El cine de tod@s
Por Aldo Plouganou @
01 de junio, 2020
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Pensar en el cine es en sí mismo una antítesis maravillosa, sigilosa y oculta como un secreto escondido enfrente de nuestras narices, porque en toda la inmensa paleta de las cosas que nos llenan la retina: la fotografía, el diseño de producción, los efectos, el chusmerío, los vestuarios, la trama, las actuaciones, la edición; prácticamente nunca pensamos “en el cine”, ese espacio físico en donde nos juntamos a asomarnos a universos paralelos a redefinirnos como seres, a pesar de que siempre digamos –vamos al cine–, –estoy en el cine–, –me encanta ir al cine. 

No siempre fue una relación así de ingrata, pero definitivamente nunca ha sido un lugar justo el que le damos a la sala de cine, quizá será una consecuencia intrínseca de la magia que con su magnetismo nos hace olvidar que de hecho estamos en un lugar, aquí, en este mundo. Quizá sólo somos así, desagradecidos, otra posibilidad es que lo demos por sentado, como juzgamos su presencia “con el diario del lunes”, –entendiendo que llegó para quedarse digamos–, no nos importa el destino particular de esta o aquella sala, si total los cines no hacen más que multiplicarse. 

Al principio del cine, no, vamos antes del cine. “Una exposición internacional de monedas tenía maravillados a los poblanos en 1896. Faltaba poco para que descubrieran el cine…”, cuenta el investigador y curador poblano Enrique Ceballos sobre las actividades que maravillaban a la ciudad, y todo bien con las monedas pero lo que les esperaba ¿no? En esa misma investigación en progreso, Enrique nos regala una de las frases más simbólicas sobre lo que es el quehacer cinematográfico en Puebla. “Fuertes lluvias enfrentó la primera proyeccionista de Puebla, hacia 1896. Los diarios nos dicen que ella se mantuvo perseverante”. Y yo me la imagino así, estoica como quien cruza un inmenso mar con el amor y la esperanza de encontrar tierra. 

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Por muchos años la exhibición de cine se hacía en un edificio específico, con rasgos característicos y un nombre propio. En Puebla el cine Variedades y el Coliseo fueron los más emblemáticos, –un dato de color loquísimo pero hay un montón de ciudades de Latinoamérica que tuvieron un cine llamado Coliseo y/o Continental.
La relación en los inicios del cine era mucho más cercana con aquellos edificios y cada uno se caracterizaba por tener una programación más bien representativa de una identidad que casi siempre se alineaba con la cosmovisión del dueño. 

Al final todos esos cines fueron cerrando para ser reutilizados como centros ceremoniales de dudosa procedencia y en el mejor caso quedaron como colosales tiendas de telas; ni siquiera un teatro, o un centro cultural, algo que le dejara al edificio por lo menos  un toque del vínculo con la audiencia.

Casi toda la ciudad perdió esa relación del cine que te sorprendía, que te cuidaba, que te mimaba, porque se iba a ver qué había esa semana más que en busca de algún estreno; digo casi porque en Puebla por lo menos quedó uno, o bueno una y más bien se armó en el ocaso de los grandes cines: la Cinemateca Luis Buñuel. 

La cinemateca, la Buñuel, es el mástil de la nave imaginaria que dirige aquella proteccionista que “se mantuvo perseverante” mientras sigue llevando al futuro al cine poblano a pesar de tener que enfrentarse a “las fuertes lluvias”. Según su actual director Iván Contreras de un pequeño libro inconcluso sobre la historia de la cinemateca se sabe que se fundó en el 72 primero como cineclub y un año después como cinemateca, producto de un compromiso personal de Pedro A. Palou Pérez con ver películas pero sobretodo con charlar de películas y de la mano de la pujante comunidad cinéfila de la ciudad que pedía un espacio para ver más cine.
–En ese mismo tomo inconseguible –dice Iván–. Hay una copia de la copia de la copia de la carta que le mandaron a Buñuel solicitándole el permiso para ponerle su nombre e invitándolo a la inauguración, él respondió amabilísimo que era un honor y se disculpó por no poder asistir; la única condición que puso fue que las labores de este proyecto constituyeran un detonante para romper los moldes habituales de la cultura establecida. 

Cinemateca Luis Buñuel, Puebla. 25 de abril del 2016. / Foto: Delia Martínez

Fue recién en los 90s que se consolida como lo que es ahora, ese centro espiritual del cine de esta ciudad y aunque no queda claro cuál es la diferencia entre una cineteca y una cinemateca, queda claro lo raro de este tesoro ubicado en casa de cultura; según el mismo Contreras, al rededor de 80% de estos centros culturales en la república mexicana no tienen un espacio con esas características o infraestructura; más allá de que prácticamente en todas hay una búsqueda por compartir cine aunque sea a modo de cineclub. 

Según las propias palabras de Iván lo mejor de estar todos los días en ese lugar son los aplausos al final de una función, esos que nadie pide y son reflejo puro de que algo te acaba de pasar. También la gente que habla con la película, –no el que se va a tomar un café con amigos–, sino el que charla con la obra a un nivel que los más terrenales no estamos pudiendo decodificar.

Quise saber sobre lo más loco que ha pasado ahí y más que loco es lindo, en ese librito inconcluso dice que la mismísima Agnès Varda alguna vez honró a la sala con su majestuosa presencia el tema es que no hay nada que lo compruebe… A mis cineastas favoritos les digo tíos, ¿habrá venido la tía Agnès? Qué se yo, con Buñuel teníamos ese fantasma de carta, para mí que sí vino, eso explicaría algo de lo que vibra en ese éter. 

Ambulantito en la Cinemateca Luis Buñuel

Por alguna extraña razón, de un tiempo a esta parte como humanidad nos ha encantado fragmentar nuestros espacios, llenarnos de formas geométricas y encerrarlas en espacios a los que prácticamente nadie puede acceder. Como todos los edificios y dependencias de gobierno que, aunque técnicamente “son nuestros”, a ninguno podemos pasar a chusmear o ver qué onda, qué nos encontramos mientras paseamos con algún amigue. Para usar esos espacios tenemos que tener un propósito, un permiso, una razón; el único lugar en dónde no es tan así son las casas de la cultura, especialmente las cinematecas, son un tipo de lugar que sí funciona más como las cosas que son nuestras, a las que podemos entrar sin una razón muy clara; igual, no es un lugar regalado… Si por algo ha tenido que apretar los dientes la Buñuel es por la permanencia, y entre algunos de los que le pusieron el cuerpo a ese desafío estuvieron: Heidi Reyna, Marco Rodriguez Alcazar, Jorge Luis García y Fernando Osorio Alarcon.

A sus alrededores hay entre 30 y 35 pantallas de cine, pero la Buñuel es la única ventana rigurosa, seria y regular para el cine local, cine latino, cine nacional –sin costo de entrada.  Y quizá es por eso que esas salas no se sienten nuestras, quizá es porque es demasiado obvio que son de unos señores en Morelia o quizá se trata de otra virtud oculta en la sensación barrial, comunal, la sensación de que cabemos todos y que es de eso de lo que se trataba la convención del cine, de hacernos entender/vivir que el cine es lo que somos, lo que nos ha pasado y no un tema de buenos o malos quehaceres cinematográficos, de altas culturas o verdaderas culturas; por eso más que ningún otro lugar, una cinemateca es nuestro lugar; sin partidos, gobernadores ni colores que rompan ese lazo de pertenencia.

–Aveces no importa qué películas estoy viendo, lo que más me gusta es que me tratan bien –recuerda Iván que le han dicho. –La gente que va a la sala –continúa–, va porque le recuerda su infancia, porque se quedó de ver ahí con amigos, porque no quiere estar en casa, porque lo re conecta con la versión más estable y saludable de si mismo. La anécdota que más conmueve al director de la Buñuel es la de un chico en situación de calle, joven pero ya no tanto que cuando empieza a recobrar ciertas señales con nuestro mundo empieza a ir más, y día a día –con el elixir del cine funcionando medicinalmente–, empieza a llegar mejorado, cada vez más limpio, cada vez más sobrio, cada vez con mejor semblante, pero el cine no es suficiente y deja de ir otra vez… La historia que más lo sorprende es la de un grupo de albañiles que saliendo de la construcción fueron llevados por uno de ellos –¡desde Tehuacán!– porque se enteró que daban una película que le gusta mucho –No se acuerda qué película, mientras la cuenta y se ríe yo pienso que el cine es hermoso, el cine todo y el cine la sala, que te puede dar esas aventuras increíbles aún en estas épocas en que parece que las aventuras son un sueño más bien de principio de los 90s. Pensar en este cine también es una antítesis curiosa, un cine que impulsó un hombre para charlar de cine, pero las veces que compartí una sobremesa con él y su esposa Victoria, más que charlar del tema se dedicaba a escuchar con un suave sonrisa dibujada en la cara.

Hoy es raro imaginarse a la ciudad de Puebla sin una proyección especial en la cinemateca, lo que arrancó como una sala de cine diferente a la que podían ir dos enamorados a finales de los 70s, a modo de pretexto e inicio de un amor; se ha convertido en una suerte de Cabildo y Juramento, el cruce de Shibuya, la avenida Broadway y la Séptima avenida. Una intersección icónica de los caminos de toda la gente que rema día a día el cine en esta ciudad, donde ir a charlar de cine es una carta abierta para todos y estrenar algo en ella es una especie de bautismo cinematográfico de la buena estrella, porque ese prisma rectangular no es nomás una sala, es el cine de tod@s.

*Foto de portada: Ambulantito en la Cinemateca Luis Buñuel

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Aldo Plouganou