Imaginar un futuro
Martín López Calva comenta sobre las dificultades de imaginar un futuro y construir una idea de cómo serán las cosas una vez que termine la pandemia
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
14 de abril, 2020
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Foto: Dương Nhân | Pexels

Martín López Calva

“Nadie ha logrado captar realmente lo que sucede ni por qué. Tal vez es sólo que sentimos la ausencia de futuro, porque el presente se ha vuelto demasiado abrumador y por tanto se nos ha hecho imposible imaginar un futuro. Y sin futuro, el tiempo se percibe nada más como una acumulación. Una acumulación de meses, días, desastres naturales, series de televisión, atentados terroristas, divorcios, migraciones masivas, cumpleaños, fotografías, amaneceres…” 

Valeria Luiselli. Desierto sonoro, p. 131.

Retomo mis entregas semanales de esta Educación personalizante después del receso de esta Semana Santa por demás extraña debido a la contingencia derivada de la expansión del COVID-19 por todo el mundo. 

Muchos de nosotros llevamos ya más de veinte días de encierro en nuestras casas y quienes no han podido quedarse por su situación económica o sus circunstancias de trabajo han seguido saliendo con mayor o menor miedo al contagio y con muchas recomendaciones de cuidados preventivos.

Durante esta semana inicié la lectura de la muy elogiada y difundida novela de Valeria Luiselli titulada Desierto sonoro y al encontrar el texto que cito como epígrafe de la columna de hoy me detuve un buen tiempo a releerlo porque sentí que a pesar de estar escrito en un contexto muy distinto que es el de la historia que cuenta el libro, puede reflejar muy bien la manera en que hoy estamos viviendo muchos millones de personas en el mundo y en nuestro país.

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Estamos reaccionando –los científicos, los gobernantes, los ciudadanos todos- ante una situación inédita en la que nadie parece alcanzar a captar a cabalidad lo que sucede y las razones por las que está ocurriendo todo pero sin duda puede percibirse esta sensación de ausencia de futuro en la que el presente se ha vuelto tan abrumador que se nos hace muy difícil imaginar un futuro y alcanzar a construir una idea más o menos coherente de cómo serán las cosas cuando esta emergencia termine por fin.

Foto: Anna Shvets | Pexels

Ante esta imposibilidad de imaginar el futuro, como dice la escritora mexicana radicada en Nueva York, el tiempo se percibe simplemente como una acumulación. Una acumulación de días y noches que se suceden y se amontonan, que se van pasando sin mucha coherencia entre avalanchas sistemáticas de información sobre número de casos confirmados, negativos, número de decesos, tablas comparativas, ratos de trabajo, ratos de ver series o leer, horarios para comer o para dormir…y volver a empezar otra jornada prácticamente igual y en el mismo escenario de confinamiento.

Una evidencia de esta percepción del tiempo como acumulación de horas, días y semanas que estamos viviendo es la proliferación de juegos, retos, actividades de entretenimiento, iniciativas de compartir poemas o fotografías y otras iniciativas que proliferan en nuestras bandejas de correo electrónico y en las redes sociales. Como su nombre lo indica, se trata de pasatiempos: de formas de pasar y sobrellevar este tiempo que no se sabe cuánto durará ni hacia dónde nos llevará.

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Así como los niños preguntan desde el asiento trasero del automóvil cuando los llevamos de viaje ¿Cuánto falta para llegar? están ahora desde sus casas seguramente preguntándose si aún falta mucho para poder salir de la casa, ir de paseo, volver a la escuela, a ver a los amigos o ir al cine, en fin, de volver a hacer la vida que consideraban normal. Nosotros estamos preguntándonos lo mismo pero tenemos además una pregunta adicional sobre el destino al que nos conduce todo esto.

Porque cuando vamos de viaje y preguntamos si falta mucho para llegar, sabemos el camino que hemos tomado y conocemos el destino final del viaje pero en esta contingencia no tenemos una idea clara ni del tiempo que resta de contingencia ni de a qué destino vamos a arribar al irse paulatinamente normalizando las cosas.

Llegaremos sin duda a una normalidad distinta y tardaremos mucho si es que lo hacemos, en volver a la vida que teníamos antes de la pandemia. Lo que parece claro es que no habrá retorno y que como muchos afirman, no vamos a volver a ser los mismos ni a regresar al mismo mundo en el que vivimos hasta hace unas semanas.

Foto: Marlene Martínez

Muchos afirman que al terminar todo esto seremos necesariamente mejores seres humanos. Otros dicen que por el contrario, se agudizarán los aspectos negativos como el individualismo, el egoísmo, el autoritarismo y la competencia feroz por la supervivencia dentro de la crisis económica y social que derivará de esta crisis de salud.

Como lo he dicho en este espacio, creo que lo que viene no llegará de forma automática por el simple hecho de haber vivido una crisis y de experimentar este encierro y esta imposibilidad de futuro. Lo que nos depare el porvenir será sin duda una mezcla de lo positivo y lo negativo como ha sido y será en todas las épocas de la historia humana y que predomine lo humanizante o lo deshumanizante dependerá de nuestra capacidad para entender, asimilar, reflexionar críticamente, decidir responsablemente y actuar de manera comprometida o no ante las circunstancias.

Como decía acertadamente Paulo Freire, “el futuro tiene un carácter problemático y no inexorable porque no es nunca lo que tiene que ser sino lo que hagamos con y en el presente” (Paulo Freire. “Cartas a Cristina: reflexiones sobre mi vida y mi trabajo, Pág. 28).

En el campo educativo sucede exactamente lo mismo. Independientemente de atender lo urgente que tiene que ver con el cierre de este período escolar y la mejor manera de salvar este ciclo para evitar que millones de niños y jóvenes se rezaguen en su proceso escolar y universitario, la contingencia está planteando múltiples desafíos que tienen que ver no solamente con el uso de las tecnologías para el aprendizaje y la necesidad de contar con una infraestructura adecuada y una buena capacitación de todos los docentes en todos los niveles y escuelas del país para poder enfrentar períodos de crisis como el actual.

Foto: Pexels

Lo que está planteando en el fondo este tiempo es la necesidad de un cambio paradigmático y no solamente programático en todo el sistema educativo formal para responder a los retos ecológicos -¿Cómo educar para obedecer la vida y guiar la vida? como diría Morin-, antropológicos –repensar la noción de ser humano que está sustentando la educación actual-, epistemológicos –replantear y articular los saberes que se enseñan y se aprenden-, éticos –educar en la solidaridad y la consciencia global-, psicológicos –formar habilidades socioemocionales para ser resilientes en un mundo cada vez más problemático- y sociales –formar para una nueva sociedad más incluyente, austera y equitativa- que están haciéndose evidentes en estos tiempos.

 “Como programa, la desesperanza nos inmoviliza y nos hace sucumbir al fatalismo en que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo. No soy esperanzado por pura terquedad, sino por imperativo existencial e histórico” 

Paulo Freire. Pedagogía de la Esperanza, Pág. 8.

Los educadores formales –profesores, orientadores, directivos- e informales –padres de familia, comunidades- podemos sentirnos hoy incapaces de ver hacia adelante y vivir en el desánimo, el miedo o la incomodidad de la incertidumbre pero no podemos sucumbir y adoptar como programa la desesperanza que nos inmovilice y nos impida trabajar para recrear el mundo.

Independientemente de nuestro estado anímico resulta imprescindible que todos nos asumamos más que nunca como profesionales de la esperanza, no por pura terquedad como dice Freire sino porque se trata de un imperativo existencial, ético e histórico.

La principal tarea de los educadores hoy no es la de terminar sus programas de las asignaturas de manera virtual sino ayudar a nuestros estudiantes y a la sociedad toda a imaginar un futuro.

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*Foto de portada: Dương Nhân | Pexels

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..