Insectos, indicadores con vida para medir el daño de ecosistemas
La Doctora Hortensia Carrillo Ruiz, junto con junto con el cuerpo académico de Biología Comparada y Relaciones Ecológicas de la BUAP, ha realizado investigaciones para dar a conocer el papel que tienen los insectos a la hora de identificar si un ecosistema ha sido modificado; estos organismos que permiten conocer si un ecosistema ha sido modificado son catalogados "bioindicadores".
Por Cristian Escobar Añorve @crazo70
04 de junio, 2020
Comparte

Un error muy común, a la hora de hablar de insectos, es agrupar en esta categoría a múltiples organismos como arañas o ciempiés que, aunque parecidos, distan de pertenecer a la llamada clase insecta.   

No obstante, hay características bastante visibles para identificar a un insecto como tal: su cuerpo está dividido en tres partes (cabeza, tórax y abdomen) y tiene tres pares de patas y dos antenas, como las libélulas, mariposas, polillas, mosquitos, escarabajos y hormigas.

Así pues, estos pequeños seres, que muchas veces pasamos por alto, pueden sernos de mucha ayuda a la hora de identificar alteraciones en nuestros ecosistemas. 

La Doctora en Ciencias y encargada del Laboratorio de Entomología de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), Hortensia Carrillo Ruiz, junto con el cuerpo académico de Biología Comparada y Relaciones Ecológicas, ha realizado investigaciones para dar a conocer el papel que tienen estos organismos a la hora de identificar si un ecosistema ha sido modificado, principalmente por actividades humanas. Por ello, habló con LADO B y nos explicó más acerca de esto.

Medición del deterioro ambiental mediante insectos

Los insectos son considerados un grupo biológico que comúnmente manipula y modifica su ambiente para adaptarlo a sus necesidades. Sin embargo, también son susceptibles a las condiciones del hábitat, es decir, las condiciones ambientales tienen un fuerte efecto sobre estos seres. 

Por estos motivos, pueden ser catalogados como bioindicadores. Un bioindicador ambiental, señala Carrillo Ruiz, es un organismo que permite determinar si un ambiente se encuentra conservado o perturbado; y dado que los insectos, por haberse adaptado a vivir en casi todos los ambientes terrestres, son parte importante de la diversidad biológica, esto los convierte en los indicadores con vida más eficaces para medir los cambios de los ecosistemas.

Los insectos, menciona Carrillo Ruiz, tienen funciones bastante particulares en sus ecosistemas. Por ejemplo, algunos pueden ser polinizadores, como las mariposas; dispersores de semillas, como las hormigas; o desintegradores de materia orgánica, como los escarabajos. A esto se le llama función ecológica específica.

Otra característica que tienen los insectos para ser considerados los bioindicadores más eficaces, nos cuenta la Doctora, es que son fáciles de encontrar, de recolectar, y dado que sus ciclos de vida son cortos, los hacen modelos de estudio ideales para relacionarlos con el estado de salud de los sitios que habitan.

También puedes leer: Polillas nocturnas: las polinizadoras ignoradas

Así, Carrillo Ruiz y su equipo de investigación, para iniciar un estudio eligen dos zonas contrastantes dentro de un mismo ecosistema: una cuya perturbación sea bastante visible y otra evidentemente conservada. 

Posteriormente, analizan a los insectos de ambas zonas y así determinan el estado general del ecosistema. 

Primero, para identificar cada una de estas zonas, Carrillo Ruiz toma como uno de los principales factores la pérdida de vegetación que pueda haber en ellos, pues es uno de los marcadores más evidentes del deterioro ambiental en los ecosistemas; ya que, a raíz de este factor, se desencadenan otros efectos. Es decir, con una menor vegetación hay mayor luz solar y, por lo tanto, una pérdida de humedad, lo que genera cambios de temperatura y en el suelo del ecosistema. Y esto, finalmente, repercute en las relaciones ecológicas de los insectos.

“Al verse modificado su ecosistema, muchas especies van a comenzar a competir por los recursos y, aquellas especies que son más tolerantes a los cambios van a desplazar a aquellas que son más débiles”, dice Carrillo Ruiz. Por lo que, de modo muy frecuente, grupos no funcionales, o también llamados oportunistas, desplazan a especies de insectos con funciones muy específicas en sus ecosistemas.

“Las mariposas diurnas, por ejemplo, son bioindicadoras de los ambientes en los que habitan y podemos detectar por sus hábitos cuando se trata de especies resistentes a condiciones de perturbación o especies sensibles a la perturbación. Por lo tanto, cuando uno visita un sitio y observa que hay poca vegetación y además las especies que habitan son resistentes a condiciones como altas temperaturas, menor humedad, mayor velocidad del viento, puede intuir que se encuentra en un sitio perturbado”.

Luego de que se logran identificar especies de insectos característicos del sitio perturbado, se identifican las especies del sitio conservado, es decir, aquellos insectos que se sabe cumplen una función ecológica específica en zonas parecidas. 

De esta forma, teniendo detectadas las especies de las dos zonas se puede evaluar el resto de los sitios que forman parte de un ecosistema sin tener que observarlos todos y cada uno de ellos. Esto es, se puede analizar el estado de salud del resto del ecosistema a partir de estas especies, su presencia y abundancia, lo cual permite una evaluación rápida y menos costosa, económicamente hablando. 

Te podría interesar: En riesgo el Zapotecas por problemas ambientales y el abandono de autoridades

Tipos de insectos como bioindicadores ambientales

Para la Dra. Carrillo Ruiz, hablar de que alguna especie sea un mejor bioindicador que otra, no es funcional, debido a que cada grupo de insectos es clave e igualmente importante cuando se le detecta como bioindicador, pues se encuentran adaptados a las condiciones ambientales específicas de los sitios que habitan y, por ello, son sensibles a los cambios que se produzcan de manera brusca en sus hábitats. 

Sin embargo, existen especies como las hormigas (incluidas las que habitan en nuestras casas), que nos puede indicar con su presencia el estado del ecosistema de manera fácil. 

Existen especies de hormigas generalistas que se alimentan de casi cualquier recurso, adaptadas a condiciones modificadas por el ser humano. Esta especie de hormiga, que realiza múltiples tareas –lo cual es una ventaja frente a hormigas con tareas particulares– indica que las urbes son sitios perturbados y completamente alterados en cuanto a las condiciones iniciales en donde en algún momento convivieron especies de hormigas que cumplían, cada una, con funciones específicas del ecosistema, como las hormigas granívoras, nectarívoras, depredadoras, fungívoras, etc.

Hormiga ganívora. / Foto: Leona2013 | Pixabay

Algo parecido sucede con los escarabajos estercoleros o también conocidos como peloteros –llamados así por transportar heces de ganado– cuya especie es muy competitiva y resistente a los rayos solares, lo cual la lleva a desplazar a otras especies de escarabajos más sensible a la luz solar y dependientes de la humedad. Entonces su presencia en abundancia nos indicará que estamos en un sitio perturbado.

Resultados en Puebla

En las investigaciones de la Doctora Carrillo Ruiz, realizadas junto con el cuerpo académico de Biología Comparada y Relaciones Ecológicas, de la Facultad de Ciencias Biológicas de la BUAP, se han analizado ecosistemas como la Reserva de Tehuacán-Cuicatlán y  la zona de Valsequillo a las orillas del río Atoyac.

En ambos casos, se detectaron perturbaciones importantes, derivadas de actividades ganaderas y la degradación de la vegetación, lo cual se evidenció mediante la observación de las especies de hormigas y escarabajos de la zona.

Por ejemplo, en la zona de Valsequillo se analizaron dos laderas a las orillas del río Atoyac, ambas con evidencia de perturbación por la actividad del ser humano. En ambas laderas se determinaron los índices de perturbación, y se registraron 15 variables de tres diferentes agentes de perturbación crónica: ganado, actividades humanas (fogatas, senderos, etc.) y degradación del suelo. 

Los resultados arrojaron que ambas laderas están perturbadas en diferentes grados; la ladera norte tiene un menor índice de perturbación que la ladera sur.

Así, ante todo esto, resulta evidente que las investigaciones de la Dra. Carrillo Ruiz son importantes ya que economizan tiempo y recursos para futuras metodologías de investigación sobre ecosistemas, a la vez que representan un punto de partida para plantear propuestas de conservación al medio ambiente y adecuar medidas de restauración y conservación de los ecosistemas del estado.

Te recomendamos leer: Ciudad Universitaria de la BUAP concentra 14% de especies de aves del país

*Foto de portada: Tworkowsky | Pixabay

**Contenido patrocinado**

Comparte
Cristian Escobar Añorve