Desaprender desde el arte, entrevista a Palmera Ardiendo
De cómo las prácticas artísticas pueden ayudarnos a recuperar el espacio público y las instituciones culturales para el encuentro y el aprendizaje.
Por Klastos @
17 de septiembre, 2020
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Palmera Ardiendo es un colectivo artístico que trabaja desde Cuernavaca, Morelos, experimentando con el trabajo horizontal y colaborativo a partir de la ciudad como un espacio para el encuentro. A través de distintas iniciativas, se han preguntado cómo habitamos, recorremos, imaginamos, representamos, intervenimos y reinventamos la ciudad. Han desarrollado charlas, ciclos de cine, exposiciones, laboratorios de mapeo, derivas, rallys y talleres para abrir espacios de diálogo sobre Cuernavaca y las condiciones sociales, culturales y económicas que la caracterizan desde los dos últimos años.

Desde Klastos creemos que las prácticas culturales son un lugar de experimentación para imaginar otras formas de vida en común. Por eso conversamos con Palmera Ardiendo, para interrogar qué lugar podrían ocupar las prácticas artísticas contemporáneas en la inminente reestructuración de la vida cotidiana que se avecina con “la nueva normalidad”. 

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Klastos (K): ¿Cómo surge Palmera Ardiendo? ¿Qué estaba pasando en el contexto de Cuernavaca que hizo que se juntaran en este proyecto?

Gabriela Venosa (GV): Palmera Ardiendo inicia a principios de 2019, tras el cambio de gobierno en Morelos en 2018, que también trajo consigo cambios en las instituciones culturales que desataron un gran descontento en la comunidad artística local. La Secretaría de Cultura se convirtió en Secretaría de Turismo y Cultura, lo cual significó para nosotros, simbólicamente, quitarle importancia a algo que se había logrado que era tener una Secretaría de Cultura; quitarle el nombre significaba que no hubiera un espacio relevante para ella. Por otro lado, sabíamos que iba a significar un recorte de presupuesto para el área y retrocesos en algo que había implicado no sólo dinero sino también tiempo y esfuerzo de muchos de nosotros que, en algún momento, habíamos trabajando en esas instituciones.

Foto: Cortesía Palmera Ardiendo.

Entonces, justo en enero de 2019,  nos empezamos a reunir con un grupo de personas, sin saber muy bien para qué, sólo sentíamos que teníamos que hacer algo porque el panorama no se veía nada favorable para el área cultural. Primero pensábamos que íbamos a hacer una exposición para marcar una postura ante lo que estaba sucediendo, pero después también nos dimos cuenta de que, además de este sentir que compartíamos frente a las instituciones culturales, había una necesidad de colectividad, de juntarnos a platicar y hacer cosas juntos. Nos dimos cuenta de que, a pesar de que Cuernavaca no es tan grande y la mayoría del sector cultural nos conocemos, había proyectos que no conocíamos. Entonces nos empezamos a juntar de una forma muy natural, invitando a amigos de los amigos y empezó a avanzar el proyecto.

Nos dimos cuenta de que más que una exposición iba a ser un programa, pero desde la colectividad. Así fue como nos juntamos y empezamos el diálogo, y para junio inició nuestra primera edición. Fue un programa que duró casi cuatro meses que incluyó exposiciones, actividades, talleres, ciclos de cine, charlas, laboratorios, piezas participativas, etcétera, y donde se juntaron más de 150 agentes culturales de Cuernavaca. Para mí, los dos puntos fundamentales que nos unieron fueron la incertidumbre ante el panorama cultural y la necesidad de juntarnos, de encontrar en la colectividad la resistencia ante todo lo que estaba sucediendo a nivel local y global.  

Ahora nos estamos definiendo más como una plataforma que busca generar un espacio de encuentro crítico a partir del arte contemporáneo. La parte beneficiosa de la coyuntura fue que han salido otras iniciativas, ahora veo mucho movimiento cultural en Cuernavaca pero desde la independencia. Se me hace muy interesante y es un punto para reflexiones, porque existen las instituciones que están recibiendo dinero de nuestros impuestos y que deberían estar funcionando, y los proyectos independientes no tienen porqué hacer el trabajo que le corresponde a ellas, pero esas acciones independientes ahora están buscando mecanismos para comunicarse con la institución y exigir que funcionen de una mejor manera.

Laboratorios de la primera edición de Palmera Ardiendo. / Foto: Cortesía Palmera Ardiendo.

Samaria Guevara (SM): Palmera Ardiendo fue solamente el lugar donde fue desembocando esa necesidad de la comunidad artística de querer hacer y propiciar. Entonces se ha hecho una especie de red en donde hay comunicación con espacios públicos, privados, colectivos, con asociaciones de restauranteros que amorosamente decidieron apoyar, con la Universidad del estado, mucha gente se empezó a involucrar aunque el arte no fuera su lugar de acción. 

Ahora que hablan de la plataforma, ¿nos pueden contar cómo abordan el formato de la horizontalidad? Pareciera que es el eje o la forma más orgánica que hasta ahora han conseguido para trabajar, que los involucra a ustedes como integrantes activos, digamos, pero también a otros participantes y colaboradores externos. 

GV: La horizontalidad es una postura que hemos decidido tomar y que a veces es complicada cuando tienes toda una vida dentro de estructuras que son verticales y jerárquicas. Sentimos que no debemos acostumbrarnos a eso, no sólo en cuestión laboral sino que es una necesidad de buscar relaciones más horizontales con todo lo que habita el planeta, porque es la única forma de sobrevivir. Desde el principio tomamos esta decisión de ser un colectivo horizontal (lo pusimos en nuestro manifiesto), pero ahora lo estamos trabajando como un colectivo que busca encontrar espacios de horizontalidad, y estamos en eso. Estamos aprendiendo y desaprendiendo otras formas de trabajo que no nos gustaban, porque la mayoría hemos trabajado en lugares donde sabemos que las cosas funcionaban mediante el sistema de jerarquías.

Manifiesto de Palmera Ardiendo.

Como la horizontalidad es una postura, permea totalmente a las otras formas de colaboración que tienen que ver con los otros participantes. Desde el principio queríamos abrir el colectivo a que la gente participara de la forma que pudiera y quisiera, y con las personas que se han estado uniendo tratamos siempre de tener un diálogo: el diálogo es la base para que todo esto realmente pueda funcionar. A pesar de que ese diálogo implica procesos mucho más largos y todo lo que pueda implicar el tener tantas cabezas pensando en una misma cosa al decidirla. 

SG: A veces uno pone en la balanza qué es más importante: tomarse el tiempo necesario para que todos estemos de acuerdo y para que la cosa realmente fluya, o una cuestión impositiva. Entonces nos hemos dado cuenta de que sí vale la pena dialogar desde la horizontalidad y de que sí podemos hacerlo, que tenemos que cambiar la lógica y todos vamos entendiendo poco a poco para dónde vamos.

“Cuernabalas”, obra de María Naidich que fue censurada en la exposición “Latitudes” en el Museo Morelense de Arte Contemporáneo Juan Soriano y que posteriormente se expuso en la Biblioteca Miguel Salinas durante la primera edición de Palmera Ardiendo. / Foto: Facebook Palmera Ardiendo.

GV: También es que desde la discusión se crea. Cómo encontrar en el disenso el espacio para generar cosas porque, evidentemente, no estamos de acuerdo todos en lo mismo siempre pero igual generamos diálogo. Es algo que no pasaba en las instituciones, por ejemplo, donde había reuniones en las que al final la decisión ya estaba tomada y no importaba lo que hablaras porque ya había alguien que había decidido cómo iba a ser y todo era como una tomadura de pelo. Queremos evitar eso a toda cosa, ser lo más honestos y encontrar otras opiniones aunque a veces nos choquen: está bien, es otra forma de ver el mundo con otras ideas. 

K: La horizontalidad, en este sentido, ¿tiene que ver con que hayan decidido trabajar con el formato de las “ediciones”? ¿Nos pueden contar en qué consistió la primera edición, donde el tema que eligieron fue la ciudad como espacio de contagio (lo cual nos parece muy curioso, ahora que la ciudad se revela como un espacio de contagio viral, pero como una amenaza, en un sentido de emergencia sanitaria)?

GV: Sí, tiene mucho que ver haber decidido trabajar con este formato de las ediciones. Originalmente la primera edición iba a durar dos meses máximo pero al final se extendió cuatro meses porque la gente seguía involucrándose y seguía proponiendo cosas. Escogimos el tema de la ciudad porque nos parecía que era un tema muy importante y porque abarcaba a muchas personas, todos al final estábamos habitando la ciudad: artistas, no artistas, gestores, etcétera, la ciudad es un tema que nos concierne a todos.

“Control de la fauna”. Serie de intervenciones en el espacio público. / Fotos: Cortesía Palmera Ardiendo.

La cantidad de actividades que hubo fue abierta también en este sentido, respondía a muchos intereses sobre un mismo tema. Por eso hubo exposiciones, ciclos de cine, charlas, talleres, poesía, piezas participativas, video, etcétera También queríamos que la horizontalidad permeara a los públicos, y “público” es otro término que estamos todo el tiempo discutiendo porque no es el término que queremos, estamos hablando de otra cosa. En los laboratorios, la participación de la gente fue más como una cosa de co-autoría y de participación activa. Me parece que es muy importante el término y cómo lo hemos tratado de meter en todas nuestras prácticas.

Ciclo de cine de la primera edición de Palmera Ardiendo.

K: ¿Creen que todas esas herramientas y actividades que pusieron en marcha en la primera edición se hacen cargo de un cierto “giro educativo” en el arte contemporáneo? ¿Creen estar respondiendo a eso? ¿Y creen que eso en sus prácticas habla de cierto déficit o carencia de la educación artística en Cuernavaca? 

GV: Totalmente. Este giro pedagógico en el arte es un tema que nos interesa mucho y de manera particular es el área que llevo investigando hace mucho tiempo, porque considero que es una respuesta ante el panorama en el mundo, no es que a alguien se le ocurrió por casualidad. Creo que responde a este hartazgo que propician las lógicas capitalistas y que la producción se va por ahí, que tiene que ir hacia un museo, una galería o entrar al mercado del arte. De repente salen estas otras formas de hacer arte o de utilizar procesos artísticos que tienen mucho más que ver con la relación y el encuentro que con un producto que se pueda vender al final.

Laboratorios de la primera edición de Palmera Ardiendo. / Foto: Cortesía Palmera Ardiendo.

Pensando en el futuro post-pandemia, que ya es otro futuro totalmente diferente a lo que pudimos haber imaginado, tiene sentido pensar en estas otras prácticas. También es una postura hasta de sobrevivencia, como la horizontalidad. Palmera Ardiendo justo se piensa como una plataforma que incluye tanto lo curatorial como lo académico, lo educativo y lo relacional justo porque creemos que todo eso involucra al arte. No nos interesa ser una plataforma que hace exposiciones porque para nosotros no es suficiente, no es sólo eso, ni una plataforma que hace seminarios de arte contemporáneo, tampoco es suficiente. Unimos todo eso porque estamos tratando de encontrar las herramientas que consideramos esenciales para hacer una propuesta significativa para nosotros, para la comunidad artística y para quienes les interese sumarse. Es algo que discutimos todo el tiempo y de lo que también estamos aprendiendo.

Laboratorios de la primera edición de Palmera Ardiendo. / Foto: Cortesía Palmera Ardiendo.

Yo estudié en la Facultad de Artes de la UAEM y puedo hablar desde mi experiencia sobre las cosas que siento que me faltaron, sobre los procesos tan cuadrados que había para ser una escuela de artes. Entonces este giro educativo es esencial para Palmera Ardiendo, nos interesa mucho tocarlo desde un lugar para experimentar e investigar estas posiciones de desaprender y desde otras formas también de aprender. Esta figura de alguien que todo lo sabe y te va a enseñar cómo hacer las cosas ya no debería existir. Se trataría de volver a la horizontalidad, de juntar saberes y de los saberes colectivos generar cosas distintas.

K: Cuando mencionaban el aspecto relacional, pensábamos en dos experiencias sobre su trabajo respecto a esa horizontalidad y esas otras formas de aprender: 1) reabrir la Biblioteca Miguel Salinas, en el Centro de la ciudad, para una exposición colectiva; 2) el proyecto en marcha La Hamaca. Nos llama la atención que pareciera que los libros los mantienen conectados. 

El libro, por lo general, se entiende como un objeto solipsista, de uso individual, y en su práctica, al contrario, se revela como un dispositivo colectivo y de aprendizaje desde la participación. Si esto es así, ¿creen que haya ahí algo en juego respecto a su propia concepción de la educación artística? ¿Estas experiencias suponen para ustedes una experimentación con otras formas de aprender desde/con el arte?

SG: El espacio de la Biblioteca Miguel Salinas se buscó, pero en realidad fue una cuestión fortuita, queríamos un espacio amplio y céntrico para armar la exposición y tuvimos las facilidades gracias a la UAEM. Es un edificio que está en restauración, no está abandonado, y nos dieron la posibilidad de ocuparlo, fue un gesto amoroso y solidario. A partir de ahí es que ocupamos la biblioteca como el lugar más visible dentro de todo lo que se armó en la primera edición.

Exposición de Palmera Ardiendo en la Biblioteca Miguel Salinas, Cuernavaca.

El proyecto de La Hamaca es un trabajo donde planteábamos que en el libro sí hay un diálogo muy personal, pero lo padre fue justo este lazo que se hizo porque nos donaron libros (los tenemos en resguardo, no tenemos un espacio físico pero el objetivo es tener un espacio donde la gente pueda usarlos) y esos libros los íbamos circulando con gente que creíamos les podría interesar, y cada quien hacía una intervención distinta a partir del libro.

GV: De hecho, la biblioteca en el centro se había usado ya en dos años anteriores por la Maestría de Producción Artística de la UAEM, dos de sus generaciones fueron las primeras que encontraron en el espacio un lugar para exponer, y fue por eso que nosotros decidimos tomar el edificio. También porque nos interesaban estos espacios un poco abandonados, ese edificio es particularmente todo un enigma para todos porque lleva tantos años cerrado a pesar de que sabemos que está en restauración. Fue un vínculo muy bonito porque la gente cuando lo vio abierto le interesaba entrar, era un espacio importante y representativo para la comunidad. 

Lo de La Hamaca surgió a raíz de la pandemia. Como no sabíamos qué iba a pasar y lo que queremos es compartir la biblioteca, hay que compartirla mientras está cada quien en su casa, hasta les va a venir muy bien poder recibir algo. El libro se convirtió en una cosa con una carga personal muy importante y también con esa añoranza de las relaciones físicas. El libro se convirtió en un objeto que nos lleva un poquito de uno a otro como un espacio pequeño donde quien recibe el libro puede leer la nota que le mandó la persona anterior y se entabla un diálogo entre ambos.

Proyecto La Hamaca, Palmera Ardiendo.

El libro carga esta necesidad de estar presentes el uno con el otro y era una necesidad de todos, la participación ha sido muy buena. Es también un escape de esta cosa tan virtual de estar todo el tiempo en pantallitas, donde ya nos reconocemos sólo por el recuadro de la videollamada, y volver al objeto para relacionarnos. La intención de esta biblioteca es que sea compartida todo el tiempo, la vamos a estar utilizando también en la siguiente edición. 

K: Volviendo a la digitalidad, ¿cómo les ha afectado como colectivo toda esta dinámica? Siendo un colectivo que hizo tanto trabajo en el espacio público, ¿cómo les ha pegado ahora migrar a estas plataformas? Además, sobre el asunto educativo que hablábamos antes, ¿qué ven o qué esperan (si hay algo que esperar) del “giro Zoom”? ¿Creen que haya posibilidades de volver a aprender a hacer otras cosas a partir de ahí? Pensando además en que estas condiciones han hecho más evidente aún la precarización de la vida y del trabajo. 

GV: Afectó muchísimo al colectivo, fue un desconcierto total porque como dicen, nosotros estamos todo el tiempo presentes en el espacio público en la relación con los otros. La calle es el espacio social que nos nutre de muchas cosas, desapareció, nos fue quitado. Entonces, sí empezamos a pensar en este formato digital (de hecho estamos trabajando en nuestra página web) pero no nos parecía suficiente, nos parecía un espacio bien complicado porque todos estamos acostumbrados a una relación directa con la gente. 

Creo que se trataría de encontrar otras formas que no suplan a lo anterior sino que cambie, y en ese sentido la educación y los procesos pedagógicos van a cambiar enormemente. También tenemos que identificar qué tipos de procesos van a suceder en cada caso. Un amigo decía que lo más raro que está pasando es que estén llamando “educación en casa” a un proceso que no está siendo educación en casa, está siendo educación a partir de las pantallas en tu casa, es muy diferente al término de educación en casa donde es realmente la educación que los papás generan dentro del ambiente del hogar.

Creo que fue todo tan rápido que no somos muy capaces de ver que son cosas diferentes, y si lo podemos identificar podrían ir evolucionando también las formas de relacionarnos. Pero siempre lo físico hace falta, sí es un espacio que de alguna manera se tiene que volver a tomar, volver a aprender a tomar ahora el espacio físico del que hicimos pausa durante un tiempo.

Intervenciones en el espacio público. / Foto: Cortesía de Palmera Ardiendo.

SG: Me parece que el mundo digital nos va a hacer más creativos como lo hicimos ahora con este proyecto de La Hamaca, y justo estamos en diálogo con otros colectivos y personas que quieren hacer alguna actividad. También iremos buscando una forma de generar actividades que no sea esta cosa plana del Zoom 20 horas porque estamos completamente seguras de que no funciona. La creatividad será nuestra aliada en este mundo plano y digital pero, como bien dice Gaby, la calle y la cuestión presencial son fundamentales para nosotros. 

K: En esta lógica de pensar los futuros proyectos, ¿nos podrían contar sobre su segunda edición? ¿Creen que esta situación de la pandemia y del volver a aprender se vea reflejada en su siguiente edición?

SG: Vamos a hacer la segunda edición presencial, tenemos qué, porque recibimos financiamiento y tenemos un proyecto al que responder. Hicimos las planeaciones antes de la pandemia pero hicimos modificaciones, particularmente con el FONCA, pero el objetivo es que sea presencial y que nos apoyemos en los recursos digitales.

 

GV: La segunda edición es todo un tema, porque así como no fue casual que eligiéramos la ciudad como el tema de la primera edición, el tema de la segunda edición que planeamos antes de la pandemia era “el futuro”. Entonces llega el COVID y el futuro se ha convertido en una masa muy rara que cambia de temporalidad, que cambia de espacios: el futuro a veces es mañana y no sabes qué va a pasar, el futuro a veces ya no existe o es pensar un futuro sin pandemia.

Entonces la edición tiene que cambiar, el futuro que pensamos en enero ya no es el futuro que tenemos en abril ni el que pensamos ahora. Nos dimos cuenta de que el tema seguía siendo el tema pero que iba a irse modificando.Como el tema es este, pensamos que será como un ensayo de laboratorio para poder imaginar e imaginarnos en este nuevo futuro y creemos que la función del arte es eso, tener un espacio para imaginar. Esa podría ser la estrategia y la pertinencia de esta segunda edición.

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