El porvenir, la vida, el otoño y la esperanza
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
12 de agosto, 2020
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Después de dos semanas de receso, en las más extrañas vacaciones de mi vida, regresa esta Educación personalizante y por más que intenta deslindarse de esta crisis que parece eternizarse y encontrar otros temas que no sean la pandemia, el COVID-19, la muerte que sigue acechándonos y encontrando a cada vez más gente cerca de nosotros, el miedo, el terrible miedo, el escalofrío que produce esta sensación de que no habrá nunca más un mundo exterior al cual regresar con alegría o simplemente con tranquilidad a encontrarnos con los otros, que no habrá ya otros cercanos sino riesgos potenciales de contagio.

¿Qué nos queda hoy de aquello que fuimos, de lo que creímos que podíamos llegar a ser, de lo que soñamos con alcanzar en todos los aspectos de nuestra vida? ¿Qué nos queda de la vida, de la posibilidad de vivir para vivir que nos define como humanos más allá de la lucha cotidiana por la supervivencia?

1. El porvenir que no viene

 

Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.
… Mañana!
Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.

Ángel González. «Porvenir«.

 

 

Aunque empiezan a reabrir algunos comercios, ciertos espacios públicos a los que tímida y temerosamente algunas personas –de las muchas que se han cuidado, que han sido responsables, que no han caído en la falacia del “no creo en el virus” y contribuido a su expansión- irán regresando poco a poco y con muchas medidas de prevención. Los que estamos en el medio educativo, los que tenemos relación con las escuelas y las universidades –profesores, estudiantes, padres de familia, funcionarios, investigadores- continuaremos todavía trabajando a distancia, dando clases a través de pantallas –o ahora también recibiendo clases a través de pantallas de televisión- hasta que el semáforo esté en verde, como lo han indicado las autoridades.

Esta modalidad de trabajo desde casa inició a fines de marzo y el porvenir se fue alejando indefinidamente, hasta volverse realidad lo que dice el poeta de que se llama porvenir porque no viene nunca, porque esperamos su llegada pero permanece agazapado quién sabe dónde. Los que trabajamos en escuelas y universidades estamos inmersos en un discurso que habla siempre de un escenario optimista en el que el porvenir llegará pronto, pero en nuestra conciencia profunda y en nuestras conversaciones privadas predomina la sensación de que no vendrá nunca, de que al menos llegaremos a diciembre sin que se hayan podido abrir las aulas nuevamente.

Y así llegan muchos días de mañana, que son simplemente otro día como todos los demás, otro día de encierro, de temor, de precaución, de trabajo desgastante en línea. Y así va dando igual si es jueves o martes, si es fin de semana o media semana, porque todos los días son iguales y porque lo que esperamos aún, todavía, siempre, no parece tener un plazo de llegada.

2.  Dejar la vida para mañana

Deja para mañana
lo que podrías haber hecho hoy
(y comenzaste ayer sin saber cómo).

Y que mañana sea mañana siempre;

que la pereza deje inacabado
lo destinado a ser perecedero;
que no intervenga el tiempo,
que no tenga materia en que ensañarse.

Evita que mañana te deshaga
todo lo que tu mismo
pudiste no haber hecho ayer.

Ángel González. «Quédate quieto«.

 

Entonces la vida se pospone, los sueños, los planes, el gozo, el encuentro, todo lo que forma parte del carácter poético de la existencia se va aplazando. “Ya nos veremos cuando esto pase…” “podremos darnos un abrazo en cuanto haya pasado lo peor”, “recordaremos a nuestros muertos cuando haya nuevamente oportunidad de acercarnos”, “viajaremos cuando el mundo vuelva a ser como antes, si es que vuelve a serlo algún día…”

Dejamos para mañana la vida que podríamos haber vivido hoy, porque encerrados lo que tenemos es solamente lo prosaico: el cumplimiento de las tareas domésticas, el trabajo esencial para ganarnos la vida, las reuniones indispensables de trabajo, las clases que se vuelven transmisión de información desde una pantalla hacia el mundo virtual sin tener la seguridad de que alguien del otro lado esté atendiendo, escuchando, interesándose, aprendiendo, asimilado algo para su vida.

Y como no sabemos si habrá mañana, evitamos que el mañana nos deshaga lo que pudimos no haber hecho ayer.

Criterios de la OMS para considerar que la pandemia está controlada

Foto: Marlene Martínez

3. El otoño se acerca

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.

Ángel González. «El otoño se acerca«.

 

Y así en silencio el otoño se va acercando con muy poco ruido, intentando desplazar a este verano que intenta perpetuarse y repetirse sin descanso. Se diría que aquí no pasa nada porque todos los días son iguales y van formando semanas iguales que conforman meses iguales de un año que parece ya haberse perdido para siempre.

El otoño se acerca silenciosamente y nosotros debemos tratar de aprovecharlo. Iniciar un nuevo ciclo escolar, un nuevo semestre académico con la sensibilidad necesaria y la fina atención que nos permita ver ese ángel, esa luz, ese fuego, esa vida que va a pasar y que si no ponemos todos nuestros sentidos y toda nuestra búsqueda de sentido a esta situación, podemos perderla para siempre.

Se diría que aquí no pasa nada, pero un silencio súbito ilumina el prodigio y ese prodigio está a flor de piel en cada estudiante, en cada niño, adolescente o joven que a pesar del encierro y el miedo y la pandemia quiere seguir construyendo su vida, viviendo para vivir y no solamente sobreviviendo.

4. Que muerda la esperanza

 

…Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible…
Mi corazón:
tu nido.
Muerde en él, esperanza.

Ángel González. «Esperanza«.

 

Lo digo constantemente y lo repito aquí para terminar: la educación es la profesión de la esperanza. Y a pesar de que no hay motivos para el optimismo, de que el porvenir se llama así porque no viene nunca, de que todo nos invita a dejar para mañana lo que pudimos haber hecho hoy, hay un prodigio potencial en la llegada silenciosa del otoño, en el inicio sin brillo de este nuevo ciclo escolar marcado por la incertidumbre.

Agazapada bajo las piedras y las horas, la esperanza está pacientemente esperando que llegue esta tarde en la que aparentemente nada es posible pero que nosotros los educadores podemos seguir convocando si, como dice Morin, confiamos en lo inesperado y trabajamos por lo improbable.

Renovemos hoy a pesar de todas las evidencias en contra nuestra vocación educadora y hagamos de nuestro corazón el nido para que muerda la esperanza.

 

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*Foto de portada: Andrik Langfield | Unsplash

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..