No se trata del ladrón
Por Juan Manuel Mecinas @jmmecinas
10 de agosto, 2020
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En un video difundido hace unos días, algunos pasajeros golpeaban a un ladrón que había intentado privarlos de sus pertenencias. Cuatro hombres golpeaban al asaltante para evitar el robo y terminaban masacrándolo hasta dejarlo inconsciente. Lo desnudaban y lo tiraban a la calle como un bulto sin valor. Es una escena escalofriante, aunque a algunos les guste y otros lo vean como algo inevitable.

Lo cierto es que acabaremos tuertos si tomamos la justicia por nuestra propia mano. No solo eso: nos convertiremos en criminales. La línea que divide a la víctima del delincuente es ética, y en ella debemos insistir (sobre todo con niños y jóvenes) en el sentido de que el camino no es quitarle el ojo a quien comete un delito y te perjudica. Pero es claro que esto no es comprensible para muchos en una sociedad en la que la impunidad roza el 99% de los delitos y es complicado para quienes son asaltados en el transporte público o viven en ciudades donde la delincuencia manda. La realidad muestra a una ciudadanía que no encuentra respuestas en las autoridades y en ocasiones reacciona delinquiendo porque, a su vez, sabe que un escarmiento al delincuente no tendrá consecuencias. Quien se queja de la impunidad asume que nada le pasará y entra en el círculo vicioso de un sistema que arroja frustración y más delincuencia. Las víctimas toman el rol del verdugo.

La respuesta debe ser una exigencia de justicia y de derecho. El Estado debe responder con procedimientos penales contra los delincuentes como contra los pasajeros que golperaron al asaltante hasta dejarlo al borde de la muerte. A muchos no les gustará la receta. No se trata de proteger al delincuente sino de saber hasta qué punto los pasajeros se defendieron legítimamente y si se excedieron -cómo y quiénes- al repeler la agresión. Debe indagarse si la víctima se convirtió en victimario. No es una tarea fácil: implica investigación y decisiones judiciales. -Y es exactamente lo que le debemos exigir al Estado porque no tenemos otra opción: es eso o el caos; la denuncia o la selva. 

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Asimismo, este es el momento en el que debemos apelar a la democracia, a la civilidad y no optar por la violencia. Los linchamientos son aplaudidos en la plaza pública hasta el momento en que todos se percatan que los delincuentes eran en realidad encuestadores del INEGI o estudiantes que algunos tildaron de comunistas y subversivos.

La violencia no se detiene con violencia. Es el Estado a quien hay que exigir que haga frente a los grupos criminales que no dejan en paz a la población. Es aquí donde podemos exigir a las autoridades que combatan a los delincuentes. Eso tal vez no solucione el problema en el corto plazo, sin embargo, no deja de ser la única vía democrática (la vía adecuada en el largo aliento).

A ello habrá que aunar políticas y proyectos sociales y educativos para cambiar la lógica de violencia que -especialmente- la última generación ha padecido en nuestro país. Muchos jóvenes de hoy no conocen otra cosa que las muertas de Juárez, la guerra de Calderón, los asesinatos como constante y la corrupción e ilegalidad como eje de un país que se está hundiendo en la impunidad, la división y la indiferencia.

De seguir así, unos acabarán jactándose de sus crímenes -muchos ya lo hacen-, otros desangrados porque en la selva fueron más débiles y otros ya no estarán. Esa es la espiral en la que hemos entrado y de la que debemos salir: porque no arroja ningún ganador y porque es más importante que la mayoría sigamos exigiendo y alimentando la esperanza de una democracia, y no que la minoría logre un cometido cruel e inconsciente de su actuación: que nos convirtamos en uno de ellos.

 

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Juan Manuel Mecinas
Profesor e investigador en derecho constitucional. Ha sido docente en diversas universidades del país e investigador en centros nacionales y extranjeros en temas relacionados con democracia, internet y políticas públicas.