Por la transformación
Si bien el tono in crescendo de sus mañaneras lo anticipaban, atrás quedó ese llamado inesperado a la reconciliación pronunciado la noche del 1 de julio de 2018 en el hotel Hilton delante de un fondo negro que resaltaba siete palabras: Gracias México. No les voy a fallar.
Por Roberto Alonso @rialonso
06 de julio, 2020
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“Que cada quien se ubique en el lugar que corresponde, no es tiempo de simulaciones (…), no hay para donde hacerse, o se está por la transformación o se está en contra de la transformación del país (…), es tiempo de definiciones”, dictaminó el presidente hace un mes, a punto de terminar su primera gira terrestre tras la conclusión de la Jornada Nacional de Sana Distancia que inició en Quintana Roo y terminó en Veracruz, pasando por Yucatán, Campeche, Chiapas y Tabasco.

La refinería General Lázaro Cárdenas de Minatitlán, Veracruz, fue el lugar que López Obrador eligió para acuñar una de sus más tajantes sentencias, al calor de la confrontación política de esos días con el gobernador de Jalisco y el sector de la comentocracia que salió en su defensa, justo a un año de la jornada electoral de 2021. 

Si bien el tono in crescendo de sus mañaneras lo anticipaban, atrás quedó ese llamado inesperado a la reconciliación pronunciado la noche del 1 de julio de 2018 en el hotel Hilton delante de un fondo negro que resaltaba siete palabras: Gracias México. No les voy a fallar.

Dos años después de esa memorable noche que transpiraba esperanza, el país está dividido y la aprobación presidencial va en picada. De enero a junio de este año, la aprobación cayó de 71% a 56%; una caída similar, de 16 puntos, se presentó en el mismo periodo de 2019. Desde la banca de Palacio Nacional se razona que el porcentaje sigue estando por arriba del apoyo obtenido en las urnas en 2018 (53%), sin embargo, los tres atributos personales de los que lleva registro El Financiero –honestidad, liderazgo y capacidad para dar resultados– llegaron en junio a su menor nivel desde al año pasado.

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El desgaste es evidente, también lo es que, aunque nadie la articula, la oposición que juega del lado contrario de la cancha crece y aglutina. A la pregunta “¿usted de qué lado se ubicaría: a favor o en contra de la transformación que propone López Obrador?”, hecha vía telefónica a 410 mexicanos, 37% por ciento se declaró a favor y otro 37% en contra; 25% se manifestó en contra de ambos extremos. Misma relación de espejo, con menos indiferencia, se observa ante la pregunta “¿cree usted que sí existe ese bloque (el BOA) o es una fabricación del gobierno?”: 44% opinó que sí existe y otro 44% estimó que es una fabricación.

Tratándose de una transformación que supone una lectura política de la realidad y de una realidad tan desigual como la nuestra, la división, por sí sola, no debería generar sobresaltos o espanto. Al contrario, puede ser un indicador de que la transformación está tocando intereses y privilegios. Lo que es necesario cuidar es un diálogo democrático que, no exento de conflictos, ha de marcar distancia de la imposición, el fanatismo y la intransigencia.

Frente al emplazamiento, yo no tengo duda: nuestro país requiere una profunda transformación política, económica, social y cultural, como lo resumió López Obrador en su mensaje con motivo de la conmemoración de los dos años de su victoria electoral

Sí, fue un triunfo histórico y democrático, pero pasó al cabo por las instituciones electorales hoy desplazadas desde el afán presidencial de constituirse como guardián de las elecciones intermedias.

Lo que personalmente me inquieta es si la transformación que está en marcha es la que México necesita. Y me temo que es hora de ir pensando en lo que seguirá después de López Obrador, o bien, en la profundidad que podría alcanzar esta transformación, cuyas bases legales, en palabras del mandatario, quedarán establecidas a finales de este inédito año para sostener una nueva forma de hacer política, basada en los principios de justicia, honestidad, austeridad, bienestar y democracia.

Con la mirada puesta en dicho horizonte, uno al que desafortunadamente la crisis socioambiental no le permite pensarse a largo sino a corto y mediano plazo, un amplio grupo de organizaciones, pensadores y activistas del sur global presentó el pasado 24 de junio las coordenadas de una honda transformación latinoamericana mediante un pacto social, ecológico, económico e intercultural, la cual pasa por esquemas tributarios progresivos, la anulación de las deudas externas y una nueva arquitectura financiera global, la creación de sistemas nacionales y locales de cuidado que coloquen al centro la sostenibilidad de la vida y una renta básica universal en sustitución de transferencias focalizadas.

Asimismo, el pacto incluye la priorización de la soberanía alimentaria en una región que reporta el mayor grado de concentración de la tierra en todo el planeta, la construcción de economías y sociedades posextractivistas con una transición hacia matrices energéticas renovables y democráticas que reduzcan el riesgo del colapso climático, la recuperación y el fortalecimiento de espacios de información y comunicación desde la sociedad, la autonomía y sostenibilidad en territorios y sociedades locales, y una integración regional y mundial soberana.

En suma, una transformación que enlace y vincule “justicia redistributiva, de género, étnica y ambiental”. “Durante mucho tiempo –se lee en el saque inicial del Pacto Ecosocial del Sur–, las élites nos contaron que no se podía parar los mercados ni la gran máquina de acumulación capitalista, pero resulta que sí, que es posible activar el freno de emergencia cuando se decide que la vida está en peligro.” 

El momento actual es “una enorme oportunidad de cambio: la de construir nuestro futuro desde el cuidado de la vida.”

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Roberto Alonso
Académico del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana Puebla y coordinador del Observatorio de Participación Social y Calidad Democrática.