Las nuevas normalidades educativas
Docentes y directivos dan cuenta que el regreso a las aulas no es una experiencia homogénea. Las condiciones son distintas para cada institución y para cada estudiante.
Por Marcos Nucamendi @MakoNucamendi
28 de junio, 2020
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Aunque la nueva normalidad educativa se plantea como un regreso homogéneo, a lo sumo escalonado de las y los estudiantes, lo cierto es que existe una diversidad de nuevas normalidades que dependen en gran medida de las brechas digitales, las situaciones geográficas, las desigualdades estructurales e incluso de las necesidades individuales de los propios alumnos.

En entrevista para LADO B, docentes y directivos nos comparten sus experiencias con la transición forzada a la educación a distancia, y cómo se preparan para el reinicio del ciclo escolar, en medio una curva de contagios que siempre parece estar en el pico. 

En la incertidumbre, incorporadas a la BUAP

La Secretaría de Educación Pública (SEP) federal estableció desde el 29 de mayo la ruta de regreso a clases; sin embargo, todas las fechas establecidas en el calendario son meras referencias, en tanto se desconoce el futuro inmediato de la pandemia por COVID-19; específicamente, cuándo cambiará el semáforo epidemiológico a verde.

A ello se suma la decisión de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) de aplazar los nuevos ingresos hasta 2021, lo que deja a las escuelas incorporadas en un estado de incertidumbre momentáneo, ya que ignoran si ellos tampoco podrán aceptar nuevos ingresos hasta el próximo año.

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“Podemos presumir que existe una oportunidad para que las incorporadas atraigan a las personas que no pudieron ingresar a la BUAP, pero dependemos de que la Dirección de Educación Superior nos permita cargar materias”, asegura Luis Jesús Ruiz Peña, coordinador de licenciaturas en el Instituto de Ciencias Jurídicas (ICI) de Puebla.

Los semestres avanzados de licenciatura y bachillerato, de acuerdo con lo aprobado por el Consejo Universitario de la BUAP, comenzarán clases el próximo 17 de agosto, en la modalidad que mejor se adecue al estado de la pandemia: a distancia, semipresencial o presencial. 

Mely Arellano, responsable de Educación Continua del Centro Universitario del Valle de Atlixco (CUVA) —incorporada a la BUAP—, comenta que están pensando en un esquema 70 por ciento presencial y 30 por ciento a distancia, estrategia que se puede permitir una escuela que alberga, a nivel licenciatura, alrededor de cien alumnos y alumnas; aunque para grupos grandes, consideran mantener un esquema 50-50. 

En ese sentido, siguen preparándose para regresar a la modalidad a distancia, a la que tuvieron que migrar desde finales de marzo. Algunos de los docentes, tanto por la falta de capacitación en el uso de plataformas digitales como por los problemas de acceso de los y las estudiantes, prefirieron dar seguimiento a sus clases a través de herramientas más sencillas, como WhatsApp. 

En algún momento se pensó en implementar un programa para comprar computadoras con algún proveedor conocido, explica Mely, pero concluyeron que el problema no era ése, sino la disponibilidad de servicios de Internet en comunidades alejadas de los centros urbanos. 

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“Podríamos pensar en que tengan computadoras, pero el Internet se sale de nuestras manos”, explica. Los alumnos, detalla, deben gastar alrededor de cien pesos semanales en datos móviles para poder acceder a todo el contenido de los cursos.

“Para las escuelas rurales, la nueva normalidad es imposible”

Para Diana Vallejo, profesora rural de una comunidad en Izúcar de Matamoros, la nueva normalidad es un concepto totalmente ajeno a la realidad que se vive en San José Las Bocas, una localidad de 725 habitantes de la que sobresale apenas una fábrica de cal y una estación de gas de reciente apertura.

“Está cabrón, tú llegas con todas las medidas [de protección] y las compañeras [se refiere a las madres de familia] te jalan y te abrazan. No hay una conciencia [del virus], dicen que no existe, que es el gobierno y yo sólo les digo: ‘no compañeras, sí está muy grave esta situación’”.

Ante el temor de que sea ella quien contagie el virus en la comunidad, una vez que reinicien las actividades, la maestra considera que lo mejor es quedarse a vivir allá durante todo el ciclo escolar, viajando lo menos posible.

Algunas de las madres de familia, por otro lado, le han comentado que no es factible enviar a sus hijos e hijas con cubrebocas y caretas a la escuela —como recomiendan las autoridades educativas—, en una región en donde la temperatura alcanza fácilmente los 30 grados centígrados.

Por lo que le cuentan a Diana a través de mensajes y llamadas, al menos la mitad de sus 34 estudiantes, de entre tres y cinco años, están lidiando con un constante estrés y frustración mientras “su mundo” se encuentra paralizado. 

“Cuando van a la escuela es su mundo, su contexto, ahí ellos hablan y opinan, algo que en casa no sucede; no hay esa interacción, esa importancia de la voz del niño”, dice.

Un semestre perdido para la educación especial

Foto: Cortesía

Lo que más le preocupa a Tania Báez, docente en educación especial de la ciudad de Puebla, es la posibilidad de que los avances conseguidos a inicios del año, se hayan perdido.

Y no se refiere a la posibilidad de que sus 120 estudiantes —de 14 escuelas que se encuentran al sur de la capital, en zonas de alta marginación— hayan tenido una instrucción deficiente estando en casa, sino a la atención personalizada que chicos y chicas con discapacidad y otros trastornos (sobre todo los relacionados a la personalidad y la comunicación) necesitan, y que desde hace tres meses no han recibido. 

Tania atiende a estudiantes con discapacidad auditiva y otros problemas de lenguaje, y desde la Unidad de Servicios de Apoyo a la Educación Regular (USAER) acompaña docentes que se encuentran frente a grupo todos los días.

Una de ellas, que también le da clases a un estudiante con autismo, le dijo hace algunos días que el niño estaba bastante mal, que ahora se la pasaba en los videojuegos, en la tablet, y que casi siempre se muestra irritable. “Todo lo que habíamos avanzado, conversaciones cortas con sus papás o sentarse y hacer actividades solo, todo eso ha desaparecido”, se lamenta.

Educación activa, cuestionada por la pandemia

Laura Martínez escogió para su hija y su hijo una educación distinta a la tradicional, por lo que los tenía inscritos en instituciones de educación activa, que ofrecen un modelo que se enfoca más bien en el aprendizaje cooperativo, las experiencias y el aprovechamiento de sus capacidades. 

Sin embargo, la pandemia y la necesidad de volcarse hacia la educación a distancia vino a evidenciar el rezago en materia digital que tienen algunas instituciones, donde no se les enseña cómo enviar un correo electrónico o usar procesadores de texto, explica. 

Las clases en línea, confiesa en entre risas, fueron en sí un completo fracaso en ambos casos: 

“Estábamos simulando que aprendían, pero no estaban aprendiendo nada”, dice al recordar que mientras el profesor impartía su clase, de manera más tradicional para cumplir un estricto plan de actividades que les asegurara cerrar el ciclo escolar, los menores estaban distraídos con alguna aplicación móvil. 

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Uno de sus hijos le llegó a decir: «Ni yo le entiendo [a las clases] ni tú tampoco [mamá], vamos a tomarlo con calma y lo dejamos para otro día”. Habiendo decidido retirarse de las clases en línea para experimentar con otro tipo de educación en casa, una que sí alimentara su iniciativa, en un par de semanas, el mismo hijo ya estaba tocando dos o tres acordes de guitarra y aprendiendo a dibujar con tutoriales de YouTube. 

Santi dibuja y aprende a tocar guitarra de forma autodidacta con apoyo de YouTube./ Foto: Cortesía

De ahí que ahora se encuentre explorando las posibilidades del home-schooling, con clases particulares impartidas por una maestra certificada; llegado el momento, cuando tengan los conocimientos suficientes, podrán si así lo desean acreditar su nivel de estudios ante el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA).

La nueva normalidad, cuenta Laura, les ayudó a tener una visión más crítica de la educación tal cual la concebimos —en una institución, escolarizada, con horarios fijos y planes pre aprobados—, pues aún bajo el modelo alternativo que habían elegido, la pandemia evidenció sus límites: 

“La percepción de muchos padres fue que las escuelas —aún este tipo de escuelas—, sólo buscaron un pretexto [las clases en línea] para argumentar que se daba el servicio; me lo quitas, pero no es el mismo servicio que yo compré”. 

De lo que se trataba, afirma convencida, no era concluir el ciclo escolar tan sólo por hacerlo, sino de hacer del tiempo de los estudiantes algo valioso, algo que incluso sirviese de amortiguador a toda esa ansiedad acumulada propia del confinamiento.

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*Foto de portada: Cortesía

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Marcos Nucamendi