Siempre somos nosotros: educar la empatía
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
07 de julio, 2020
Comparte

“…bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida —pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos—,
…no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,

Octavio Paz. «Piedra de sol«. Fragmento.

La polémica desatada la semana anterior por el intercambio de tuits entre un ciudadano y la esposa del presidente acerca de la situación de los niños con cáncer puso nuevamente en el centro de la discusión pública el tema de la empatía con aquellos que sufren situaciones dolorosas, injustas y a veces incomprensibles que sin embargo son parte de la vida.

Lo he escrito varias veces en esta Educación personalizante: vivimos tiempos ególatras, tiempos en los que el surgimiento pleno del yo, el fortalecimiento y valoración del sujeto que se generó en la modernidad ha derivado en una absolutización del individuo que pone por encima de todo sus intereses, deseos, proyectos y sueños.

Esta absolutización, lo he planteado también aquí varias veces, lleva a una ruptura del frágil e inestable equilibrio del bucle individuo-sociedad-especie que caracteriza de manera estructural a los seres de la especie homo sapiens-demens que habitamos este planeta.

También puedes leer: Hambre de piel: corporeidad, pandemia y educación

De manera que en la dimensión individuo-especie de este bucle, la absolutización de los deseos individuales y del espejismo de “seguir la pasión” de cada quien, conlleva una carencia de empatía con ese universal concreto llamado humanidad del que formamos parte y con el que tenemos, querámoslo o no, una responsabilidad. Esta renuncia a la responsabilidad con la especie nos tiene en el umbral de la autodestrucción por la crisis ecológica y el conflicto permanente entre culturas, razas, civilizaciones y regiones del planeta.

Mientras tanto, en la dimensión individuo-sociedad se da también una ruptura que se manifiesta en una falta de empatía con la comunidad a la que pertenecemos, con los otros que forman parte de nuestro espacio geográfico y comparten nuestra historia, nuestra identidad y nuestro destino cercano.

La falta de empatía con la sociedad y con la especie humana, derivada de la absolutización del individuo, nos tiene sumidos en una crisis mundial que se manifiesta entre otras cosas, por poner un ejemplo dolorosamente actual, en la prolongación indefinida de la contingencia sanitaria por COVID-19 debido a la irresponsabilidad en el comportamiento ciudadano que, más allá de las comprensibles necesidades urgentes de supervivencia, se manifiesta en la continuidad de las actividades fuera de casa y la organización de reuniones de grupos y colectivos por simple convivencia o diversión y sin ningún cuidado sanitario.

La empatía es un componente fundamental para la convivencia humana constructiva y surge de nuestro ser social, de nuestra religación intersubjetiva que se deriva de ese nosotros que somos incluso antes de decidir con quienes nos identificamos o queremos construir un proyecto en común.

Porque como dice el poeta, “no hay yo, siempre somos nosotros”. Porque la vida no es de nadie en particular, sino que todos somos la vida y no podemos ser plenamente nosotros mismos sin la presencia de los demás que nos apoyan, nos acompañan, nos confrontan día a día.

El rostro del otro nos interpela dice Levinás, estableciéndose como interlocutor nuestro sin necesidad siquiera de decir una palabra. Ante esta interpelación tenemos que dar una respuesta que puede ser de indiferencia, de apatía o de empatía que lleva a la búsqueda de comprensión.

empatía

Foto: Anna_Sunny | Pixabay

La comprensión del otro dice Morin, “…comporta un conocimiento de sujeto a sujeto. Si veo un niño llorando lo voy a comprender sin medir el grado de salinidad de sus lágrimas y, encontrando en mí mis angustias infantiles, lo identifico conmigo y me identifico con él….” porque no sólo percibo a ese niño o a cualquier otro sujeto humano de forma objetiva sino como un sujeto, “un ego alter que se vuelve alter ego”.

Lograr esta comprensión requiere empatía –ponerme en el lugar del otro-, de identificación –ver al otro como igual en dignidad- y de proyección –salir de mí y proyectarme en ese otro que me necesita- que tiene como prerrequisitos la apertura y la generosidad dice el padre del pensamiento complejo.

Pero existen obstáculos externos para la comprensión objetiva intelectual del otro, comprender el sentido de sus palabras y su visión del mundo. Algunos de estos obstáculos son, según el mismo Morin:

  • El ruido que parasita la transmisión de información y crea malentendidos.
  • La polisemia de los mensajes por la diversidad de culturas que puede llevar a entender algo distinto a lo que se dijo en realidad.
  • La ignorancia de los ritos y costumbres del otro, especialmente de los ritos de cortesía que puede generar incomprensión.
  • La incomprensión de los valores de la cultura del otro.
  • La incomprensión de los imperativos éticos de la cultura de los demás.
  • La imposibilidad probable dentro de una visión del mundo de entender otra visión del mundo, otras ideas o argumentos.
  • La imposibilidad de comprensión de una estructura mental hacia otra estructura mental.

Existen también los obstáculos interiores que afirma el autor, son enormes. Estos obstáculos principalmente son el egocentrismo, el etnocentrismo y el sociocentrismo que tienen en común ubicarse en el centro del mundo y descalificar o menospreciar todo lo que sea distinto.

Vivimos en un país cada vez más polarizado que necesita urgentemente trabajar desde la educación para generar la comprensión intersubjetiva que genere una dinámica de reconciliación y reunificación –sin ocultar o reprimir las diferencias y el diálogo sobre ellas- de las distintas posiciones y grupos.

Vivimos en un país en el que muchos están sufriendo el dolor de perder a un ser querido por la pandemia y por otras enfermedades, el dolor de quedarse sin trabajo de un día para otro, de no tener opciones para continuar buscando una vida digna y por ello se requiere también urgentemente educar en la empatía que busque la comprensión intersubjetiva.

Vivimos en un país en el que cada vez más gente toca a nuestra puerta pidiendo una oportunidad de vender algo, de realizar algún trabajo o de simplemente recibir algo que llevarse a la boca.

Ojalá seamos empáticos y eduquemos a nuestros hijos en la empatía con nuestro ejemplo y nuestras palabras. Ojalá en las escuelas desarrollemos la empatía como una de las más importantes habilidades socioemocionales. Ojalá sintamos el espíritu del poema de Sabines:

“Yo saldría a la calle a abrazar a todos
si no hiciera tanto frío.
Les diría: “Hijos míos, padres míos,
no sean tontos, no vayan a ninguna parte,
no se preocupen. Hace frío.
¿Qué tienen ustedes sino este frío?”

Yo no quiero ofrecerles un poema,
yo quiero darles un vaso de leche caliente a cada uno”.

 

Foto de portada: Anemone123 | Pixabay

Comparte
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..