Macario en la pandemia

Macario en la pandemia

Foto: Are Morgado
Julio Broca

I

En el pueblo hay una enfermedad nunca antes vista. Ya comenzaron las supersticiones: que solo mata a los ricos, a los que se creen, etc. Macario vive como siempre ha vivido. No hay diferencia. Sus antepasados –todos y algunos de sus hijos– han muerto de enfermedades perfectamente curables y bien conocidas. Es joven, aún ni se le ocurre que le encantaría comerse un pavo entero. De pasada, en la plaza –sin querer– escuchó que el doctor a cierta distancia decía al patrón: —Es un virus nuevo Julián, aún no hay tratamiento—. Al patrón se le borró la sonrisa de la cara. 

A Macario la noticia no le hace diferencia; nueva o vieja la enfermedad, él no tiene pa’ doctor. Recordó la infección que mató el año pasado a Clarita, su hija menor. Esa no era enfermedad nueva, los remedios para curarla existían; para Macario más que de futuro o pasado las medicinas son cosa de utopía. Alcanza a escuchar otra palabra del doctor que doblega al patrón como si le hubiera caído una lápida encima: —¡Cuarentena, Don Julián, como en Europa!—. Cuando más tarde a Macario le quedó claro el significado se empezó a reír. —¿Cuarenta días sin trabajar? Eso y morirse es lo mismo—. En su mundo uno se enferma de veras una vez y nunca más. Se aleja de la plaza con un raro sentimiento de que hoy el dueño de la hacienda por fin tiene algo en común con él. 

II

Caminando pa’ la hacienda se entrega Macario a más cavilaciones. Sin querer, una imagen fantasiosa le aparece en la cabeza: hay un gran baile de salón, él mira por la ventana. Todos empiezan a flotar, se elevan. El pecho henchido y sonrosado de las señoritas y las señoras se agita excitado, como si de allí mero las pescaran para levantarlas. Igual los distinguidos caballeros; todos extasiados, los ojos cerrados, se entregan a la abducción. Ya flotan muy arriba en el salón, en las espesas alturas de la gloria cuando de repente se rompen la nariz con el techo.

Se le quedaron pegadas las palabras “virus nuevo”. Le parecía extraño que eso le sonara como “huracán”, “terremoto”, “via crucis”; en sus largas caminatas su imaginación se desbocaba relacionado las cosas más disímiles. Ahora siente Macario que en la naturaleza hay algo más que la abundancia, esa que él cosecha y le arrebatan de las manos. Siente que la naturaleza ahora es como Jacinto, su compadre que el año pasado se quedó sin su ahijada Clarita.

Esa niña que era parlanchina y toda alegría, un día dejó de hablar, se agarraba el vientre y se doblaba a llorar en silencio. Luego le empezaron las calenturas. Los delirios le regresaron lo parlanchina. Era tan transparente que escucharla era como ver un libro abierto que se ha leído tantas veces que se reconoce renglón a renglón. A todas sus historias casi podía ponerles fecha y lugar Lupita, su madre. Por eso supieron lo que le pasó, porque era la única historia que no conocían pero tenía perfecta fecha y lugar. El anterior capataz, Lucrecio, la había atacado en despoblado un día que regresaba de llevar un recado al pueblo. El daño fue invisible pero profundo e infeccioso. El día del funeral, su padrino Jacinto le dijo a Macario: —Yo me encargo—. Y decidió actuar por su propia cuenta, insobornable, inexorable, como huracán o terremoto. Se escapó después de matar a Lucrecio. No se ha sabido nada de él.

Ya va a medio camino Macario; hace varios kilómetros se le pegó una perra negra. Sus ladridos lo sacan de sus pensamientos. Se aproxima una carreta. Por primera vez en la vida le saludó el patrón pero viendo pal’ cielo, como si alguien lo mirara desde allá arriba y tuviera que demostrar algo. Pero no había nadie. Estaban en medio del campo. A la perra negra no le cayó en gracia el saludo porque no dejó de ladrar iracunda hasta que el vehículo se perdió de vista. 

Foto: Are Morgado

III

—Pinche desertor, ¿dónde andabas?— Salazar, el nuevo capataz, sobrino de Lucrecio, se está tronando las manos y continúa con el reproche. —Hace horas que llegó el patrón y tú de pata de perro—. Salazar lo detesta. No soporta cómo lo mira. No puede decir que es una mirada desafiante, no mata una mosca. A Macario nadie le cree, pero ha visto cómo a la hora del crepúsculo a Salazar los ojos se le separan, se le botan, cada uno se mueve pa’ donde quiere, se le tuerce la boca, se agarra la cara con las manos crispadas como si tuviera dos personas dentro y blasfema. Con lo del catarro del patrón se ha vuelto más cruel y en lugar de dos personas parece que tiene tres: un chacal, un buitre y una carroña. Salazar ya hace planes, la debilidad cada día mayor del patrón le hace imaginarse como su sucesor.

Allá en la casa grande, Don Julián sigue de malas. Está en cuarentena. Aun así viene y llama a Salazar. Algo le va a decir muy de cerca Don Julián cuando se estremece, intenta en vano contenerse y la tos se le atora en un estornudo como trueno. El capataz ni pestañea, tiene toda la barba perlada de minúsculos destellos escarlatas. El viento yermo y caliente de la sequía le hace el favor de evaporarlos antes de que pueda limpiarse. Macario que está ahí cerquita barbechando, sin pensar dice: —Salud—. Le miran de reojo. Cuando Don Julián se dirige al capataz para disculparse mientras se suena la nariz, por fin sabe Macario qué tiene en común con el patrón cuando le oye decir: —Disculpe usted Salazar, pero es que hoy, cada día que acaba, amenaza con ser mejor que el de mañana—.

SIMILAR ARTICLES

NO COMMENTS

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.