El COVID-19 y lo que puede enseñarnos sobre la crisis del medio ambiente
Aunque la cuarentena ha traído mejoras al medio ambiente, este respiro para el planeta será en vano si después de la crisis no se hacen cambios permanentes
Por Lado B @ladobemx
12 de abril, 2020
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Foto: Marlene Martínez

Ivonne Olvera

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Lo que no es falso es que la disminución de personas en las calles ha representado una mejora en la situación ambiental actual; sin embargo, si no realizamos cambios de patrones de consumo permanentemente, después de esta contingencia el daño al medio ambiente podría ser fatal para el planeta.

Todo esto puede sonar contradictorio, ¿cómo es posible que si por ahora todo parece ir bien en el ámbito ambiental pueda haber un efecto negativo? Hay muchos factores que intervienen tanto en la crisis ambiental como en la sanitaria, pero para comprenderlos es necesario entender la manera en que se relacionan.

La crisis climática será más fatal que el COVID-19

Las crisis generadas a partir del COVID-19 han traído un cambio drástico en nuestras vidas cotidianas: ahora hacemos nuestras actividades diarias desde casa –aquellas personas que tenemos la posibilidad de hacerlo. Una de las consecuencias de esta medida es la reducción de emisión de gases por el uso de automóviles; ahora no tenemos la necesidad de transportarnos a nuestra oficina o lugar de trabajo. 

Así, reaccionar al llamado de quedarse en casa corresponde a que, como humanidad, estamos contribuyendo a frenar la propagación de un virus que ya ha cobrado la vida de más de 80 mil personas en todo el mundo. 

Por otro lado, la crisis ambiental –que es mucho más letal– requeriría de acciones igual de extremas y contundentes. El problema es que, al ser mucho menos visible, creemos que no pasa nada si tiramos nuestra basura en la calle, si usamos nuestro automóvil para todo y si consumimos desenfrenadamente.

Ahora, antes de comenzar a hablar de las consecuencias negativas que la crisis sanitaria ha traído, hablemos de lo positivo, ya que a causa del virus, el medio ambiente, al igual que nosotros, ha experimentado cambios en su estado. 

Foto: Marlene Martínez

Las cosas positivas

Muchos de estos cambios han sido buenos, y este pequeño y necesitado respiro para el mundo se ha hecho evidente principalmente en los países más grandes que fueron golpeados por el COVID-19. 

Las emisiones de gases contaminantes han disminuido drásticamente. En China, Corea, Reino Unido e Italia, bajaron entre un 10 y un 50%

Asimismo, como consecuencia de la disminución de vuelos y del uso de automóviles, las principales ciudades de Europa y Estados Unidos han visto dramáticas reducciones en la emisión de CO2, lo que quiere decir que la calidad del aire ha mejorado.

En Latinoamérica, con la reciente implementación de las medidas de prevención referentes al aislamiento social, los efectos se han hecho visibles, sobre todo en zonas de vasta fauna y que en los últimos años habían sufrido de bajas y daños debido a las deforestaciones y urbanización. Ahora, se tiene registro de animales que se sienten con la confianza de retomar sus espacios.

Esos pequeños triunfos no significan mucho, pero sí son un recordatorio de que necesitamos cambiar radicalmente si no queremos dañar aún más al planeta. 

El otro lado de la moneda

La COVID-19 ha dejado de ser una situación alarmante en algunos lugares, donde el ritmo de vida vuelve al movimiento usual, y al hacerlo sin conciencia ecológica se ha revertido todo lo que –sin querer– se había logrado.

Tomemos, por ejemplo, a las primeras ciudades infectadas en China, que han regresado poco a poco a la normalidad. En dichas ciudades, las emisiones de gases contaminantes ya han incrementado en un 18%

Con este precedente, podemos comprender que las aerolíneas fueron quienes más han reducido su huella de carbono en estos días a causa del cierre de fronteras. 

Desde hace varios años, existen acuerdos entre las aerolíneas y las Naciones Unidas en las que las primeras deben reducir sus emisiones de gases contaminantes, pero esta radical falta de actividad las hará buscar la manera de reponerse económicamente, y algunas como Airlines for Europe ya han propuesto renegociar dichos acuerdos, de manera que puedan recuperar el dinero perdido ampliando los límites de esas emisiones.

Costear vuelos “ecológicos” –con biocombustible– es más caro que costear vuelos normales y las grandes empresas no están dispuestas a hacerlo. 

Las trasnacionales no son las únicas que se han proclamado en contra de los acuerdos ambientales, ni son las únicas que tienen responsabilidad por la crisis actual. 

En ese sentido, es crítico que los gobiernos estén conscientes de las repercusiones ambientales que traerá el despertar después de la COVID-19; sin embargo, a algunos gobiernos simplemente no les interesa. 

Tenemos de ejemplo a la República Checa, cuyo primer ministro expresó que los acuerdos para la reducción de gases contaminantes deben ser olvidados para que podamos concentrarnos en la COVID-19. Así, el panorama no pinta bien. Ya que esta indiferencia podría generar un efecto dominó en que los países europeos decidan deslindarse de los tratados ecológicos.

Es por eso que este es el momento para hacernos responsables y replantearnos todos nuestros hábitos de consumo (ya que las empresas y los gobiernos siguen indispuestos a escuchar). Por más estragos que nos deje la COVID-19, este podría representar un inicio fresco para el planeta si nos decidimos a continuar con una cultura de consumo responsable.

¿Y entonces qué sigue?

Para hablarnos un poco al respecto nos comunicamos con la investigadora Gabriela Jiménez, vocera de divulgación del instituto de Ecología de la UNAM, quien nos dijo que, si bien el futuro sigue siendo sombrío, esta contingencia puede ser una oportunidad, al menos, para notar que nuestra presencia y movimiento sí afecta al mundo natural.  

“La situación que estamos viviendo de aislamiento nos está generando cierta conciencia. Se ha visto que los animales comienzan a explorar, a regresar a los lugares que originalmente eran suyos y mucha gente está viendo esto y les gusta, ya que pueden ver animales que no es común ver”.

Jiménez es positiva respecto a los pequeños avances que ha habido y los que pueden llegar en el futuro cercano.

“Quiero pensar que la gente va cuidar un poquito más el ambiente, y va a tener más cuidado también en qué tira, cómo lo tira, y dónde deposita su basura. Ya lo empezamos [a hacer] este año, con la concientización del uso del plástico y el cambio a bolsas de un solo uso en supermercados”. 

Las bases las tenemos, lo importante aquí es reconocernos como seres en sociedad, y tomar toda esta solidaridad que la contingencia nos ha dado, y usarla para comenzar a construir sociedades más ecológicas. 

“Yo sí espero que mejoren las condiciones ambientales, que mejore la presencia de animales, que no se pierdan los espacios que están recuperando o, por lo menos, que se cuiden más”.

Foto: Martina Žoldoš

El Doctor en ciencias ambientales por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), Arturo Sánchez Porras, nos explica en entrevista que, para él, la individualidad es entonces el verdadero reto a superar.

“El individualismo afecta no sólo a los vecinos de una comunidad, sino también al ambiente, que es invisibilizado por la percepción de que mientras yo esté bien y a salvo, los demás que le hagan como puedan”.

Esto se ha hecho evidente durante la pandemia. “Por ello se acaba el papel de baño y el gel antibacterial en los mercados. Y por ello, mientras yo tenga un coche para llegar a tiempo a mi trabajo ¿qué importa cuanta gasolina tenga que quemar?; Mientras esté al día con lo último en moda ¿qué importa si tengo que deshacerme de mi ropa cada tres meses?”.

Pero no vivimos solos, y es necesario aprovechar situaciones como la actual para reconsiderar nuestro lugar como seres dentro de una sociedad.

“La naturaleza nos ha dado muestras magníficas de lo que puede ser un planeta con mucho menos humanos de los que hay actualmente. ¿Podríamos, la gente en las ciudades, acostumbrarnos a esto? ¿estamos dispuestos a compartir el espacio con otras especies?”.

La resiliencia es la cualidad más grande del ser humano, las situaciones difíciles nos lo han enseñado, y si hemos superado guerras, pandemias y desastres, podemos superar la crisis ambiental, pero hay que accionar desde todos los frentes. 

Todo esto queda perfectamente condensado en las palabras del doctor: “A pesar de todo, una de las características principales de la humanidad es la capacidad de adaptación ante situaciones adversas, solo se requiere de un nuevo paradigma en el que el humano no pretenda ocupar un lugar especial y separado de otras especies, un paradigma en el que podamos fomentar y, sobre todo, cuidar la convivencia espacial y temporal entre especies diferentes”.

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Lado B
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