Contra-escritura feminista: imagen, letra, tecnología; entrevista con Alejandra Castillo
En un entorno regulado por la universidad como mecanismo de control disciplinario del conocimiento, el feminismo permite experimentar con otras formas de saber y escribir
Por Klastos @
17 de septiembre, 2020
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Sandra Hernández Reyes y Gabriela Méndez Cota (IBERO-FPE)

El trabajo de la filósofa chilena Alejandra Castillo muestra cómo el feminismo puede operar tácticamente en el seno de una tensión entre el aparato universitario y lo que ella denomina máquinas de contra-escritura. Siendo Klastos un proyecto de contra-escritura y multiplicación editorial de un pensamiento crítico situado, colectivo y experimental, nos ha interesado conversar con ella sobre lo indispensable, para nosotras y para otras tantas iniciativas como la de Filosofía de la práctica editorial, del archivo feminista en sus múltiples encarnaciones. 

Castillo es Profesora titular del Departamento de Filosofía de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación en Santiago de Chile, directora de la Revista Papel Máquina y autora de más de una docena de libros, entre los más recientes Adicta Imagen (2020), Matrix. El género de la filosofía (2019), Crónicas feministas en tiempos neoliberales (2019) y Simone de Beauvoir. Filósofa, anti-filósofa (2017). Ha sido co-editora de, entre muchos otros, Arte, archivo y tecnología (2012). 

Además de sus reconocidas contribuciones como filósofa feminista en el ámbito universitario, nos ha interesado especialmente el modo en que Castillo pone en práctica políticamente esas contribuciones a través de un compromiso más amplio con el ensayo literario y la crónica feminista como medios de crítica cultural situada en la historicidad de las sociedades latinoamericanas. Se trata de una filósofa que nos parece ser ante todo una escritora y de una activista que nos parece activar de modo singular la edición-intervención.

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Sandra Hernández/Gabriela Méndez (SH/GM): Simone de Beauvoir, Filósofa, antifilósofa (La Cebra, 2017) inicia exponiendo la cuestión de cómo se ha clasificado la obra de la feminista francesa en un debate más amplio en torno a la relación entre filosofía y literatura. Argumentas ahí que Beauvoir fue algo más que una filósofa. Fue antifilósofa en virtud de su relación existencial con la escritura, en un sentido que interrumpe la forma filosófica tradicional. 

Ahí, la accidentalidad de la experiencia parece por sí misma resistir a la disciplina y recomenzar el pensamiento. ¿Cabría interpretar en clave política (feminista) esta operación anti-filosófica que observas en el pensamiento de Beauvoir, y cuáles serían los límites de una interpretación tal? Más allá de una política de la literatura a la Rancière, ¿cabría retener de algún modo la noción de algún orden de “lo femenino” que lleve a cabo la operación desarticuladora del género en su conjunto?

Alejandra Castillo (AC): Hay una íntima extrañeza con la escritura de Simone de Beauvoir en relación con la filosofía. Su escritura no es del todo parte del orden filosófico, pero tampoco le es completamente extraña. He ahí el desacuerdo con su escritura. Desacuerdo que la misma Simone de Beauvoir se encarga de alentar afirmando que ella era más bien  escritora y no filósofa. Este desacuerdo se acentúa aún más cuando la escritura/vida de Simone de Beauvoir se vuelve próxima al feminismo. 

¿Se puede ser filósofa y feminista al mismo tiempo? Para los arcontes del templo de la filosofía es una contradicción. El régimen de lo indeterminado no está determinado por la diferencia sexual. Contrario a aquello, Simone de Beauvoir vuelve tangente dos zonas que hasta ese entonces se percibían en lejanía inaugurando con ello la excéntrica nominación de “filosofía feminista”. El encuentro de esos dos registros diversos permite desleer el propio canon de la filosofía y volver visible su cuerpo sexuado. Esta operación bien podríamos llamarla como anti-filosófica. 

Su pregunta llama la atención sobre el potencial de desestabilización de lo “femenino”. Para responder aquella pregunta habría que empezar por definir qué se entiende por “lo femenino”; no habría que ceder ante la transparencia comunicativa. Me parece que los modos en que se desarticulan los nudos del género no dependen tanto de una palabra -por ejemplo “lo femenino”- sino de las operaciones que permitan desarticular la mirada (el cuerpo) del androcentrismo. Entonces, más que una palabra, operaciones críticas y políticas.

SH/GM: Leyendo Matrix. El género de la filosofía (Ediciones Macul, 2019) desde la lectura previa de Simone de Beauvoir, Filósofa, antifilósofa (La Cebra, 2017), nos queda muy claro que la escritura en un sentido corporal, material, y también técnico, está en el centro de tu forma de entender y practicar la filosofía feminista. Dices en Filósofa, antifilósofa: “Narrar y vivir, figurar una vida en la escritura, hacer de la escritura una vida, es lo que enseña Beauvoir”. 

Nos llama mucho la atención la generosidad con que pones de relieve la radicalidad del pensamiento de Beauvoir, una figura que, nos da la impresión, de un tiempo hacia acá pareciera ser automáticamente asociada con un feminismo obsoleto, o no suficientemente radical. 

Al respecto nos surge la pregunta: ¿Cuál es, desde tu punto de vista, la relación de los feminismos de nueva generación en Latinoamérica con esa concepción radical de la escritura que resulta central para tu pensamiento, y a partir de eso, cuál dirías que es el papel específico de la práctica filosófica y de la filosofía feminista en particular de cara a las más recientes expresiones de demanda política, por ejemplo, en Chile?

AC: Vivimos tiempos rápidos. Todo parece brillar y desaparecer con la misma rapidez con que las imágenes pasan en las pantallas de los dispositivos portátiles. Superficie, rapidez e intercambilidad son las palabras que mejor describen el régimen escópico que organizan las pantallas. Las imágenes comparecen una tras otras en los dispositivos portátiles en una superficie donde nada queda, donde nada se inscribe; sin embargo, superficies de extrema velocidad por las que “todo pasa” de acuerdo al comando algorítmico. 

La temporalidad de las imágenes-pantalla es la del presente absoluto. Esta temporalidad amenaza con conquistar cada una de las zonas de la vida. La vida vuelta archivo teletecnológicamente descrito. No habría que olvidar que el presente absoluto es afín con el capitalismo neoliberal y ahora de plataformas. 

La temporalidad de la crítica y de las políticas de resistencias y transformación también apelan al presente como temporalidad de intervención y cambio, entonces, estamos en un problema doble: es posible advertir que la crítica y las políticas de resistencia toman lugar con la misma velocidad de las imágenes y, por lo tanto, corren su misma suerte: presencia, superposición e intercambialidad y, justo por ello, obsolescencia; se observa con frecuencia que la crítica y las políticas de resistencia toman lugar apelando a un tiempo por venir, pero echando mano al mismo archivo de la resistencia androcéntrica, su mirada y cuerpo masculino, en consecuencia, se perciben igualmente como obsoletas.

Alejandra Castillo, Simone de Beauvoir. Filósofa, antifilósofa, La Cebra, 2017.

De igual modo, el tiempo de los aparatos está marcado por su fin, la obsolescencia programada. Por extraño que sea, el tiempo de las máquinas no hace sino recrear, una y otra vez, la temporalidad de fin de mundo figurada, no obstante, en un presente absoluto: no hay futuro, pero tampoco hay pasado. Esta condición temporal constituye subjetividades, modos de relacionarse: en otras palabras, describe un orden afectivo. 

Esta complicación la encontramos, sin duda, en los feminismos actuales. Síntoma de esa complicación la vemos en la multiplicación de partículas temporales que desde hace un tiempo a esta parte comienzan a anteceder a la palabra “feminismo”: trans-, des- o post- son marcas de un tiempo que busca ajustar el destiempo del feminismo o, más precisamente, el cuerpo que le constituye. Esta política del nombre del feminismo es necesaria cuando busca poner de manifiesto los nudos conservadores que persisten en las prácticas, políticas y genealogías del feminismo. Cuando esa política del nombre –que también es una temporalidad– se busca vertiginosamente abrazando un presente absoluto que mira siempre hacia adelante detectando obsolescencias en cada una de las prácticas que difieren a su propio nombre (identidad) no logra alterar el cuerpo del neoliberalismo telemático, por el contrario, muchas veces se corre el riesgo de convertirse en un pliegue de él. 

¿Entonces, cómo puede el feminismo alterar el tiempo y el cuerpo del capitalismo neoliberal? ¿Cómo alterar, a su vez, el archivo corporal que constituye a la crítica y políticas de resistencia que muchas veces no hace sino reproducir, por otros medios, el androcentrismo?  Una posible alternativa es describir la temporalidad del feminismo de un modo complejo. Pensar, por ejemplo, tal temporalidad en la conjunción de dos zonas: cuerpo y archivo. El feminismo es una política cuya intervención se realiza en tiempo presente, sin duda, y alterar el cuerpo tanto del feminismo como del orden dominante implica animar otros presentes (archivos) marginales, borrados u olvidados de las narraciones hegemónicas. 

De tal modo, la mirada feminista, su radicalidad, no está en ir velozmente hacia “adelante” –como el tiempo de la imagen-pantalla en la que nada queda– sino en la desviación y la oblicuidad. Esta temporalidad compleja del feminismo permite alterar áreas que habitualmente permanecían intocadas por el propio feminismo como es la producción de saberes y sus instituciones. Y, por sobre todo, permite visibilizar otros cuerpos y genealogías feministas para las luchas del presente. 

Así ocurre con el feminismo socialista de Julieta Kirkwood en Chile. Se vuelve a sus textos y a las tensiones políticas de los años ochenta y desde ahí se vuelve oblicuamente al feminismo socialista y anarquista de comienzos de siglo XX. Estos desvíos y oblicuidades no buscan hacer del pasado una escena más completa sino articular una política en la figura de la doble actualidad: de un presente a otro. 

Y, quizás, la radicalidad no esté hoy en la provocadora tentación de ir a toda velocidad hacia un porvenir indeterminado decretando obsolescencias, sino más bien alterar la temporalidad, la mirada y el cuerpo de la política. Entonces cuando pienso en “escritura feminista” no puedo sino que pensarla como un “archivo” (imagen, letra y tecnología) y, en consecuencia, no pienso la escritura feminista como una acción solitaria sino como la narración de una época en lo que visibiliza y en lo que oculta.

Julieta Kirkwood, Tejiendo rebeldías, 1987.

SH/GM: Nuestro proyecto Filosofía de la práctica editorial gira alrededor de lo que se percibe y nombra desde hace muchos años como una crisis terminal de la institución universitaria, pero no tanto a la manera de teorizar filosóficamente la Universidad como a la manera de atender a los puntos ciegos de la práctica teórica y ensayar nuevos modos de teorizar esquivando, de modos experimentales y tentativos, la demanda de autoría individual, productividad, eficiencia, propiedad, fama y fortuna. Es decir, con Gary Hall y su filosofía pirata, nos interesa imaginar otros modos de relación no tanto en solidaridad académica, representativa, con la precariedad “externa” a la universidad, sino en términos de esa precariedad desde adentro y de un modo afirmativo e inventivo.

Con esto en mente, nos detuvimos mucho en el capítulo “Lo sencillo, lo doble, la universidad”, de Matrix: el género de la filosofía, donde te preguntas por el cuerpo de la Universidad en primera instancia en el discurso de Andrés Bello y, en segunda instancia, en la crítica no del todo satisfactoria de Patricio Marchant, para rematar con la lealtad, también decididamente insatisfactoria, de Amanda Labarca e Inés Echeverría al discurso patriota de la universidad para finalmente sugerir que pensar la Universidad de otra manera depende, en cambio, de la noción de escritura en clave feminista, es decir, en clave de artificio, ficción, irregularidad y duplicidad en el origen. 

Desde tu punto de vista, ¿qué implicaciones prácticas aun podría tener ese pensamiento otro de la escritura, en particular para la intervención de la filosofía feminista en las estructuras y áreas del saber universitario en Chile y otros países de América Latina? ¿Crees que se puede pensar de otra manera la universidad sin transformar los códigos escriturales/académicos de la disciplina? ¿Cuáles son los alcances y los límites de la filosofía feminista en este sentido, considerando que ella puede perfectamente habitar el espacio universitario sin por ello transformarlo radicalmente?

AC: La universidad, el sentido común que despliega, no difiere del orden dominante. La crisis que acaece hoy en el espacio de la universidad Latinoamericana no parece ser otra cosa que el decline del orden republicano y el auge de la universidad neoliberal. Este paso de una universidad a otra implica el decline de la universidad masculina y el auge de la universidad heterosexual productivista. 

En sintonía con las imágenes-pantalla, la producción universitaria hoy cuantifica datos. No creo que la universidad sea un lugar propicio para “generar” cambios, no lo fue antes, no lo es ahora. La transformación de los límites de lo posible no ocurre en los aparatos ideológicos del orden dominante, menos ahora que la universidad neoliberal intencionadamente toma distancia de la discusión pública debido al modo de producción de saberes y su circulación a través de revistas indexadas cuyo público es una pequeña comunidad “científica”. Si la universidad se transforma no es por pulsión interna sino que se debe a la transformación de sus márgenes.

contra escritura feminista

Alejandra Castillo, Matrix: el género de la filosofía, Ediciones MACUL, 2019.

Pensemos, por ejemplo, el vínculo entre feminismo y universidad. El feminismo interrumpe la lógica androcéntrica de la universidad actual volviendo visible su cuerpo, sus exclusiones y violencias. Esta interrupción ha implicado la alteración de planes, programas, reglamentos y estatutos. En ese sentido, pienso la escritura feminista como un “aparato” que crea contrainstitucionalidad en la institucionalidad. De tal modo, la escritura feminista es excéntrica a un origen universitario, pensemos, por ejemplo, en la escritura de Gabriela Mistral o la de Julieta Kirkwood.

No habría que olvidar que la constelación que forman las palabras origen, verdad e identidad calzan muy bien con la distinción ocularcéntrica entre la idea (luz) y el cuerpo (materia); distinción que, sin duda, establece jerarquías y visibilidad como también subordinaciones y borraduras. La idea luminosa masculina y el cuerpo excluido de lo femenino (habría que siempre describir a qué se refiere ese cuerpo femenino). Es por ello que la escritura feminista es siempre “duplicidad”, repetición y distorsión y no olvida explicitar su técnica y artificio, de no hacerlo se sitúa miméticamente en el lugar que la excluye o que la describe, una y otra vez, en una diferencia dócil como lo es la “diferencia femenina materna” complementaria y afín a un orden heteronormado y productivo. 

Dicho en otras palabras, la escritura feminista es una política de la alteración, no de la adecuación o la incorporación. ¿Qué ocurre cuando el feminismo ingresa a la universidad? En Chile puedo mencionar dos momentos. Primero, en los años noventa bajo la descripción de “estudios de género” se crearon en algunas universidades centros que albergaron, por extraño que parezca, estudios de la mujer limitando de una manera conservadora la palabra “género”. Un segundo momento se está desplegando ahora a partir de la revuelta feminista que toma lugar en el año 2018. 

Tal intervención feminista, por extraño que parezca, fue traducida de manera veloz en términos liberales: explicitación de un orden androcéntrico ahora heteronormado y la creación de oficinas de género que tienen como principal misión la de crear protocolos e institucionalidad que regule la interacción entre los sexos dentro de los planteles universitarios. La figura central serán los protocolos contra el acoso sexual. ¿Se pasará de este momento liberal a uno que altere el cuerpo de la universidad más allá del androcentrismo heteronormado? 

A mí me parece, e insisto en esto, que las alteraciones ocurren cuando los márgenes de la universidad se tocan con los márgenes de la política. En esos encuentros imprevistos es posible alterar el sentido común que solo luego será sentido común en el espacio de la universidad. Yo diría que ese encuentro del margen interno y del margen externo del aparato universitario está teniendo lugar ahora, entonces, es, quizás, un buen momento para alterar el cuerpo de la universidad. 

¿Cómo esta alteración podría ocurrir en el campo de la filosofía? Tendrían que acontecer varias alteraciones de manera simultánea, sin la mesura que imponen las jerarquías y las urgencias. Alterar el género del cuerpo de la filosofía evitando representarlo, siempre y cada vez, en la figura masculina, alterar en ese sentido claustros, consejos y comités. Alterar el canon de la filosofía interrumpiéndolo con esas escrituras “antifilosóficas” que fueron marginadas de la disciplina, la filosofía feminista por ejemplo; e incorporar escrituras disidentes que escapan a las determinaciones del canon para propiciar operaciones de lectura en que se pongan en contacto regímenes escriturales diversos y en su cruce, o choque, permitan afectos no previstos para la propia disciplina.

contra-escritura feminista

Escritos Feministas. La vigencia del pensamiento de Julieta Kirkwood en el Chile actual, Editorial Universitaria, FLACSO-Chile, 2019.

SH/GM: Nos interesa la relación entre escritura filosófica, vida y trabajo en el contexto material contemporáneo de la filosofía como un trabajo académico cada vez más precarizado y competitivo, y que especula intensamente en torno a la noción de “vida” al mismo tiempo que las infraestructuras materiales de la existencia se precarizan aceleradamente y de un modo potencialmente terminal. Es decir, estamos en un contexto distinto al de Beauvoir, y quisiéramos pensar ahora lo de “narrar una vida” en relación con las filósofas jóvenes que empiezan a ocupar los espacios del saber y se enfrentan, sin embargo, a un futuro en desaparición. 

Aunque no todos son iguales, en esos espacios la escritura filosófica parece sometida a un régimen de productividad que ha convertido la visibilidad en algo tiránico, cuantitativo, computacional. Nos interesa pensar qué puede aportar la filosofía feminista de la escritura a esta problemática del saber en las sociedades informatizadas, pero no sólo de modo especulativo sino de modo eminentemente práctico, es decir, de un modo que explore las infraestructuras (editoriales) del saber, las iniciativas independientes de publicación articuladas con principios o valores feministas. 

Por ello, quisiéramos conocer mejor tu trayectoria como editora y promotora editorial, así como tu perspectiva del papel que la edición y publicación feminista han jugado y están jugando en Chile para la articulación de un sujeto colectivo más allá de “la mujer” y en franca resistencia a la precarización de la vida. ¿Cómo relacionarías las prácticas editoriales que implican a nuevas (y no tan nuevas) generaciones de filósofas feministas en Chile con los conceptos de escritura y vida que operan en tu reflexión filosófica?

AC: Abordas un tema central, la filosofía, la institución universitaria y la precarización laboral. La disciplina de la filosofía ya tenía serios problemas antes de la neoliberalización de la universidad, pensemos, por ejemplo, la reproducción de un canon europeo que no quiere saber de filosofías en castellano. Cuando la filosofía se vuelve latinoamericana, su canon sigue siendo masculino, un segundo problema y serio. 

A esos dos problemas, se debe sumar hoy la mutación de la producción de saberes en la forma de “data” describiendo un orden neopositivista algorítmicamente acentuado. Este último escenario implica la adopción de un formato de escritura específico –el paper– y un modo de circulación circunscrito a revistas indexadas. Cómo comentaba en la respuesta anterior, no creo que la alteración del modo de producción universitaria ocurra dentro de ella, en su normalidad. Eso no quiere decir inacción. Sin duda que debemos organizarnos colectivamente en el espacio de la universidad y buscar los medios de hacer retroceder las arremetidas neoliberales que precarizan nuestra vida. 

Asimismo, es importante replantearse las disciplinas, sus metodologías y escrituras teniendo en cuenta la alteración teletecnológica en curso. Cuando la vida se vuelve registro técnico (imágenes) –y, por ello, archivo– los propios límites disciplinares deberían alterarse. ¿Dónde empieza y termina el arte, por ejemplo, cuando éste se vuelve archivo y este archivo documenta una “vida”? ¿Qué entendemos, ahí, por “vida”? ¿Acaso ese límite borroso no incomoda también a la historia y a la filosofía? 

Junto con ello, para que la universidad se transforme hay que transformar también los modos en que definimos la política y sus economías monetarias y libidinales; esa transformación necesita que habitemos el espacio público creando “contrainstitucionalidad” que permita imaginar y poner en práctica un orden en común que desplace colonialismos, clasismos, racismos y sexismos. En esa dirección pienso mi intervención en la Colección Archivo Feminista de la editorial Palinodia. Es una intervención feminista que busca poner en cuestión, en primer lugar, la genealogía del feminismo materno liberal que ha sido hegemónica en el feminismo chileno. Y, en segundo lugar, este archivo feminista intenta proponer un concepto complejo de política no olvidando que cada vez que se plantea una política también se está visibilizando un cuerpo, pero también límites y exclusiones.

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