¿A qué mundo volveremos?
Martín López Calva comenta tres escenarios destacados entre quienes, desde el encierro, expresan su punto de vista sobre lo que vivimos durante la pandemia
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
28 de abril, 2020
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Foto: Heriberto Paredes

Martín López Calva

Tengo una amiga que publica un conteo diario en Facebook desde que empezó esta etapa de encierro obligado por la pandemia del coronavirus, el triste y amenazadoramente célebre COVID-19. En el momento que escribo esta Educación personalizante –sábado 25 de abril- su registro va en 36 días. Yo calculo si mi memoria no me falla que llevo un par de días más, o sea que estoy por llegar a los 40.

Ver cada día en mi TL el reporte de este conteo produce en mí sensaciones encontradas dependiendo del estado anímico del momento en que aparece esta imagen ante mi vista: a veces me desanima e incrementa mi desesperación por el encierro, a veces me produce tranquilidad y me invita a la paciencia, otras más me anima a seguir resistiendo y renueva mi esperanza en que ya falta menos para que volvamos a la “normalidad”, así entre comillas porque nada asegura que pueda haber normalidad después de esta etapa o al menos que esa normalidad sea como la que conocimos antes.

Veo, pienso y siento –lo he dicho antes en este espacio pero necesito repetirlo hoy que hemos entrado en la fase 3, que es la peor, pero que no garantiza que después no podamos estar aún peor- tres escenarios que predominan entre quienes, desde el encierro, publican cosas en las redes sociales o expresan sus puntos de vista sobre lo que vivimos.

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1.-Distopía

“El infierno son los otros”

Jean Paul Sartre

Enfermeras y médicos agredidos por ciudadanos que los miran como un peligro de contagio que los pone en riesgo en lugar de valorar su entrega y su aportación para jugarse la vida diariamente para salvar la vida de todos. Grupos de personas con ánimos descontrolados amenazando con quemar un hospital si se atienden enfermos de COVID-19. Personas que miran con recelo a otras personas, que le tienen miedo a los demás, que se sienten amenazados cada vez que alguien se les acerca.

Me miro en ese espejo y aunque sería incapaz de agredir a nadie y menos al personal de salud al que admiro profundamente, reconozco el miedo que sin darme cuenta me produce el hecho de que en mis muy escasas salidas a lo indispensable, alguien se me acerque más de lo que recomiendan las autoridades.

El otro como amenaza, el otro como potencial mensajero de muerte, el otro como peligro, como señal del apocalipsis en una sociedad que ya de por sí nos presionaba para competir y no para compartir, para defendernos y no para entendernos, para alejarnos y no para solidarizarnos, para ver por nuestros propios intereses en lugar de buscar el bien común.

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¿Qué mundo nos aguarda allá afuera cuando por fin, en un futuro que se anuncia cercano pero se aleja continuamente, se nos permita salir y acudir a nuestros lugares de trabajo, a nuestros centros de reunión, de ejercicio, de convivencia social, de culto religioso, de educación?

Un mundo en el que los otros son el infierno, en el que nos tenemos que cuidar los unos de los otros en vez de cuidarnos unos a otros, un mundo en el que la desconfianza y el temor nos aislarán aún más y en el que estará prohibido estrecharnos la mano, darnos un abrazo, besar a quienes queremos pero pueden contagiarnos.

Foto: Marlene Martínez

2.-Utopía

…embaucadora
que encandila a los ilusos y a los benditos;
por hechicera
que hace que el ciego vea y el mudo hable;
por subversiva
de lo que está mandado, mande quien mande.
¡Ay! Utopía,
incorregible
que no tiene bastante con lo posible…

Joan Manuel Serrat. Utopía.

La gente sale a sus balcones a aplaudir al personal de salud, al personal de seguridad, a todos los que cuidan de todos a riesgo de enfermarse e incluso de perder la vida. La gente se ofrece a ayudar a la gente, hay jóvenes que publican que quien los necesite puede enviarles un mensaje para que les compren y lleven víveres, para que les apoyen con tips u orientaciones de salud, de educación para sus hijos, etc. Personas que sin tener los mínimos insumos para protegerse siguen en primera línea en los hospitales atendiendo a los enfermos que se multiplican.

Ahí está la utopía, embaucadora y subversiva, encandilando a los ilusos y a los benditos, llevándolos al heroísmo cotidiano, a seguir confiando y esperando que las cosas van a mejorar, que la vida se impondrá sobre la muerte, que la ciencia descubrirá una vacuna y medicamentos específicos para atacar este nuevo virus que hoy está descontrolado expandiéndose por el mundo.

La empatía se manifiesta, la solidaridad se multiplica, le generosidad renace, el amor a los demás y a la humanidad se vuelve a hacer presente en un mundo en el que ya no había más que búsqueda de dinero, de poder, de fama, de un éxito entre comillas que en realidad no era mas que un espejismo vacío de sentido.

La utopía sigue, incorregible, porque los seres humanos no tenemos bastante con lo posible y soñamos, seguimos soñando que habrá una salida al final de este túnel aunque hoy no podamos verla, que de pronto abriremos las puertas y saldremos a un mundo distinto, menos contaminado, menos individualista, más austero porque estamos aprendiendo a ser felices viendo todas las cosas que hay en el mercado que no necesitamos realmente para vivir.

Foto: Marlene Martínez

3.-Posibilidad

…lento pero viene
el futuro real
el mismo que inventamos
nosotros y el azar…

Mario Benedetti. Lento, pero viene.

Entre la distopía que presagia el fin del mundo -o más bien, el fin de la humanidad que muchos pregonan como prescindible con una mezcla de corrección política e hipocresía – y el renacimiento a un mundo nuevo, ideal, casi perfecto en el que todos seremos solidarios, austeros, amorosos, comprensivos y viviremos enfocados en la construcción de una sociedad más incluyente, más justa, más pacífica y armónica, se encuentra la posibilidad o tal vez mejor dicho, el campo de posibilidades reales de futuro.

El futuro real, el que podemos aspirar a vivir, el que tenemos que inventar nosotros en combinación con el azar –que a veces nos depara sorpresas como la de este virus antes desconocido o como el surgimiento de un proceso que revierte la destrucción- es el que viene lento, más lento de lo que a veces esperamos o podemos soportar.

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No es el futuro perfecto y luminoso que soñamos pero tampoco es la catástrofe que tememos pero a veces pareciera que nos encantaría que pudiera suceder. Es el futuro que se construye con esfuerzo y con inteligencia, con mayor o menor reflexión crítica y decisiones más o menos responsables y comprometidas, el futuro que es nuestro y de todos, el que no puede llegar mágicamente porque requiere de nuestro sudor, de nuestro cansancio, de nuestro trabajo y de nuestras apuestas cotidianas.

“El futuro es espacio, espacio color de tierra…” decía Neruda, y ese es el espacio al que estamos todavía invitados. Para construirlo se solicita nuestro compromiso y se requiere de una educación personalizante que forme a las generaciones del coronavirus en la esperanza sustentada, la fe en la humanidad y la acción solidaria bien organizada. A ocupar este espacio estamos llamados los educadores que nos esforcemos por merecer llamarnos así.

*Foto de portada: Heriberto Paredes

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Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..