Sanctorum y los democráticos caminos digitales
Se reflexiona sobre la supuesta ubicuidad de las plataformas de streaming y sobre lo que sucede cuando ciertos títulos ya no están en el catálogo
Por Alonso Pérez Fragua @fraguando
13 de mayo, 2020
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#streaming

 

Más allá de los temas sociales que trata y de la atención mediática que atrajo, Roma (2018) de Alfonso Cuarón es para mí un buen ejemplo de lo que la distribución digital de contenidos audiovisuales aporta al público. Si bien en México se proyectó en salas de cine independientes, ayudando a visibilizar estos circuitos, en Marruecos, el país en donde me encontraba en el momento del estreno, mi única opción fue verla a través de Netflix.

Y no es que Roma fuera la primera película original de la empresa con sede en Los Gatos, California – esa fue Beast of No Nations (2015) de Cary Fukunaga – ni el primer caso de controversia por el rechazo de salas de cine de proyectar una obra pensada para una plataforma digital – honor que también se lleva el drama de guerra de Fukunaga. Tampoco es la obra con sello de la casa que acumula más reproducciones – esa era Bird Box (2018) de Susanne Bier, al menos hasta finales de 2019.

La historia de Cleo, Sofía y demás personajes que emergieron de la memoria de Cuarón es, para mí, la primera experiencia de una obra cercana, geográfica y culturalmente hablando, que pude disfrutar a pesar de no estar en su territorio de producción. Fue la primera vez que esa lejanía física con mi país se desvaneció parcialmente y fui capaz de participar en las discusiones que tenían amigos y familia, y “subirme al tren” en las redes sociales con conocimiento de causa.

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Foto: Twitter | @fraguando

A pesar de los elogios que pueda tener para Roma como película y como proyecto que continuó de forma poderosa la discusión sobre la distribución (y producción) cinematográfica a través de una plataforma de streaming, soy consciente de los problemas que implica este modelo. Sin desarrollar a detalle el tema, la principal problemática que surge es, irónicamente, la del acceso.

Cierto, en cualquier rincón del mundo donde esté disponible Netflix se puede ver esta cinta de autor en blanco y negro, con ritmo pausado, y hablada en español y mixteco. Sin embargo, la discusión obligada tiene que ver con la ubicuidad simbólica de la empresa creada por Reed Hastings y sobre la que escribí antes. Es decir, la pregunta real es en qué países y qué grupos tienen las condiciones para conectarse a internet de alta velocidad y pagar una suscripción de esta o cualquier otro servicio de streaming.

Otra discusión poco abordada es aquella sobre el riesgo inminente de perder acceso a ciertas obras cuando las licencias se agoten y los dueños de estas no quieran renovarlas o las plataformas no quieran o puedan pagarlas.

Con la posesión de un DVD esto no ocurría. Yo tenía la seguridad de que, a menos de que perdiera o me robaran mi copia de Y tu mamá también (2001), siempre podría revivir las aventuras de los Charolastras. Pero como sucede a diario, nuestras series y películas favoritas son retiradas de uno u otro catálogo, obligándonos, si nuestro fanatismo y cartera lo permiten, a inscribirnos a un nuevo servicio de VOD.

Las preguntas que se nos plantean como público no se agotan ahí, aunque una idea que sigue entusiasmándome cuando se trata de defender el concepto de VOD es aquella de encontrarme con obras “extrañas” provenientes de lejanas tierras que antes descubría casi por error en los anaqueles de las tiendas o de video-clubs.

Y, del lado de los realizadores y demás actores de la industria audiovisual, ¿cuál es la perspectiva? ¿Abrazan con entusiasmo la idea de que Netflix o una plataforma similar ponga sus obras en sus catálogos o los ayuden a distribuir sus producciones?

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En la entrega anterior, escribía sobre Cannes, uno de los gigantes de este juego, y su debate sobre mantener o no su edición 2020 en formato virtual. A diferencia de este festival, otros ya han encontrado alternativas a sus formas tradicionales, obligados por la cuarentena global. Tal es el caso de Ambulante gira de documentales, quien desde finales de abril y hasta el 28 de mayo pondrá en marcha Ambulante en Casa para compartir sus materiales con el público mexicano.

Otro caso a contar es el del Festival de Cine Latino de Toulouse, Francia, el cual anunció a sus ganadores el pasado 23 de abril a través de su canal de YouTube.

De sus distintos programas, Toulouse dio salida a los materiales de la sección documental, subiéndolos a la plataforma de streaming TËNK. Con una tarifa especial de 1 euro por el primer mes de suscripción, la gente de Francia, Bélgica, Luxemburgo y Suiza pudo ver cinco de las seis obras en competencia este año, así como el catálogo regular de esta plataforma especializada en documental. El resto de las películas solo fueron vistas por la prensa y los jurados.

Reconocido por partida doble en Toulouse por Sanctorum (2019), el cineasta Joshua Gil (Puebla, 1977) ve en la distribución digital una forma viable de que su película se abra camino.

Sanctorum es el segundo largometraje de ficción de Gil. Su estreno en México sucedió durante el Festival Internacional de Cine de Morelia y previamente fue parte de la Semana de la crítica de la edición 76 del festival de cine de Venecia. En ambas ocasiones esta historia hablada en mixe fue apreciada en salas con sistema de sonido 7.1.

“La gente salía diciendo, ‘qué bueno está el sonido. Ahora, con lo que sucedió en Toulouse, te digo que sí, está muy lindo el sonido, y el THX, pero al final lo que importa es verla”, me contaba Joshua a través de una video-llamada un par de días después del anuncio del festival hecho por YouTube.

La declaración de Joshua cobra mayor importancia luego de conocer que el diseño sonoro le tomó un año de trabajo a Sergio Díaz, el mismo que rescató y dio vida a las sonoridades del pasado de la citada Roma.

“Si puedes ver Sanctorum con sonido THX, adelante, pero si no, lo más hermoso del cine es su carácter democrático”.

Para el cineasta poblano, la experiencia de los jurados de Toulouse puso de realce ese carácter democrático. “Lo que vieron fue realmente el alma de las películas: sus historias, la construcción de la imagen, los personajes. Nadie las vio en sala con sonido THX, sino en sus propias casas. Y eso fue más democrático”.

En 2019 Netflix agregó a su catálogo Un abrazo de 3 minutos (2019), documental del mexicano Everardo González (Los ladrones viejos, 2007; La libertad del diablo, 2017), y Te prometo anarquía (2015), largometraje de ficción del guatemalteco Julio Hernández Cordón. Lo anterior es prueba de que el gigante del streaming es una opción para que el cine nacional con propuestas poco convencionales se abra camino hasta los ojos del público, considera Joshua, quien fue asistente de cámara en Japón (2002), la ópera prima de Carlos Reygadas.

Juicios aparte, hay que reconocer que las obras de Amat, Everardo, Reygadas y del propio Joshua forman parte de ese cine que le causa dolores de cabeza a los grandes exhibidores en México. Con la crisis sanitaria, el peligro acecha a las salas independientes como el Cine Tonalá y a otros espacios alternativos en donde normalmente se exhibiría Sanctorum y todo este cine diferente, arriesgado y que no busca agradar solo para vender palomitas.  

Así, el streaming es quizá la única solución que le queda a su película para ser vista en México, como aceptaba el propio Joshua.

Netflix no es la única opción. De la misma forma que la sala de cine no es el único camino para acercarse al público, el que una película se distribuya por Netflix no significa que tenga más o menos valor, afirmaba Joshua.

“Si tu película no es para Netflix podrá estar en FilmIn o en Mubi”. El asunto es conocer sobre plataformas digitales, continuaba, y no ceder ante las exigencias que pudieran plantear a la integridad de las obras. Si la solución para alcanzar más ojos es bajar el rigor y hacer las historias más comprensibles, ahí es donde está el límite.

Si sobrevive a la cuarentena, Le Sémaphore es la única sala de cine independiente, donde quizá, algún día, Sanctorum sería proyectada en Nîmes / Foto: Alonso Pérez Fragua

«Nuestro cine y su cafetería están cerrados a partir del domingo 15 de marzo y hasta fecha desconocida por el momento» / Foto: Alonso Pérez Fragua

El destino de Sanctorum y del cine en general sigue en suspenso. ¿Cuándo reabrirán las salas?, ¿qué restricciones habrá? ¿La gente querrá encerrarse entre cuatro paredes luego de la cuarentena o preferirá seguir experimentando el cine desde la sala de su casa o la pantalla de su celular? Solo el tiempo nos dará las respuestas.

Por lo pronto, Joshua Gil trabaja en la pre-producción de Yuguen, su tercer largometraje, que tiene planeado rodar en Japón y México. A diferencia de Sanctorum y de La maldad, su ópera prima, esta vez recurrirá a un guion más estructurado – 80 páginas contra 10 o 15 páginas de los dos primeros proyectos – y dará vida a su historia – de nuevo basada en hechos reales – a través de actores profesionales.

En cualquier caso, exhibido en salas de cientos de personas tipo estadio o en espacios independientes íntimos, o distribuido vía streaming, la misión de Joshua es que el público se acerque a un cine honesto que se concibe como la vía para alcanzar la justicia social y la democracia en su término más puro. Un cine donde se junten poesía y política, y pase con honestidad la prueba del tiempo.

Cortometraje Santuario de Joshua Gil, parte del proyecto “Ayotzinapa 26” de Aministía Internacional.

*Foto de portada: Sanctorum (2019) / Foto tomada de YouTube

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Alonso Pérez Fragua
Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando.