Cartas de la pandemia: “Respira, no estás sola”
“No hay abrazos, así que más que nunca necesitamos las palabras, y la sensibilidad para hacerlas efectivas como demostraciones de amor y compañía”
Por Ámbar Barrera @astrobruja_
11 de agosto, 2020
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25 de junio – Esto más que una carta, es una bitácora

Todo estaba bien. Incluso con pandemia. 

Disfruté el primer mes de cuarentena, con todo y el miedo a lo que acechaba fuera pasé por muchos clichés: limpié mi casa, redecoré, hice pan de plátano, comencé a hacer yoga. Diario me ponía fabulosa para mí misma y estaba aprendiendo a cocinar.

Todo estaba bien. Y de pronto ya no.

Hoy estoy en un laboratorio clínico. Me mandaron estudios de todo.

Tengo un problema con las agujas y con los hospitales y lo que tenga que ver con medicina. Supongo que todos, ¿no? Porque si estás aquí es porque algo no anda muy bien, por lo general.

Al llegar al laboratorio te dan gel antibacterial y te toman la temperatura. Mi madre no pudo entrar conmigo como parte de las medidas de prevención. Tuvo que quedarse afuera. Hace frío aunque sea verano.

Estoy lidiando con mi ansiedad que ciertamente está muy controlada, por fortuna.

“Respira”, me recuerdo.

“Aquí estoy”, me escribe mi madre desde afuera. Sé que busca darme aliento, pues he estado evidentemente triste. De hecho, hace unas noches me descubrió llorando, pero confesó que puede sostenerme “pero poquito”. Eso me hizo entristecer más, pues justo lo que necesito es sentir que algo o alguien me sostiene mientras me quiebro y me vuelvo a armar.

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La teoría de las constelaciones familiares y otras corrientes metafísicas dicen que los problemas en los ovarios son causados por problemas irresueltos con el linaje familiar femenino. El dolor del vientre es la causa que me tiene aquí. Muy en el fondo sé que eso es. Además, mi madre también tuvo ovarios poliquísticos hace años. 

Ella también lidia con lo suyo, aunque muy distinto. Y la cuarentena nos juntó. Aún sin palabras, sin confrontaciones, en nuestros respectivos aislamientos.  

Yo creí que la terapia y el constante autoconocimiento me iban a librar de muchas cosas, incluido esto que ahora me duele en el cuerpo, porque creí que era fácil: “estar bien del corazón y la mente, me mantendrá bien en lo físico”. Es parte de la ingenuidad que trae la espiritualidad (y la soberbia, supongo). Llevar años en terapia no asegura tener resuelto todo. Nada es tan fácil, ni siquiera la fe sobre lo que me sostiene intangiblemente. 

A mí la fe ya me ha salvado (lo sigue haciendo), lo hizo la última vez que me hicieron estudios de todo, porque no sabía que tenía, y nadie podía llegar al diagnóstico. Era frustrante y preocupante. Me dolía el cuerpo, me enfermaba de todo. Sí llegué a creer que tenía una enfermedad que me mataría lenta y absurdamente. 

En aquel momento (hace 6 años ya), reconocer que no era atea, reconocer que sí creía -y que sí quería creer- en algo, me llevó a seguir una voz interior que me puso frente a frente, cual cuento sobre sincronicidades mágicas, con la doctora que me dio el diagnóstico correcto: depresión.

Desde entonces fue que me confié, ingenuamente: “Si atiendo mis emociones, no enfermaré”. Esta vez no sólo somatizo. Esta vez no es sólo tristeza. 

Todo en lo que creo ahora hace que me sienta menos sola, aunque la verdad es que no siempre funciona, de hecho, contrario a otras veces, ahora me siento muy sola, aunque sepa que no lo estoy, ni espiritual ni físicamente (o más bien, virtualmente).

Es paradójico este momento. Es cuando más separados debemos estar, pero cuando más necesitamos ser cercanos y cálidos.

Agradezco la amabilidad de Cristina, que me sacó la sangre. No me dijo su nombre, lo leí en una placa en su bata. No me sonrío ni me dio palabras dulces, pero fue amable. Fue rápida y prácticamente no me dolió, algo inusual pues mis venas son delgaditas y les gusta esconderse. 

Por ahora, sólo puedo pensar que todos estamos solos. Y si miro alrededor, pues así es, ya que no puedes entrar con compañía. A eso se suma la incertidumbre, el miedo, lo que pueda estar detrás para que estemos aquí, viendo cómo etiquetan nuestra sangre. 

Hace años fui a hacerme una prueba de VIH con fines periodísticos para una crónica. Sin COVID, y yo, sin miedo. No había una razón fuerte más que mi trabajo para estar ahí.

Ilustración: Karina Janis                                                                                          «Respira, no estás sola»

Platiqué con varias mujeres, una de ellas fue dulce y comprensiva, me abrió parte de su vida, me contó de la primera vez que estuvo ahí y sintió miedo. 

Tal vez por eso estaba conmigo en ese momento, tal vez ella hubiera deseado encontrar a alguien que le diera fuerza y apoyo cuando estuvo ahí. Alguien que le dijera que no tuviera miedo. 

“Respira”. Me recuerdo.

“No llores”. Contenerse en situaciones difíciles también es útil a veces, creo.

Ahora ni siquiera es tan fácil hacernos compañía entre los que tenemos que pasar por esto solos, porque hay que guardar distancia y precaución. 

No se trata de tener algo más, o menos grave, la amenaza prácticamente inevitable del bicho invisible es suficiente. Estar aquí por otras razones sólo se suma. 

“Respira, respira”, aunque sea algo complicado por el cubrebocas.

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Recuerdo claramente que a veces, hace años, que ya sufría la ansiedad, iba por la calle, o caminaba en algún centro comercial, después de ir al cine, y miraba a toda esa gente, y me venían a la mente cosas horribles. La visión de un apocalipsis cocinándose a fuego lento: calentamiento global, violencia, muertes, enfermedades, guerra… “¿Cómo pueden estar todos tan tranquilos si yo siento que una amenaza terrible nos acecha?” Eso me causaba mucha ansiedad y me hacía sentir como una loca, al menos, en la soledad de ser la única que siente la tragedia justo antes que suceda. 

Pues ahora siento que, en parte, tenía y tengo razón. Más que nunca.

“Respira. Recuerda pero no pienses en eso de la misma manera que antes”.

No voy a tirar ni una lágrima o querré tocarme la cara.

Tenía y tengo razón. La amenaza siempre está. No sólo ahora, desde antes, cuando creíamos que el fin del mundo por el cambio climático no nos iba a tocar, porque estaba muy lejos.

Aun así, hay que seguir viviendo, hacer cosas, tratar de ser felices. Antes y ahora. 

Por eso aquí estoy, sin rendirme, respirando, respirando, trabajando lo que haya que trabajar, apoyándome en una religión, en lo que pueda ofrecer mi madre, con todas sus limitantes, en los mensajes de mis amigas, que siempre me abrazan a la distancia y me regalan de su tiempo y sus palabras cuando lo necesito. 

Los resultados van llegando rápido. Se confirman los quistes, la inflamación en varios órganos, y unas horas después, algunos otros resultados anómalos con la tiroides, el hígado, los triglicéridos. 

¿Qué hago ahora, a diferencia de esos momentos de pánico en los que sentía que era la única en ver a un paso el fin del mundo? Me comunico. Y esa es la forma de sentirnos cerca en estos tiempo ¿o no? Escribiendo, hablando, con todo y distancia. No hay abrazos, así que más que nunca necesitamos las palabras, y la sensibilidad para hacerlas efectivas como demostraciones de amor y compañía. 

Y así como me acompañan mis amigas, mis seres queridos, así, sin sentir como tal sus manos sobre mis hombros o espalda, así mismo me reafirmo en lo que creo, que no tiene formas convencionales de hablarme y que sólo en extraordinarias situaciones se siente desde lo físico: La magia, la fuerza de la tierra, las deidades, mi familia espiritual.

“Respira. No estás sola”. 

 

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*Ilustración de portada: Karina Janis

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Ámbar Barrera
Periodista, comunicóloga, fotógrafa, feminista y amante del arte.