Nadir
Hemos pasado siglos mirando hacia el cielo y cuestionándonos sobre la existencia. Aldo Plouganou hace un recuento de la relación entre el cine y el espacio
Por Aldo Plouganou @
14 de mayo, 2020
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En el amanecer de la humanidad, pasábamos los días consiguiendo y trabajando los elementos necesarios para nuestra subsistencia: alimentos, herramientas, etc. Sin embargo, cada día lo último que hacíamos era mirar al cielo.

Dicen que alrededor de esos fogones, arropados por esa miríada de titilantes compañeras empezamos a contarnos historias, algunas veces sobre lo que imaginábamos en ese manto iridiscente, otras sobre lo que hacíamos que nos pase en el día: cosas que aprendimos, obstáculos superados, algunas eran sobre bichos peligrosos que habían sido vencidos y ahora nos alimentaban, otras sobre aquellos que habían escapado y acechaban seguramente buscando venganza. 

Desde el inicio de este viaje que seguimos haciendo juntos, mirar al cielo nos ha hecho avanzar, crecer, creer, soñar… Y cada una de estas cosas se transmitió siempre, con una historia. Por lo menos eso es lo que relata Carl Sagan en su serie Cosmos, sobre los descubrimientos que arrojó el laburo de los arqueólogos acerca de ese periodo de nuestra historia.

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Neil deGrasse Tyson cuenta, en la edición más reciente de esta serie, que todo este asunto de contar historias no es un tema menor y que de hecho, contar historias es uno de los principales saltos tecnológicos paradigmáticos de la humanidad; sin este ejercicio nunca habríamos trascendido el tiempo que duran nuestras vidas, el conocimiento no habría pasado entre las generaciones de cada tribu, condenando nuestra existencia a un diminuto y solitario bucle de experiencias. Sin mirar al cielo y contarnos historias, jamás habríamos dejado las cavernas… 

Foto: Still de Cosmos: Una odisea en el espacio (2014)

En este instante hay al rededor de 2500 millones de personas encerradas en sus casas y la mayoría no está mirando mucho al cielo; por una parte porque casi todos están en el medio de ciudades ahogadas de contaminación lumínica que no les dejan ver casi nada, por otra parte porque es una costumbre bastante olvidada. Algunas de estas personas buscan historias, otros quieren contar las suyas, un montón se aferra a creer que entiende lo que le pasa aunque jamás había pasado algo como esto. Algunos miran por la ventana conmovidos por un conjunto de violines y violonchelos imaginarios entendiendo más que nunca que están siendo parte de LA historia. 

Si estaría costando tanto trabajo juntar estos dos catalizadores de nuestra especie de una forma un toque más tradicional, quizá sea un buen momento para charlar de eso, para poner a la mente a pensar en mirar las estrellas y contar historias…

La primera vez que una película juntó estos elementos fue en 1902, dirigida por un ex zapatero ilusionista, es una adaptación libre de textos sobre ir al espacio como De la tierra a la luna y Al rededor de la luna de Julio Verne. Esta pequeña historia catalizó algunos de los saltos tecnológicos más grandes de la historia del cine, sus efectos especiales provocaron una escalada exponencial en el uso y desarrollo de estos artilugios que hicieron posible contar cosas que hasta entonces se creían imposibles de filmar. Además de inaugurar uno de los géneros más trascendentes de la historia del cine (la ciencia ficción), ser parte fundamental del cine que detona la Nouvelle vague, Le voyage dans la Lune de Georges Méliès es el icono cultural más reconocido de la verdadera invención de este cineasta: usar al cine para contar cuentos de cosas maravillosas, imposibles, que nos inspiran a seguir avanzando por no dejar de ser profundamente humanas. 

Foto: Still de Le voyage dans la Lune (1902)

Pero el asunto no quedó en un sensacional bautismo, si damos una vuelta por este universo y todo lo que nos ha dado, podemos encontrarnos que cuando las visiones estelares se expandieron también lo hicieron las profundidades de los cuestionamientos filosóficos, es inevitable mencionar a Odisea en el espacio de Kubrick principalmente por su hermoso y absolutamente imponente espectáculo visual. Pero el milagro de Odisea en realidad es otro, esta película logró algo que hasta ese momento se pensaba era imposible –y que aún hoy es bastante raro. Odisea logró ser un éxito a pesar de que la mayoría de las personas que la vieron no entendieron más de dos terceras partes de lo que vieron, hay que tener coraje para no subestimar la capacidad intelectual de la audiencia, cuando están en juego millones de dólares y la chance de seguir adelante con tu carrera fílmica… En un proyecto lleno de buenas decisiones, esa fue la decisión más acertada de Kubrick. 

En los pasillos de la historiografía cinéfila siempre corrió el run run de que en respuesta a este hito se pidió armar Solaris, con el mejor director de cine soviético del momento, el hijo de un poeta bien querido por el partido y que más allá de los remolinos artísticos tenía los ideales bien puestos. Aunque Tarkovski nunca lo reconoció públicamente, no hizo falta para los amantes de las grietas; la cinta del bueno de Andréi –a la que nadie le entiende más de la mitad–, no sólo se hizo un lugar en los clásicos inmortales de la historia del cine, también se hizo enseguida el clásico rival para Odisea, en lo que debe ser el más grande Boca-River que el cine ha tenido. 

Foto: Still de Wall-E(2008)

También podemos encontrarnos con sorpresas como El principito que, contrario a lo que la mayoría temimos, es una lindísima adaptación que sí hace justicia a la obra primigenia. Otra de las sorpresas más grandes está en El gigante de hierro más concretamente en el talento que interpretó el papel del entrañable robot: Vin Disel –que digamos todo–, hizo un laburo impecable.

Por otra parte, aunque podríamos apelar a la forma en que arrasó con la taquilla, lo profundo que tocó a una generación, el más grande éxito de E.T. el extraterrestre fue su teoría conspiranóica; esa que decía que fue el malísimo juego basado en la película lo que quebró a la compañía de videojuegos Atari y que era tan malo que la cantidad de copias que habían quedado en la compañía era inmensa, tanto que salía más caro tirarlas a la basura que subirlas a un camión de volteo, llevarlas al desierto de Nuevo México y enterrarlas. Imposible hablar de estrellas y películas sin mencionar a la que debe ser una de las apuestas más arriesgadas de los últimos años: Wall-E es tan entrañable y memorable que se hace fácil normalizarla, pero es una película para chicos, –¡En este siglo!–, que se animó a ser prácticamente muda e igual se ganó el corazón de toda la platea.

Por otra parte está el mejor tagline de los 80s: «En el espacio nadie escuchará tus gritos», de Alien que hablando de revoluciones, además de lograr meterle unas fichas de sofisticación y altura artística a uno de los géneros más menospreciados de la historia del cine –el terror–, se te mete sin despeinarse en cualquier lista de mejores películas de la historia. 

Pero Alien no existiría sin las conceptualizaciones de Giger para su anterior laburo cinematográfico, aquel en el que el mismísimo Dino De Laurentiis –que ni me gasto en explicarles quién es porque él solo es por lo menos tres relatos fílmicos–tuvo la ocurrencia de embarcarse en el proyecto más delirante de la historia del cine: Dunas de Jorodowsky que prometía tener actuaciones de Orson Wells, Mick Jagger y Dalí, diseños de Giger y dirección artística de Moebius. El bueno de Dino igual no tuvo suficiente con una locura delirante, se animó a darnos una segunda locura espacial con Flash Gordon –la del soundtrack de Queen. 

Foto: Still de Interstella 5555: La hi5storia del 5istema 5olar 5ecreto (2003)

De todos los relatos de estrellas, la más subestimada definitivamente debe ser Galaxy Quest, la sátira –¿homenaje?– a la franquicia de Star Trek, una comedia tremenda con un elenco increíble y un guión genial. Pero la que más veces vimos sin ver completa es Interstella 5555: La hi5toria del 5istema 5solar 5ecreto, la película que seguía después de «One more time» de Daft Punk con el resto de los temas del álbum Discovery, es difícil juzgarla como película porque por una parte se ha amado poco como se han amado esos videos musicales, más que película es un disco y como disco un poco también es una película, así que mejor pensarla como una nueva cosa y así disfrutarla un montón –seguramente Méliès nos habría aconsejado hacerlo así.

Observatorio ALMA / Foto: Still de Nostalgia de la luz (2010)

Si trazamos como punto concéntrico las coordenadas de la redacción de LADO B, la película sobre las estrellas que se ha hecho más cerca es Cygnus, relatando el contacto de un astrónomo en el Gran Telescopio milimétrico en el pico de Orizaba. Las películas que narran cuentos sobre las estrellas tienen un hermoso imán con la cultura popular, y aunque quizá por un largo tiempo no fueron consideradas algo muy formal o artístico, siempre gozaron de una estela de amor que pocos tipos de películas han conseguido por tanto tiempo. Con cada una de estas historias avanzó la vivacidad con la que podíamos experimentar la sensación apabullante de dejar este planeta para recorrer el infinito y cambiar la bóveda celeste nocturna por el resto del universo. 

La última parada de este paseo estelar es una película que une lo más formal o serio de contar historias con imágenes en movimiento, con las historias sobre estrellas: Nostalgia de la luz de Patricio Guzman debe ser una de las películas latinoamericanas más aclamadas de los últimos años, a pesar de eso, es probable que casi ninguno la haya podido ver en cualquier pantalla de su cine amigo.

Violeta Berrios y Vicky Saaveda / Foto: Still de Nostalgia de la luz (2010)

Este documental es un hermoso ejemplo para descubrir, que siempre que hemos mirado a las estrellas soñando el futuro, estamos viendo al pasado y que siempre que nos hemos contado un cuento sobre esos fantasmas luminosos que adornan nuestras noches, lo hemos hecho buscando respuestas de nosotros mismos; porque en ellas, en las estrellas, está el origen de cada partícula de lo que somos y sin duda de lo que seremos.

En esa charla del ser, de la forma en que se teje ese nudo, de lo que nos conforma y lo que añoramos, Patricio también nos lleva con gentileza a visitar los fantasmas propios, los más espesos de lo que somos ¿Y qué somos, sino lo que hemos hecho que nos pase? Como aquel gobierno que tal como una empresa en banca rota, decidió que el curso de acción más conveniente para lidiar con aquellos que pensaban distinto, era el mismo que con veinte mil copias de un videojuego malo: desaparecerlos en el desierto.

Futuro y pasado, todo cuerpo celeste es un constante ir y venir entre ambos conceptos que colisionan constantemente en ese promedio que es el ahora, tal como la vida de las familias de esos desaparecidos por la dictadura de Pinochet, que por tener el pasado inconcluso no pueden desbloquear el futuro y queda todo chocando cada instante en el ahora, en cada piedra que levantan  –como compartiendo la condena de Sísifo– en el desierto de Atacama, en busca de los cuerpos de sus seres queridos.

Con ese vaivén entre la mirada al cielo de los astrofísicos y la constante mirada al suelo de las familias, Nostalgia de la Luz nos regala la más tangible analogía de lo que la incertidumbre le hace al alma de los familiares de desaparecidos y a su vez nos da una idea más clara de lo que buscan los astrónomos en el centro de investigación ALMA.

Foto: Still de Nostalgia de la luz (2010)

Justo ahora podemos encontrar en arcoiris.tv esta, que sin despeinarnos podemos declarar como una de las mejores películas sobre estrellas que se han hecho y harán en Latinoamérica. Que además de ser un cuento que en términos cinematográficos se narra con una maestría y pulcritud fenomenal, es una de las formas más hermosas de encarar una de las más horribles consecuencias que seguimos dejando pasar en este mundo post moderno.

En el cine, los directores usamos la angulación de la cámara para configurar una relación específica entre el espectador y lo que mira, para no sólo ponerlo dentro de la escena con el emplazamiento, ponerlo predispuesto a construir –como precisamos– la idea sobre aquello que observa.

La angulación que mira exactamente hacia arriba de nosotros se llama “nadir”, se suele usar para momentos de las historias en que nos pasan cosas profundas, ontológicas y reflexivas de las que suelen salir cambios trascendentales en nuestra forma de pensar, ver o ser; es justo esa angulación en que miramos las estrellas; parece un buen momento para ver en nadir y si el techo no nos deja, que el espacio fílmico nos abra la bóveda celeste que fue así que llegamos hasta aquí.

*Foto de portada: Felix Mittermeier CC0

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Aldo Plouganou