Brigadistas mexicanas, las que encuentran pedazos en un país destrozado
Por Perimetral @
02 de julio, 2020
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Violeta Santiago

En las recientes semanas, madres en busca de desaparecidos en México han visibilizado, desde un plantón en Palacio Nacional, el abandono institucional que tocó fondo con la renuncia de Mara Gómez la titular de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas. Violeta Santiago, plasma en esta crónica los días que reporteó la Quinta Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas en el norte de Veracruz, pues tuvo importantes hallazgos que quedaron invisibles con la llegada de la pandemia. El coronavirus desplazó la búsqueda de desaparecidos por considerarse una actividad no esencial.

–Usted ya nunca va a encontrar a su hijo. Ya no lo busque porque su hijo fue “cocinado” —le dijeron a Maricel Torres Melo la última ocasión que dio dinero a cambio de información para conocer el paradero de su hijo de 17 años.

Entonces creía que era una mentira para que ya no buscara o que la habían engañado por dinero, como cuando por mucho tiempo pagó hasta quebrar económica y emocionalmente mientras creía que protegía la vida de su hijo, pero en realidad era extorsionada a costa de su desesperación.

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Cuando desapareció Iván Eduardo Castillo Torres el 25 de mayo de 2011, cada día después salió a buscarlo “como una loca” con una fotografía en la mano, preguntando a quienes viven en las comunidades rurales alrededor de Poza Rica si lo habían visto.

Iván siendo menor de edad en 2011, la noche del 25 de mayo pidió permiso para salir, aunque no era fin de semana convenció a sus padres y salió con tres amistades: dos chicas y un joven, a la feria de la Cámara Nacional de Comercio. Después de la medianoche avisó que volvería tras cenar tacos con sus amigos en la avenida 20 de Noviembre, una de las calles más activas del municipio petrolero del norte de Veracruz, pero fue la última vez que se comunicó. Lo que averiguó Maricel sobre su hijo y sus amigos fue que los detuvo la policía Intermunicipal Poza Rica–Tihuatlán–Coatzintla.

En 2018 Maricel me relató cómo conoció a los hermanos Trujillo Herrera y a su madre, María Herrera, de quien tomaron el nombre para conformar el primer colectivo de búsqueda de personas desaparecidas en Poza Rica y los demás municipios en el norte veracruzano.

Maricel y María están unidas por un lazo invisible: la búsqueda de un hijo. María buscaba a cuatro, dos desaparecidos en Guerrero y a dos en Poza Rica, también por la policía Intermunicipal y en el mismo año que Iván. Ambas mujeres pasaron de tratar de localizar a los suyos, a emprender un trabajo para encontrar a decenas o cientos de hijos de sus compañeras, algunas que murieron a la espera de una respuesta o quienes ya no pueden salir por el cansancio o el miedo.

A siete de buscar a su hijo, Maricel adquirió consciencia “ya no conozco otra vida que no sea la de buscar a Iván”, su único temor era a morirme sin haberlo encontrado, y repetía que si él pudiera oírla le diría: “Iván, desde donde sea que estés, tu mamá te ama y te dice que te va a encontrar”, agregó en aquella entrevista.

Una brigada de reencuentros en busca de hallazgos

Brigadistas mexicanas

Foto: Violeta Santiago | Perimetral

Ya en 2020 durante la Quinta Brigada Nacional de Búsqueda, por primera vez escuché a Maricel quebrarse, intentando procesar la idea de que podría no hallar a su hijo debido a la abundancia de “cocinas”, la forma perfeccionada de la desaparición en Veracruz que significa la reducción al máximo de un cuerpo destrozado, metido en un tambo y disuelto totalmente por ácidos o combustible.

La Brigada fue un símbolo de esperanza para los cientos de familias del colectivo Maricel-Herrera que buscan a más de 145 personas desaparecidas en el norte de Veracruz, uno de los estados que encabeza la lista de desapariciones como de fosas clandestinas en México.

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Entre el 7 y el 22 de febrero de 2020 el grupo conformado por más de cien voluntarias principalmente mujeres, recorrió los alrededores como alguna vez los caminó Maricel, pero ahora ella estaría acompañada de rastreadoras de otras partes del país; expertas a su modo, en un campo en el que no habrían imaginado tener la necesidad de incursionar, hasta que se enfrentaron con la necesidad de hallar los restos humanos de los hijos propios y los hijos de lucha.

Aun con todos los esfuerzos de localización, las avanzadas, los rastreos o extenuantes jornadas en campo, la Brigada no desenterró cuerpos. Lo que emergió fue un secreto a voces que se negaban a admitir: el norte de Veracruz está lleno de “cocinas” y que por eso no quedaba mucho por exhumar.

Brigadistas transformados en investigadores

Brigadistas

Foto: Violeta Santiago | Perimetral

Miguel Trujillo cree a sus hermanos, Gustavo y Luis Armando, la policía Intermunicipal los desapareció por el simple hecho de viajar en un auto con los vidrios polarizado y placas de Michoacán. El Jetta negro acabó en el deshuesadero de Gregorio Gómez Martínez, dueño de “Autopartes y Accesorios Gómez” y también expresidente municipal de Tihuatlán, mientras que sus teléfonos celulares mostraron como últimas ubicaciones las antenas cercanas a la base en donde operaba la Intermunicipal antes de ser desmantelada.

La búsqueda en el norte de Veracruz se pospuso durante años para dar prioridad a otras exploraciones: en 2016 se trabajó en Amatlán de los Reyes y en Paso del Macho; en 2017 buscaron en Sinaloa; en 2019 se fueron a Guerrero. Finalmente entraron a la región que tenía una deuda pendiente con los hermanos Trujillo y cuyo camino al inframundo se abre solo a paladas.

La Brigada se alojó el 7 de febrero en Papantla en la Casa de la Iglesia. Llegaron voluntarias de todas partes que se reúnen en el amplio comedor cada mañana para la misma rutina cada día: desde las siete saciar el estómago con café negro, pan dulce, atún, frijoles o algunas verduras cocidas; luego formar listas según su eje de búsqueda: si van a campo, a escuelas, cárceles, plazas públicas o la morgue. Cada quien aborda el vehículo que le toca y no retornan hasta caída la tarde para una modesta cena, asearse y tratar de dormir un poco en una cama o colchoneta, de acuerdo con el orden de cada habitación compartida hasta por cuatro mujeres.

Par el primer día de trabajo en campo, el 9 de febrero, el coronavirus todavía era una noticia ajena, guantes y cubrebocas son los insumos básicos para salir a buscar; no se usan como protección contra el virus sino para no contaminar los restos y filtrar el olor a putrefacción, en caso de dar con un punto positivo. Para varias buscadoras esa fue la primera vez que participan y lo tomaban literal como una escuela: intercambian su tiempo por conocimiento que llevarán a sus propias expediciones.

Custodiadas por patrullas de la Policía Federal y la Guardia Nacional, salieron tres camionetas y una de batea para el acceso al terreno que es complicado. Me sumo a la pick up, agazapada. Encuentro recargadas en la tapa trasera, a Rosalba de Baja California Sur y Tranquilina, de Guerrero; enfrente va Angélica, de Baja California Norte y a su lado una observadora de derechos humanos.

Rosalba Ibarra Rojas es quien habla primero “La gente ha de estar ‘paniqueada’ con todo esto” dice y alrededor están las caras de las personas que miran pasar la caravana de camionetas con buscadoras.

Atravesamos Papantla y en una hora cruzamos Poza Rica para tomar la carretera hacia Puebla, al atravesar el centro Tranquilina se percata de que llama la atención la caravana “mira al ‘halcón’ grabando” y no se equivoca, observamos a un chico apuntándonos con el móvil frente a su paso.

Para bajar el cerro se tomó una carretera angosta hasta cruzar un puente de un sólo carril muy cerca de las aguas cristalinas del río San Marcos. Por fin se llegó a la comunidad de El Paso, en el municipio de Coyutla, Veracruz donde la mayoría de las casas están cerradas, ocho paredes lucían pintadas con el logo del PRI; conforme se avanza la vereda se adelgaza la maleza que devora los bordes. A la altura del tercer portón para ganado y tras cruzar un vado seco, descienden varias para poder pasar. Irónica Rosalba exclama “pues gasolina sí tenían los malandros” y con eso se rompe el silencio para rematar con “y buena camioneta también”.

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*Foto de portada: Violeta Santiago | Perimetral

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