La fe, la razón y la música en lipstick profundo
Entrevista a Adriana Alonso y Princesa Hernández.
Por Juan Daniel Flores @
22 de junio, 2020
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¿Qué identidad han ido construyendo en el contexto sociocultural actual, hablando de fe, lo académico, lo social? 

ADRIANA ALONSO: Actualmente me desempeño en el ámbito  académico y un poco en el musical creativo, el asunto de la fe trastoca ambos. 

En mi tesis doctoral, trabajo con imágenes y espiritualidad agustina femenina en el siglo XVIII así como con las pinturas del convento de Santa Mónica de las agustinas recoletas. Cómo es que estas mujeres configuran su relación especial con Dios. Ahí se establecen modelos de espiritualidad.

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En mi trabajo musical como “Niña Santa”, exploro temas interiores, místicos, mi música es muy interiorista. Para mí la fe es fundamental como académica y como música.

Por otro lado, en términos sociales y políticos, la fe se ha convertido en algo necesario. Despertar cada día en este país en un contexto de violencia y desigualdad profunda, salir a la calle, desempeñarse humana y profesionalmente, es un acto de fe. 

Estas ganas que tenemos de seguir desempeñándonos en nuestras diferentes dimensiones, personales y profesionales, implican un motor que, me queda claro, es superior. De otra manera, si sólo nos quedamos con lo que está sucediendo a nivel terrenal, es como para no levantarse de la cama.

PRINCESA HERNÁNDEZ: Para mí la fe lo es todo. Como pastora y como poeta pienso que todo está animado por la fe.

Fe en que hay un creador no que me arrojó al mundo, sino que me trajo con un propósito, la fe es lo que me da sentido de vida narrativa, semántica, verbo y todo. 

El que haya pan sobre mi mesa y pueda pagar las cuentas con el blues de mi corazón, es un milagro.  Y es  un milagro que tiene como principio y como fin la fe.

Todos los saltos que he dado, los desarraigos, los dolores, las pequeñas muertes, las apuestas y los giros que tenido en mi vida, es porque han sido saltos de fe.

Hablando de un salto de fe, Kierkegaard dice “que es dar un salto a algo que no tienes ninguna certeza de que te va a salir bien, pero que aun así si te caes y te desbaratas te tienes a ti mismo para reconstruirte”. Yo no creo que me tengo a mí misma para reconstruirme, los saltos que he dado es porque creo que hay una red amorosa que me sostiene a la que yo le llamo Dios.

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¿Qué sitio tiene en sus vidas lo subjetivo como elemento de lo humano?

ADRIANA: Siempre he sido muy racionalista, mi vida ha sido regida por las estructuras y los relatos de la modernidad. Creo en el Estado, en la historia, en mi disciplina la Historia del Arte y en el poder de la razón. 

Sin embargo, también he tenido que recurrir a una tregua. Porque si bien siempre he sido muy kantiana, de pronto he tenido que recurrir a Hegel y conciliar la razón con esto que él llama el espíritu. 

También mi propia experiencia de vida me ha llevado hasta la escolástica para poder conciliar mi espiritualidad con la racionalidad. Porque siento que hay una división profunda dentro de mí en el sentido de que la mente y la razón me dicen una cosa, me marcan un rumbo, y el espíritu y mi interior parece que me marcan otro. En estos momentos estoy en esa dicotomía.

Yo me declaro un fan de la modernidad. Aunque necesito conciliar mi subjetividad con el esquema racional. Kant me diría que son parte de lo mismo, que no hay subjetividad sin razón, que finalmente la experiencia sensible tiene que ver con el esquema racional corporal y espiritual. Él  me diría: no te fragmentes.

PRINCESA: En un  tiempo de mi vida me interesó la academia, pensar, razonar, filosofar. Pero en mi cabeza había un zumbido de abejas porque no había en esos ambientes de lo racional, una combinación de conocimiento con amor.

Y en esta carrera loca de los papers, me di cuenta que mi tesis no la leyó ni mi abuela.

Entonces, vino un camino que quiero resumir con esto que creo: Hay un primer paraíso que es el de los niños. Los bebés están en un paraíso porque todavía no están en la razón, están en la inocencia de ser niño. Ese paraíso obedece muy bien a la metáfora de la manzana. Cuando se muerde la manzana, nos lanzan del paraíso porque se muerde del árbol del conocimiento. Esto es, cuando niños, estamos en un paraíso gratuito y con el conocimiento viene esa expulsión del Jardín del Edén. 

Sin embargo, la tregua está en que uno puede volver a ese Jardín del Edén, pero ya no es gratuito, el ingreso te lo puedes ganar a través de la conciencia. La conciencia del amor. Esta conciencia es trinitaria: cuerpo, mente y espíritu son una misma cosa.

Yo estoy en esa conquista, volver a ese paraíso.  

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Como académica, música, poeta y contadora de historias, han recorrido cafés, museos, bares, salones de conferencias, sitios donde la palabra se muestra a un público determinado ¿Qué hay de la respuesta de la gente? ¿Existe la comunidad posterior a que ustedes dejan su palabra, su conocimiento?  

ADRIANA: En el entorno académico, los que nos dedicamos a los estudios virreinales en Puebla y México estamos forzados a generar comunidad para retroalimentarnos. Pero más que por un asunto de voluntad es por cuestión de sistema. Tenemos que ir a las ponencias del compañero para que vayan a las mías, y tengo que estar atenta a lo que escribe para citarlo y quizá, para que él en algún momento me cite. 

A veces lo percibo más forzado que voluntario. Dentro de la propia comunidad académica hay círculos, estamos muy fragmentados y hay bandos. Son difíciles las relaciones en la academia.

Donde realmente he estrechado lazos, y puedo estar perfectamente segura de que he compartido mi conocimiento y que ese conocimiento ha trascendido, es en el salón de clases. No solamente en el esquema universitario, sino también, en los cursos que doy de historia del arte al público en general. 

La gente que proviene de diferentes disciplinas y edades, que toma un curso no por un asunto curricular sino por gusto, es la gente que más suele alimentarme como investigadora, como historiadora del arte y generar desinteresadamente una relación de comunidad con lo que hago. 

La gente que va a los eventos que propongo o la que siempre jala, paradójicamente no son los colegas sino el público en general,  ese público es el que realmente forma y está dispuesto a generar relaciones de comunidad a partir de esas relaciones desinteresadas.

PRINCESA: No podría existir mi labor sin comunidad.

Tengo tres ejes en mi vida: la poesía, la locura y la fe. Y en los tres mi barrio me respalda. 

Siendo más joven, buscaba convalidación como poeta y escritora porque no sentía que pertenecía.  

Después, escuché decir a Leonard Cohen, al recibir el Príncipe de Asturias, algo que me marcó para siempre: “Me siento ridículo recibiendo un premio de poesía al mismo tiempo que honrado. Ridículo, porque la poesía viene de un lugar que nadie manda y nadie gobierna”.  Ahí entendí que en realidad la poesía, la fe, la locura y lo que hago, me abraza cuando mi corazón arde, y que mi mejor comunidad la he encontrado en los pueblitos más recónditos del país, con niños de secundaria gritando a todo pulmón. 

Para mi es mi barrio, es mi comunidad y en los momentos más duros me gusta contarme porque me conmueve y me emociona.  

Ya no quería trabajar en la academia, no quería dar clases. Quería hacerlo más a lo griego, en un foro abierto y a grito pelado. Era difícil, es difícil aventarme, pero en este acto de fe me lancé, como pastora tengo una comunidad muy bonita, es la gente la que escucha y está poca madre. Los niños de secundaria,  los de prepa, los señores se emocionan en las cantinas, en los bares cuando grito mis poemas, son mi barrio y me respaldan muy bien, así me lo han demostrado hasta ahora.

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¿Cómo definen el contexto cultural que viven actualmente en su labor artística-social? 

ADRIANA: Yo lo veo menos carnicero que en la academia. Me considero una artista  muy afortunada en ese sentido. 

Hay dos asuntos fundamentales en Puebla. Uno es la falta de foros. En algún momento los hubo. Son pocos los que realmente respetaban al artista, los demás seguían caimaneando y seguían cobrando un porcentaje injusto a los artistas. Te decían: “tú vienes a tocar pero me tienes que pagar tanto por ocupar el equipo y la luz”, cuando en realidad, uno es el que les lleva la gente y ellos se quedan con toda la barra. Aunque también había lugares que realmente tenían una relación desinteresada con uno y están preocupados por apoyar la carrera.  

En algún momento el Centro Cultural Creciente fue una plataforma maravillosa. Rayuela también fue un lugar muy especial. Esos fueron los lugares que me acogieron y a los que debo los frutos que ha podido dar mi carrera musical. 

Actualmente hay menos espacios y sigue habiendo mucho caimaneo. Esto ha generado que la comunidad de músicos nos unamos muchísimo más. Actualmente percibo un movimiento muy interesante respecto a las mujeres que hacemos música y que nos estamos organizando. Las mujeres estamos haciendo cosas juntas y eso es muy bonito.

En segundo término, sigue esta división entre Puebla y Cholula que aún no puedo entender. Es como un asunto de clase. Los que tocamos en Puebla y en el centro, solemos ser los que nos formamos en la Escuela de Artes de la UAP o instituciones públicas. Los músicos independientes que tocan en otros circuitos más hipsterones de Cholula, son los que se han formado en otro tipo de contextos. Hay una línea muy marcada. A los de aquí no nos invitan al Guacamayas Fest  o a determinados festivales y esas cosas que se arman los chicos de la Ibero. 

Los productores de eventos de Cholula no nos pelan a los de aquí, porque nos ven así como de “¡Ay los del centro!”. A la gente de Cholula, no sé, cómo que hay que seducirla, hay que gustarles. Por ejemplo, yo nunca he tocado con Timoneki en un cartel, porque la gente que contrata a Timoneki no le interesa Niña Santa.

Agregaría un tercer aspecto: poner a discusión la gran responsabilidad que siguen teniendo las instituciones culturales públicas. Finalmente en el caso de la música, son ellos los que nos hacen coincidir a los artistas locales. Siguen siendo ellos los que tienen esa fuerza para lograr cohesionarnos.  Claro, estamos en el momento de la autogestión, etc., pero finalmente, si alguien nos hace coincidir y nos hace llegar masivamente a los públicos, ese, sigue siendo el Estado y las instituciones culturales. Las experiencias masivas en las que he participado han sido por los festivales de iniciativa pública. Son elementos de cohesión de la comunidad artística. 

El Estado tiene mucha responsabilidad en que nosotros sigamos existiendo. Por eso esas políticas de reducción de presupuesto en cultura son mortales. No hay que quitarles responsabilidad.

PRINCESA: Yo como Don Quijote o el Llanero solitario. Tengo mis lugares favoritos donde me siento bien. Donde lo mismo puedo gritar, llorar, que hacer una oración y la gente me acepta. 

La Casa del Escritor, en su momento, también fue un foro para mí, así como La SOGEM que estaba por el Paseo Bravo. Lo que yo hago es armar mis “ruedos”. Hago ruedos poéticos y lo que llamo mis misas alternativas, charlas donde leo poesía, y de ahí salen otros. 

Todo lo que hago es autogestión, no me da vergüenza ser autogestiva. Tengo una misión desde hace dos años en torno a la reconciliación. Todo mi trabajo, toda mi voz, todo lo que soy va para la reconciliación. Reconciliación con la vida, con el género, con la ciudad, con en el país, con el pasado, con tu historia, con tu genética. Me fui hace unos años a vivir a Estados Unidos y después vine y le metí duro a lo pastoral. Lo que hago con la poesía es hacer mis ruedos.

Cuando regrese fui muy atrevida en el trato que hice con el jefe.  Dije: yo soy valiente, tengo aplomo, me lanzo, pero tú pones los foros, tú los abres. Y hasta este momento Dios ha cumplido y creo que yo también. Entonces los foros son un acto de fe. Tengo a mi Sancho Panza, siempre hay un escudero que me acompaña en la aventura.  Son personas que creen en lo que hago y a todos los foros van conmigo. La gente me contacta, me invitan porque alguien me vio, porque les avisaron por redes sociales y voy. No cobro, pero vendo libros y sale muy bien.

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Adriana Alonso, Niña Santa, y Princesa Hernández hablan sobre fe, el contexto cultural de Puebla y sus proyectos artísticos

Princesa Hernández / Foto: Instituto Humanista de Psicoterapia Gestalt de Puebla | Facebook

¿Ha habido contracorrientes en su trayectoria? 

ADRIANA: Hay realidades y factores que nos juegan en contra: La Academia, el sistema de producción de conocimiento sin sentido, el “más vale la cantidad que la calidad”, los cotos de poder académico, etc. Uno tiene que tener la capacidad de discernimiento ante todo esto. 

Uno también es responsable de la exclusión porque tampoco está dispuesto a abrirse o a integrarse. En algunos casos yo me he puesto las metas muy altas.

Académicamente, al estudiar un doctorado de PNPC, te meten en una burbuja y te suben a un nivel irreal donde resulta que ya eres superior a muchas personas. Eso es falso, no te hace mejor que nadie, pero es uno quien tiene que desmentirlo. Lo mismos sucede en el ámbito artístico. De pronto hay músicos que nos creemos mejores que otros por haber estudiado en tal o cual parte, o por haber salido de tal escena con tales condiciones, por eso a veces nos auto excluimos.

Por ejemplo lo que comentaba de Cholula, ¿qué esfuerzos he hecho para acercarme a estas otras escenas? Últimamente no he hecho nada. Antes tocaba muchas puertas y me encantaba. Ahora, algo me pasa mental e interiormente que ya no me gusta que me digan que no, que me excluyan, pero soy yo quien pone el límite.

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PRINCESA: No sé si contracorriente pero siempre me sentí diferente.

Esta cosa de llamarme Princesa y de que todas mis hermanas tengan nombres raros me hacía sentir distinta. Mi familia fue una familia clan y eso fue un elemento a favor y en contra. Luego, las ocurrencias de mi padre en su forma de ver el mundo.

Todo este desmadre comenzó cuando tenía 4 años, tocaba el pandero y nos íbamos de gira por los pueblos, eso siempre me hizo sentir muy rara.

 El grupo musical de mi padre en el que estábamos mis hermanas y yo se llamaba “Las estrellas del mundo”.

En este mundo de mi familia todo encajaba, pero saliendo de ese mundo ya no encajaba. De alguna manera no tuve herramientas para incluirme en otras formas de vivir y encontré el camino de no tener que encajar si no quería. Un poquito como Adriana. Creo que mi oponente es que muchas veces no he estado dispuesta a pedir que me inviten.  Quizá mi oponente ha sido el orgullo.

De Princesa a Adriana y de Adriana a Princesa

PRINCESA: Adriana ¿Cómo transformó tu sensibilidad ser mamá?

ADRIANA: Un montón, sigo en ese proceso, se ha puesto a prueba sobre todo mi paciencia, me siento un poco descontrolada, todos los días aprendo algo nuevo. Ahora pienso en lo que es verdaderamente trascendente,  valoro lo que realmente es importante. El saber que mi hijo Claudio está bien me ha enseñado a vivir el momento a situarme en el presente.

Yo solía preocuparme por aquello que quería lograr. Si ya tengo una cosa ya me estoy planteando lo que viene. Con Claudio mi vida ha dado muchos aterrizajes forzosos. Me he tenido que poner flojita. 

Creo que la mayor enseñanza que me ha dejado ser mamá es ponerme flojita y agradecer. Siento que Claudio también ha venido a este mundo a enseñarme una perspectiva distinta de Dios mismo. Yo miro a Claudio y miró algo trascendente que no sé explicar.

ADRIANA: Princesa, nos decías que el jefe es el que pone los foros, pero ¿Qué pasa en tu cabeza cuando el jefe no pone los foros? ¿Qué pasa cuando las circunstancias no son óptimas? 

PRINCESA: No me avergüenza mi Fe. He visto a Dios en la creación, manifestado a través de la poesía, él nos habla en nuestro idioma. 

Un día no me estaban saliendo bien las cosas y Dios no respondía, las cuentas seguían llegando, la renta, la luz y los foros no llegaban. Me quedé sin varo y me encabroné porque él no me contestaba. 

Un día un amigo que quiero mucho me mando por  WhatsApp esta historia:

“El mundo se creó porque Dios se sentía solo, muy solo, entonces puso su celestial rostro en la galaxia e hizo la luz, cuando hizo la luz se dio cuenta que la galaxia estaba hecha de historias. Con la luz pudo ver las historias de muerte y las historias de vida, las historias de demonios y las historias de ángeles, las historias de luz y de oscuridad, las historias pedestres y las celestiales; pero también creo los árboles, las bestias, los animales de los océanos, la ballena y su chorro de agua, los gatos y sus melenas y los perros rascándose sus lomos. Pero Dios se seguía sintiendo solo. 

Entonces tomó tantito barro le insufló el aliento de vida, hizo al hombre y la mujer a su imagen y semejanza, y los hizo como un solo motivo: para que ellos contarán emotivamente su creación. De tal manera que, entre todas las criaturas, la criatura favorita de Dios es el contador emotivo de historias por qué está haciendo la voluntad del creador y lo está acompañando en su soledad.” 

¡No mames! Esta historia llegó en el momento oportuno, porque entonces supe que tenía que seguir de necia. Porque especialmente a lo que me dedico es a contar historias emotivas y si Dios creó al hombre para eso, pues entonces yo tenía  su amor y su cobijo. De eso hice un proyecto, me dan una beca jugosa y cayeron los ruedos.

Pero he aprendido a amar profundamente el desierto, porque a veces hay momentos de ruedo y a veces hay momentos de silencio, y en los momentos de silencio y en los de desierto es cuando mi corazón se pone mucho más humilde y más receptivo, más amoroso y eso me deja la enseñanza que, en los grandes momentos: humildad. 

La red segura es abrazar con humildad la experiencia, sea cual sea y esa enseñanza me la dejan los desiertos. Así que valoro los momentos donde parece que Dios no escucha, porque es cuando trabaja duro.

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Juan Daniel Flores
Egresado de la BUAP-ITESM, estudiante de sociología, produzco las cápsulas radiofónicas "Espiral Urbana" para Radio BUAP, colaboro con LADO B con entrevistas socioculturales "¿De que lado masca la Iguana?", colaboro con la columna de opinión "Espiral Urbana" para Los Periodistas y soy creador de "Criticas Vitales" Cine, Literacidad y Sociología para espacios culturales y escolares.