Qué tanto pueden cambiar las formas de afecto y contacto interpersonal después del COVID-19
Algunas enfermedades que históricamente han afectado a la población mundial podrían darnos alguna señal de lo que nos espera.
Por Cristian Escobar Añorve @crazo70
28 de mayo, 2020
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Dos amigos de toda la vida se vuelven a ver en el contexto actual. Aunque ambos están conscientes de las disposiciones de distanciamiento social, actúan distinto. Ana, casi mecánicamente, intenta saludar con un abrazo y un beso en la mejilla; Pablo, repele el contacto, no se siente seguro y aunque quisiera devolver el afecto, prefiere no correr riesgo.

Este tipo de situaciones es un ejemplo de lo que podría poner de manifiesto que nuestra manera de relacionarnos físicamente tendría que replantearse a raíz de la pandemia por COVID-19… al menos hasta que “todo esto pase” (no sabemos cuándo).

Si bien, de acuerdo con lo emitido por el Gobierno de México, faltan pocos días para que finalice oficialmente la Jornada Nacional de Sana Distancia, esto no significa que debamos desatender las restricciones generales de movilidad en los espacios públicos. No obstante, poco a poco comenzamos a mentalizarnos en una transición gradual hacia la “nueva normalidad”, la cual -como señala el gobierno federal- deberá llevarse a cabo de forma gradual, ordenada  y cauta.

Debido a esto surgen muchas dudas, una de ella es acerca de cuál será la mejor manera de relacionarnos física y afectivamente cuando nos volvamos a ver ¿Deberé abrazar a mis amigos y familiares o con un apretón de manos basta? ¿O ni siquiera eso?

En entrevista con LADO B, Ana Lidia Domínguez Ruiz, antropóloga miembro del Sistema Nacional de Investigadores, explicó que la forma de convivir de los mexicanos apela casi siempre al contacto físico. “Salvo ciertos lugares y estratos, invariablemente la mayoría buscamos estar cerca de los demás”. Por lo que abstenernos por mucho tiempo de este tipo de convivencia pueden traer problemáticas también del tipo psicológico. 

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Para Jazmin Balcazar Hernández -también en entrevista-, maestra en psicoterapia humanista, prescindir por mucho tiempo el contacto físico podría llevarnos, en el peor de los casos, a sufrir alteraciones psicológicas graves. Sin embargo, en un contexto menos extremo, la falta de contacto físico podría llevarnos a concebir nuestras relaciones interpersonales de un modo más “frío”.

“Cuando tocamos a alguien, los neurotransmisores -moléculas que transmiten información- se activan, por lo que nuestro cerebro asocia este tipo de contactos con una conexión más profunda o íntima”.

La relación entre las epidemias y los manuales de conducta interpersonal 

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Foto: Vladimir Zayas

Algo innegable es que la emergencia sanitaria causada por COVID-19, ha modificado las formas de contacto interpersonal; pero otra incógnita continúa siendo ¿cómo reaccionaremos una vez que todo haya terminado?

Aunque hay una especulación aún no comprobada, según la antropóloga, un atisbo sobre qué podría pasar con nuestras relaciones interpersonales después de que la mayoría del país entre a la Nueva Normalidad, que puede encontrarse en la historia de las enfermedades de alta propagación. 

Según Ana Lidia Domínguez Ruiz, las enfermedades de alto contagio y la “gestualidad social” -modos y patrones en cómo se manifiesta las expresiones afectivas interpersonales- han estado relacionadas a lo largo de la historia.

Por ejemplo, El Manual de urbanidad y buenas maneras, conocido como Manual de Carreño, es un libro aún considerado por hispanohablantes -desde su publicación en 1853 en Venezuela- como una guía indispensable sobre cómo comportarse en público y privado, lo que incluye normas sobre higiene personal, cómo estornudar, cómo saludar, etc.

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Sin embargo, este texto tiene de trasfondo histórico una de las etapas de salud pública más alarmantes para Venezuela.

El manual de Carreño se publicó tres años después de que en 1850 se reportara el primer caso de cólera en ese país. Para 1853, ya se tenían documentadas epidemias de fiebre amarilla y vómito en algunas provincias del país. Y para junio de 1854, el brote de cólera se había extendido a todas las provincias e incluso había llegado a Caracas, ocasionando que se llenarán de cadáveres las calles y fosas comunes.

De esta forma, para Domínguez Ruiz, este manual dejó formas de comportamiento social que hoy consideramos imprecindible: no escupir en público, taparnos la boca al bostesar, tener cabello y uñas cortas y limpias. dejar que permanentemente entre la luz natural y el aire a nuestra habitación y disponer siempre de un pañuelo para cuando nos haga falta. 

Otro texto que remarca esta relación con bastante anterioridad es el Civilitate Morum Puerilium o “Civilidad para niños”, escrito por Erasmo de Rotterdam al final de la Edad Media, concretamente en 1530.

En aquel entonces Europa Occidental estaba azotada por una plaga de “pestis sudorosa” o “enfermedad del sudor inglés”, cuyos síntomas podrían confundirse con un proceso gripal (palidez, debilidad, estremecimiento, frío y fiebre).

Consejos como “vuélvete cuando escupas, para que tu saliva no moje a nadie; “si cae algo purulento en el suelo debe ser pisado una y otra vez, para que no produzca náuseas a nadie”; “no debes ofrecer tu pañuelo a nadie a no ser que esté recién lavado” o “tampoco es correcto, después de limpiarse la nariz, extender el pañuelo y contemplarlo, como si de tu nariz se hubieran desprendido perlas y rubíes”, podían leerse en el considerado primer intento por normar las buenas maneras de conducta. 

De este modo, para la antropóloga Domínguez Ruíz, la historia de los manuales de comportamiento y buenas conductas pueden ser catalogados como reflejo de hábitos o prácticas que tuvieron que ser reformadas a raíz de alguna enfermedad; las cuales, sostiene, apuntan a una forma de ser más “distante”, socialmente hablando, de la que se tenía de forma anterior. 

Esto podría darnos una idea de que muy probablemente exista un cambio, no sólamente en las formas en que -hasta antes de la pandemia por COVID-19- expresábamos nuestra afección, sino en la forma en que convivimos socialmente. 

Ejemplo de esto puede verse después de algunas enfermedades más recientes. ¿Cuántas personas comenzaron a estornudar en la parte interna del codo después del brote de AH1N1 (2009-2010) y lo volvieron un gesto permanente a partir de entonces? 

O el hecho de que después del gran número de casos mundiales de VIH en la década de los 80 -aunado a una campaña de prevención masiva-.el uso de preservativos se volviera esencial en las prácticas sexuales. 

La persistencia de los rituales de lo habitual

Foto: Marlene Martínez

Sin embargo, esta “gestualidad social” o modos de comportamientos sociales, no tiene explicación únicamente con las “normas sociales”. 

Para Jorge Alberto Meneses Cárdenas, antropólogo investigador del Instituto de la Comunicación de la Universidad del Mar (en Puerto escondido, Oaxaca), existen rituales de lo habitual, es decir acciones corporales casi mecánicas que realizamos socialmente, tales como “ponernos de pie ante alguna autoridad, saludar de beso en la mejilla, o abrazar a alguien que no has visto en mucho tiempo”. 

Para Meneses Cárdenas, estos rituales de lo cotidiano no suelen cambiar inmediatamente, y al contrario, suelen afianzarse de manera progresiva en las sociedades, por lo que replantearnos radicalmente las formas de brindarnos afecto nos puede causar mucha dificultad y hasta algunos malentendidos con personas cercanas. 

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En ese sentido, menciona la antropóloga Domínguez Ruiz, la pandemia por COVID-19 ha ido tomando tintes particulares en cada región y cultura en la que se presenta, lo cual la hace impredecible -dado que cada cultura moldea sus contactos sociales de distinta manera-, respecto a qué tanto va a afectar en nuestras relaciones interpersonales. 

Mientras que en muchos países occidentales el apretón de manos es la forma más común de saludar a alguien; en Japón, por ejemplo, el contacto físico no suele ser muy común e históricamente han optado por una leve inclinación de cabeza a modo de saludo respetuoso. 

En ese mismo tenor, para Domínguez Ruiz -aunque cada región contiene sus determinadas particularidades- en Latinoamérica estamos asociados a una personalidad más sociable y afectiva, que tiene que ver con una forma de ser y de actuar en sociedad que aprendemos desde pequeños y la interiorizamos a un nivel muy profundo; por lo que cambiarlas de la noche a la mañana nos ha costado trabajo, y lo seguirá haciendo después de la contingencia por COVID-19.

«Es cierto que nos tendremos que replantear la forma de relacionarnos, la cual tendrá que ser opuesta al contacto físico, pero no sé qué tan exitosamente podamos realizarlas», puntualizó Domínguez Ruiz. 

Para Balcázar Hernández, una forma de aminorar el impacto de la falta de contacto físico es que nosotros mismos nos podamos proporcionar el afecto físico que necesitamos -el cual engloba desde tener diálogo interno positivo hasta acariciarnos en las zonas erógenas (aquellas que por su sensibilidad provocan sensaciones de placer)- y no dejarlo todo a las otras personas.

Aunado a esto, la comunicación con los demás deberá ser de mucha importancia para dejar bien en claro de qué forma queremos tocarnos o ser tocados. 

“Existen saludos de codo, empujó con el hombro, una sonrisa o reverencia; o inventar una manera de poder manifestar nuestra afección con el otro. Es cuestión de ponernos creativos”.

*Foto de portada: Marlene Martínez 

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Cristian Escobar Añorve