¿Hacia la antifragilidad del sistema educativo?
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
19 de agosto, 2020
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Nassim Nicholas Taleb dibuja una tríada fascinante: lo frágil, lo robusto y lo antifrágil. Esto último no es lo contrario a frágil, es lo que sale fortalecido cuando algo se quiebra

Eduardo Caccia. Antifragilidad.

Algo se quebró ese día 23 de marzo de ingrato recuerdo en el que las puertas de las escuelas y las universidades se cerraron para no volver a abrirse hasta quién sabe cuándo y no sabemos en qué condiciones. Algo se rompió cuando de pronto los funcionarios del sistema educativo perdieron el control de las instituciones –que supuestamente tenían-, cuando los directores escolares tuvieron que soltar el control de los profesores, sus horarios y sus avances programáticos, cuando los profesores perdieron el control de los alumnos sentados frente a ellos al depender ahora de la activación de su cámara y su micrófono.

¿Podrá salir fortalecida la educación de esta enorme crisis sistémica? ¿Podremos construir antifragilidad en el sistema educativo para hacerlo evolucionar y mejorar a partir de los elementos que amenazan con destruirlo?

Soy lector asiduo de Eduardo Caccia en su columna dominical del diario Reforma, y varias veces he tomado elementos o conceptos inspiradores de su trabajo en el ámbito de la innovación organizacional y social que, me parece, aportan ángulos de análisis novedosos y pertinentes para re-pensar la educación desde la perspectiva personalizante que sustenta este espacio.

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Este domingo 16 de agosto, la columna me puso en contacto por primera vez con un término que desconocía, que es precisamente el de la antifragilidad, que Caccia toma del libro de Taleb para analizar algunos aspectos de nuestra vida social en México. Creo que es un concepto que habría que explorar con profundidad para tratar de buscar una salida de este oscuro e incierto túnel en el que estamos sumidos los mexicanos en general, por la pandemia y la crisis económica y social que ha acelerado, y los actores del sistema educativo, por el cierre obligado e indefinido de las escuelas en todo el país.

“La antifragilidad es más que resiliencia o robustez. Lo robusto aguanta los choques y sigue igual; lo antifrágil mejora. Esta propiedad se halla detrás de todo lo que ha cambiado con el tiempo: las revoluciones, la innovación tecnológica, el éxito cultural, la supervivencia empresarial, las buenas recetas de cocina, el ascenso de ciudades, las bacterias resistentes… incluso nuestra existencia como especie”.

Nassim Nicholas Taleb. Antifrágil. Cómo protegerse de la incertidumbre (Resumen).

Muchas veces he escrito acerca de la baja complejidad que caracteriza al sistema educativo nacional: es un sistema rígido, piramidal, centralizado, basado en la desconfianza y el control y con pretensiones de homogeneización de los procesos formativos de los niños y adolescentes mexicanos que viven en contextos de enorme diversidad socioeconómica y cultural.

Como resultado de esta concepción que no solamente no cambia, sino que se ha reforzado con el retroceso normativo de la (contra) reforma educativa del 2019 que echó para atrás los pocos y frágiles avances hacia una descentralización y diversificación en la gobernanza y la operación del sistema educativo nacional, las estrategias que se están adoptando desde el gobierno federal para el regreso a clases el próximo lunes 24 de agosto tienen como fondo una visión de pretendida robustez.

En efecto, el convenio establecido por el gobierno federal y la SEP con las cadenas de televisión privada más grandes del país para que, según palabras del secretario Moctezuma “los canales impartan los contenidos” de las diferentes asignaturas de los planes y programa de todos los niveles y grados escolares pretende en el fondo mandar el mensaje del gobierno a la sociedad de que tenemos un sistema educativo robusto que ha aguantado el gran choque que le produjo la contingencia sanitaria y sigue igual que antes.

Foto: Gustavo Fring | Pexels

La idea es que todo sigue funcionando de manera regular y que “aquí no ha pasado nada” con el asunto del coronavirus, a pesar de los más de sesenta mil muertos y el medio millón de contagios que hay -según cifras oficiales que seguramente en realidad son varias veces más altas- a lo largo y ancho del territorio nacional y de la total incertidumbre que existe hoy respecto a eso que llaman “nueva normalidad” que supuestamente hemos empezado a vivir.

Pero si lo robusto aguanta los choques y sigue igual, lo antifrágil en cambio recibe los choques y responde a ellos mejorando. La antifragilidad se beneficia de los estresores y es propia de todos los sistemas vivientes. Los estresores alimentan la antifragilidad y hacen crecer al sistema. Desde los huesos y músculos que necesitan tensión para funcionar o la adquisición de una lengua en las personas hasta la vitalidad de una organización o una sociedad, todo requiere de estos estresores y elementos que se oponen para poder evolucionar.

“El problema es que gran parte de nuestro mundo moderno tan estructurado nos ha estado perjudicando con artilugios y políticas desde arriba que hacen precisamente eso: menoscabar la antifragilidad de los sistemas. Esta es la tragedia de la modernidad: al igual que esos padres tan sobreprotectores que rozan la neurosis, quienes más nos intentan ayudar son quienes más nos acaban perjudicando”.

Nassim Nicholas Taleb. Antifrágil. Cómo protegerse de la incertidumbre (Resumen).

El problema como dice Taleb es que una gran parte de nuestro mundo moderno tan estructurado nos perjudica y atenta contra la antifragilidad porque se basa en un ideal de robustez. Tal como nuestro sistema educativo, que pretende que la escuela siga funcionando en casa cumpliendo con todos los planes y programas estructurados desde arriba, con la ayuda de los canales de televisión que distribuirán contenidos como se distribuyen mercancías que llenan estantes vacíos –las cabezas de los educandos-.

De la misma forma que los padres sobreprotectores, que abundan en las generaciones actuales, queriendo ayudar a sus hijos evitándoles estresores y fuentes de frustración acaban perjudicándolos, nuestras autoridades educativas, pretendiendo solucionar y controlar desde arriba todo lo que ocurre en el proceso educativo, están poniendo en riesgo todo lo que en este ciclo escolar podrían aprender y desarrollarse nuestros niños y adolescentes.

“Si prácticamente todo lo que viene de arriba fragiliza y bloquea la antifragilidad y el crecimiento, todo lo que surge desde abajo prospera con una cantidad adecuada de desorden y de estrés…”

Nassim Nicholas Taleb. Antifrágil. Cómo protegerse de la incertidumbre (Resumen).

Si como dice Taleb en su libro, todo lo que viene de arriba bloquea la antifragilidad y el crecimiento surge desde abajo con una cantidad adecuada de desorden y estrés, ¿por qué no aprovechar esta crisis para movernos todos –los profesores y profesoras, los padres y madres de familia, la sociedad civil- desde abajo y con mucha creatividad y desorden tratamos de construir esa antifragilidad indispensable para que los niños y jóvenes puedan aprender toda la riqueza que la realidad nos está presentando?

En su columna del domingo, Caccia pone el ejemplo de un puente muy sólidamente diseñado por técnicos japoneses en territorio hondureño que servía para cruzar el río Choluteca. Vino el huracán Mitch y el puente resistió su tremenda embestida y quedó intacto pero el río desvió su cauce de modo que el puente ya no cumplió con el objetivo para el que fue construido. Nuestro sistema educativo nacional parece ser como ese puente que pretende seguir en pie, incólume, cuando el cauce de la vida de los educandos y educadores ya se movió para otro lado.

Nuestro desafío como educadores a la altura de nuestro tiempo no consiste en forzar el cauce del río para redigirirlo a que pase por debajo del puente robusto sino en construir nuevos puentes y embarcaciones que se ubiquen en el nuevo cauce del río y fluyan con su caudal.

 

*Foto de portada: Jessica Lewis | Unsplash

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..