Sobrevivieron al ‘tráiler de la muerte’ en Texas, ahora el coronavirus los lleva al límite
Estos migrantes son víctimas de la peor tragedia de tráfico humano en más de una década en Estados Unidos. Sobrevivieron al ‘tráiler de la muerte’ de San Antonio, donde 10 inmigrantes murieron en 2017, pero retornaron a sus pueblos en México con problemas respiratorios crónicos, deudas y una pobreza aún más inasumible. La pandemia del coronavirus los lleva, una vez más, al límite de la supervivencia. 
Por La Verdad de Juárez @
10 de mayo, 2020
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Damià Bonmatí 

Ellos mismos lo llaman el tráiler de la muerte. El 23 de julio de 2017, un empleado de un establecimiento de Walmart en San Antonio alertó a la policía sobre el tráiler estacionado en el aparcamiento. De su interior había salido una persona que pedía agua. 

Cuando llegaron las autoridades, encontraron a decenas de inmigrantes corriendo, a otros inconscientes en el suelo, y a varios sin vida en el interior del camión comercial. 

El tráiler había viajado durante horas desde la frontera de Laredo hasta San Antonio con decenas de personas a bordo  –algunos recuerdan más de cien– hacinadas, en un vehículo sin ventilación y sin aire acondicionado. Era su entrada a Estados Unidos. 

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Diez personas murieron en la que se considera la peor tragedia de tráfico humano en más de una década en el país. Decenas sobrevivieron.

Los que despertaron de la pesadilla se encontraron una realidad peor de la que trataban de huir al migrar, que ahora se agrava más. Sobrevivieron al calor extremo, la asfixia y el coma pero, desde entonces, arrastran problemas de salud, traumas, deudas y pobreza extrema. 

Dejaron de medicarse y huyeron de los médicos. Ahora, en mitad de la pandemia, son enfermos crónicos y no tienen con qué comprar comida.

Manuel: “un sentimiento muy feo dentro que no se me quita con nada”

Foto: La Verdad Juárez

Manuel Martínez Esparza ha estado pidiendo dinero prestado para comprar comida para él y su esposa durante la crisis del coronavirus. “Estoy pidiendo a la gente del otro lado que todavía trabajaba un poco”, cuenta por teléfono desde México. “Pero eso también se va acabar”, augura.

“El otro lado” es Estados Unidos. “El otro lado” son inmigrantes también azotados por la pandemia y que eran, hasta ahora, el oxígeno para familias como la de Martínez, que subsisten en una aldea remota del estado de Zacatecas.

Varios bancos mexicanos estiman una caída del 17 por ciento de las remesas este año, e incluso más, en estados como Zacatecas. En estos pueblos y aldeas, el norte no es un punto cardinal. Es un deseo fuerte y clavado en los huesos que se transmite de padres a hijos, entre amigos y vecinos, que sella y separa familias, y que está presente de por vida. 

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Cuando visitamos la zona en otoño de 2019, no había familia ni vecino que no tuviera a un hombre en Estados Unidos o que no hubiera estado allí de manera clandestina varias veces durante su vida.

Manuel Martínez Esparza y su hermano Ricardo no fueron la excepción, y probaron suerte el verano de 2017. Ricardo tenía 23 años y era el más pequeño de los hermanos. Había visto cómo los mayores se habían ido a Estados Unidos y cómo Manuel iba y venía de mojado desde hacía más de una década. Le dijo que quería irse también.

El padre, Isidro Martínez, sentía que perdía a su último hijo en casa y su principal sostén económico, pero se endeudó para reunir dinero para los dos. Miles de dólares. “Él era el que nos arrimaba de comer siempre, está uno al día aquí”, cuenta en la única sombra del pequeño cementerio municipal en el que está enterrado Ricardo, entre malas hierbas y flores secas.

Todo fue muy rápido: el autobús, el cruce, la casa de seguridad y el ride para San Antonio. En las redes de tráfico humano no hay opción de elegir. A ellos les tocó ese trayecto.

Manuel y Ricardo se vieron en Laredo, Texas, entrando a un enorme tráiler blanco, lleno de gente, sin refrigeración ni luz. La gente empezó a quejarse. Les faltaba el aire, se asfixiaban de calor. Lo último que recuerda Manuel es estar abrazado a su hermano. 

“Solo nos decíamos mi hermano y yo que aguantáramos, aguantáramos hasta llegar a San Antonio. Ya me sentí desesperado. Ya no supe en qué momento me desmayé y ya no supe ni de mí ni de él”.

Su hermano murió y él pasó casi 12 semanas en el hospital, dos de ellas en coma. Abogados de inmigración de Texas visitaron a supervivientes como Manuel en el hospital de San Antonio: iniciaron para ellos los trámites de visa, que deberían darles en cuestión de meses un estatus legal en Estados Unidos por ser supervivientes de un crimen federal. Ningún familiar podía cuidarlo en Texas, así que Manuel decidió volverse a México.

Foto: La Verdad Juárez

Cuando lo visitamos hace unos meses, apuraba una caja de ibuprofeno que le quedaba. Compraba cuando podía.

Martínez Esparza se había ido a dormir tarde la noche anterior. Estuvo vendiendo caramelos hasta que desapareció el último cliente y se mitigó el ruido de la feria. Su cama era un agujero duro, entre hierros y cajas, debajo del mostrador de un camión de dulces que iba de fiesta en fiesta. Las ferias de pueblos y aldeas de Zacatecas y San Luis Potosí eran su único modo de supervivencia.

Cuenta que arrastra casi siempre un resfriado, porque en estas zonas de calor traicionero por el desierto, la noche sorprende con el frío. Pero el resfriado es lo de menos.

Manuel siente taquicardias y dolores de cabeza a menudo; cojea, le duele la espalda, le estiran las cicatrices y le falta el aire cuando hace mucho calor o hay muy poco espacio. Tiene 33 años, pero camina como si tuviera el doble.

En el hospital de Texas recibió terapia psicológica y, al volver a México, tenía que seguir haciéndola. Pero nunca ha vuelto. No la puede pagar.

“De mis sentimientos por dentro, no soy el mismo. Como si no fuera yo. Hay muchas cosas que a veces son como para reírse… y yo no encuentro la diversión en las cosas”. Su esposa se molesta porque no le alegran ni las bodas ni las fiestas ni las quinceañeras. Pero a él no le nace.

También dejó de ir al hospital hace más de un año. “Era medicina muy cara para seguirme tratando”, dice. Se le sumaba el precio de la consulta médica, que le costaba como seis días de trabajo, y el viaje hasta la ciudad de Aguascalientes, a un par de horas de su pueblo.

Con problemas de salud y sin empleo, un primo le dejó trabajar vendiendo dulces en los mercados. Ganaba unos 150 pesos al día (7 dólares). En marzo de 2020, vendió en una feria en San Luis Potosí. Esos fueron sus últimos ingresos y las pocas remesas que recibió desde Estados Unidos se están acabando.

No tienen más dinero para comprar despensa para la próxima semana y todavía menos medicamentos para él, un enfermo crónico, que arrastra problemas respiratorios desde la tragedia del tráiler.

Lo único que le generaba cierta ilusión era la idea de lograr una visa U para poder volver a Estados Unidos y, simplemente, sobrevivir. “Pero el coronavirus nos tiene muy mal, no podemos hacer nada”.

Le desespera. Han pasado casi tres años desde el accidente. La abogada le decía que los procesos van lentos. Pero ahora ni eso: “No me contesta”.

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*Foto de portada: La Verdad Juárez

Este reportaje es parte de Reporting the Border, un programa del International Center for Journalists en alianza con el Border Center for Journalists and Bloggers, que financió el reporteo en Texas y México en el segundo semestre de 2019.

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