Aquí se rompió una taza, y cada quien para… las fábricas del siglo XXI
La cuarentena por Covid 19 está revelando la casa como la nueva fábrica del siglo XXI. ¿Hemos entregado el espacio doméstico al imperativo productivista?
Por Klastos @
23 de abril, 2020
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Alma Cardoso

Palabrotas

El vocabulario global se encuentra estos días plagado de términos científicos, médicos, políticos y militares que intentan sosamente verbalizar la contingencia: pandemia, estado de excepción, cerco sanitario, toque de queda, estadísticas, salud, curva de contagio y, por supuesto, Covid 19.

Para referir a la vida cotidiana, también aparecen neologismos y resurgen expresiones que retratan casi iconográficamente la existencia a la que estamos siendo sometidos: distanciamiento social y su encarnación mexicana oficial Susana Distancia (con todo y sus versiones con identidad de género no binario), el home office, la universidad en línea, el estornudo de cortesía, y la más repetida: quédate en casa. Precisamente, de todo ese vocabulario, el que refiere a la casa como el núcleo de una sociedad productivista y disciplinaria, es el que mejor se ha impuesto.

Carteles informativos y promocionales del Gobierno de México para el Quédate en casa.

La Casa Grande y Senzala brasileña del periodo colonial estudiadas por Gilberto Freyre fueron las primeras casas modernas de América Latina, concebidas como un modelo de administración del trabajo y de la vida en torno a éste. Su formato híbrido conocido en nuestro contexto como Hacienda, en Brasil, Puerto Rico y Cuba señalaba al enorme territorio propiedad del señor, a la maquinaria que ponía en marcha el ingenio, a menudo azucarero, y al espacio de alojamiento de los esclavos. Así, la idea de trabajo, esclavo y ordenamiento pertenecen a la visión de casa en América Latina.

Por cierto, entre los neologismos a raíz del coronavirus se encuentra el #smugsolation, que define al acto de ostentar en redes sociales los envidiables espacios donde algunos están llevando a cabo el confinamiento. Un leve vistazo a las obscenas Casas Grandes del presente.

El supuesto privilegio de vivir en una casa

A medida que la modernización reorganiza la ciudad, cambia también la estructura de la casa, sin embargo, en su interior no dejan de existir las divisiones administrativas de función, clase y género. En el siglo XX, cuando la hacienda pareció empequeñecerse porque las fábricas se mudaron para las orillas de la ciudad, las Casas Grandes mantuvieron los espacios exclusivos para los señores, para las señoras, y los cuartos de servicio se convirtieron en lugares donde otras formas de vida se alojaban únicamente para seguir trabajando.

Vistas aéreas de las casas del Residencial La Vista Country Club y del Infonavit Bosques de San Sebastián, de la ciudad de Puebla, en la misma proporción de tamaño de Google Maps.

El aspiracional sueño del emprendedor, tan fomentado en los inicios del siglo XXI, a menudo se materializa en trabajadores flexibles que desde casa diseñan proyectos, contactan clientes, programan reuniones y salen al mundo en búsqueda de sus potenciales fuentes de ingresos, todo desde una casa que se ha convertido en una oficina.En las actuales “casas pequeñas” las nuevas senzalas de los trabajadores, también es lo común que se repliquen estructuras donde cada quien asume un papel y una función productiva y reproductiva. La división más evidente es la que se determina por el género. 

El mandato de “quédate en casa” desvela un conflicto añejo que yace en la organización de la casa moderna y las formas como se usa, diseña y habita: la vivienda no es, de ninguna manera, un espacio fuera de los lindes políticos y económicos, con todas las tensiones y desigualdades que ello implica. La casa es un espacio que, si lo permitimos, seguirá siendo regulado y cada vez más utilizado como un lugar de trabajo.

Malagón, Sistemas de pánico. Tomada de: https://bit.ly/3cI6vkH

No por alojarse en alguna vivienda automáticamente se está en una condición de privilegio: en su interior se replican las formas de explotación del trabajo y de la vida, y el confinamiento por Covid 19 nos ha juntado todos los malestares subyacentes de la casa en una sola figura y nos arroja con fuerza a la instrumentalización de la vivienda.

El enfrentamiento que a menudo se promueve en redes sociales y medios de comunicación sobre la idea de la casa como un lugar privilegiado de pronto parece infructuoso. Es evidente y reconocido que hay personas sin techo o en condiciones de vivienda en precariedad extrema: carentes de servicios básicos, hacinadas o en condiciones insalubres. Pero el debate que asume que todo aquel que tiene un techo (rentado, por lo general), servicio de internet y agua corriente en casa es un privilegiado, produce antagonismos y divisiones entre diferentes tipos de trabajadores y trabajadoras.

Muchos de los que están en casa siguen laborando en la esquizofrénica dinámica de un improvisado home office o supervisando a los hijos con kilométricas tareas que otro docente, igualmente precario, asigna para comprobar a la escuela que sigue trabajando y merece recibir el sueldo. Otros, a los que mandaron a “descansar” con salario rebajado, viven en la incertidumbre sobre el futuro de sus empleos. De los freelancers, ni hablemos.

Imágenes de Twitter y The Week.

Discutir la imposibilidad o resistencia necesaria al “quédate en casa” podría ser más efectivo si, en vez de enfrentar a los que tienen vivienda vs. los que no, lográramos expandir el cuestionamiento. Con la llegada de Covid 19 se desvela que la organización política y económica que vivimos requiere que, no importa dónde, no importa cómo, sigamos trabajando. 

En este escenario en el que las empresas están despidiendo a sus empleados, incluso en las primeras semanas de la declaración del confinamiento, y que negocios en Puebla que han sido prósperos declaran tal nivel de vulnerabilidad, los ojos voltean a ver a las casas como los espacios donde el trabajo se puede  trasladar incluso en momentos de emergencia como este.

Resistir a la casa-fábrica

En este momento en el que se especula sobre los futuros después de Coronavirus o cuándo será posible volver a una falaz y terrible “normalidad”, es imprescindible cuestionar también cómo se va a reorganizar la vida al interior de la casa.

Sería conveniente reenfocar la discusión, desde la ola de la pandemia, para desarticular la versión romantizada de la casa como refugio. Lo relevante ahora es reconocer que en las casas de los trabajadores se han reproducido las estrategias disciplinares y productivas que suceden en el espacio social.

Encerrados seguimos produciendo y consumiendo: la casa es el lugar de reproducción de la vida social, y su interior está también siendo empujado a un funcionamiento eficiente, como si de una fábrica se tratara. La dinámica de la contingencia nos arroja de golpe a articularla así: haz un horario de trabajo, calcula tus tiempos de descanso, toma cursos (¡son gratis!), dedícate un momento para la salud, lee el libro que siempre quisiste, vaya, ¡ni en la casa está permitida la hueva! 

Exigir hoy el global #stayhome es una paradoja porque desarticula la organización social que prometía llegar a ser algo más potente, particularmente en el caso de la marcha del 8 de marzo poblana, que movilizó a tantas. Además, es en la casa y con sus cohabitantes el núcleo donde se registran los más altos niveles de violencia para mujeres y niñas.

No obstante, el espacio habitable tampoco es un lugar del que deberíamos huir. La consigna de quedarse en casa, repetida hasta el cansancio, nos motiva a cuestionarnos en qué medida los usos de la vivienda la han consolidado como un espacio instrumental, y no como espacio de reflexión y ejercicio de otras formas de relacionarse.

Quedarse en casa es una decisión y posibilidad enmarcada en un juego político y económico, pero es también el espacio para la vida donde se pueden explorar vínculos de cuidado, afectos y empleos del tiempo que sorteen la idea de lo fabril. En la casa se pueden practicar las derivas del ejercicio colectivo del existir.

¿Podemos poner en práctica otras formas de habitar la casa? Imagen de: Bernard Rudofsky, Architecture without architects, MoMA, 1964.

Identifiquemos de la casa esos momentos que no han sido cooptados por lo cuantificable, que no tienen meollo o punch line, que no son un encuadre para el Instagram, y rechacemos también traducirlos en likes, followers o en el sinónimo de la oficina o fábrica. En esas prácticas indeterminadas, aparentemente infructuosas, hay lugares para imaginar, cuya fugacidad significan formas creativas para medir la emergencia y proponer otros vínculos y colectividades. La casa como un espacio de constante ensayo de autoconstrucción es, especialmente ahora, imprescindible.

Ahora lee: El aire de la calle. Pensar el confinamiento desde lejos #Klastos 7

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Klastos es un suplemento de investigación y crítica cultural en Puebla publicado en colaboración con Lado B. CONSEJO EDITORIAL: Mely Arellano | Ernesto Aroche | Emilia Ismael | Alberto López Cuenca | Gabriela Méndez Cota | Leandro Rodríguez | Gabriel Wolfson. COMITÉ DE REDACCIÓN Renato Bermúdez | Alma Cardoso | Alberto López Cuenca | Tania Valdovinos. Email: revistaklastos@gmail.com