Todos los rayos, el faro
"¿Despedirse? No, de Marcos Mundstock [...] no me voy a despedir jamás." Aldo Plouganou dedica su columna de la semana al integrante de Les Luthiers
Por Aldo Plouganou @
23 de abril, 2020
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¿Despedirse? No, de Marcos Mundstock –y para el caso de cualquier Les lu– no me voy a despedir jamás, probablemente ni en el momento en el que sea yo quien muera, cuando vaya a abrazar a todos mis muertos en esa ronda iré a verlos a ellos también. Hacer un relato de Marcos es poner un calambre en el alma de algún modo en letras, es asomarse como un chico por la ventana trasera del auto, es el último rasguño del perro en la puerta mientras escucha las llaves alejarse antes de que las guardemos en el bolsillo. 

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A Marcos, 

Voy a abusar de la bondad de la hermosa gente que me ha cumplido un sueño y me ha dejado tener un espacio para escribir en público de cine para contarte un pequeño relato. Es difícil, hay que decirlo, porque por un lado me siento presionado por estar a la altura del interlocutor y al mismo tiempo es difícil porque se que cualquier trato magnánimo te incomodaría.  

Bueno, saco de en medio algo para que al elefante dentro de la habitación lo dejen ir a un lugar más cómodo, Marcos hagamos algo juntos: una película, una serie, comer una pizza o ir por un cortado con leche a algún café. Pasa –y te juro que es de la forma menos rara posible– que me encantaría estar un rato con una de las personas que más quiero en este mundo. ¿Que por qué me pincho? No es un tic, ni nada, no te fijes, la verdad es que no sería la primera vez que tenemos esta conversación y resulta un sueño… Es todo cierto y en serio lo que propongo, para esta o si regresamos para la vida en la que toque, hagamos algo. Pero no te hago perder más el tiempo y cuento.  

Esta ruleta extraña que hemos hecho ser nuestro espacio para transitar el mundo ha sabido ser un océano de fuego muy muy obscuro par alguna gente, algunas veces hubo tregua por un tiempo al inicio, algunas otras todo fue así desde siempre. Muchas veces la tempestad azotó por temporadas largas y sin descanso, cada posible boya terminó siendo una mina con perdigones, cada tierra firme en el horizonte un espejismo.

Cada uno, como podía remaba en su pequeña balsa, a merced… No lo llamé gratuitamente un océano de fuego ni tampoco lo situé repleto de obscuridad a la ligera, remar cada día es un ejercicio de fe, de fuerza, de esperanza. He visto a varios perder la luz y usar el remo para ayudar a la tempestad. No siempre existir es realmente sobrevivir y algunos no pudieron sobrevivir para ser…

Foto: Pablo González | Wikimedia Commons

He conocido en el corazón de esas tinieblas a alguna gente –todos buena gente curiosamente–, que en algún momento vieron muy lejos un faro, son tan grandes las tinieblas, tan espesas que casi ninguno recuerda cómo fueron los primeros días de remo. Eventualmente la presencia de ese faro se empezó a hacer imponente, cada día brillando con más fuerza, cada día bancando más la parada en el medio de la profunda y negra espesura, altísimo, tan alto como el Aconcagua, con siete potentes rayos uno de cada color: rojo, naranja, amarillo, verde, celeste, azul y violeta. Con los días ese faro, esas luces, esa guía, más que símbolo empezaron a ser para esa gente más que un símbolo, una compañía. ¿Ves? Ahí en el medio de ese océano donde todo lo que tenga vida parece evaporarse, consumirse, no sólo había colores, ese faro les desterró la soledad, esa luz entró tan al fondo de sus corazones que les desterró cada gramo de soledad de adentro para afuera. 

Remar solo es duro, pero remar con alguien más se hace posible… Y con las posibilidades la esperanza se da manija así, como una enredadera con agua. Cada uno fue eligiendo su camino, algunos más que ir en dirección al faro siempre lo mantuvieron guiando hacia el destino. Algunos un día de tanto remar encontraron el océano de agua, tierra firme y hasta un hogar; porque este intempestivamente hermoso mundo sabe ser una casa al costado de una cordillera verde, junto a un río cristalino donde el sol nunca quema y en la cabaña siempre se está lo más bien. 

Gracias Marcos, por ser uno de esos rayos, gracias por darle un poco de luz a toda esa gente que ayudaste a estar mejor, a estar bien. Gracias por guiarlos cuando hasta la más remota pista estaba perdida, gracias por todas las aventuras que me dejaste vivir con ellos, gracias por toda la luz que me dejaste crear con ellos, con cada risa, con cada sonrisa, con cada silencio del corazón feliz. Gracias por darme una mano tan grande para recordarme que yo vine a este lugar para tratar de hacer lo mismo, gracias porque se que si en algún momento me encuentro cerca de lograr dar por lo menos una fracción de luz es en un inmenso porcentaje por todo el amor que me diste. 

Lo siento muchísimo, por toda la gente que quieres, siento mucho que tengan que acostumbrarse a no tenerte como hasta ahora. Pero sé que nadie se despide, sé que a todos los que nos encontraste, encontramos la forma de hacerte parte de lo que somos y por eso jamás podrás faltarnos. Sos siempre la risa y una sonrisa, en nuestra risa, en una sonrisa.

*Foto de portada: El grupo argentino de música-humor Les Luthiers en su versión de sexteto, posa para el estreno de «Humor dulce hogar», su espectáculo de 1985. En la primera fila: Jorge Maronna, Carlos López Puccio, Marcos Mundstock. Segunda fila: Carlos Núñez Cortés, Daniel Rabinovich, tercera fila: Ernesto Acher / Foto: Gerardo Horovitz | Wikimedia Commons

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Aldo Plouganou