron para ser docentes –ingenieros, médicos, administradores, filósofos, etc.- que son realmente muy buenos docentes y dejan una huella formativa imborrable en la vida de los estudiantes.

Por otra parte también es cierto que un buen número de pedagogos o de profesores normalistas –que se formaron como profesionales de la Educación- son pésimos docentes y los estudiantes tratan por todos los medios de evadir tomar clases con ellos porque son muy aburridos y no aprenden nada en sus clases.

Desde mi punto de vista, esto se debe a que la docencia es una profesión artística, una profesión que requiere más que de conocimientos, de saberes –en el sentido de sabiduría, de conocimiento asimilado que se vuelve vida-, autenticidad humana y pasión por comunicar una historia para que cada uno de sus estudiantes construya su propia historia.

“Cualquier educador puede llegar a ser artista si es capaz de tener otra mirada sobre el mismo alumno, si le quita lo que le sobra: sus deficiencias, sus bloqueos, sus limitaciones, sus temores y falta de confianza y va desplegando poco a poco su figura humana en todo su esplendor”. 

Dr. Augusto Barcaglioni.”¿Por qué educar es un arte?”, Ensayos para el pensamiento creativo.

Como dice el Dr. Barcaglioni en esta cita, un educador puede llegar a ser un artista si cambia su mirada sobre el estudiante, y a la manera de esta bella leyenda que se cuenta sobre Miguel Angel, va quitándole a cada alumno lo que le sobra para hacer surgir la mejor imagen, la más bella obra de arte que es el resplandor del drama personal que se va desplegando paulatinamente y desvelando sus mejores facetas como ser humano.

Este cambio de mirada no se logra tomando cursos de pedagogía ni aprendiendo métodos y técnicas de enseñanza o teorías del aprendizaje, sino en un proceso humano mucho más hondo y complejo que la mayoría de los programas de formación del profesorado –al menos los que se sustentan en esta visión pedagogizante- no logran generar.

Porque la verdadera formación del maestro o maestra es la que se piensa y se vive como un proceso de transformación intelectual, ética –e incluso espiritual en el sentido más amplio y profundo del término- orientada a la formación artística de los educadores. Porque educar es un arte y la Pedagogía es la ciencia que estudia sistemáticamente ese arte.

Foto de portada: Sage Ross | Flickr

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..