Underwater: y “el síndrome de El octavo pasajero
Esta semana el cinemaniaco opina de Underwater, una película de ciencia ficción de William Eubank que "pasa sin pena ni gloria"
Por Héctor Jesús Cristino Lucas @
05 de marzo, 2020
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Foto tomada de YouTube

Héctor Jesús Cristino Lucas

Hay películas que, ya sea por sus interesantes e innovadoras historias, o bien, por la época en que fueron concebidas, han sido capaces de quedarse no solo en nuestro imaginario colectivo para instaurar géneros que aún continúan vigentes. También, pueden llegar a convertirse en modelos narrativos bastante imitados -o hasta parodiados- de los que pocas veces incluso, se desconoce su verdadero origen. 

En el género sci-fi, por ejemplo, cuando se habla de la premisa sobre una raza alienígena cuyo vasto intelecto les hizo cruzar la galaxia para invadir el planeta a través del caos y la destrucción, inmediatamente se nos viene a la cabeza escenas tan míticas como la de Independence Day (1996) de Roland Emmerich y esa nave nodriza reventando la Casa Blanca en mil pedazos, o bien, los platillos volantes de Mars Attack! (1996) haciendo añicos las ocho maravillas del mundo.

No obstante, pocos hablan sobre el origen de estas imágenes, instauradas en nuestro imaginario colectivo desde novelas como War of the Worlds (1898) de H. G. Welles y su respectiva adaptación en 1953 por el cineasta Byron Haskin. O bien, con la emblemática The Day the Earth Stood Still (1951) de Robert Wise, que además de implantarnos la imagen de “los platillos voladores” como los vehículos destructivos de seres de otro planeta, respondió a la tan cansina pregunta de por qué los alienígenas siempre invaden los Estados Unidos. 

Pues bien, aunque parezca una estupidez sin sentido creada por Hollywood, esto tiene una explicación narrativa muy interesante. Y es que en la década de los 50 -en la denominada “época dorada de la ciencia ficción”- nacen estas historias sobre “invasiones extraterrestres” como una suerte de metáfora a la Guerra Fría y a esa paranoia gubernamental que vivía constantemente Estados Unidos contra la Unión Soviética en la búsqueda de la tan ansiada superioridad, tanto económica, militar como tecnológica.  

Por lo que, los supuestos alienígenas invadiendo una específica nación con naves completamente futuristas, no eran más que una clásica referencia a los rusos infiltrándose entre los norteamericanos para sacar algún provecho en específico. Una premisa que si bien se sigue replicando hoy en día como un modelo narrativo bastante inquebrantable… no así con el mismo propósito. 

Lo mismo para el cine de posesiones o exorcismos en el género de horror. The Exorcist (1973) de William Friedkin puso el listón tan alto que las cintas que vinieron después prácticamente han sido burdas imitaciones por debajo de ésta en todos los aspectos. O la locura del cine de tiburones de hoy en día con tanto Sharknado (2013) o The Meg (2018) junto a Jason Statham iniciada por Steven Spielberg con aquella Jaws (1975) como adaptación del libro homónimo de Peter Benchley.  

Y esas parodias que tanto han hecho series o dibujos animados sobre miniaturizarse a nivel microscópico para entrar al cuerpo humano como vimos alguna vez, por ejemplo, en Las Casitas del Horror de Los Simpson o en la primera temporada de Rick and Morty, que por supuesto, se derivan de aquel clásico olvidado de Richard Fleischer, Fantastic Voyage (1966), como una premisa fácilmente identificable en nuestro imaginario colectivo. 

Aunque dentro de todos estos modelos narrativos -ya establecidos como referentes inmediatos- existe uno en particular que se ha replicado, bastardizado, parodiado y hasta plagiado de formas tan absurdamente interesantes, como también ridículas y hasta hilarantes. Alcanzando incluso el nivel de extravagancia e indecencia argumental -en el buen sentido de la palabra- que el mismísimo cine de tiburones. ¡Y eso es mucho decir!  

¿El escenario? Una nave en medio del frío espacio sideral. ¿Los personajes? Un puñado de ineptos con una misión que cumplir. ¿El dilema? (aprovechando que ya tocamos el tema de los seres “alienados” de otro planeta) Una criatura letal y desconocida para el ser humano que los acecha desde las sombras. El modelo narrativo de la claustrofobia combinado con el horror cósmico de la ciencia ficción lovecraftiana. Lo que el inigualable Ridley Scott junto a otros genios como H. R. Giger o Dan O’bannon acuñaron en 1979 con el mítico nombre de Alien

Porque “en el espacio… nadie puede escuchar tus gritos”.

La fórmula era efectiva; la idea increíble; y la ejecución, tan bien realizada, que hoy en día, ni se imaginan cuántas películas han tomado esta premisa prestada -o arrebatada- para sus propios argumentos. 

Y no solo me refiero a las películas que nacieron como tendencia a la obra de Scott en los 80 en forma de tradición fílmica. Véase Lifeforce (1985) de Tobe Hooper y esos extrañísimos vampiros espaciales que todos los amantes del género recordamos con cariño. E incluso la propia Predator (1987) de John McTiernan que en su tiempo hasta fue catalogada incluso como una combinación “barata” entre First Blood (1982) y Alien (1979). 

Esto va mucho más allá de cintas inspiradas. Pues dentro del género, existió una suerte de tendencia, extraña y rocambolesca, que incitaba a casi todas las franquicias exitosas del horror a llevar a sus personajes icónicos al espacio sideral para replicar la premisa de Ridley Scott. Y lo más curioso es que la gran mayoría lo hacía con sus cuartas partes… ¿en forma de parodia, tributo o simple fetichismo? ¡Quién sabe! Pero esto ES REAL.

Foto tomada de YouTube

Por ejemplo, la saga Hellraiser iniciada por el mítico Clive Barker en 1987, con Hellraiser IV: Bloodline, hizo un inesperado e hilarante salto a la galaxia replicando la fórmula de Alien (1979) con un Pinhead sustituyendo al famoso Xenomorfo y en lugar de una casa embrujada como el escenario principal, sería ahora una estación espacial. 

Critters 4 de Rupert Harvey pasó de la invasión a una granja o a las grandes urbes de todas sus antecesoras, a una nave varada en medio del vacío sideral para continuar la lucha contra estas extrañas criaturillas. E incluso Leprechaun 4: In Space (1997) de Brian Trenchard-Smith transportó a nuestro querido duende maldito (Warwick Davis) del género slasher a la ciencia ficción con una secuela francamente surrealista.

¿Y qué me dicen de Jason X (2001) de James Isaac llevando la emblemática franquicia de Friday the 13th a la galaxia con ese extrañísimo Jason Voorhees mecanizado o la mismísima Drácula 3000 (2004) de Darrell Roodt tomando prestado el concepto de Alien (1979) para mezclarlo con la famosa novela de Bram Stoker junto al rapero estadounidense Coolio?

Todas y cada una de ellas, siendo el fiel reflejo de un modelo narrativo que se ha quedado tan adentro de nosotros que definitivamente es difícil no reconocerlo a kilómetros de distancia hoy en día. Un modelo narrativo que, si me permiten, y con toda la franqueza del mundo, me he tomado la molestia de llamarlo: “El síndrome de El octavo pasajero”.

Por lo que no resulta raro tampoco que los tributos -o las imitaciones- sigan de forma descarada a la orden del día. Y eso es algo que Underwater, la reciente película de William Eubank tiene tan claro y tan consciente, que sinceramente asusta. Y asusta bastante. 

Eubank es un cineasta relativamente nuevo. Con apenas dos películas independientes enfocadas en ciencia ficción como lo fueron, la minimalista, pero interesante Love (2011) o la fascinante y extrañísima The Signal (2014), ha dado un enorme salto a las superproducciones con esta película de aventuras en alta mar junto a grandes caras reconocidas en la industria.

Y nada mejor que eso. Recordemos que tanto Gareth Edwards como Neill Blomkamp, quienes son ubicados ahora por haber dirigido grandes películas como el spin-off de Star Wars, Rogue One (2016) o la encantadora y subversiva Chappie (2016) respectivamente, iniciaron con películas indies en el género. Por un lado, Edwards con la fascinante Monsters (2010), y Blomkamp, con la ya icónica District 9 (2009).  

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Por lo que Underwater es el pase directo de este cineasta a las grandes ligas. Un pase que, si bien lo ha conseguido con creces por tener dos cintas destacables dentro de su prematura filmografía, también hay que admitir que ha sido un enorme tropezón en su carrera. Porque, a decir verdad… esta cinta, carece de mucha, muchísima personalidad. 

Aunque entretenida y va al grano recién inicia la película, Underwater se estanca en el “quiero y no puedo” a la hora de intentar añadir un granito de arena a este tipo de películas sobre monstruos en medio del océano. Y esto, en gran medida, porque ha decidido inclinar la balanza hacia la fórmula ya desgastada de un clásico como el de Ridley Scott para no innovar en prácticamente nada. 

Porque, así como así, damas y caballeros, no sale ni pretende salir tampoco del tan nombrado “síndrome de El octavo pasajero”. Una vez terminada la película no hablarás de ella ni la recordarás nunca en tu vida salvo cuando alguien te pregunte cuáles han sido las peores cintas del año. Y con fortuna, si logras recordarla, puede que esté allí. 

Pero no vayan a malinterpretarme. Pese a que he dicho que el modelo narrativo de Alien (1979) ha sido manoseado, exprimido y bastardizado hasta el cansancio dentro y fuera del género, una y otra y otra vez…  lo cierto es que muchas de estas “películas patito” realmente han sido emblemáticas por proponer algo distinto que la original.

Aunque hablemos de que Leprechaun 4: in the Space (1997) o la fumadísima Drácula 3000 (2004), que la mayoría podría considerarlas unas porquerías sin sentido, han pasado a convertirse irónicamente, por la rareza de su ontología, en auténticas obras de culto. Ya ni se diga de Lifeforce (1985) o Predator (1987) que hablan por sí solas. 

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Pero Underwater, dios mío, es simplemente algo que pese a no ser como tal un bodrio o una mala cinta, admitámoslo desde ahora, pasa sin pena ni gloria por ser tan aburridísimamente predecible.

Claro, hay quienes aún la defienden con la ilusa idea de que no es propiamente el plagio de Alien (1979), sino que toma prestado ciertos elementos de otras tantas películas para poder manufacturarla. Un poco de The Cave (2005) de Bruce Hunt por un lado, y un poco de The Descent (2005) de Neil Marshall por el otro. E incluso hay quienes la comparan con el videojuego de Microsoft Windows Soma (2015) … pero venga, el resultado es el mismo. 

Podrá tomar tantas premisas o conceptos como ella quiera -incluso de Lovecraft, que he leído a algunos que se aventuran a ligarla con su literatura- pero si la película no consigue innovar, proponer o arriesgar, esto es prácticamente inútil. Ni emoción, ni suspenso, ni escenas memorables.

Los efectos y el diseño de las criaturas están perfectos, pero nada del otro mundo. Los escenarios, conseguidos, pero tampoco es de aplaudirse. Ni siquiera los grandes rostros de la cinta como el actor francés Vincent Cassel -raro verlo en una producción de este tipo- o la mismísima Kristen Stewart han sabido salvar a Underwater de su inevitable olvido pese a que realmente lo han hecho bastante bien. ¡Pero en fin!

¿Les gustaría saber cómo crear una película prácticamente idéntica a Alien (1979) pero sin morir en el intento? ¡Volteen a ver lo que hizo entonces Daniel Espinosa con Life en 2017!

Leer / Life, sci-fi, horror… ¿y Marvel?

Una película que podría considerarse de “plagio rotundo” sino fuese porque la tensión de sus escenas, el carisma de sus personajes o el mismísimo Jake Gyllenhaal -maldita sea- la volvieron prácticamente un thriller de horror espacial que funciona pese a poco proponer.

Pero Underwater… es carne sin sal; hojuelas sin miel. “El síndrome de El octavo pasajero” terriblemente desaprovechado, por un cineasta como William Eubank que pese a tener talento en el género, le hace falta mucho por afinar todavía. Pero si lo logra, si de casualidad lo consigue, tengan por seguro que nos entregará una joyita de horror o sci-fi algún día. ¿Capisci

Sinopsis:

“Seis científicos intentan escapar cuando un terremoto destroza su instalación submarina. La única salida posible implica caminar por el lecho marino, pero unas criaturas monstruosas acechan en la profundidad del océano.”

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Héctor Jesús Cristino Lucas
Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com