Contra las muertes inevitables
Por Juan Manuel Mecinas @jmmecinas
25 de mayo, 2020
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Ya se ha señalado la falsa dicotomía economía-salud que algunos ponen sobre la mesa y que se traduce en la propuesta de que hay que salvar la economía porque hay cierto número de muertes inevitables ante la pandemia por COVID-19. Muertos habrá y nada se puede hacer para evitarlo, sostienen. 

El referente mexicano más conocido que asume esta posición es el dueño de Televisión Azteca, Ricardo Salinas Pliego. Al proponer el regreso de actividades desde la comodidad de su mansión, Salinas Pliego no es más ruin de lo que siempre ha sido, aunque sorprende su cinismo. La preocupación principal del dueño de la televisora no es la salud de sus trabajadores, sino los ceros que su cuenta de cheques gane o pierde con la pandemia. 

No habría que olvidar que los costos de volver a la “normalidad” antes de lo que los expertos recomiendan lo pagaremos todos los mexicanos: los hospitales se saturarán y el muy probable rebrote será más pronto que tarde. El beneficiario del salinismo podrá disfrutar de los millones en su cuenta, y todos sufriremos los estragos de volver cuando debíamos tener ese punto máximo de precaución.

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Además de que no es fácil decidir el momento exacto en el que un país o región debe reiniciar sus actividades después de meses de confinamiento, se hace difícil convencer a un pueblo como el mexicano de quedarse en casa cuando los ingresos no son suficientes para comer (aunque este es el supuesto que habría que eliminar de toda responsabilidad) o cuando con solo asomarse a la calle se observa ya un movimiento casi normal en muchas partes de la ciudad.

El problema es que entre los Salinas Pliego (que son muchos) y esa necesidad/testarudez de muchos de volver a la actividad, las muertes por COVID se incrementarán porque siempre será una mala idea que el enfermo abandone el quirófano cuando aún no han lo han suturado. 

Foto: K Whiteford | Public Domain Pictures

Lo muertos por la pandemia en el país son un drama mayúsculo si se compara con otros países sudamericanos, tanto en términos absolutos como relativos. En Chile, por ejemplo, hay un número similar de contagiados (70 mil), pero solo la décima parte de muertos que en México (718 muertes en Chile y más de 7 mil en México). En Argentina y Colombia hay menos contagios, pero 5 veces menos muertes por millón de habitantes que en nuestro país. En otras palabras, una vez contagiados, los mexicanos mueren más. Las razones puedes ser muchas, pero apuntan en tres direcciones: el sistema de salud, la concentración en grandes ciudades y las enfermedades que padecen los mexicanos. Eso quiere decir que la infraestructura sanitaria mexicana no es la suficiente para atender a tiempo y de manera eficaz a los contagiados, que vivir en grandes ciudades tiene su desventaja frente al COVID y que los grandes males que aquejan a los mexicanos (obesidad, diabetes e hipertensión, principalmente) incrementan el riesgo de muerte por COVID dramáticamente.

Ante esa realidad, sobra decir que la reanudación económica en un momento inadecuado significa más muertes de las que “se puede esperar” dada la mortalidad del virus. Cuando las muertes son mayores en términos absolutos, ya porque los servicios de salud son insuficientes, ya por la cantidad de personas que viven en una ciudad o porque las enfermedades que aquejan a los mexicanos los ponen en mayor riesgo ante el virus, habría que repensar el momento de volver a nuestras actividades económicas, y extremar las precauciones para evitar la propagación, porque entonces no estamos hablando de muertes inevitables, sino de un verdadero suicidio colectivo.

La discusión pública entre el gobernador de Puebla y las empresas automotrices de la entidad ilustra bien que ambas partes conocen los riesgos de reiniciar sus actividades y que nadie se quiere equivocar, porque la responsabilidad sobre las muertes que una mala decisión ocasione no son una carga fácil ni para los políticos ni para los empresarios. Esto no quiere decir que no haya que volver a las actividades, solo que habría que ser conscientes si los servicios de salud tienen capacidad para responder al incremento de contagios que supone la vuelta a la “normalidad” y si las medidas para evitar la propagación del virus son las adecuadas, dada la concentración de personas en las ciudades mexicanas. 

A los buitres como Salinas Pliego poco les importa analizar lo anterior. Para él, así como para muchos otros, un muerto es igual que mil muertos. Lo que importa es la chequera. En eso se miden sus logros y también su mezquindad. Pero el resto de la población no tendría que pasar por alto los riesgos: las muertes inevitables no son tales. Sufrir económicamente un poco más puede ser la noticia menos mala, con tal de no presenciar miles muertes de más. Muertes innecesarias. Muertes evitables.

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*Foto de portada: Lado B

 

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Juan Manuel Mecinas
Profesor e investigador en derecho constitucional. Ha sido docente en diversas universidades del país e investigador en centros nacionales y extranjeros en temas relacionados con democracia, internet y políticas públicas.