Despiértame cuando pase la pandemia. Las instituciones culturales y la oportunidad perdida de la digitalización
Revisión de intentos fallidos de instituciones culturales mexicanas por generar contenidos en plataformas digitales por el distanciamiento social impuesto
Por Klastos @
16 de abril, 2020
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Emilia Ismael

“Se está propagando incluso en aquellas áreas que durante mucho tiempo se consideraron seguras”. 

Isabell Lorey. State of Insecurity 

Apenas se declaraba la pandemia y los chats y redes sociales comenzaron a saturarse de bien intencionados mensajes con recursos para sobrellevar la estrategia más eficaz para la contención del SARS-CoV-2: el distanciamiento social.

Además de las recomendaciones sanitarias de la OMS y listados de provisiones básicas para la contingencia, nos llegaron también a diestra y siniestra extensos listados de museos, publicaciones, casas de ópera, secretarías, ministerios e instituciones del arte y la cultura en general que han ofrecido acceso libre a sus archivos y colecciones multimedia.

Las instituciones de mayor trayectoria y presupuesto que ya habían entrado en la carrera de la digitalización hicieron una rápida transición a la operación exclusivamente virtual.  Desde el Museo Estatal del Hermitage hasta el Museo Amparo, pasando por el MoMA, ahora se relanzan los recorridos virtuales y los archivos de conferencias y entrevistas que han ido acumulando. 

Los más esforzados han generado agendas exprés con seminarios o tutoriales cortos en línea que animen sus colecciones y generen circulación.  Otras instituciones, las de menores recursos o atención pública, han tenido simplemente que cerrar en espera de que las cosas vuelvan a la “normalidad”.

Captura de pantalla de las plataformas de instituciones culturales con agendas virtuales. / Collage: Emilia Ismael.

Lo que se hace claro es que la cultura parece seguir teniendo aún en esta emergencia solo dos usos hegemónicos: el patrimonial y el de entretenimiento. Las instituciones del arte y la cultura ofrecen ‘acceso’ al patrimonio, aquello que le ha dado sentido a la identidad –sobre todo nacional– y al orden sociopolítico, y actividades para el entretenimiento y la contemplación –ahora exclusivamente en casa. La digitalización y la virtualidad parecen, por un lado, resolver la crisis psicológica del aislamiento y, por otro, alegar la relevancia de estas instituciones ante lo que puede ser una catástrofe para la vida humana.

Sin embargo, COVID-19 hace aún más evidente la orfandad en la que nos han dejado ya desde hace tiempo las instituciones del arte y la cultura. Ante la emergencia, las instituciones reculan y se esconden en sus recorridos virtuales, archivos y colecciones para proveer poco más que una distracción, una experiencia ensimismada. Echan mano de lo que ya tienen como contenido seguro mientras esperan a que pase la tormenta. En toda la parafernalia de su despliegue digital desvelan su notoria incapacidad para producir la lógica de su propia existencia: cultura.

En México, la Secretaría de Cultura federal lanzó el programa Contigo en la Distancia. Cultura desde casa, un sitio web donde se han concentrado los accesos a los recursos digitales de las distintas instituciones y programas gestionados bajo la administración pública de la cultura. Ahí se puede elegir desde un recorrido virtual por distintos museos y exposiciones, juegos interactivos, libros descargables, o recetarios, es decir, parte del archivo digital que se ha generado en las últimas décadas, y particularmente con productos que tienen un claro perfil identitario nacional. Una oferta apabullante e inescudriñable del patrimonio y los contenidos digitalizados por las instituciones del arte y la cultura del país.

En un rincón del sitio se encuentra una sección de convocatorias vigentes la cual contiene los únicos programas generados expresamente para la contingencia –o en su mayoría, pues por ahí se recanalizan algunas como las del Centro Cultural Tijuana y del Centro de Cultura Digital. Muchas de las convocatorias nuevas están armadas para cumplirse en pocas semanas por la premura del asunto y en suma tienen que ver, nuevamente, con incentivar el uso de la cultura como entretenimiento, “[p]ara que te sacudas el aburrimiento…”, pues: proponer juegos virtuales, compartir recetas y anécdotas durante el aislamiento. ¡Qué ingeniosos!

Captura de pantalla de la plataforma Contigo en la distancia. / Collage: Emilia Ismael.

Sólo algunas de estas convocatorias tienen que ver de manera particular, aunque superficialmente, con temas relacionados con la pandemia: el distanciamiento social, la emergencia sanitaria, el confinamiento, la violencia doméstica. La invitación es sólo esa, temática. De fondo no se plantean nuevos modos de producción cultural ante la emergencia o preguntas más específicas sobre los cambios que el virus traerá a los modos de vida, a las prácticas del trabajo artístico y a la organización de nuestras sensibilidades más allá de la Fase 3. No se cuestiona siquiera qué es eso de la transición a lo virtual, por el contrario, se asume como una suerte de respuesta milagrosa, pues todas las convocatorias redundan en que las creaciones beneficiadas puedan ser circuladas a través de estrategias digitales.

Se recurre así al modelo habitual de ofrecer estímulos económicos para la producción de obra y el apoyo parcial e indirecto del sector. Se otorgarán entre 60 y hasta 85 estímulos a través de la convocatoria Espacios escénicos independientes en resiliencia, cuando en 2019 se llegaron a contar más de 500, muy lejos de una estructura de soporte institucional a largo plazo. Se cumple así con la visión pública acostumbrada de los estímulos –para que en el informe de turno no se diga que no hubo apoyo– pero no se propone una estrategia sustentable para el sector en su conjunto. 

Con este ejemplo de nuestro aparato central es evidente que, ante la emergencia, no se están imaginando estrategias para la cultura desde el ámbito institucional sino, por un lado, utilizando la reproducción digital para circular los contenidos de siempre y, por otro, reproduciendo los modelos de trabajo y producción –ahora, además, justificadamente precarios. 

Consideremos además en ese sentido que la contención digital de las instituciones legitima y refuerza un escenario de mayor vulnerabilidad para el trabajo cultural de cara a la recesión que se avecina, la perpetuación de la economía del don.  Esa economía de intercambio en la que el trabajo artístico que no entra en los circuitos del mercado se espera que sea una actividad gratuita. Sobre todo en el presente escenario se asume que el trabajo cultural debe darse libremente, para el bien de todos, y cuya aportación social no tiene precio. Los trabajadores artísticos y culturales fuera de un soporte de vida institucional atienden a la emergencia social como agentes de lo sensible y afectivo pero no como agentes económicos. Al menos no a través de este tipo de estrategia digital.

Lo que esta situación hace evidente es que las instituciones hace rato que dejaron de ver en la cultura el dinamismo de relaciones que se establece entre agentes humanos y no-humanos (las personas, el medioambiente, lo material y sí, también los virus). Más que responder proponiendo nuevos órdenes, conexiones, y dependencias ante una emergencia de esta magnitud, se refugian en sus colecciones digitales. 

Suspendiendo esta dimensión colectiva, emergente y relacional de la cultura, las instituciones nos orillan a la fragilidad; esa donde, frente a la cultura, asimilamos lo que ya ha sido dicho antes y sólo podemos corearlo para sentirnos cobijados, protegidos, pero donde no podemos intervenir. Así como 85 espacios escénicos independientes estarán cobijados unos meses bajo la única opción que se les ofrece, la de generar contenidos digitales a cambio de un apoyo, para después ver qué queda del sector, y sin la oportunidad de aportar desde su experiencia hacia estrategias a más largo plazo.

La respuesta generalizada de las instituciones culturales en México y a nivel internacional ante la emergencia sanitaria muestra que el retraimiento había ya comenzado desde hace tiempo, haciéndonos incapaces de sostener a gran escala relaciones sociales menos ensimismadas, estructuras económicas solidarias, un ámbito político más horizontal. Hemos vivido ya por un rato en un estado de contingencia donde nos encierra el miedo al otro y la vulnerabilidad individual. Ahora, para postrarnos definitivamente, nos sugieren el recogimiento del San Gerónimo en su estudio o Las huérfanas, pero en línea. 

Habrá que temerle tanto al virus como a que la pandemia nos deje de regreso en el mismo lugar, pero con menos presupuesto y, ahora, justificadamente precarizados. Las propuestas económicas y sociales que nos van a imponer tendrán implicaciones de orden cultural y las instituciones culturales están por ahora notablemente ausentes en el debate respecto a este posible reordenamiento y su resocialización. 

La cultura se re-ensambla de manera precipitada y desesperada desde los balcones, en los teléfonos, en los espacios que se están cediendo y los que se están reocupando, en las nuevas formas de remembrar y de contar, en las emergentes cadenas de distribución y solidaridad, en las complejas estéticas domésticas. Mientras tanto, las instituciones culturales están esperando a que la vacuna nos regrese a la normalidad.

Podemos desde luego argumentar que en todo caso no necesitamos a las instituciones culturales para este proceso, o que por ahora no podemos pedirles más que cuidar del patrimonio, pero no hay que desestimar que participan como articuladoras de representaciones, imaginarios, estructuras de producción económicas y agentes, escalando y legitimando prácticas.

Distintas instituciones culturales citan en Twitter la conocida canción “Contigo en la distancia”.

Corremos al supuesto refugio contemplativo del arte en el aislamiento porque eso es lo que las instituciones están promoviendo. ¿No pueden hacer más que eso? No debemos tolerar que las instituciones culturales se queden pasmadas y cedan a que la narrativa de este proceso se construya en otros lados; a partir de los términos habituales de “incertidumbre”, el ”sin precedentes”, la falta de referentes, la crisis generalizada.

Peor aún será conceder a que las nuevas estructuras que haya que generar para sobrevivir este síncope se sigan construyendo exclusivamente en las latitudes dominantes, a través de sus medios y desde los ámbitos políticos y económicos de siempre. ¿No podemos reclamar que tomen un papel más protagónico donde echen a andar su andamiaje institucional para producir el reordenamiento de otro modo, más participativo, horizontal, antagónico y democrático de manera que nos permita liberarnos imaginativamente del bloqueo de la incertidumbre? 

El epígrafe de Isabell Lorey al inicio de este texto no se refiere a ningún virus: se refiere al miedo y la vulnerabilidad como condiciones de nuestra existencia;  a “vivir con lo inesperado, con la contingencia” en el sistema global de relaciones socioeconómicas que ha dominado las últimas décadas. Ese miedo se ha filtrado también donde más nos sentíamos seguros, el ámbito cultural. Las instituciones del arte y la cultura se muestran reaccionarias y se esconden tras la bambalina digital, rehuyendo el ejercicio de producir nuevos experimentos e imaginarios, dependencias, modos de trabajo, formas de supervivencia, redes y, sobre todo, las éticas simétricas y responsables que necesitamos no sólo entre humanos, sino también con lo no-humano.  

Este virus –como el cambio climático o los terremotos que conocemos mejor que a COVID-19– se muestra como un agente con una capacidad abrumadora para alterar el orden de la vida, para reorganizar la existencia corporal, los modos de reconocernos, identificarnos y relacionarnos, es decir, para producir nuevas estrategias culturales. Nuestras instituciones culturales, definitivamente, no.

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Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com