Crónicas galas de una pandemia anunciada: obsesiones de cuarentena
En esta edición de Crónicas Galas, Marjorie Blanc y Alonso Pérez Fragua cuentan como su hija y la cuarentena han modificado su estilo de vida
Por Alonso Pérez Fragua @fraguando
27 de abril, 2020
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Marjorie Blanc y Alonso Pérez Fragua

@fraguando

Libre soyyyy… libre soyyyy… En una sola tarde, Malinali se aventó la saga completa de Frozen, cortometraje especial incluido.

No es que creamos que, en estos tiempos oscuros, un dibujo animado sobre alguien que decide confinarse durante años para proteger a los demás de lo que podría causarles sin querer, sea la mejor opción. Sin embargo, es difícil escapar a una petición directa de la que manda en la casa, y más si es día de #operativoaperitivo.

Foto: Marjorie Blanc y Alonso Pérez Fragua

Antes de embarazarnos, teníamos muchos planes sobre cómo educaríamos a nuestra hija. Nada de pantallas antes de los tres años y, luego, máximo veinte minutos a la semana de programas educativos. Educación sin ningún rasgo de heteronormatividad: nada de rosa, pocos vestidos, cochecitos si quería. Mamá tiene el cabello casi a rape, no se maquilla ni depila, no se pinta ni usa tacones, así la niña aprendería con el ejemplo, ¿no?

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El bicho este nos dio en la torre. Bueno, siendo honestxs, chocamos con la torre hace mucho. Como dicen por ahí, antes teníamos principios, luego tuvimos hijos. Pero digamos que el confinamiento aceleró ciertos procesos de crecimiento (u obsesiones) que no vimos venir.

Todo empezó bien, con la firme decisión de Malinali, la primera semana de cuarentena, de dejar el pañal para dormir “porque ya soy muy grande para eso” (aunque no lo suficientemente grande aún para no mojar las sábanas). Luego, se perdió el tan necesitado chupón y por mucho que nos haya angustiado su ausencia al principio, nos acostumbramos durante casi tres semanas a vivir con su solo recuerdo. 

Nuestra hija ya era grande y el bicho este nos había ayudado a crecer, si bien el chupón reapareció milagrosamente a la tercera semana, junto con las desveladas para buscarlo entre las sábanas y debajo de la cama cada noche.

Lo que no esperábamos era la súbita obsesión de Mali por llenar su vida de estereotipos femeninos. Primero decidió que cada mañana usaría un lindo vestido o una falda. Luego su decisión por aprenderse un solo color. Llevamos un año probando todos los métodos posibles para enseñárselos, en el idioma que sea, y justo hoy declaró que “ay ya, no me importan los colores”. Pero eso sí, hay uno que conoce, sin vacilar, sin equivocación: el rosa. Rosa fluorescente, rosa pálido, rosa frambuesa, fucsia, malva, rosa coral…

Foto: Marjorie Blanc y Alonso Pérez Fragua

Otra de las obsesiones que ha surgido en nuestra jefa de tribu de 98 centímetros es el cabello largo. Es cierto que a sus tres años y medio ya ha tenido la cabeza rapada en dos ocasiones. La segunda por invasión de piojos en el orfanato donde vivíamos en Marruecos y el desastre posterior con el peluquero. Tenía dos años y jurábamos que no habría secuelas psicológicas que lamentar. 

Ahora, a pesar de tener el fleco en los ojos, y ante la ausencia de peluquería hasta nuevo aviso, Malinali se niega a que le cortemos la melena, se amarra pañoletas al cráneo y pregunta, con una sonrisa y la cabeza inclinada ligeramente, ¿te gusta mi bello cabello, papá?

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El que sus obsesiones se opongan a nuestros principios es una cosa. Lo peor es que en esta construcción del estereotipo femenino, Mali arrastra a su padre. Se pinta las uñas, quiere labial y rubor y juega con él al salón de belleza y al spa. 

El confinamiento fue el abono para su propia identidad, opuesta a lo que le proponíamos, pero en perfecta adecuación con lo que anhela. Así que libre es, y libre será.

Foto: Marjorie Blanc y Alonso Pérez Fragua

Foto: Marjorie Blanc y Alonso Pérez Fragua

Antes de embarazarnos e incluso hasta hace unas semanas, nos habíamos prometido el relajarnos con aquello de las bacterias y virus que la niña se pudiera llevar a la boca. Nunca hervimos el agua para bañarla, como leíamos en algunos foros en línea. Yoda Chalupa, nuestra perra, no tenía restricción alguna para acercársele, darle besos o dormir con ella. Todo eso ha cambiado. 

Desde hace un mes, nos descubrimos limpiándole las manos cada cinco minutos, desinfectándole las mejillas cada vez que se acuesta en una banca del parque cuando los berrinches sobrevienen durante el único paseo diario. Y aunque Yoda sigue compartiendo en ocasiones nuestras superficies de descanso, por aquello de las dudas y los juegos en el suelo, le hemos comprado botitas de nieve, para mantener sus patas libres de impurezas y patógenos externos.

Primero tuvimos principios, luego hija y, luego el bicho este.

[quote_box_center]Marjorie y Alonso viven en Nîmes, Francia, en la región administrativa de Occitania. Desde el 12 de marzo viven en el continente que la OMS considera el “epicentro de la pandemia mundial”. Encerrados en casa con su hija de 3 años, buscan combatir sus impulsos suicidas a través de estas crónicas[/quote_box_center]

*Foto de portada: Marjorie Blanc y Alonso Pérez Fragua

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Alonso Pérez Fragua
Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando.