Mujeres, audiovisual y modelos culturales
Alonso Pérez Fragua explora cómo impacta la condición de mujer en el consumo a través de plataformas de streaming, principalmente Netflix
Por Alonso Pérez Fragua @fraguando
05 de marzo, 2020
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Alonso Pérez Fragua

@fraguando

Las diferencias producto de la edad y el género son dos puntos que me interesa explorar en mi estudio sobre consumo de audiovisual a través de plataformas de streaming en Francia. Aunque la investigación sigue en curso y concluirá a finales de este mes, me parece que la coyuntura es ideal para compartir un poco de las experiencias que he recogido hasta el momento, así como algunos datos generales que me parecen sumamente interesantes.

Al haber creado un cuestionario electrónico que compartí a través de redes sociales y la lista de difusión de la universidad, no fue ninguna sorpresa que de las 934 respuestas que obtuve, 764 (81.8%) fueron de personas nacidas entre 1996 y 2005. Sin embargo, lo que me sorprendió mucho fue la participación de las mujeres: 768 contra 166, es decir 82.23% contra 17.77%. Esto no quiere decir que las mujeres consuman más audiovisual a través de streaming que los hombres, sino que están más dispuestas a hablar sobre ello. Al comentar sobre esto a través de mi cuenta de Twitter, la experiencia de Víctor Hugo Reyna, miembro del Sistema Nacional de Investigadores, coincidía con la mía:

Gracias a esta primera encuesta cuantitativa, seleccioné a los y las participantes de una segunda etapa, de carácter cualitativo, que es la que está en curso. En ella, como lo indiqué al principio, exploro, siempre que es pertinente, cómo impacta la condición de mujer en el consumo a través de plataformas de streaming, principalmente Netflix.

Lo que me han compartido C. y V., ambas nacidas entre 1960 y 1980, me parece digno de reproducirse a continuación.

C.

Enfermera y madre de familia, C. vive en la región de Nueva Aquitania, cuya capital es Burdeos. Además de su trabajo y sus responsabilidades familiares, C. estudia una licenciatura en Filosofía a distancia. 

Su jornada empieza a las 6 de la mañana. De 9 a 5 se encarga de atender a los niños que acuden a la enfermería de la escuela donde trabaja, ubicada en una zona popular al norte de Girona. A las 6 p.m., cuando regresa a casa, se encarga de ayudar a su hijo más pequeño con la tarea y luego prepara la cena. A las 8:30 p.m., una vez que toda la familia ha cenado y que ha supervisado que los niños se hayan cepillado los dientes y estén listos para dormir, C., en caso de no estar demasiado agotada, se dedica a sus estudios hasta las 10:30 o a leer en la cama una buena novela. En cambio, “si veo que estoy en verdad muy cansada y que no tengo ganas ni de estudiar ni de leer, ahí es cuando pongo Netflix”. 

En general considera que el ver la televisión es una actividad pasiva, en oposición al esfuerzo mental que le exige la lectura y los estudios. Paradójicamente, dice, en estos últimos meses se ha dedicado a ver la serie Orange Is The New Black (OITNB) y lo que debería ser un momento para que su cerebro “se apague”, se transforma en un ejercicio que la mantiene atenta por horas, reflexionando sobre la sociedad estadounidense, la convivencia en una cárcel, las relaciones entre mujeres de distintos entornos sociales, el racismo… Al final, confiesa, “sin importar la serie, mi problema es que no sé parar”.

El retrato de C., como lo tengo armado por ahora, quizá no muestre una imagen particular del consumo actual de streaming, o al menos no revela prácticas que se alejen de manera importante de aquellas que existían antes del surgimiento de Netflix y de plataformas ilegales usadas en Francia como Papy Streaming o Cacaoweb. Fuera de su consumo de OITNB – una de las primeras series originales de Netflix – no hay muchos elementos que podamos considerar parte de la “era del streaming”. Su rutina entonces es muy similar de aquella presente en los modelos de la mujer del siglo XX y XXI: trabajo fuera de casa, trabajo doméstico – supervisión de hijxs incluido –, pasatiempos y otras responsabilidades. Quizá lo que interesante aquí es ver cómo ejerce el control sobre su consumo gracias a las posibilidades del streaming: C. decide qué ve, cuándo lo ve, y por cuánto tiempo.

Foto: Pxfuel

V.

En lo que comparte V., por el contrario, encuentro situaciones y comentarios más reveladores en muchos sentidos.

Dependiendo del día de la semana, esta mujer que habita la región de Occitania, en el sur del país, habla de su consumo de Netflix basado en la presencia-ausencia de su familia, así como los gustos de su esposo. Por ejemplo, los martes regularmente regresa de trabajar alrededor de las 4:30 de la tarde y he ahí “la felicidad absoluta: estoy sola, sin hijos ni marido, durante una hora. Me planto frente a Netflix con una bebida fría o caliente, según la estación, y aprovecho para ver un episodio en la tele de la sala”. 

En su práctica nocturna de cualquier día de la semana, “mi decisión sobre [lo que veo en] Netflix pasa a segundo plano: tengo que escoger una película que le convenga a mi marido porque no soporta las series que yo veo, pues le parecen muy violentas o no les entiende (dice que hay muchos flashbacks, por ejemplo).” Algunas de las series que ve son Ash vs Evil Dead, Van Helsing, American Horror Story y su favorita del momento, Outlander, la única más o menos “romántica” de su repertorio. A pesar de la opinión del marido sobre lo violento de sus selecciones, lograron ver juntos, entera, Breaking Bad, así como The Walking Dead, aunque una opción como Altamar es más cercana a los gustos de él.

“Los domingos aprovecho que mi marido duerme la siesta para ver lo que yo quiera en Netflix. Una vez que se despierta, se la pasa navegando Internet en su computadora y a ver conciertos en YouTube. Como es un poco sordo, incluso con los audífonos puestos tiene que subir tanto el volumen que acaba por invadir todo la sala y yo renuncio a seguir viendo la televisión.

“De la casa, yo soy la única que no tiene su propia computadora. Lo único que tengo es una vieja tableta que ni siquiera tiene capacidad para Netflix. Hasta la navidad pasada, mi celular era un vejestorio, así que mi único medio de acceso a Netflix era la televisión de la sala, donde todo mundo pasa constantemente, interrumpiendo lo que veo (ah, cómo olvidar esos momentos cuando pienso estar tranquila a las 11 de la noche y el niño me sale con “mamá, ¿qué hace ese señor con su pajarito de fuera?” “¿Y qué haces fuera de la cama?” “Es que tengo seeeed, mamá…). Pero todo eso se acabó gracias a mi nuevo teléfono: así puedo ver lo que quiera, tranquila en mi cuarto. Una de mis compañeras de trabajo me ha platicado que acaba por censurar lo que quiere ver incluso en su celular, cuando sus hijos están en casa. Los niños tienen esta tendencia a molestar a sus madres a causa de su curiosidad natural por saber qué vemos, entonces, la mamá acaba censurando lo que ve, y en la noche, con el marido, tampoco se atreve a decir que quiere un poco de tiempo a solas consigo misma. El resultado es que la mujer acaba sin poder ver lo que quiere.”

El retrato de V. se completa cuando comparte que esos momentos a solas para ver lo que quiere acaban por hacerla sentir culpable “a pesar de que sobre mí recaen casi todas las tareas domésticas, además de lo que implica mi trabajo y el estar al tanto de los horarios de mis hijos, mientras que mi marido se pasa los fines de semana y las tardes frente a la computadora. Él tiene el mismo tipo de trabajo que yo y casi los mismos horarios. No es que esté saturado de trabajo. Además, mi salario es un poco más alto que el suyo y yo tengo un poco más responsabilidades que él en mi trabajo. Y a pesar de todo lo que hago, yo misma me limito a ver lo que quiero por el temor de parecer una floja frente a él que no levanta ni un dedo en la casa”.

Para colmo, “luego evito hacer muchas cosas en la casa cuando él está para que no se sienta incómodo. Entonces no veo Netflix, pero tampoco hago todo lo que tengo que hacer en la casa para que no se sienta incómodo… Con mis amigas hablo de esto y no soy la única que vive esta situación.”

“El domingo pasado mi marido salió a caminar y yo vi Netflix todo el día, y aun así, ¡si vieras la cantidad de cosas que hice en la casa! De hecho, ay, ahora que lo digo, te tengo que dejar porque tengo mucho quehacer pendiente”.

El streaming puede ofrecer mayor control sobre nuestro consumo de producciones audiovisuales, lo mismo que otros productos y tecnologías predican desde hace mucho que “liberan” a la gente de esto o aquello. Sin embargo, los modelos culturales seguirán ahí, incidiendo en qué o cómo hacemos las cosas (o no) y, sobre todo, en cómo nos sentimos al respecto.

*Foto de portada: Pxfuel

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Alonso Pérez Fragua
Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando.