Carta para Ari en tiempos de pandemia
Por Lado B @ladobemx
30 de junio, 2020
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Bibiana Díaz, fotoperiodista

Para Ari, mi pequeño torbellino de dulce sonrisa:

Mi pequeño torbellino, hace ya más de dos meses que no has corrido hacia los juegos que están rumbo a tu escuela. Por un rato he dejado de preocuparme por subir al bus y encontrar un asiento cercano a la puerta trasera para que bajemos lo más rápido posible. Lo que nos ha dejado la pandemia. 

Tu terapia se detuvo más de lo pensado y eso me lleva a cuestionarme si tienes dudas, si te preguntas sobre lo que pasa allá afuera, pero yo te veo feliz y con mucha energía, como si la realidad no nos recetara todos los días cifras de cientos de personas contagiadas y de decesos, de muchos decesos, por un virus terrible del que parece no te das cuenta.

Por eso te quiero contar un poco de lo que veo en las calles, de lo que me toca enfrentar con la llegada de un virus que se esparció por todo el mundo y nos tiene, periodistas o no, atentos a lo que todos los días dice un señor llamado Hugo López-Gatell. 

El problema, Ari, es que aún no hay una vacuna que nos haga resistentes al virus, un bichito muy muy pequeño, diría invisible porque no se puede ver a simple vista, pero que enferma a la gente, algunos de manera muy grave, otros no pero todos se vuelven muy contagiosos, por eso es muy importante quedarse en casa, y lavarnos mucho las manos, pues resulta que el bichito ese tan temible no resiste el agua y el jabón.

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Y aunque tú sí has cumplido con las indicaciones de quedarte en casa, y parece que ya empieza a pesarte, no todos los adultos hemos podido hacerlo. 

Yo soy una de esas personas adultas que no ha podido atender la recomendación de quedarse en casa, porque hay que salir a trabajar para poder traer la comida. 

Sabes, al principio pensé que me encontraría una ciudad desierta después de que anunciaron que la enfermedad era un gran problema y pidieron a todos encerrarnos, pero no fue así. La ciudad no se paralizó, el transporte público seguía lleno de gente. 

Es gracioso, mis días de trabajo en el periódico no cambiaron mucho, se parecen a lo que eran antes de la pandemia. Sólo un día estuve sola, haciendo guardia en el edificio donde trabajo, ese hermoso edificio del centro, ¿te acuerdas? Ese día te imaginé corriendo relajada y feliz por todo los pasillos, Ari.

Bueno, si lo pienso sí hubo cambios en la normalidad, ahora tengo que salir disfrazada de huehue —como dice tu abuelita—, ya sabes, me pongo mi cubreboca, guantes, sudadera con gorro, mi sombrero y mis ahora inseparables botas de lluvia, esto para cuidarnos entre todos los que andamos afuera, o al menos intentarlo.

Y como siempre, mi trabajo es un trabajo lleno de historias. No las de funcionarios o políticos sentados en una mesa hablando de cosas que la mayoría de las veces sólo les importan a ellos, sino de historias de personas de carne y hueso. 

Y en este periodo no ha sido la excepción, con la cámara he capturado historias muy alentadoras, de personas donando comidas a otra personas que lo necesitan, gente que vive en la calle, gente que ha perdido su empleo, algunas antes de la llegada del bichito ese del COVID, otros por esa causa.

Aunque a veces esas historias son como olas del mar, hay muchísimas y todas tienen importancia pero se van perdiendo en el infinito mar de vivencias. 

Algunos días, y siempre en las mañanas, me toca mirar a las personas que venden en las calles del centro, comerciantes que llaman informales, que se dieron a la tarea de lavar las calles. Y todos participaron, incluidos los niños, personas con discapacidad y de la tercera edad. Entre ellos el ánimo parece más cercano al de una fiesta. 

En el centro hubo muchas zonas en donde los comercios no cerraron. Pero si te hubiera llevado a caminar por la avenida Juárez, ahí hubieras visto algo diferente, casi la totalidad de los negocios cerrados, y entre una semana y otra los carteles de «se renta» se van multiplicando.

Carta para Ari

Ilustración: Angélica Hu

Tal vez no lo sepas, Ari, pero el gobierno ha anunciado medidas para contener los contagios, aunque en realidad no parecen haber servido de mucho. 

Y muchas de esas medidas han sido prueba y error, sólo se les olvida que en esa prueba y error lo que está en juego es nuestra salud, la mía, la tuya, la de tu abuelita, tus tías… la de todos nuestros seres queridos. Han ordenado el cierre de espacios públicos, o restringido el uso de vehículos, han promovido hábitos de higiene, usar tapabocas, no viajar aglomerados en el transporte público, no realizar actividades con más de diez personas, sin embargo mis compas y yo hemos visto que continúan las fiestas, los encuentros a raíz de algún deporte, misas clandestinas, procesiones, etcétera. Y por tomar fotos nos han agredido: golpes, amenazas, que te escupan, que te correteen… que aunque es algo que pasamos en esta profesión, Ari, ahora es más frecuente y por situaciones por las que antes hasta te posaban para salir en la foto, como los partidos de fútbol. 

Esa parece ser nuestra nueva normalidad, tomar imágenes y salir huyendo. Creo que ya son más las ocasiones en que me tiemblan más las piernas por verme descubierta por los familiares que por ir a tomar las fotos en lugares con cierto riesgo para la salud, porque para eso ando cargando mi dotación de menjurjes que cada cierto tiempo uso para desinfectar el equipo fotográfico, el teléfono y por supuesto a mí misma. Pero no hay menjurjes o algo que nos pueda prevenir de las agresiones.

A veces lo entiendo, o lo justifico: son personas que también están afectadas por la pandemia, porque ya quieren abrir sus negocios para empezar a trabajar y poder atender sus necesidades; o son personas que tienen el estrés encima de no saber qué sucede con sus familiares, que han pasado días pegados a las rejas de los hospitales o dormidos dentro de sus autos, o en las calles a ras de piso, en lo que sale el personal médico a avisar sobre la salud de sus seres queridos. 

Y algo he aprendido en estos días, Ari, de tanto mirar a las personas. Sus expresiones te dicen quién acaba de perder a un familiar, quiénes están desesperados porque lo último que supieron fue que su familiar se había sentido mal y les habló para avisarle que se iba a urgencias, y no han vuelto a saber nada de él.

También me ha tocado ver, Ari, y lo sufro, cómo llegan familias completas para ingresar a su familiar. Muy juntito a las entradas colocaron una carpa donde a las personas les toman la muestra para la prueba para detección de COVID-19, entre ellos he visto varios niños. Cuando eso pasa no puedo evitar pensarte, y en qué pasaría si te contagias. Siempre siento un nudo en el estómago, me angustia saber que no tendríamos opción para solventar una atención privada. Y tú, según he leído, estás dentro de la población con más riesgo. Y no tengo claro si la atención pública está contemplada para ti o no, como ha pasado en otros países que les han negado el servicio. Aquí creo que sería suerte si lo conseguimos, porque los protocolos de atención no están definidos, aunque oficialmente se dice una cosa, al interior de los hospitales la realidad cambia. 

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Estar ahí, frente a los hospitales, en la trinchera de la batalla me pone a pensar en cuántas de esas personas habrán estado en alguna fiesta pensando en que no pasa nada, o en algún partido, o haciendo cosas que los volvieron vulnerables, o habrán sido parte de esas personas a las que sus jefes no les modificaron los horarios de trabajo poniéndolos en riesgo… cualquiera que sea la razón, ya están ahí frente a mis ojos y a mi cámara.

Y aunque con los segundos soy empática, con aquellos que no pudieron evitar el contagio, con los primeros sí me da rabia. Muchos de ellos no tendrían que estar ahí, pudieron evitar llenar los hospitales, y evitar también los contagios al personal de salud.

Y me da rabia por mí, por ti Ari, y por esa persona tan querida por nosotros que trabaja en el sector salud y resultó contagiada y que tuvo que pasar por un calvario para poder ser atendida, y fue toda una hazaña que convenciera a los médicos de que le hicieran la prueba. Es realmente injusto lo que el personal médico está enfrentando. 

Cuando seas un poco más grande y tengas que tomar decisiones, querida Ari, no te dejes llevar por lo que dicen otros. No. Lee, ten dudas, investiga, eso te puede ayudar a decidir cómo actuar ante una situación como la que ahora me toca pasar y fotografiar, y en la que me toca tomar decisiones por ti (porque por ahora es mi responsabilidad). Espero que cuando llegue ese momento puedas escoger caminos que te beneficien sin perjudicar a los demás.

No sé qué venga en próximos tiempos, podría ser menos complicado si ahora mismo le diéramos la vuelta al ritmo que llevamos como sociedad, pero cuando miro cómo nos hemos comportado en la pandemia, dudo que algo cambie realmente.

Yo lo que espero, pequeña mía, es hacer que las horas que tenemos por delante estén llenas de buenos momentos, que se transformen en bonitos recuerdos y en fortaleza para ti, para que puedas seguir avante y con esa hermosa sonrisa en tu rostro. Esa sonrisa a la que le costó trabajo derrotar el estado de ira en el que había vivido estancada por varias décadas hasta que llegaste. Sabes lo difícil que ha sido, y aún es en ciertos momentos. Los menos, para fortuna de ambas. 

Si dentro de algunos años llegas a leer esto, y espero que sí, quiero decirte que de ti aprendo a vivir el presente, que tus ojos me dicen tanto, hasta cuando estás enfadada. Que ya le estoy entendiendo a tu idioma coreano, ojalá pronto nos podamos hablar en español también. Que no te olvides de bailar y cantar nunca, que puedas seguir disfrutando de los alimentos como lo haces, que no te olvides de cultivar tu espíritu, que los tiempos como este también tienen bendiciones pero no las compares con las de otros, solo recibe las que están disponibles para ti y recuerda, agradécelas. 

Ojalá pronto tengamos tiempo para visitar a tu amado mar; mientras la pandemia pasa, nosotras no dejemos de celebrar y agradecer que estamos juntas y respirando. 

 

Con todo mi amor,

Tu mamá

 

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*Ilustración de portada: Angélica Hu

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Lado B
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