Una visita al médico en tiempos de coronavirus en Francia
El sistema médico de Francia está teniendo dificultades para combatir la epidemia de COVID-19 y el riesgo de contagio al personal médico ha aumentado
Por Suzana de los Ángeles @suzange
23 de marzo, 2020
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Foto: Suzana de los Ángeles

Suzana de los Ángeles *

@suzange

La epidemia del coronavirus COVID-19 en Francia nos ha puesto los pelos de punta a casi todos. No solo por el confinamiento y la prohibición de salir de nuestras casas, sino por las dificultades que está teniendo el sistema médico para combatir la epidemia y el riesgo de contagio del personal médico. 

Francia se encuentra en la fase 3 de la epidemia, y en los próximos días se prevé una oleada de casos de coronavirus que hará que llegue al número máximo de contagios. El país se anticipa para recibir esta “gran ola”.

Todos los días en punto de las 19:30 horas, el director general de Salud, Jérôme Salomon presenta, en cadena nacional, el balance de casos de coronavirus en el mundo y detalla la situación en Francia. Como muchos franceses, no nos perdemos esta conferencia de prensa.

En el balance del viernes se contabilizaban:

– 12 mil 612 casos

– 5 mil 226 hospitalizados

– 1,287 pacientes graves en reanimación, de los cuales el 50% son menores de 60 años

– 78 muertos en 24 horas

– 450 decesos en total

– Mil 587 pacientes curados

El temor de estar contagiado y no saberlo no es para menos. Mientras que países como Corea, Singapur y Alemania, testean a la mayoría de los ciudadanos tengan o no síntomas, Francia no cuenta con los equipos suficientes para hacerlo y ha adoptado la estrategia de solo analizar a los pacientes graves.

Esta tarde mi familia y yo salimos excepcionalmente del confinamiento de nuestra casa. Fuimos al médico. Un día después del anuncio del cierre de las escuelas en Francia, mi marido y mi hijo comenzaron con tos. Yo, tengo dolor de garganta, dolor de cabeza y cierta fatiga.

Foto: Suzana de los Ángeles

No habíamos tomado ninguna cita para evitar saturar los servicios de salud, en estos momentos tan difíciles. Pero somos pacientes crónicos y este día los síntomas se agudizaron.

Para evitar salir de la casa, intentamos hacer una tele-consulta (por internet) con uno de los médicos de la reserva sanitaria que el gobierno dispuso para liberar los gabinetes médicos. Pero honestamente fue “la galère” (un lío) y no pudimos hacer la cita. Así que optamos por llamar a nuestra médica familiar. Ella nos recibiría.

Como estamos en guerra contra el coronavirus desde el lunes 16, los ciudadanos no tenemos derecho a salir de la casa. Así que me aseguré de contar con las atestaciones de desplazamiento que el gobierno impuso para justificar cada salida excepcional: ir al médico, ir a comprar comida, ir al trabajo (en caso de no poderlo hacer a distancia), hacer ejercicio o pasear al perro (en un radio no mayor de 500 metros a la redonda del domicilio). Por cada salida, las personas deben presentar su atestación individual con la fecha y su firma.

A la par, más de 100 mil policías franceses controlan las calles en el país. Piden la atestación y la carta de identidad. No mostrar este documento es motivo de una infracción de £135 a 500 euros, equivalentes a $3 mil 500 y 13 mil pesos.

Los controles policiacos están por todas partes, no solo en las calles. La región donde radico, Finisterre en Bretaña, está rodeada de decenas de playas a solo 20 minutos de mi casa. La policía se ha instalado ahí y ya ha amonestado a varias personas por pasear o salir a correr tan lejos de su casa.

En París ya ha habido enfrentamientos por esta medida. Algunos ciudadanos han reaccionado violentamente, incluso tosiéndole a la cara a los policías. Las fuerzas del orden han impuesto más de 4 mil multas por este comportamiento incorrecto.

Así, a eso de las 17:00 horas salimos de la casa. Subimos al coche con las tres atestaciones en la bolsa. La vecina de enfrente nos veía por su ventana un poco extrañada, tal vez porque salíamos los tres juntos y estábamos tosiendo.

El sol estaba más brillante que de costumbre. El cielo azul totalmente despejado; normalmente aquí es blanco o gris. Todo estaba más iluminado y hacía menos frío. La llegada de la primavera mejoró unos días el clima, porque aquí el sol no brilla como en México y el calor solo está reservado para el verano. Días así no se desperdician encerrado en casa.

Las calles de Quimper estaban más muertas que los domingos. Muy pocos coches circulando. Una que otra persona caminando con su bolsa del supermercado. En las farmacias había muy pocas personas formadas, respetando el metro de distancia obligatorio. Los pocos que se encontraban por casualidad en la calle, se saludaban rápidamente de lejos.

Foto: Suzana de los Ángeles

En cinco minutos llegamos al gabinete médico. Un letrero en la puerta nos recibió: “Por COVID-19 prohibido entrar. Solo con cita médica”; “Entrar de uno en uno”; “Los acompañantes deben permanecer afuera, a menos que ingresen por razón excepcional”. La dinámica de la clínica se ha modificado a causa de la epidemia. Por la mañana atienden a los pacientes que renuevan sus recetas para tener sus medicamentos, y por la tarde reciben a los pacientes con síntomas.

Un doctor con un cubreboca salió a recibirnos:

– ¿Tienen cita?

– Sí, los tres.

– ¿Tienen tos?

– Sí–, respondimos casi al mismo tiempo.

Frunció el ceño y exclamó:

– Mmm. El médico va a darles un cubrebocas. Quédense aquí afuera, hasta que los llamen.

Aunque había muy pocos pacientes en la clínica, la sala de espera era muy pequeña. Los pacientes estaban tan juntos, que a veces sus rodillas se rozaban entre sí. Entendimos que por nuestro bien debíamos quedarnos los tres afuera.

Esperamos en la calle casi 10 minutos. Nos hizo bien estar bajo los rayos del sol. Mi hijo daba vueltas en el jardín de la clínica. Hablaba mucho y estaba inquieto. Su voz aguda se oía más fuerte en aquel barrio tan silencioso. Uno que otro vecino nos veía desde su balcón.

La doctora abrió la puerta de cristal. Traía en el rostro también un cubreboca blanco, en forma de pico de pato, nunca había visto uno así. Hoy sé que es una máscara quirúrgica modelo FFP2. La doctora general aceptó recibirnos a los tres en una sola consulta. Nos hizo entrar y nos condujo por un pasillo hasta su consultorio. Por todos lados había letreros: “Si usted tiene tos, pida un cubreboca”.

Ya adentro, en su consultorio, lo primero que hizo fue abrir un cajón y sacar tres cubrebocas blancos. Nos pidió que nos los pusiéramos. Por supuesto, mi hijo de siete años estaba encantado de ponerse una máscara en el rostro.

Antes de sentarnos en las sillas, la doctora sacó unas servilletas de papel muy grandes y las colocó encima, para que no tuviéramos contacto directo.

Le explicamos nuestros malestares. Le aclaramos que no queríamos venir por la situación que vive el país y por no saturar el servicio de consulta, pero que ese día nos sentíamos peor y no pudimos conectarnos a la tele-consulta.

Nos auscultó a cada uno. Cuando usaba su estetoscopio para escuchar los pulmones, le ponía un pedazo de servilleta al aparato para que no hiciera contacto con nuestra piel. Era un poco raro. 

Lo primero que preguntó fue que si habíamos tenido fiebre, dolor de espalda o cansancio (esos son los primeros síntomas del COVID-19, además de la tos). Respondimos que no. Solo teníamos mucha tos y otros malestares relacionados a nuestro cuadro crónico.

Dijo que los síntomas del COVID-19 no se presentan igual, ni evolucionan de la misma forma en todas las personas. Esto vuelve impredecible a la enfermedad, pues hay pacientes en quienes en unos días el malestar desaparece con paracetamol, y en otros provoca neumonía e incluso la muerte. 

La doctora aclaró que si tenemos temperatura elevada (con más de 39 grados), dolor de cabeza, dolor de espalda, fatiga y dificultad para respirar, debemos llamar de inmediato al número 15 (servicio de emergencias).

El COVID-19 tiene un periodo de incubación muy largo, de 2 a 14 días después del contagio. Algunos pacientes no presentan síntomas de forma simultánea y el cuadro clínico puede confundirse con un resfriado. Durante ese periodo, los pacientes pueden transmitir fácilmente el virus a otras personas, con solo sostener una conversación o intercambiarse objetos. Yo trabajo en un colegio con 360 alumnos, no me imagino con cuántas personas me crucé en la última semana.

Hace unos días, el presidente Emmanuel Macron ordenó el cierre de las escuelas, la suspensión de toda actividad comercial no prioritaria y el confinamiento de la población. Afirmó que el país estaba en guerra, pero no contra un ejército, sino en una guerra sanitaria. Hasta este viernes, Francia tenía un récord de 12 mil 612 casos de coronavirus, de los cuales 5 mil 226 personas estaban hospitalizadas.

Sin embargo, a pesar de que este país tiene un sistema de salud mejor organizado que México, el coronavirus está fracturando los servicios sanitarios con el aumento diario de pacientes graves. En las últimas horas se sumaron 175 nuevos pacientes. En total, mil 287 personas. Muchos permanecen aislados y entubados por varios días hasta que su condición evolucione. Además, los equipos de reanimación disponibles son limitados.

Hace quince días, los muertos se contaban entre cinco y siete en total. Desde hace tres días las personas están muriendo casi por centenas. Este viernes fueron 78, el jueves 108 y el miércoles 90 decesos. En total se suman 450 muertos desde que comenzó la epidemia. Mañana seguramente habrá más. 

Recuerdo que hace unos días, los noticieros hablaban de que el país estaba reaccionando y que probablemente saldríamos mejor librados de esta crisis que Italia, que ya tiene más muertos por coronavirus que China. Hoy ya nadie hace esas comparaciones. Menos si vemos la curva de ascenso de contagios del país, que cada día se asemeja más a la de Italia de hace nueve días.

En medio de esto, no dejo de preguntarme cómo va a reaccionar el sistema sanitario tan limitado de México o Puebla, si reciben una oleada de coronavirus como la que vive hoy Europa. No quiero ser pesimista, pero seguramente colapsarían rápidamente. Me angustia.

El sonido de alarma

Entre el 17 y 21 de febrero en la comunidad de Mulhouse, situada en el Gran Este, cerca de la frontera con Suiza y Alemania, ocurrió un fenómeno particular.

Un evento evangélico reunió a más de 2 mil fieles de todas las regiones del país, incluyendo las islas: La Reunión, Las Antillas Francesas y Corsica. En esos tres días, los fieles de la iglesia evangélica –entre personas de todas las edades, incluyendo niños– se reunieron en un solo lugar: se abrazaron, se tomaron de las manos, cantaron juntos, rezaron, convivieron.

Unos días más tarde, varias regiones comenzaron a reportar los primeros casos de COVID-19 relacionados con ese evento religioso. A partir de este acontecimiento no ha habido retorno. Hoy el Gran Este es la zona más impactada de Francia y el servicio médico está completamente desbordado.

Los enfermeros han lanzado un grito de alerta. Están furiosos. Hace tiempo tenían carencias y la epidemia de coronavirus ha empeorado todo. No tienen suficientes cubrebocas y el personal se está contagiando.

Un hospital del Gran Este canceló la apertura de una unidad de atención médica, porque el personal de enfermería que se ocuparía de atenderlo se contagió de coronavirus. En los hospitales de París la situación no es diferente, al menos 56 enfermeros están infectados. Lo mismo en la comunidad de Tulle, al sudoeste de Francia. El problema se repite en todas las regiones del país. Y lo peor es que muchos enfermeros deben continuar trabajando en estas condiciones, porque el sistema hospitalario está al borde de la ruptura. 

Aun así, mientras los médicos y enfermeras se baten por salvar la vida de los pacientes, y a pesar de que está prohibido salir de casa, algunos franceses desobedecen la orden. Se pasean por las calles parisinas, incluso algunos portando guantes quirúrgicos y cubrebocas. Porque, según ellos, no pueden quedarse encerrados en su apartamento de 15 metros cuadrados.

Foto: Suzana de los Ángeles

Esta actitud arrogante ha enojado a los enfermeros, como a Geneviève, del departamento de “Les Deux-Sèvres”, en el centro oeste de Francia, quien exigió a la población dejar de banalizar la epidemia del coronavirus y quedarse en su casa.

“No es una gripe, no es una varicela, esto está matando a las personas […] La mejor forma de ayudar al personal de enfermería es quedándose en su casa […] De qué sirve que aplaudan desde su ventana, si es para salir más tarde a visitar a sus amigos”.

Durante el tiempo que duró nuestra consulta médica, la doctora se mantuvo a más de un metro de distancia de nosotros. Excepto cuando nos auscultó. En todo momento evitó tocarnos directamente. No quiso tomar la tarjeta médica de seguridad social (carta vital), ni el cheque por el pago de la consulta. Lo metí en un sobre que ella tenía, lleno de cheques.

No nos ordenó que nos practicaran el test de coronavirus porque nuestros síntomas aparentemente no lo ameritaban. En Francia nadie puede practicárselos por su cuenta, como en México. Es obligatorio una orden médica y solo se le hace a los pacientes graves. En las últimas 24 horas han practicado más de 5 mil pruebas de coronavirus en el país.

La especialista nos recetó varias cajas de paracetamol y jarabes. Fue muy enfática al decirnos que no debíamos salir de la casa, ni tener contacto con nadie, pero no nos aclaró si teníamos o no el virus.

Foto: Suzana de los Ángeles

Cuando salimos de su consultorio, supongo que la doctora aplicó desinfectante en su escritorio y en las sillas donde nos sentamos. No me extrañaría. Estamos en la fase 3 de la epidemia y cualquier persona puede tenerlo y no mostrar síntomas. Cuando nosotros llegamos a la casa, nos lavamos las manos y nos cambiamos de ropa.

Mi hijo y mi marido siguen tosiendo, pero no tienen fiebre, ni dolor muscular; mientras que yo he mejorado del dolor de garganta y me siento mucho mejor. 

Pasamos el día siguiendo el planning escolar que preparó la maestra de mi hijo para que no se atrase en sus clases. Hacemos pequeñas pausas con recreaciones en el jardín para que el niño tome aire. 

Mi marido llama frecuentemente a su amigo que vive solo y se ocupa del jardín. Como buen estadista, todos los días actualiza sus curvas exponenciales del número de muertos por coronavirus en Francia, España e Italia, para de alguna forma prever cuándo llegaremos al pico máximo de decesos. Yo me concentro en mis artículos, y en mis clases para obtener mi permiso de conducir. 

Con esta epidemia, tenemos más preguntas que respuestas. ¿Estaremos infectados de COVID-19 o solo es un simple resfriado que atrapamos en el peor momento?

* Suzana de los Ángeles es periodista poblana. Vive en Francia.

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