Cartas de la pandemia: La enfermedad nos puso contra las cuerdas
Esta es la historia de Mario Alberto, quien vive en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. Su familia y él se contagiaron de COVID-19, y así es como esta enfermedad los puso contra las cuerdas.
Por Chiapas Paralelo @
23 de julio, 2020
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Soy Mario Alberto tengo 51 años, vivo en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, y quiero compartirte, a ti que me lees, la historia de cómo mi familia y yo nos contagiamos de COVID-19, lo grave que es esta enfermedad que pone en riesgo nuestra vida como seres humanos, el cual enfrentamos mi familia y yo por 14 días a principios de junio. 

La enfermedad nos puso contra las cuerdas a siete integrantes de la familia, nos puso a luchar contra esta enfermedad que causó la muerte de mi madre y la de una amiga que era considerada parte de la familia, caso en el que no profundizaré.

Por supuesto que no somos la única familia que contrajimos esta enfermedad en este tiempo tan difícil. Son tantas las familias, los vecinos y los amigos que están librando su propia batalla en hospitales o en sus casas. 

Sin embargo, hay gente que se resiste a reconocer la existencia del virus y sus efectos, que está en todos los sitios y que arremete por igual contra todos, sin importar clase social, edad y género. Con este testimonio pretendo ayudar a entender esta realidad a partir de lo vivimos nosotros en carne propia, para que sigan con las medidas de protección, la sana distancia cuando sea posible, el cubrebocas, lavarse las manos, no tocarse la cara y así evitar que el virus se meta a sus vidas.

Antes de empezar quisiera hacer memoria sobre nuestra vida como como matrimonio, antes que nos azotara la enfermedad. Debido a la profesión de ambos, mi esposa y yo radicamos en diferentes ciudades, somos de las personas que hemos encontrado nuevas formas de estar en pareja, vivimos separados durante la semana y nos encontramos los fines de semana. He de reconocer que la mayor parte de la responsabilidad de la crianza de nuestra hija recae en mi pareja, y que ejerzo mi paternidad a la distancia.

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Así hemos vivido nueve años de matrimonio con una hija, siempre preguntándonos cuándo seríamos una familia unida. Y ese día llegó, lo trajó el coronavirus. Durante los meses de abril, mayo y junio se cumplió ese sueño de estar juntos en casa, realizando las actividades labores en línea, apoyando a nuestra hija con sus tareas escolares de aprendizaje a distancia y compartiendo el compromiso igualitario en sus cuidados y las tareas del hogar.

En casa nos preparamos con las medidas necesarias para evitar contraer el COVID-19, decidimos salir lo mínimo indispensable, solo por víveres y con medidas de higiene. Durante los dos primeros meses implementamos actividades de convivencia por las tardes, como escuchar música, bailar y otras actividades lúdicas para nuestra hija, algunas de las cuales realizábamos en la azotea de la casa, lo que nos permitía liberar tensiones y salir de la rutina del confinamiento.

Ese sueño de familia unida cambiaría a partir del 30 de mayo al recibir un familiar en casa, quien, sin estigmatizarlo, resultó ser la fuente de contagio, primero para mi madre que estaba en casa y luego para los demás miembros del núcleo familiar, quienes experimentamos las afectaciones de manera diferente cada uno.

Mi esposa, de 46 años de edad, presentó como síntomas fiebre, dolor de cabeza, tos seca, cansancio, debilidad, conjuntivitis, pérdida del gusto y del olfato.

Mi hija de 9 años, tuvo tos seca, dolor del tórax y cansancio; lo síntomas de ambas fueron más leves con relación al cuadro que presenté yo. 

Fui el primero que comencé a sentirme mal, tenía dolor de cabeza, tos seca, cansancio, pérdida de peso, dolor de garganta, diarrea, pérdida del gusto, del olfato y dolor de los dientes. De estos síntomas el más molesto fue la tos seca, que estaba acompañada con mucho dolor en el pecho y dificultad para hablar o moverme, eso me ocasionó la pérdida de masa corporal y debilitamiento del cuerpo, conforme pasaron los 14 días volví a recuperarme lentamente.

Ir a un hospital o morir en casa, el dilema

Ilustración: David Lara

El 2 junio por la madrugada, mi situación de salud se complicó y mis familiares decidieron trasladarme, junto con mi madre, a la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, donde por la tarde nos tomaron a cada uno tomografía de tórax (TAC) de los pulmones. Los resultados no dejaban lugar a dudas nuestros pulmones estaban invadidos por el virus.  

Mi madre, por ser una persona de mayor edad y tener antecedentes pulmonares crónicos, tenía el cuadro más severo y un gran dolor en el pecho y dificultad para respirar. 

El 3 de junio, a las 8 noche, mi hermano llevó a mi madre al Hospital del Seguro Social 5 de Mayo (IMSS), sin embargo, debido a la saturación de pacientes ese día, fue atendida hasta las 12 de la noche, media hora después le tomaron la prueba de COVID-19 y la internaron. Falleció, sola, la madrugada el día 4 junio. La familia no sólo cursaba la dolorosa enfermedad, además tuvimos que despedirla a la distancia, sin poder acompañarla ni en sus últimos minutos ni en su adiós del mundo terrestre.

Tres días después, el área de Epidemiología de la Secretaría de Salud nos notificó vía telefónica que la causa de su muerte fue COVID-19, pues resultó ser “positiva” a la prueba. Ya no había dudas, y dimos por hecho que quienes estuvieron en contacto con ella estaban infectados por el mismo virus, algunos de mis familiares presentaron síntomas leves, ese fue el caso de dos hermanas y mi hermano.

La noche del 3 junio con ayuda de una amiga de la familia me movieron para que yo pudiera recibir atención médica, iniciando así nuestro peregrinar en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez. Primero por clínicas particulares, sugeridas por el asesor del Seguro de Gastos Médicos Mayores, pero la saturación de pacientes enfermos hizo imposible internarme. 

Como última opción fuimos a un hospital público que estaba en las mismas circunstancias. En mi andar de un lugar a otro vi muchas ambulancias trasladando a pacientes en situaciones más difíciles que la mía, lo que me produjo más sufrimiento y angustia al saberme contagiado del virus.

Al no recibir atención médica y con mi estado de salud cada vez más deteriorado decidimos volver a San Cristóbal, donde se me dio un manejo médico ambulatorio en casa bajo los cuidados de mi esposa, quien estuvo pendiente de mi alimentación, la administración de medicamentos proporcionados por médicos de la familia y las medidas de higiene del hogar.

Lo que representó un reto enorme para ella al tener que atender a un paciente con una enfermedad desconocida, siendo ella y nuestra hija positivas y estando bajo tratamiento médico, así, mi esposa se convirtió en la gran cuidadora.

Cómo enfrentamos al COVID en casa

En casa estuve aislado de la familia por 14 días, encerrado entre cuatro paredes. La lluvia y el frío que hubo esos días en San Cristóbal provocaron que hubiera mucha humedad en mi aislamiento en casa y repercutieron más en mi salud. 

Ante esta realidad vivida en carne propia era imposible no llorar al ver que mi vida corría peligro, sentía que podía fallecer, ser parte de los mueren en casa y el segundo en la familia. Fue duro afrontar la doble batalla, la muerte de mi mamá y estar al borde de la muerte, esa era mi realidad a nivel emocional.

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El dolor en el tórax producto de la tos seca era intenso, tenía sudoración excesiva y malestar en cada movimiento, sentía demasiado cansancio hasta para ingerir mis alimentos y dificultad para hablar hasta el día 14 de junio. A partir de ahí mi recuperación fue significativa, volvieron el sentido del olfato y del gusto, aunque las molestias y dolores desaparecieron hasta el 27 de junio.

El costo por enfermarse de COVID-19

Aunque no hay tratamiento específico para tratar la enfermedad, en mi caso el procedimiento recomendado por médicos incluyó los siguientes medicamentos: Paracetamol, Azitromicina, Oseltamivir, Adimod; Aspirina protect, Invermectina, Suero Oral y Metilprednisolona. Además de nebulizaciones con Budesonida y el uso del Oximetro para medir mi saturación de oxígeno y frecuencia cardíaca. Además se me sugirió la posición corporal boca abajo, conocida como prona. Mediante este procedimiento usado se aliviaron mis síntomas y logré recuperarme gradualmente de la enfermedad.

Aparte del tratamiento médico, en todo este tiempo fueron incluidos en mi cuidado, por parte de mi esposa, remedios caseros populares e infusiones de hierbas a base de jengibre, canela, orozus, hoja santa, hojas de neem, orejano, limón y miel. Aplicándose aquí el dicho popular “lo que no mata engorda”, con el afán de mejorar mi salud.

Recuperarme implicó un gasto de económico aproximado de $9,039.00 erogado del bolsillo familiar, sin incluir los tratamientos de mi esposa e hija, que podrían elevar esta cifra al triple del monto total. A continuación se detallan los costos del estudio realizado, los medicamentos y aparatos auxiliares en mi tratamiento.

La tomografía de tórax costó de $4,500. El gasto por medicamentos como Adimond con un precio de $973.00; Azitromicina con costo de $200.00; Ivermectina con un monto de $180.00; Paracetamol un costo de $26.00; Oseltamivir con un valor de $325.00; Aspirina Protect con monto de $194.00; Metilprednisolona con un precio de $97.00; Budesonida con un costo de $244.00. Además, la compra de nebulizador por $850.00 pesos y oximetro de $1,495.00. Si bien el gasto fue elevado del tratamiento para enfrentar este virus, pudieron solventarse los gastos con muchos esfuerzos por la propia familia y con ayuda de otros familiares.

El rol de género ante COVID-19

Poco se ha destacado el rol de las mujeres en el proceso de la enfermedad y recuperación de un paciente de COVID-19, como fue el caso de mi familia, representando esta situación doble carga de trabajo para mi esposa con mi cuidado y el de nuestra hija, recayendo en ella las tareas del hogar, la alimentación y los cuidados médicos, sin tiempo para cuidarse a sí misma. Aparte de la doble carga de trabajo, hay que añadir a esta situación el sentimiento de dolor, tristeza, estrés y miedo a perder a otro integrante de la familia.

Quiero reconocer la solidaridad y sororidad de familiares, amigas y amigos del trabajo, pues fueron una red de apoyo para la familia con el envío de medicamentos, alimentos y un calefactor a la puerta de la casa, para sobrellevar la crisis del COVID-19, además de las muestras de afecto recibidas por correo y celular mediante mensajes de texto con palabras de aliento.

Mediante mi testimonio comparto cómo enfrentamos como matrimonio la enfermedad, evidenciando lo peligroso que puede llegar a ser para el ser humano, poniéndolo entre la vida y la muerte a quienes nos contagiamos por el virus. Esta experiencia de sufrimiento y dolor nos permite decir que se puede derrotar al virus cuando se tiene los recursos económicos y no se padece alguna enfermedad crónica.

Reconozco en esta historia de familia el papel importante que jugó mi esposa para superar juntos la enfermedad. En este mismo caso se demuestra que el virus afecta a hombres como a mujeres de manera diferentes, pero siendo más letal para hombres como lo muestran las tasas de mortalidad por COVID-19 en el mundo y en el país. Esta enfermedad será un problema que afrontaremos durante mucho tiempo, al igual que los temores e incertidumbre que genera en la gente, por lo que invitó a ti que  me leíste a cuidarse y cuidar a los demás, continuando con el distanciamiento social, con las medidas de higiene, el uso de protección personal y aislarse en caso de estar enfermo.

Una versión de esta carta fue publicada originalmente en el portal Chiapas Paralelo que, al igual que Lado B, forma parte de la Alianza de Medios PDP. Acá la versión original.

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*Ilustración de portada: David Lara

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