La carrera por salvar especies amenazadas en tiempos de COVID-19
La pandemia por el coronavirus tiene en suspenso a importantes proyectos para conservar a especies que se encuentran en alguna categoría de riesgo.
Por Mongabay Latam @
21 de mayo, 2020
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Thelma Gómez Durán

Un millón de especies de animales y plantas que existen en el mundo están en peligro de desaparecer. Para derrumbar esa sentencia, científicos y conservacionistas están inmersos en una carrera contra el tiempo, una maratón que tiene como meta garantizar un futuro a especies amenazadas, pero que ahora tuvo que ponerse en pausa por la pandemia de COVID-19.

En América Latina, una de los lugares del planeta más biodiversos, pero también una región en donde se tiene una lista larga de flora y fauna en alguna categoría de riesgo, detener durante varias semanas las estrategias de conservación puede aumentar el riesgo para una especie.

Mongabay Latam habló con investigadores que trabajan en la conservación de especies endémicas de América Latina, que están amenazadas o en peligro de extinción. Para todos el COVID-19 se ha convertido en un nuevo obstáculo que sortear. Hay investigadores que también advierten que la crisis económica, que viene de la mano de la pandemia, puede traer aún más presión para los hábitats de muchas especies.

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Salvar a los monos endémicos de Bolivia

El Plecturocebus modestus es uno de los dos monos endémicos de Bolivia. Se encuentra en Peligro de extinción. / Foto: Jesús Martínez | WCS

En Bolivia es posible encontrar poco más de 20 especies de primates; pero solo dos son endémicas del país: el lucachi cenizo (Plecturocebus modestus) y el lucachi rojizo (Plecturocebus olallae), dos pequeños monos que se encuentran en la zona de pampas y bosques del río Yacuma, en el departamento de Beni, en Bolivia.

Estas dos especies se reportaron por primera vez en 1939, pero comenzaron a estudiarse a partir de 2002, explica el especialista en conservación de primates Jesús Martínez, investigador de Wildlife Conservation Society (WCS-Bolivia), quien junto con el doctor Robert Wallace, también de WCS-Bolivia, han realizado diversos estudios científicos sobre los lucachi.

En los últimos quince años, los investigadores han logrado identificar las zonas de distribución, las poblaciones, hábitos y amenazas de las dos especies.

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El Plecturocebus modestus se distribuye en dos áreas cercanas al Río Yacuna, en la parte central de Bolivia; su población se estima en 20 mil individuos y está en peligro de extinción.

La situación del Plecturocebus olallae es aún más grave: se estima que no hay más de 2000 individuos; además, solo se encuentran en un área de 300 kilómetros cuadrados. Es por ello que se considera en Peligro Crítico y en 2019 ingresó a la lista de los 25 primates más amenazados a nivel mundial.

Estos pequeños monos viven en una región dominada por la sabana, donde los bosques ya están naturalmente fragmentados y son una especie de islas. “Entre el 50 y 60 por ciento del territorio de la zona es bosque; y ese es el único espacio que representa el hábitat adecuado para estos monos”, explica Jesús Martínez.

Al encontrarse en un hábitat tan frágil, el incremento de las actividades humanas, así como la construcción de carreteras en la zona aumentan la situación de vulnerabilidad para los dos primates.

Para lograr que los monos endémicos de Bolivia tengan futuro, los investigadores han impulsado proyectos para que la gente de la región conozca a estos primates y se sienta orgullosa de tener a estas especies únicas en el mundo; además se ha trabajado con las autoridades para impulsar la conservación del territorio. Por ejemplo, en abril de 2019 se creó el Área Protegida Municipal Rhukanrhuka.

El Plecturocebus modestus es uno de los dos monos endémicos de Bolivia. Se encuentra en Peligro de extinción. / Foto: Jesús Martínez | WCS

“Los monos —resalta Martínez— se han convertido en los embajadores de la conservación, no solo de ellos mismos, sino también de los bosques y de otras especies de la región”.

La emergencia sanitaria provocada por COVID-19 ha detenido, por el momento, varios de los planes para seguir con la conservación de los dos primates, entre ellos la consolidación de la gestión de las áreas protegidas municipales, así como los programas de monitoreo de poblaciones y de educación ambiental.

Jesús Martínez, quien preside la Red Boliviana de Primatología, explica que por el confinamiento se tuvo que detener el trabajo que se realizaba con las comunidades para el cuidado del ecosistema.

Uno de los principales riesgos, señala el investigador, es que cada año los pobladores realizan quemas para promover el rebrote de las pasturas en la parte de la sabana. “A veces esos incendios se descontrolan y afectan las zonas de bosque donde están los monos. Esto tiene consecuencias muy marcadas para las poblaciones. Estábamos trabajando en este tema, cuando comenzó el confinamiento”.

El investigador boliviano resalta que el COVID-19 ha llevado a que los científicos busquen nuevas herramientas para lograr avanzar en los proyectos de conservación: “vamos a desarrollar nuevos métodos que nos permitan, a corto plazo, coordinar las actividades desde la distancia”. Y es que en el caso del Plecturocebus olallae, como en todas aquellas especies que están en peligro crítico, su conservación es una apuesta continua para ganar tiempo.

La carranchina de Colombia

Uno de los problemas de la tortuga carranchina es el alto nivel de endogamia. / Foto: Luis Rojas

En Colombia se pueden encontrar 27 especies de tortugas; siete son continentales. Una de ellas, la carranchina (Mesoclemmys dahli), se encuentra entre las tortugas que más están en riesgo. Se considera Críticamente Amenazada: hay menos de 2000 individuos.

Germán Forero Medina, director científico de Wildlife Conservation Society (WCS-Colombia), explica que esta tortuga fue descrita 1958; durante varias décadas se pensó que solo se encontraba en el departamento de Sucre, al norte de Colombia. Esa percepción cambió cuando comenzó a estudiarse con mayor ímpetu.

Hace 15 años comenzó a documentarse la presencia de pequeñas poblaciones de carranchina en otras localidades, donde aún sobreviven áreas del bosque seco tropical de Colombia, uno de los ecosistemas más amenazados (solo queda el 8% de su cobertura original) y el que menos protección tiene en el país sudamericano.

A esta tortuga semiacuática, cuyo caparazón alcanza a medir 30 centímetros de longitud, se le puede encontrar en jagüeyes y en pequeñas quebradas que, debido a las afectaciones al bosque seco, ya casi no tienen vegetación ribereña.

Las poblaciones de carranchina que aún quedan están conformadas por pocos individuos y se encuentran aisladas unas de otras. Eso, explica Forero, está provocando endogamia y, por lo tanto, ha disminuido la diversidad genética de la especie.

A diferencia de otras tortugas, la carranchina solo pone de dos a tres huevos por nido. Y, por si fuera poco, se tiene documentado que sus huevos tardan poco más de 200 días en eclosionar. “Es una especie con tasas reproductivas muy bajas, eso limita la posibilidades para recuperarla; es un factor adicional de vulnerabilidad”, comenta el investigador colombiano, especialista en biología de la conservación.

Diversas organizaciones se han propuesto salvar de la extinción a la carranchina. Y para ello, a inicios del 2020, se creó una reserva privada de 120 hectáreas, en el municipio de San Benito Abad, en el departamento de Sucre, un lugar dedicado exclusivamente a la recuperación de esta especie.

Forero explica que el proyecto incluye la restauración del hábitat, así como realizar un programa de rescate genético de la especie. “La idea es que la reserva sea un lugar en donde la especie pueda ser protegida en forma permanente y que en este trabajo participen las comunidades locales. El plan es que se convierta en un centro educativo y en un lugar para impulsar prácticas productivas sostenibles”.

Los investigadores aún no comenzaban el trabajo con las comunidades del municipio de San Benito Abad, cuando la pandemia del COVID-19 puso en pausa el proyecto de conservación de la carranchina que, para este año, tiene contemplado comenzar con la restauración del bosque seco y en otoño llevar a las primeras tortugas de otros lugares.

Para Forero, la epidemia del COVID-19 ha generado nuevos retos para la conservación de especies. Uno de ellos es que el trabajo debe ser orientado y apoyado a distancia, “pues los investigadores no pueden ingresar, por ahora, a las áreas. Esto implica apoyarse, cada vez más, en el equipo que está en terreno y en los socios locales”.

El investigador confía en que las próximas semanas puedan retomar los trabajos en la reserva y así no detener por más tiempo las acciones para conservar a la carranchina.

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*Foto de portada: La carranchina es una de las especies de tortugas continentales más amenazadas en América Latina. / Foto: Pato Salcedo | WCS

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