La trampa de los números de la pandemia
Las cifras de la pandemia son abrumadoras, como lo son las crecientes dudas de un masivo subregistro. Los intentos de algunos gobiernos por acallar el bullicio del conteo y las estadísticas mortuorias desnudan sistemas de salud frágiles y legitimidades políticas inciertas
Por Lado B @ladobemx
23 de julio, 2020
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Giovana De La Cruz, Jennifer González, Gabriela López, Susana López, Diana Manzo, Mariela Mejía, Gisella A. Rojas | CONNECTAS

Un término se ha vuelto común desde que el nuevo coronavirus comenzó a hacer parte de la realidad americana: “muertes flotantes”. Se trata de los fallecimientos de personas con COVID-19 que son registrados bajo “neumonía atípica”, una suerte de eufemismo médico que se anota en las actas de defunción y que evita que ese caso aparezca en las estadísticas oficiales de la pandemia. Se ha vuelto común, en parte, porque los gobiernos del continente enfrentan dos problemas estructurales por el desbordamiento del virus: el primero, la crisis y el colapso de sus sistemas de salud públicos, y el segundo, de orden político, porque temen perder legitimidad y control frente a sus gobernados.

Las cifras son abrumadoras: de Canadá a Argentina, según los datos proporcionados por los gobiernos locales, hay alrededor de 300.000 muertes por COVID-19. Solo los Estados Unidos ya supera la cifra de muertos en combate o por infecciones durante los cuatro años que duró la Primera Guerra Mundial hace un siglo. Ya son más de siete millones los contagiados en el continente (al 21 de julio), una cifra mayor a toda la población de un país como Panamá, El Salvador, Nicaragua, Paraguay o Puerto Rico. Hoy América es el epicentro de la pandemia.

Rebasados en su capacidad para llevar el registro del avance del nuevo coronavirus, los sistemas de salud de toda la región han reconocido que sus naciones tienen más enfermos y fallecidos de los que han sido capaces de identificar. A través de distintos medios, los especialistas coinciden con el mismo diagnóstico: conoceremos las cifras reales sobre el coronavirus  apenas en 2021.

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El caso más relevante que hizo sospechar sobre las dimensiones reales de las cifras fue el de los Estados Unidos. El 11 de abril reportó 20.071 fallecimientos y se convirtió en el país con más muertos por COVID-19 en el mundo. Antes de que terminara el mes llegaron los primeros cuestionamientos a esas cifras.

De acuerdo con investigaciones periodísticas publicadas en ese país, entre marzo y abril de 2020 se disparó la mortalidad total en los estados más golpeados por el virus, en comparación con el mismo periodo de los cinco años anteriores. Según The New York Times, al 11 de abril, en Nueva York, Michigan, Illinois, Nueva Jersey, Maryland y Colorado la mortalidad creció casi al 50 por ciento, es decir, hubo 9.000 muertes más de las que se reportaron por covid-19. Para la segunda semana de julio, la tasa de mortalidad estaba en 4.2 por ciento.

USA Today calculó que, en todo el país, fallecieron 16.785 personas más que el promedio histórico del periodo. Los expertos citados en el reportaje señalaron que, si bien los casos no confirmados por la pandemia podrían explicar el alza en las tendencias de mortalidad, el fenómeno también podría deberse al retraso en los reportes estatales de muertes o al incremento de mortalidad por padecimientos comunes, consecuencia del miedo de los pacientes a acudir a hospitales en medio de la pandemia. “Los científicos dicen que el retraso es común en cualquier enfermedad infecciosa y más aún en patógenos desconocidos como el nuevo coronavirus”, indicó la publicación.

Algo similar ocurrió en México. Entre el 8 y el 18 de mayo, los diarios norteamericanos The ​Wall Street Journal y The ​New York Times​ y la organización​ Mexicanos Contra la Corrupción publicaron reportajes en los que, a través de distintas metodologías, detectaron que solo en la Ciudad de México, foco de la epidemia en la nación, habría hasta tres veces más muertes de las oficialmente registradas. Hugo López-Gatell Ramírez, zar del coronavirus en ese país, y José Luis Alomía, director general de Epidemiología, reconocieron que los conteos oficiales excluyen los casos asintomáticos, así como a los positivos reportados por laboratorios privados porque no existe manera de saber si desarrollaron síntomas o si también fueron testeados en alguna institución de salud, y pudieran duplicarse. López-Gatell también ha reconocido que es posible un subregistro de fallecimientos porque hay personas que mueren en sus casas o antes de que se les pueda tomar una muestra.

Víctimas de la pandemia de COVID-19

Una mujer llora mientras espera que el tractor haga la fosa para enterrar a su familiar en un cementerio para víctimas de COVID-19. / Foto: Ricardo Gutiérrez | CONNECTAS

En otras palabras y tal como dijo Tim Riffe, demógrafo en el Instituto Max Planck de Investigación Demográfica de Alemania, cualquier número que se informe va a ser una gran subestimación, pues en la mayoría de los casos el sesgo responde a que se toma en cuenta exclusivamente a los fallecidos dentro de los hospitales.

Sin embargo, a pesar del mea culpa de algunos funcionarios de la región, no se puede desconocer la manera relajada como algunos gobernantes han actuado frente a la pandemia. Esto ha impulsado cierta incredulidad entre la población que, como en el caso mexicano, tiene enfermedades adicionales que aumentan las probabilidades de morir por el virus, según dijo a El País, Raúl Pérez, infectólogo mexicano. El 12 por ciento de la población adulta tiene diabetes, el 35 por ciento hipertensión arterial y el 70 por ciento sobrepeso y obesidad. Las directrices del presidente Manuel López Obrador han oscilado entre recomendarle a la gente que se abrace y visite los restaurantes hasta declarar la emergencia sanitaria en todo el país, pero nunca ha decretado la cuarentena obligatoria. A pesar de que los hoteles cerraron algunos días, durante la semana en que reabrieron en Cancún, por ejemplo, México reportaba el segundo mayor número de muertes por coronavirus en América Latina, más de 15 mil. Al 13 de julio el país tenía 300 mil casos de contagios y 35 mil. Al 20 de julio el país tenía 344 mil casos de contagios y 39 mil muertes.

Esta manera relajada y oscilante se replica en el sur del continente. Brasil es el segundo país con más casos y muertes por la COVID-19 en el mundo. Su presidente, Jair Bolsonaro, a quien hace un par de semanas le confirmaron que tenía coronavirus, ha negado en diferentes ocasiones la existencia del mismo. Hasta el 20 de julio, esa nación reportaba dos millones de casos positivos y 79.488 fallecidos, con un crecimiento que rápidamente desbancará las cifras de horror que tuvieron los países europeos. Desde mediados de mayo, distintas regiones reportaron alzas o repuntes en el ritmo de contagios y muertes, que desbordaron hospitales y cementerios.

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Guayaquil, la segunda ciudad en importancia de Ecuador, es quizás uno de los lugares en la región que ilustra con mayor dramatismo los desajustes de este macabro contador. En el momento más crítico en los meses de marzo y abril, los reportes oficiales daban cuenta de 1.187 decesos confirmados o sospechosos de ser causados por la COVID-19 . Sin embargo las actas de defunción emitidas en el mismo periodo superaron las 10 mil muertes en toda la provincia de Guayas según el Registro Civil. Una cifra que se compadece más con lo que vivieron sus habitantes con cuerpos y féretros en las calles, y sepultureros que no daban abasto para cavar fosas comunes, buscando evitar un nuevo problema sanitario con la exposición de los cuerpos en descomposición. Gremios como el Colegio Médico del Guayas aseguraban que el exceso de fallecimientos se debía al COVID-19.

Una de las consecuencias directas de las cifras no reveladas es el mensaje para millones de habitantes que minimizan la gravedad de la epidemia. Se está subestimando por mucho la magnitud de la epidemia.

Si bien hay consenso en que los datos esperados en una pandemia están lejos de ser perfectos, incluir el número de muertos probables por COVID-19 ayudaría a obtener una radiografía de la crisis sanitaria. La desesperación de los ecuatorianos tratando de identificar los cadáveres de sus parientes en las morgues es una imagen del día a día. En abril pasado, familias en Guayaquil esperaban más de una semana para que les fueran entregados los cuerpos de fallecidos por COVID-19. El caos en el manejo de cadáveres se evidencia en las cifras oficiales de la Defensoría del Pueblo local que apoya la búsqueda de más de 218 que no aparecen. La negligencia del manejo de los cuerpos en descomposición en contenedores incluso ha promovido la corrupción. Hay denuncias según las cuales personas inescrupulosas cobran hasta 1.500 dólares por hacer las búsquedas de los familiares en las pilas de restos.

Los familiares de Alba Maruri de 74 años, en este puerto en el Pacífico, cremaron las cenizas de otro, lloraron su muerte, pero ella estaba viva. Despertó luego de estar 15 días en coma en el Hospital de Guayaquil, aunque su fallecimiento había sido notificado el pasado 27 de marzo, por complicaciones respiratorias luego de presentar síntomas de COVID-19. El caos provocado por la pandemia causó que el hospital confundiera los nombres y que por miedo al contagio, sus seres queridos no pudieran ver al cadáver de cerca. Así, procedieron a cremar a quien pensaban era su tía.

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*Foto de portada: Beni es la cuarta región de Bolivia más golpeada por COVID-19 después de Santa Cruz. Es una de las menos pobladas del país con medio millón de personas. / Foto: Ricardo Gutiérrez 

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