La frialdad de Alemania está aligerando el confinamiento
La fama que Alemania se ha cargado de ser un país frío ha hecho estos días menos pesados; aquí se puede encontrar paz y es fácil desconectarse del caos
Por Diana Edith Gómez @tras_lucido
12 de abril, 2020
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Foto: Diana Gómez

Diana Gómez *

@dianaegomez

En este espacio he escrito mi extrañeza sobre la cuarentena en Alemania, porque aunque el número de infectados sigue creciendo como espuma, las reglas aquí no son tan duras como en otros países europeos. Podría asegurar que aún gozamos de ciertas libertades que no sé con exactitud si serán exitosas, pero poco a poco comienzo a entenderlas.

Llevo casi tres semanas en cuarentena en Ahrensfelde, Marzhan, un distrito relativamente alejado del centro de Berlín, donde poco se puede ver la multiculturalidad que representa a esta ciudad. Y sí, “es un lugar muy blanco”, como lo diría cualquier berlinés del Este o algún extranjero.

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Hace algunos años Marzhan fue considerado el lugar de los neonazis de Berlín; está tan cerca de la frontera que los skin heads decidieron venirse a ocultar aquí. Yo no sé siquiera si me he topado con alguno de ellos o si sigan aquí, pero sí que es verdad que la única mujer morena que he visto por este rumbo, soy yo.

Hago este preámbulo porque creo que es importante conocer el contexto para entender si el confinamiento realmente ha cambiado algo por aquí. A simple vista todo está igual; en las calles hay algunas personas caminado, en bicicleta, corriendo, y niños jugando en las banquetas. Sí, todo esto es legal, siempre y cuando haya un distanciamiento de más de un metro entre personas.

A pesar de que esto suene como una calle viva y normal, la verdad es que el silencio reina como desde hace mucho tiempo. Escribiré esto sin tantas vueltas: Alemania es un país sumamente silencioso. Cualquiera dirá que Berlín es la excepción, pero al menos en esta zona el ruido puede ser el peor enemigo para cualquiera.

Foto: Diana Gómez

Aquí sí se respetan esas famosas reglas de no prender la lavadora, ni la aspiradora, ni mucho menos la música después de las 10:00 pm. Y mejor ni hablemos de hacer fiestas o reuniones. Así que, bueno, el confinamiento sigue viéndose como cualquier día normal.

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Esto no es Italia ni España, no se aplaude ni se comparten momentos en los balcones, aunque leí la noticia del mexicano en Hamburgo que hace ejercicio con sus vecinos en la calle. Aquí, en Ahrensfelde, el distanciamiento social no es algo nuevo.

No quisiera caer en prejuicios ni clichés al intentar describir cómo es que la sociedad convive en Alemania, porque creo que todo esto es geográfico y también merece respeto y análisis. Pero como latina siento inevitablemente esa frialdad de vez en cuando. Un aspecto que, admito, he adoptado sin darme cuenta.

Y tal pareciera que toda esta fama que se ha cargado este país, de ser frío y distante, ha hecho estos días menos pesados, porque dentro de ese mar tan denso que puede simular ser Alemania, se puede encontrar cierta paz, y es demasiado fácil desconectarse de las realidades y el caos.

Foto: Diana Gómez

Otro aspecto que no ha cambiado es el contacto físico. Yo tengo que admitir que aún no sé cómo saludar a la gente, pero lo cierto es que cuando llegué mi mente se tomó un largo rato en procesar que los besos y los abrazos están estrictamente cancelados al momento de decir: “Hola, mucho gusto”.

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Claro que hay excepciones, pero nunca sabes cuáles serán, así que te limitas a tomar una distancia y jamás abrazas, incluso cuando estés en la mejor fiesta del condado. En estas practicas que a nosotros nos parecerán extrañas, hay un contexto de individualidad y de respeto hacia los otros. Y todo esto parece estar haciendo más llevadero este encierro.

Creo que el momento crítico es cuando toca ir al supermercado. Porque es justo este lugar donde las crisis se pueden generar, y donde las reglas se han endurecido. Cada día que me toca ir a comprar la despensa hay una nueva medida, un centímetro más de distanciamiento, menos comida y más trabajadores cansados. Es en este lugar donde entonces me siento asfixiada, donde veo que la realidad se agrava paulatinamente.

 Vivir una cuarentena en esta parte de Berlín a veces es como tener la oportunidad de desaparecer de toda esta adversidad. Pero estoy consiente que, ahora, cada lugar y sociedad en este país y mundo sobrevive de manera diferente.

*Diana Gómez, periodista poblana, vive en Berlín y es la voz detrás de Traslúcido, escúchalo aquí, no te vas a arrepentir.

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Diana Edith Gómez