Marzo del 2020…tengamos otra oportunidad

Marzo del 2020…tengamos otra oportunidad

Foto: Marlene Martínez
Dra. Laura Angélica Bárcenas Pozos | Espacio Ibero

La vida sigue durante el distanciamiento social por el COVID-19 y estamos ahora llevando a cabo nuestras actividades laborales desde nuestras casas y lo haremos por al menos un mes, para que el país y todo lo que habíamos planeado al inicio del año no se venga abajo. Ahora mismo he estado en comunicación con un par de colegas para resolver asuntos de nuestras agendas laborales desde la comodidad de nuestros respectivos hogares, por otro lado, he estado preparando los cursos que tengo con mis alumnos para que lo podamos hacer en línea y la verdad estoy sorprendida de la cantidad de herramientas que han surgido en los tres últimos años, fecha en que ofrecí mi último curso en esta modalidad.

Pero antes de seguir con esto, pienso y he platicado con mis parientes todo lo que ha sucedido en estos últimos meses. Desde los tristes acontecimientos en Torreón, los feminicidios de Fátima e Ingrid, de los que ya nadie habla en este momento, pero hace pocas semanas estaban siendo el motor del hartazgo de las mujeres de este país, que salieron a las calles a exigir respeto el 8 de marzo y al día siguiente callaron y se encerraron para que los hombres reflexionaran sobre qué pasaría si un día nos desaparecen a todas, o al menos, si desaparece su hermana, su hija, su madre, su esposa, su amiga…

Foto: Alfredo González

Hasta lo que sucedió el domingo de carnaval, aquí no lejos de Puebla, en Huejotzingo, tres jóvenes estudiantes de medicina fueron asesinados junto con el chofer de Uber que había ido a recogerlos después de disfrutar de un día de fiesta. Ximena y José Antonio, que eran colombianos, pero hacían su residencia como médicos, así como Francisco Javier originario de Veracruz también médico residente; y Emmanuel el chofer de Uber, todos jóvenes, menores de 30 años y gente de bien que estaba buscando una forma de crecer y ser mejor para servir a los suyos.

Estos jóvenes, fueron a ver y sentir una de las prácticas culturales más ricas y populares que hay en nuestro territorio y después de la fiesta, el baile, los disparos de pólvora y de, me imagino, una breve confrontación pública por el sombrero que llevaba Ximena, los alebrestados delincuentes, tuvieron la idea de asesinarlos porque ella no se dejó arrebatar el sombrero azul que llevaba. Esto llevó a muchos estudiantes en Puebla y en todo el país a salir a las calles a reclamar a las autoridades que les den seguridad, para divertirse, pero también para estudiar, pues muchos de ellos son blanco fácil de los asaltantes que les quitan sus pertenencias cuando van de su casa a la universidad y viceversa o de los terribles delincuentes que les arrebatan la vida por cualquier excusa.

Así que los primeros días de este mes, lo que vimos fueron marchas, bien organizadas y planeadas para exigir seguridad, encierros bien organizados y planeados para exigir seguridad (¿otra vez?) sí otra vez, las mujeres de todas las edades nos encerramos para hacer escuchar nuestro reclamo de seguridad, pero también respeto y tolerancia a la diferencia. Ni en uno, ni en el otro caso queremos morir, ni que nuestros hijos e hijas mueran. Pero al fin, y eso lo veo como una ganancia, hemos sido escuchados por las autoridades. Los estudiantes lograron negociar seguridad con el gobierno del estado y las mujeres han logrado que se reconozca que tenemos una sociedad violenta y machista que mata a sus mujeres por cualquier cosa. Tenemos una sociedad enferma, que no está dispuesta a tolerar, limitarse, asumir consecuencias y si cree que correrá riesgos, asesina.

Foto: Marlene Martínez

Y ahora tenemos el COVID-19 tocando a nuestras puertas, recorriendo nuestras calles amenazándonos con entrar a nuestros cuerpos, enfermarnos y minarnos la salud hasta vernos muertos. Y ante esta diminuta amenaza que está fuera de nuestro control y de la que no podemos defendernos, ni advertirla a tiempo, nos encerramos, dejamos de ir a sitios concurridos o cerrados, dejamos de mover nuestra economía, esperando que no nos vea, que no nos toque, que no se nos meta adentro y que no nos mate.

Todo en este marzo 2020, y todo tiene que ver con la muerte, con la fragilidad humana, que me hace pensar que cada vez que salimos de nuestras casas, tenemos más probabilidades de morir, que de regresar con vida y sin embargo, cada noche cerramos los ojos con la esperanza de abrirlos para enfrentarnos nuevamente con la muerte al día siguiente.

Pero esto no es todo, todavía nos queda recuperarnos del desastre económico que traerá la pandemia. Cuando volvamos a salir a la calle (si sobrevivimos) tendremos que ver cómo volvemos a poner la máquina social, económica y política en movimiento, para seguir con nuestras vidas, para seguir teniendo posibilidades de disfrutar de nuestras vidas, de los otros a los que queremos, de las cosas bellas que la naturaleza nos ofrece y que hemos creado como humanidad. Pero no para matarnos, no para destruirnos, así que, a pesar de la muerte, pienso que la pandemia es una oportunidad para perdonar, para dejar nuestros rencores a un lado, para reconstruirnos como humanidad.

 

La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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*Foto de portada: Marlene Martínez

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