“Yo estoy en primera línea, recibimos los chingadazos. El COVID es una realidad
Ángel es paramédico. En pleno regreso a la “nueva normalidad”, atiende más llamadas que nunca, entre 4 y 6, a veces hasta 11. Él ahora conoce bien cómo suena la enfermedad.
Por Aranzazú Ayala Martínez @aranhera
14 de junio, 2020
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Miedo. Lo primero que Ángel tuvo fue miedo. ¿Y si contagio a alguien más, y si me contagio?

Sudor, nervios, golpe de calor, lentes empañados. El 28 de marzo fue el primer día que el paramédico atendió un traslado de COVID. Aunque ya había tomado el curso de protección personal y aislamiento de sustancias, tenía mucho miedo. 

“Cuando termina el traslado y el proceso de sanitización de la unidad, el proceso de sanitización de nosotros, y después te dicen ‘metete a bañar y espérate 7 días a ver si no aparece un síntoma’. Pero ¿cómo que 7 días?, no a mí hágame la prueba ya”.

Más de dos meses después, cada vez atienden más llamadas en la ambulancia para trasladar pacientes desde casas hacia hospitales y entre instituciones de salud.

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Desde que empezó la contingencia, el personal de atención pre-hospitalaria donde trabaja Ángel empezó a doblar turnos, descansando 1 o máximo 2 días a la semana. “Hay veces que no tengo traslados pero me tengo que dedicar a la sanitización de las unidades y a la seguridad del personal. Es estresante, es agotador, a veces llegan y se quieren quitar el equipo, pero les tienes que gritar que no”, cuenta a LADO B.

Y es que usar el equipo de protección es muy incómodo. Lo que usan los paramédicos es un traje tyvek, que es un overol desechable completo que cubre desde pies hasta cabeza, encima de una pijama quirúrgica, más tres pares de guantes, una bata, la mascarilla N95, gafas de protección, gorros de sanitización desechables y una careta. El hecho de traer el equipo es cansado porque hace que se les dificulte la respiración, aunado a que se empañan las gafas, el sudor, y el aumento de la temperatura corporal que puede causar un golpe de calor.

El paramédico no está de acuerdo con que se relajen las medidas de distanciamiento social. Desde que empezó la llamada “nueva normalidad” en junio, las llamadas de atención se incrementaron en 30%. Ángel cuenta que tienen en promedio de 4 a 6 traslados por COVID al día, aunque han tenido hasta 11 traslados  en un mismo día.

Algo que ha marcado a Ángel es el sonido que delata al virus. Es una tos muy peculiar, una tos seca, como con eco, un tosido muy largo, seguido de otro y otro igual. Ahora ya reconoce perfectamente cómo suena un paciente con COVID-19.

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Las complicaciones de la atención pre-hospitalaria

Ilustración: Gogo Ortiz

Al entrar a los hospitales COVID para ir por los pacientes, Ángel ha visto panoramas difíciles, como cuando piensan que es doctor y le preguntan si van a recuperarse.

“A muchísima gente le cuesta trabajo sentarse, es increíble, la enfermedad es agobiante. La gente al tratar de sentarse me dice: ‘oiga doctor ¿voy a estar bien?’, yo no soy el doctor. Ese impacto es…. No sé. No te puedo describir realmente lo que siento hacia la gente, y no poderla ayudar… es muy limitado lo que se puede hacer porque no existe un tratamiento, una vacuna como tal”.

El coronavirus ha trastocado todo, entre otras cosas la atención pre-hospitalaria. Lo que los paramédicos pueden hacer en la ambulancia es poner asistencia con oxígeno, mascarillas y puntas de oxígeno, y hacer el traslado lo más rápido que se pueda. Si dieran reanimación física sería contraproducente por el fenómeno aerosol. Cuando se dan compresiones al pecho es como aplastar un spray donde va el virus.

“No podemos [dar reanimación física] porque puede ser más grande el contagio no solamente hacia la ambulancia sino ese aerosol puede quedar flotando y puede contaminar a más gente”, explica Ángel.

El mensaje que el paramédico tiene para la gente es que sean pacientes. El coronavirus no es un invento ni un juego.

“Sé que parece comercial, pero en serio si no tienen que salir no lo hagan, cuiden a sus seres queridos, no sabemos en qué momento podamos estar con la defensa baja para contaminar o transmitir este bicho a alguien, y no salgan. Lo digo porque, por ejemplo, no he visto a mis papás desde que inició esto. La última vez que fui los vi y mi papá quería darme un abrazo, y decirle que no…”.

Ángel guarda silencio.

“También somos nosotros partícipes de esto al ignorarlo, al decir que es una farsa, que nos quieren controlar. Te lo digo porque lo vivo, estoy ahí, en la primera línea, recibimos los chingadazos. Es una realidad”.

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*Ilustración de portada: Gogo Ortiz

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Aranzazú Ayala Martínez
Periodista en constante formación. Reportera de día, raver de noche. Segundo lugar en categoría Crónica. Premio Cuauhtémoc Moctezuma al Periodismo Puebla 2014. Tercer lugar en el concurso “Género y Justicia” de SCJN, ONU Mujeres y Periodistas de a Pie. Octubre 2014. Segundo lugar Premio Rostros de la Discriminación categoría multimedia 2017. Premio Gabo 2019 por “México, el país de las 2 mil fosas”, con Quinto Elemento Lab. Becaria ICFJ programa de entrenamiento digital 2019. Colaboradora de “A dónde van los desaparecidos”