El sublime objeto de la educación a distancia: cronología de una imposición
Crónica de la súbita transición de clases presenciales a clases a distancia impuesta por universidades poblanas debido al COVID-19 y el distanciamiento social
Por Klastos @
16 de abril, 2020
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Leandro Rodríguez Medina

Jueves 12 de marzo

Llega un mensaje de Whatsapp, con una captura de pantalla de un periódico nacional: “El TEC de Monterrey cancela clases en todas sus sedes a partir del lunes”. Circula en un grupo de profesores de mi departamento. Aparecen inmediatamente las preguntas sobre si nuestra institución hará lo mismo.

Más de un profesor piensa que ojalá también se decida cerrar la universidad, soñando un descanso que, se sabe, no llegará. Como esas madres al borde del colapso que imaginan (¿desean?) algún problema de salud que las deje en cama, los profesores deliran con un escenario que va desde vacaciones anticipadas a largas jornadas de pura lectura y escritura (trabajo intelectual, dirán otros) que tienen más de fantasioso que factible.

Viernes 13 de marzo

“¿Cómo harán para pasar sus materias a modalidad remota?” –nos pregunta el jefe de departamento en junta. Aún no se decide nada, pero parece que nos pedirán dejar de ir al campus y pasar de golpe a la “educación a distancia”. La reunión con el rector es después de la junta. A las 5 p.m. nos llega el mensaje de que todo sigue igual. El lunes habrá clases. Son los coletazos de una filosofía práctica y comercial que se podría denominar, a falta de imaginación, aquínopasanadismo.

Sábado 14 de marzo

La Secretaría de Educación Pública federal anuncia la suspensión de clases en todos los niveles. Mi universidad manda un correo: hay una semana, del lunes 16 al viernes 20, para rearmar todos nuestros syllabi, actividades y dinámicas. Los alumnos ya no van desde ese lunes, pero las clases se reanudarán el 23. No hay alternativa, no hay discusión, no hay debate.

Al igual que los millones de ciudadanos a merced de políticos y científicos, los profesores no tenemos nada que decir al respecto. Al igual que los ciudadanos, queremos confiar en las autoridades y pensar que “nos cuidan”, pero supongo que no es más que un optimismo hijo de la resignación.

Lunes 16 de marzo

El campus comienza a despoblarse. Sin alumnos, los profesores deambulamos mientras decidimos, consciente o inconscientemente, ir respetando la distancia de dos metros que sugiere la Organización Mundial de la Salud. Entramos a nuestras oficinas, trabajamos, vamos por un café, pensamos cómo daremos nuestras materias en forma virtual. En una de las dos que imparto, uso un simulador de políticas públicas instalado en un laboratorio de la universidad. Adiós simulación, adiós reflexión colectiva, adiós ‘manos en la masa’, aunque sea digital.

En la otra materia estamos discutiendo las smart cities a partir del análisis en detalle del libro de Ben Green The Smart Enough City: Putting Technology in Its Place to Reclaim Our Urban Future. El texto es un manifiesto por una apropiación más crítica y políticamente sensible de las tecnologías para transformar las ciudades, es decir, para hacerlas más igualitarias, más justas.

Por un momento pienso cómo será Puebla mientras dure esta pandemia y dónde quedarán las tecnologías inteligentes que se vendían como maná. Leer un diario italiano, español o estadounidense hoy alcanza para entender, de una, que lo que hace a una ciudad inteligente es la cantidad de camas disponibles para enfermos, es decir, la salud pública, es decir, los derechos garantizados por un estado efectivo. 

Después, los hotspots para acceso gratuito a internet (a cambio de geolocalización y otros menesteres) y las esquinas inteligentes que miden la contaminación son artefactos útiles que frecuentemente se quedan enmarañados en redes ineficientes. Se me ocurre que podría subir mis presentaciones de powerpoint y dejar que los alumnos me manden sus preguntas. Espero pocas. 

Martes 17 de marzo

¿Zoom? ¿Skype? ¿Blackboard? No sé qué usaré para comunicarme con mis estudiantes. Tengo 42 años, así que recuerdo un tiempo en que no había email. Para ellos, en cambio, usar el correo electrónico es una especie de claudicación milenial frente al progreso instagrámico. Descarto Blackboard, esa plataforma que mi institución me ha invitado decenas de veces a usar y que no acepté pensando que seguirían existiendo las clases presenciales.

El sublime objeto de la educación a distancia: cronología de una imposición

Plataformas para videoconferencias. / Fotos: https://getvoip.com/blog/2016/11/21/free-web-conferencing/. Collage Klastos.

Descarto Blackboard también porque, al ser una plataforma parcialmente institucional, hay un control de contenidos más estricto. Sí, tan estricto que nos habían pedido, a comienzos del semestre, cuando el coronavirus recién había empezado a salir de China, que no usáramos esa plataforma para subir material (escaneos) sobre los que no tuviéramos derechos de autor. Es decir, ningún material, porque las instituciones periféricas tienen ese esquizofrénico actuar: te piden que cumplas la ley como si enseñaras en el MIT, pero se olvidan que sus bibliotecas no tienen más que un ejemplar (cuando tienes suerte) del libro que asignarás a 25 estudiantes. 

Miércoles 18 de marzo

Llego al aula donde se impartirá el curso “Herramientas Digitales de Office 365 para la enseñanza en línea”. Nos hablan de Teams, una plataforma de Microsoft para concentrar las múltiples tareas que uno realiza en una organización. No sorprende, sin embargo, que el curso arranque diciendo que lo mejor es organizar las materias en diferentes canales donde el profesor sube material (audiovisual, escrito, o lo que se le ocurra) y los alumnos lo consulten cuando quieran, además de contar con espacios para intercambios en vivo entre estudiantes –quizás en el horario de la materia.

Rápida conclusión: uno estará dando clase durante mucho más tiempo de lo que lo hacía en forma presencial. Otra más: la herramienta dictamina la estructura de la materia y las dinámicas pedagógicas. Determinismo tecnológico del básico, del antiguo, del duro. Ese del que la filosofía de la tecnología reniega desde, digamos, la década de 1960. Me quedo en el curso porque aún no sé qué haré con mis materias, pero ya decidí algo: no usaré Teams.

Jueves 19 de marzo

Empiezo a modificar mis syllabi. Donde había discusión presencial, habrá videos en YouTube circulados por correo electrónico. Donde había preguntas y respuestas en clase, ahora habrá un periodo para recibir dudas por email. Donde había presentaciones del profesor, habrá algún powerpoint (ese alter ego de los académicos que permite a la audiencia poner la vista en algún lado diferente que su celular). No me enojo por la pérdida, sólo me desilusiono de lo poco preparado que estamos para esto.

La institución nos hace llegar un correo: estén disponibles para actividades de reclutamiento online, para evaluar learning outcomes (pedidos de agencias acreditadoras que confunden calidad educativa con estandarización) y para participar en comités de tesis. Me doy cuenta en ese momento del deseo profundo de las instituciones de que todo parezca que sigue igual.

Todo debe parecer como si estuviéramos en nuestros cubículos. Los alumnos (y, sobre todo, los padres financiadores) no deben detectar prácticamente ninguna diferencia. Las vicerrectorías ordenan la continuación de todo como si la situación no fuera excepcional. A eso llamo el aquínopasanadismo de las instituciones que se han acostumbrado a las burbujas que crean mientras, paradójicamente, las critican en sus aulas. 

Viernes 20 de marzo

Tenemos órdenes de recolectar todo lo necesario de nuestras oficinas porque el campus se cerrará al otro día. Nadie sabe si lo necesario para dos semanas, un mes, seis meses o un año. Decido que, si estaré un año fuera, quizás la universidad me autorice a buscar alguna cosa más en ese periodo, así que no me llevaré los casi cien libros que hay allí.

Repartieron ya alcohol en gel y desinfectante para superficies personalizado (sí, cada profesor recibió una botella de spray para regar su escritorio y otros muebles). El silencio de los pasillos ya se siente más. Hay una sensación sorda de que algo está terminando. Soldados mal entrenados para una guerra que no entienden, los profesores, untados de gel y desinfectando todo a su paso, se van a sus casas para mantener la sana distancia.

Más que psicosis, hay una profunda sensación de incomprensión. Nuestro trabajo está cambiando por órdenes del secretario de educación pública y del rector. Nadie sabe si volverá a ser igual. 

Sábado 21 y domingo 22 de marzo

Escojo una película de Netflix. Al dar click, me viene a la cabeza algo que había leído en internet: “The ‘Netflix’ model comes to online education”. De repente, me asusta pensar que mis dos clases deberán contender, en la competidísima economía de la atención de mis estudiantes, contra clásicos como Breaking Bad o novedades como Freud.

Captura de pantalla: eCampus News.

Nadie que haya dado clase en los últimos años puede negar que impartir un curso a nivel de licenciatura se parece hoy a lo que, en otros tiempos, enfrentaban los profesores de preparatoria: adolescentes extendidos de veintipico que, en estado permanente de distracción, entienden que la educación no es sólo un servicio, sino un servicio de entretenimiento.

“La clase es divertida”, me escribió alguna vez un alumno en la evaluación de un curso como algo positivo. Cuando yo estudiaba, eso hubiera significado que esa clase no servía para nada –salvo para divertirse. Me rindo ante la duda de cómo serán esas clases virtuales que arrancan mañana.

Meme: Internet.

Lunes 23 de marzo

Pues no había mucho de lo que dudar. Una de las materias arranca como pensé. Cada equipo sube un video, hace las actividades y el resto de la clase la realiza y la manda por correo. Simple, fácil y aburrido. En la otra materia: sorpresa. Un largo correo de una alumna, acompañado por el nombre de trece estudiantes más, me pide que haya un encuentro en vivo algún día de la semana, en el horario de la clase.

Contra la expectativa de alumnos extasiados con la finalización anticipada del semestre, me encuentro con un pedido de tener clase a través de alguna plataforma. “Sus explicaciones nos ayudan a entender mejor el texto”, dice en un pasaje del correo.

El sublime objeto de la educación a distancia: cronología de una imposición

Meme: Internet.

¿Pero qué les pasa? En el autoaislamiento, la soledad reclama del profesor lo que también suele ser: un cuidador. Emerge simple, y algo cruelmente, de qué manera la educación, aún la superior, es también cuidado y afecto. A pesar del aquínopasanadismo institucional, los estudiantes esperan de los profesores apapacho.

Parece que súbitamente se descubre el valor de ser escuchado cara a cara, de ser cuestionado en las formas de pensar, de ser motivado a dar un poco más, a escribir un poco mejor, a argumentar un poco más sólidamente. Pero, sobre todo, se descubre que la educación no era sólo acerca de contenidos, sino sobre socializar en el afecto. 

Decido hacer un cambio de último momento: la clase se convierte en exposiciones del profesor. No tiene nada de malo, pienso. Tampoco tiene mucho de bueno, me parece. El aula se recrea en una pantalla dividida, intermitente, que va y vuelve de una presentación a un video en YouTube a mi cara en la pantalla. Me veo ahí, de frente. Las clases se han vuelto un espejo. Los demás, pantallas en negro (black mirrors), con micrófonos apagados y una mediación que, bien lejos de la neutralidad, sofoca la comunicación bidireccional. Aquí sí está pasando algo.

Lo que sucede es que me encuentro confinado. Un virus al que nunca vi, un estado que nunca se dirigió a mí, unos medios de información que lucran con mis miedos, y una universidad que nada me preguntó me han relegado, como un ensamblaje altamente eficiente en desplegarse en mi cuerpo. Parece tratarse, también la educación a distancia, de imponerle a mi cuerpo la disciplina de la pantalla. 

Una disciplina que, bajo la aparente forma de un relajamiento, de un descanso, de un confinamiento “por mi salud”, me aleja de todo intercambio potencialmente nocivo con mis alumnos, con mis colegas, con los desconocidos de la calle.

Encerrado en mi casa, mediado por la pantalla, las caras de mis alumnos y alumnas emergen como asépticos consumidores de contenidos que, probablemente, importen ahora menos que antes. No hay charla de pasillo al finalizar la clase. No hay caminata a la oficina en el medio de la mañana. No hay golpes inesperados en la puerta de mi cubículo.

Meme: Internet.

No hay espacio para lo desconocido porque puede ser pernicioso. Mortal, de hecho. No hay lugar para la serendipia porque todo tiene un horario, un link, un motivo explícito. Termina mi primer día de clases virtuales con la agridulce sensación de que lo que pasa aquí es que ya no importamos: la semilla misma del totalitarismo.

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