El futuro es performativo: actuar con justicia
Roberto Alonso comenta algunas consideraciones sobre la desigualdad social y económica acentuada por la pandemia de COVID-19
Por Roberto Alonso @rialonso
27 de abril, 2020
Comparte

Una mirada compasiva y un pensamiento en torno a lo común desembocan en una acción orientada por la justicia. De la consideración del dolor y el sufrimiento del otro, de la otra, surge casi siempre una invitación genuina a la acción. No se trata de voluntarismo ni de falso compromiso, sino de un movimiento orgánico que ha reflexionado sobre la construcción de lo colectivo como mediación para la realización personal. La ruta contraria expande a tal grado la esfera de lo individual que reduce casi a su inexistencia lo común.

Pese a que la justicia ha sido estudiada profusamente por la filosofía política, prevalece en el imaginario social la idea de que consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. ¿Pero qué le corresponde a cada uno? ¿Me corresponde más por haber nacido en la ciudad que en el campo, por tener la tez más clara, por ser hombre? Más grave aún la concepción de reducir la justicia a la ley al grado de comprimirla a lo que el poder instituido, con razón o no, establezca como norma. 

También puedes leer | #COVID-19, la peor crisis laboral desde la Segunda Guerra Mundial: OIT

John Rawls razonará en los setenta que ante una situación hipotética en la que no sabemos en qué condiciones socioeconómicas vamos a nacer, resultan esenciales dos principios: por un lado, todas las personas deben poder ejercer un marco amplio de libertades básicas, por otro lado, las desigualdades sociales y económicas deben ser ordenadas de modo que compensen a las personas menos aventajadas y pueda propiciarse una igualdad de oportunidades. A principios de este siglo, Nancy Fraser planteará un enfoque tridimensional para pensar la justicia en un contexto global. Si la aspiración de distribución en un plano exclusivamente económico quedaba corta ante demandas de reconocimiento en materia cultural, ambas siguen quedando a deber en la escena global sin una dimensión política, que obliga a incluir el componente de la representación en la lucha por la justicia, asociada a la capacidad de ejercitar la voz política, influir en el espacio público y en la toma de decisiones. En resumen: (re)distribución, reconocimiento y representación.

Si retomamos estas aproximaciones podemos señalar que incluso la redistribución de recursos en una sociedad democrática en aras de un piso parejo para todas y todos, propia de los Estados de bienestar, no agota la justicia, toda vez que no garantiza el reconocimiento de las diferencias culturales ni tampoco su representación política. La ruta es compleja y conviene tenerla presente en la encrucijada actual.

Para la escritora india Arundhati Roy, la pandemia de COVID-19 es un portal, una puerta entre un mundo y el siguiente, e históricamente las pandemias han llevado a la humanidad a romper con el pasado e imaginar un mundo nuevo. A propósito, la metáfora del portal es más pertinente que la del paréntesis con la que algunos aprecian la crisis en curso, como si de una pausa se tratase para regresar a lo que quedó en suspenso.

Foto: Marlene Martínez

En esta sintonía, el político hispanoargentino Gerardo Pisarrello vislumbra nueve desafíos que los tiempos que corren imponen y atraviesan la noción de justicia: la reconstrucción de la economía para cuidar la vida, la revalorización de lo público y lo común, la garantía del derecho a la existencia, la revisión del endeudamiento de los países en vías de desarrollo, el impulso de una fiscalidad social y ambientalmente progresiva, la democratización de las decisiones, la preservación de las libertades y la privacidad digital, el afianzamiento del municipalismo y la solidaridad internacional, y la articulación de redes capaces de dar paso a un mundo más igualitario, libre y cooperativo.

También puedes leer | Pueblos indígenas: los más vulnerables frente el avance del coronavirus en América Latina

Vuelve a escena el debate acerca de una renta básica universal que pueda proteger a toda la población en lo cotidiano y particularmente ante crisis globales que, a querer o no, serán cada vez más frecuentes. Con una tradición de defensa del libre mercado, el Financial Times rebasó por la izquierda el pasado 14 de marzo destacando en su editorial que políticas como la renta básica y los impuestos a las grandes ganancias, tendrán que ser estudiadas para hacer frente a la emergencia global. En un mensaje dirigido a movimientos y organizaciones populares, el papa Francisco se sumó a este reclamo. “Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique las nobles e insustituibles tareas que realizan; capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos”, escribió el pasado 12 de abril.

Como afirma la socióloga argentina Maristella Svampa, se hace inevitable un nuevo pacto social en clave económica, social y ecológica que apunte a una justicia socioambiental sostenida en el paradigma del cuidado, la solidaridad y la interdependencia. De crisis anteriores como la de 2008, apunta, debemos aprender que ciertas salidas sólo sirven para ahondar las desigualdades a través de una mayor y más insultante concentración de la riqueza.

Desde estas coordenadas, la racionalidad de “primero los pobres” no tendría que sorprendernos, siempre y cuando apueste a garantizar derechos, no sólo a transferir recursos, y no pierda de vista otras dimensiones, como la falta de reconocimiento y representación.

*Foto de portada: Olga Valeria Hernández

Comparte
Roberto Alonso
Académico del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana Puebla y coordinador del Observatorio de Participación Social y Calidad Democrática.