Porque así dijo la maestra
En estos momentos la educación tiene la oportunidad para hacer cambios. Todos podemos replantearnos la importancia del otro, desde la empatía
Por Lado B @ladobemx
01 de abril, 2020
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Foto: Pexels

Mtra. María Alejandra Morales González

¿Qué quieres ser de grande? Hasta entonces lanzar esta pregunta había funcionado como motivante para hacer que X se animara a trabajar en terapia, en esta ocasión no funcionó. Entonces, por un segundo, me paralicé y empecé a buscar opciones inmediatas para animar la situación. El día de hoy me pregunto cuántos niños y niñas pasan por la misma situación a diario en la escuela y qué hacemos docentes, psicólogos educativos, madres y padres de familia para resolver esta situación. He aquí un panorama general.

Las citas de padres y madres de familia para llevar a sus hijos a evaluación neuropsicológica o psicológica es cosa de todos los días. A la pregunta inicial de ¿cuál es el principal motivo de consulta?, la mayoría de padres y madres de familia responden que asisten debido a que en la escuela les han comentado que su hijo(a) muestra problemas en esta. Algunos de ellos se muestran poco convencidos de haber tenido que acudir a consulta, otros consideran que el problema es la maestra o el maestro, y otros –en menor medida– consideran que existe un problema pero que quisieran saber si es un problema orgánico lo que está dificultando el aprendizaje.

Hago referencia a este hecho porque si bien en algunos de los casos existen problemas de aprendizaje, la realidad es que no existe siempre de fondo un trastorno neurológico o psiquiátrico. ¿Entonces cuál es la causa de dichas dificultades? En el caso de haber realizado una valoración completa, en la cual se ha descartado una situación neurológica lo que nos queda es un método de enseñanza poco efectivo, poca motivación hacia los estudios escolares o un(a) maestro(a) que no ha logrado impactar de manera favorable en el proceso de enseñanza-aprendizaje. La cosa es bastante complicada ya que no es sólo el método de enseñanza que se refiere a los contenidos, sino a la forma en que el maestro(a) está impartiendo la clase.

He tenido la fortuna de trabajar con niños y niñas, quienes me han enseñado que las posibilidades de su aprendizaje son infinitas, siempre y cuando estén bien orientados; sin embargo, parece que en estos casos los profesores y las profesoras no están dispuestos a escucharlos. El profesorado se mantiene en una postura cuadrada con imposiciones acerca de lo que el alumno debe aprender, pues por jerarquía institucional el alumno es el que no sabe y el maestro es el que sí sabe.

Recuerdo una anécdota: mi maestra de sexto grado me sentó en clases junto a una compañera que al parecer –o así lo entiendo ahora– presentaba problemas de aprendizaje. La idea de la maestra parecía bien intencionada; sin embargo, nunca me orientó sobre cómo lograr que mi compañera mejorara en sus calificaciones. Me imagino que pensó que la situación mejoraría por imitación o tal vez por un proceso de ósmosis. La cuestión no terminó muy bien que digamos pues mi compañera no mostró mejoras en sus calificaciones. Primero me sentí mal por ella, inmediatamente después me sentí culpable; en esos momentos no comprendí qué era lo que había hecho mal. Ahora, al analizar la situación, entiendo que no fue mi responsabilidad, pues simplemente nunca recibí orientación de la maestra respecto al papel que debía desempeñar en ese momento.

Foto: Pragyan Bezbaruah | Pexels

¿Por qué narrar esta historia? Porque aparte de ser una forma de catarsis anecdótica, lo central es entender que el alumnado no está siendo motivado a aprender. En el proceso de enseñanza-aprendizaje aún no hemos logrado estudiar los aspectos emocionales con la seriedad que deberíamos, a pesar de saber que es un elemento fundamental del ser humano. Como afirmaba Nina Talizina, una autoridad en psicología pedagógica rusa: «El deber del maestro de la escuela primaria es, antes que nada, ‘descubrir el corazón del niño’; despertar su deseo para asimilar material nuevo y para aprender a trabajar con él». Desafortunadamente, en la escuela tradicional el profesorado considera que su única obligación es la de transmitir los conocimientos que les marca el programa educativo. En este sentido, la psicología educativa tiene como uno de sus objetivos primordiales estudiar la interrelación de los factores cognitivos y afectivos en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Estamos perdiendo grandiosas oportunidades, pues cuando la escuela adquiere sentido el logro educativo es inminente. Además, debemos recordar que, de acuerdo con Elsie Rockwell, investigadora emérita del DIE-CINVESTAV, a quien ahora cito: “La experiencia en las escuelas es formativa también para los maestros”.

Pero, por qué hablar de esto ahora que tenemos una situación más urgente que atender: estamos ante el COVID-19 y ahora las indicaciones son #QuédateEnCasa. Precisamente debemos hacerlo porque la educación tiene una oportunidad para hacer cambios, y porque los maestros y maestras de nuestro país son los agentes fundamentales de la escuela. Todas y todos tenemos la oportunidad de replantearnos la importancia del otro, pero no desde nuestra perspectiva, sino desde la empatía. El reto es grande; sin embargo, la invitación es aprender a escuchar las voces de los niños y las niñas. Para que así,  cada vez que les preguntemos: «¿Por qué lo hiciste así?», la respuesta no sea: «Porque así dijo la maestra».

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Lado B
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