Nada es lo mismo: hacia la nueva (a)normalidad
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
26 de mayo, 2020
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1.- Regresar

Cuando la curva no sólo no se ha aplanado sino que continúa en un ascenso preocupante y vertiginoso, cuando nos dicen que la capacidad hospitalaria sigue en número negros pero cada vez nos enteramos de más casos de personas que llegan a buscar atención médica y son rechazados porque no hay lugar, cuando los informes oficiales hablan de que vamos muy bien aunque seamos ya de los primeros diez países con más muertos en números absolutos –ya sé que otro parámetro importante es la proporción de la población total, pero de cualquier manera es un indicador–; cuando el horror de la enfermedad y la muerte por COVID-19 empieza a tocar a personas conocidas y aún cercanas por lo que dejamos de verlo como algo que le pasa a otros en abstracto, las autoridades nos dicen que tenemos que empezar a pensar en el regreso a la nueva normalidad.

El primer problema con este llamado es que a lo nuevo no se regresa. Regresamos a lo de antes, a lo conocido, a lo ya experimentado pero si hay algo nuevo, distinto, inédito, desconocido, no podemos regresar a ello porque simplemente nunca hemos estado ahí. Se trata entonces de regresar a nuestras actividades de siempre pero organizándonos y actuando de una manera diferente, respondiendo a las nuevas condiciones de riesgo, tratando de construir esa nueva normalidad, ¿una nueva anormalidad? 

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2.- La nueva anormalidad

La lágrima fue dicha.

Olvidemos
el llanto
y empecemos de nuevo,
con paciencia,
observando a las cosas
hasta hallar la menuda diferencia
que las separa
de su entidad de ayer
y que define
el transcurso del tiempo y su eficacia…

Ángel Gonzalez

La nueva normalidad que habrá que construir es algo totalmente desconocido y complicado que no podremos visualizar ni empezar a esbozar hasta que no salgamos todos a la calle y volvamos a nuestros lugares de trabajo, a nuestras escuelas y aulas, a los espacios públicos donde antes convivíamos de manera cercana y despreocupada y hoy tendremos que estar alertas, cuidarnos unos a otros, cuidarnos los unos de los otros.

¿Cómo serán los espacios que se diseñen y construyan a partir de ahora tomando en cuenta esa “sana distancia” que debe existir entre cada persona? ¿Cómo serán las adaptaciones o las formas de amueblar y ocupar los espacios ya edificados que respondían a otras normas de distancia, a otra noción de espacio vital individual?

Imaginar una vida cotidiana en la que tengamos que saludar desde lejos, expresar nuestros sentimientos a cierta distancia, dialogar detrás de un cubre-bocas y una careta y evitar a toda costa acercarse a otra persona sería para mí una nueva anormalidad.

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Foto: Marlene Martínez

Basar la construcción de la nueva cotidianidad en el olvido de todo el llanto que fue dicho antes y durante la pandemia sería realmente una anormalidad porque no hay futuro humano sin memoria y no hay porvenir sin honrar y recordar el dolor y el sufrimiento que se han vivido.

Empezar de nuevo, con paciencia, va a ser totalmente necesario, pero no sobre el olvido de las experiencias acumuladas durante la contingencia sino sobre las heridas aún abiertas que habrá que cuidar para que vayan sanando, pero que dejarán sin duda cicatrices imborrables.

Observar las cosas hasta hallar la menuda, la mínima y casi imperceptible diferencia que las separa de su entidad de ayer para re-significarlas, será una condición indispensable para evitar la construcción de una nueva anormalidad, de una vida sustentada y orientada por lo prosaico, por la búsqueda de supervivencia que olvida la dimensión poética de la vida, la que se centra en el deseo de vivir para vivir que es lo normal en los seres humanos.

3.- Una nueva normalidad

¿A qué llorar por el caído
fruto,
por el fracaso
de ese deseo hondo,
compacto como un grano de simiente?

No es bueno repetir lo que está dicho.
Después de haber hablado,
de haber vertido lágrimas,
silencio y sonreíd:

nada es lo mismo.
Habrá palabras nuevas para la nueva historia
y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.

Ángel Gonzalez

Una nueva normalidad tendrá que ser construida. Pero esa nueva normalidad tendrá que ser humana y contener elementos que busquen hacerla también humanizante. Esta nueva normalidad tendrá que cimentarse en la convicción de que no es bueno repetir lo que ya está dicho, lo que en todas las semanas acumuladas de confinamiento hemos detectado con claridad que es obsoleto, que no funciona si queremos vivir humanamente, que no es viable si intentamos no excluir a nadie de la humanidad, que ya fue hablado y demostró que no tenía valor real.

La nueva normalidad que tenemos como desafío tendrá que partir de la búsqueda de aquello que no repita los patrones que nos llevaron a verter lágrimas y a generar sufrimiento a los demás. 

Habrá que hacer silencio y sonreír a pesar de todo el dolor y el miedo vivido y por vivir. Darnos cuenta de que nada es lo mismo, de que hay una nueva vida por hacer allá afuera y que hay que poner mente, corazón y acción para construirla y para vivirla con el máximo posible de solidaridad, de profundidad y de generosidad.

Seguramente, como dice el poeta, habrá palabras nuevas para la nueva historia que vendrá pero esas palabras nuevas no estarán ahí a la vista de todos sino que habrá que buscarlas juntos y encontrarlas, llegar a pronunciarlas antes de que sea tarde y no haya otra oportunidad para nosotros sobre la tierra, como dice proféticamente el final de la gran novela Cien años de soledad.

Nada es lo mismo y habrá que educar a nuestros niños, a los ciudadanos que serán actores de esa nueva vida y constructores de ese nuevo mundo y de esa normalidad renovada para buscar esas palabras nuevas que cuenten la nueva historia. Ese es aquí y ahora un reto de la verdadera educación personalizante.

*Foto de portada: Vladimir Zayas

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..