Educar es construir y contar una historia
"El problema no está en la virtualidad –o en las escuelas cerradas, como ahora están- sino en que esa historia es aburrida, no se le encuentra sentido y no aporta nada a la vida de los educandos"
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
01 de septiembre, 2020
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El hombre, pues, no sólo es capaz de la liberación estética y de la creatividad artística, sino que su primera obra de arte es su propia vida. A lo bonito, lo hermoso, lo admirable lo incorpora el hombre a su propio cuerpo y a sus acciones, antes de que se le dé una realización todavía más libre en la pintura y la escultura, en la música y la poesía. El estilo es el hombre  antes de que aparezca en el producto artístico. 

Bernard Lonergan. Insight. Estudio sobre la comprensión humana, pág. 123.

Escribo esta Educación personalizante aún bajo el impacto estético y emocional de Wenses y Lala, una hermosa obra teatral que hoy, último domingo del octavo mes de este año -perdido en muchos sentidos para nuestra historia-, tuvimos oportunidad de ver por segunda ocasión –la primera fue en vivo en el Foro Shakespeare de la CDMX- ahora en transmisión vía internet.

Recordaba con mucho agrado mi primera experiencia de contacto con esta obra y por eso, al saber de la oportunidad de comprar boletos electrónicamente para verla nuevamente, ahora desde casa, decidí de inmediato hacerlo. No imaginé todo lo que iba a volver a mover dentro de mí, dado que ya conocía la historia y además ahora no estaba yo dentro del ambiente siempre mágico que se produce en una sala de teatro.

Se trata de una bellísima y muy profunda historia de amor contada por sus protagonistas, Wenses y Lala, dos personajes que nacieron, crecieron y vivieron toda su vida en un pequeño poblado rural que, se asume, está ubicado en el norte del país.

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Un fondo negro, una banca larga de madera, breves momentos de música original y una iluminación muy básica son toda la producción en cuanto a recursos técnicos. Lo demás corre a cargo de los dos magníficos actores –Teté Espinoza como Lala y Adrián Vázquez como Wenses- que dan vida a dos personajes fascinantes y cuentan una historia extraordinariamente bien escrita que toca las fibras más sensibles del espectador.

En un poco más de hora y media los actores nos meten en esa atmósfera un tanto etérea, y al mismo tiempo muy real, en la que podemos imaginar ese poblado perdido del litoral norte de México, en el que a la vida del campo se suman las tragedias producidas por el narcotráfico y su combate, y por los abusos de políticos corruptos que marcan negativamente las vidas de estos personajes.

Al contarnos su historia, los dos personajes se vuelven cercanos y entrañables porque nos comunican aspectos que, a pesar de la enorme diversidad de personalidades y de las distancias culturales que pueden separarnos, son comunes a todos los seres humanos.

De este modo vamos sintiendo la alegría y la inocencia de dos niños que se conocen desde pequeños porque son vecinos en las afueras del pueblo. Sentimos también la injusticia y el dolor de la muerte violenta de la familia de Wenses y de la muerte por enfermedad de la mamá de Lala; su indefensión y el amor primero fraternal y de protección mutua y luego romántico que nace y crece entre ellos; la solidaridad de algunas personas que los rodean y la maldad de otras; la ilusión, los celos, el sufrimiento, el amor que se va desarrollando y madurando hasta unirlos para siempre; la esperanza de ver nacer y crecer a un hijo, la enorme fractura que significa perderlo y al final el perdón, la compasión, el agradecimiento por una vida juntos que valió la pena a pesar de sus momentos difíciles e incomprensibles.

¿Por qué hablar de esta obra de teatro en una columna sobre educación? 

Wenses y Lala

Wenses y Lala / Foto: México en el arte | YouTube

Porque como dice Lonergan, el arte, el buen arte es solamente una imitación del drama original de la humanidad que se está desenvolviendo en cada historia y en la historia. El arte solamente retrata, interpreta, recrea, resignifica, comunica, cuestiona y comparte elementos que toma del drama de la vida humana.

La habilidad básica de vivir es artística y dramática y “se da en presencia de los demás, y los demás también son actores en aquel drama que el teatro sólo imita…” y si educar es enseñar a vivir, enseñar en qué consiste ser humano como dice Savater en El valor de Educar, entonces la educación tiene como una de sus tareas primordiales la de desarrollar esta dimensión artística y dramática en los niños y adolescentes para que ellos se capaciten para ir moldeando su personaje y construyendo y contando su propia historia.

Desde este punto de vista, toda buena educación es un proceso en el que se está construyendo y contando una historia. Cuando esa historia es buena –interesante, retadora, significativa, emotiva–, cuando los actores la cuentan con verdad y poniendo en ella toda su mente y todo su corazón, entonces se produce la magia y no importa –como en el caso de Wenses y Lala vía streaming- que se haga a través de la tecnología en vez de presencialmente, tendrá un impacto que transformará a quienes participan en ella.

Los actores del drama de la vida llegan a ser expertos; la escenografía es magnífica; la iluminación es soberbia; el vestuario es sensacional; pero no hay drama… 

Bernard Lonergan. Insight. Estudio sobre la comprensión humana, pág. 262.

Sucede muchas veces que el problema no está en la virtualidad –o en las escuelas cerradas, como ahora están- sino en que esa historia es aburrida, no se le encuentra sentido y no aporta nada a la vida de los educandos. Se trata de una historia con escenografía magnífica, vestuario sensacional, iluminación soberbia, música impactante y efectos especiales, pero no hay drama.

Le ocurre, desafortunadamente, a muchos de nuestros hijos e hijas o de nuestros estudiantes, que tienen enfrente a actores que pueden ser expertos en las técnicas y tener muchos años de experiencia o credenciales académicas, pero que no tienen una historia válida y enriquecedora que contar y por ello no pueden aportar elementos para la construcción de una historia que valga la pena ser vivida y después contada.

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En estos tiempos de crisis educativa, que llaman a la construcción de antifragilidad docente para salir mejor de lo que entramos a la etapa de trabajo educativo a distancia, sería conveniente que todos nosotros hiciéramos un ejercicio de introspección y análisis para descubrir los elementos clave de nuestro drama, los aprendizajes fundantes que nos ha dejado nuestra historia y construir, desde ahí, una historia significativa que contar a nuestros educandos para ayudarlos en su proceso de desarrollo y de construcción de su propia historia.

Más allá de los contenidos que, por lo que se ve y se lee en estos días, siguen teniendo un lugar privilegiado en nuestra cultura de lo educativo, habría que pensar la educación como una historia que se está construyendo y contando con el fin de ayudar a las nuevas generaciones a construir y contar una mejor historia para cada uno de ellos y para este país tan golpeado por la desigualdad, la pobreza, la exclusión, la discriminación, la corrupción, la impunidad y la violencia.

¿Qué historia estamos construyendo y contando? ¿Qué tan significativa es para nuestros estudiantes? Ahí está una de las claves para construir una educación personalizante auténtica sin importar si es presencial o a distancia.

 

Foto de portada: August de Richelieu | Pexels

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..