El Hoyo: distopía española… hipnótica y corrosiva
El Hoyo es la ópera prima del español Galder Gaztelu-Urrutia, y se ha convertido en la reciente fascinación dentro de Netflix
Por Héctor Jesús Cristino Lucas @
26 de marzo, 2020
Comparte

El Hoyo (2019) / Foto tomada de YouTube

Héctor Jesús Cristino Lucas

¡Ah, pero qué alegría! ¡Qué tremenda alegría! Cuando el cine sci-fi de la gran pantalla se ha visto rebasada, cuando ha enmudecido sin pizca alguna de innovación y creatividad; que Underwater esto (2020), que la horrenda Avengers: Endgame (2019) aquello. En el fondo, muy pero muy en el fondo… el género aparece a través de su vertiente más indie para dar cátedra absoluta de cómo volver a hacer buen cine de ciencia ficción, en esta decadente era repleta de remakes, reboots, secuelas o películas de superhéroes. 

Y si algo hemos aprendido, es que el cine independiente del siglo XXI, con esa espontaneidad que le caracteriza, nos ha entregado auténticas delicias en pos de superar incluso las grandes ligas.

Desde la interesante cinta de James Ward Byrkit sobre paradojas espacio/tiempo: Coherence (2013), hasta otras, más complicadas como Primer (2004) de Shane Carruth con el complejísimo concepto de viajes en el tiempo, pero llevado al campo de la ciencia ficción dura. Desde seres robóticos que superan los niveles de la inteligencia artificial con Ex – Machina (2015) de Alex Garland, hasta universos cíclicos imposibles de escapar como en The Incident (2014) del mexicano Isaac Ezban.

Leer / Las 10 mejores -y poco conocidas- películas indies sci-fi de nuestro siglo 

Demostrando con todas y cada una de ellas el gran poderío del argumento muchísimo antes que del propio presupuesto. Y eso es lo mismo que nos enseña ahora la galardonada en el pasado Festival de Sitges 2019. Nada menos que la ópera prima del español Galder Gaztelu-Urrutia, que se ha convertido en la reciente fascinación dentro de la plataforma Netflix: El Hoyo.

En medio de esta crisis sanitaria global, una película distópica que parece inscribirse dentro de las claves más básicas de la ciencia ficción minimalista le ha volado la cabeza a más de uno por tratarse, para el beneficio de los que amamos este género, un tesoro perdido en un mar de basura.

Recuerdo que, durante su paso por festivales, cuando el tráiler llegó a estrenarse, hubo quienes se adelantaron a criticarla como un despropósito que se valía de algunos argumentos muchas veces ya vistos en la historia del cine para crear una suerte de refrito español que poco o nada podía ser capaz de añadir a esta interesante vertiente… pero qué equivocados estaban. 

Si bien es cierto que El Hoyo toma prestado elementos y premisas ya existentes dentro del género, como, por ejemplo, el minimalismo claustrofóbico de colocar en un solo escenario a diversos personajes que deben resolver ciertos acertijos para lograr escapar, como podría ser la magnífica Cube (1997) de Vincenzo Natali o la aterradora Saw (2004) de James Wan, también evita a toda costa en volverse la imitación por la imitación para empezar a innovar.  

La idea de un reclusorio compuesto por diversos niveles infinitos donde cada piso es compartido por dos prisioneros que deben aprender a sobrevivir entre ellos, mientras una enorme plataforma de comida beneficia a los primeros pisos, mientras que, a los de abajo, los deja prácticamente sin comida, funciona de distintas formas en El Hoyo si las comparamos con las otras películas. 

Mientras Vincenzo Natali y James Wan usaban estos recursos para crear cierta sensación de miedo y claustrofobia en pos de cintas plenamente de horror y vísceras, Gaztelu-Urrutia aunque de forma más sutil, usa la idea como una gloriosa forma de distopismo capaz de mezclar recursos filosóficos que van desde la magnífica obra de Sartre A puerta cerrada (1944), sobre “el infierno son los otros”, soportándonos eternamente, hasta la ya usadísima premisa de “la eterna lucha de clases” para hacerla más simbólica.

Algunos críticos también han señalado que El Hoyo parece basarse en muchas películas que han usado esta teoría como modelo narrativo para exponerlo a través de interesantes escenarios. 

Ya sea con una utópica ciudad en las nubes donde los ricos pueden acceder a ella simplemente por ser ricos, como en Elysium (2013) de Neill Blomkamp… o con la interesante alegoría de Snowpiercer (2013) de Bong Joon-ho sobre un inmenso tren que recorre el mundo luego de que el calentamiento global destruyera la Tierra, privilegiando a los multimillonarios con los vagones de enfrente mientras a los pobres les tocan los sucios y apestosos vagones de atrás… 

No obstante, lejos de que la cinta de Gaztelu-Urrutia pretenda convertirse en una suerte de Cube (1997) mezclada con Snowpiercer (2013), como muchos ya la han categorizado despectivamente en diversos blogs de cine -incluyendo de “intelectualoide y pretenciosa”- rompe la regla de manera casi exquisita para no terminar cayendo en la típica premisa baratera que han usado estas películas con el clásico: “los ricos siempre son malos, y los pobres siempre son buenos”.

Como de forma exquisita también innovó otra película de Bong Joon-ho, Parasite (2019), para enmendar aquel error con el que fue dotada su cinta distópica Snowpiercer. Ya que, al mostrarnos ambas perspectivas, con ambos escenarios, descubrimos ciertamente que no hay ni buenos ni malos en este sistema que parece beneficiar a algunos cuantos… solo meros supervivientes haciendo lo suyo. He ahí la grandeza de una película como la ganadora de los Academy Awards 2020. 

Leer / Parasite, sobre aquella eterna lucha de clases

Pero El Hoyo se dirige por otro camino, más peliagudo e ingenioso que el que hayamos visto antes en la historia de la ciencia ficción distópica. Tanto que se deslinda más temprano que tarde de ser una copia o de no tener por supuesto, personalidad propia.  Porque si bien parece que en cualquier momento la alegoría de la lucha de clases será exactamente la misma que en otras películas, de pronto te sorprende con un giro argumental realmente brillante.

Uno que te repite, que te demuestra y que te detalla, con la crudeza más agónica del horror social, que no importa si eres de un nivel más alto o más bajo que los demás… porque cada mes los personajes serán intercambiados al azar con el fin de que todos gocen o sufran en esta ruleta rusa de eterna supervivencia. Que todos disfruten de la comida cuando les toca el nivel 3 o 6, pero que también se horroricen si de pronto les toca el nivel 333. 

De aquí que este sistema de “empatía” dentro de un futuro tan distópico como utópico -juzgaos por vuestra propia cuenta- nos permita estar dentro de los zapatos de los menos beneficiados, pero también que nos condene al éxito de aquellos, “los de arriba”, que más tienen. 

Una prisión, ciertamente, que te transporta a su manera al infierno o al paraíso, pero también al purgatorio. Porque desde luego, “los de clase media alta o media baja”, que apenas sobreviven con las sobras de este desquiciado sistema penitenciario, también adquieren un poderoso pero inquietante papel. 

El Hoyo (2019) / Foto tomada de YouTube

A la par que funciona de maravilla como una metáfora de nuestros tiempos. El Hoyo pretende describirnos las diversas reacciones de la humanidad ante los desastres y los problemas, sea de la índole que sea, para que el espectador también se cuestione, en una suerte de reflexión personal, qué estaría dispuesto hacer ante un conflicto de semejante calaña. ¿Ayudar al prójimo, sobrevivir por tu cuenta o pasar por encima del menos dichoso? 

El encanto de la película es que esconde también un glorioso humor negro que radica en la ingenuidad de nuestras propias respuestas; en el absurdo del sentido común porque cada personaje obtendrá lo suyo. Y las reglas y principios dejarán de serlo cuando la adversidad los empuja a la mera supervivencia. Qué fantástico y qué divertido sentido del humor. Sobre todo, de aquellos que pretenden ayudar a los menos afortunados y son tachados de manera irónica como “comunistas”. Y ya sabes lo que dicen, “nadie escucha a un comunista”. 

Por otro lado, la calidad técnica es una puta maravilla. Tanto los efectos especiales, el montaje o su fascinante fotografía que no tienen que envidiarle nada a otras cintas norteamericanas que mucho llenan, que mucho impactan, pero poco proponen. Porque al igual que se jacta de usar efectos digitales, también se vale de otros más prácticos para dotarle de cierto realismo.

Por un lado, el portentoso CGI que facilita a nuestros ojos captar las inmensas dimensiones de esta extraña instalación junto a una plataforma metálica que va bajando sin pizca de tecnología existente al menos para nuestros tiempos; y por el otro, el excelso trabajo, tan estético como delirante de toda esa comida que se sirve en un exquisito y surrealista manjar no solo efímero tras cada nivel al que va descendiendo, también repulsivo pues se va degradando hasta llegar al punto de lo irreconocible.  

Recuerda incluso a aquellas escenas de banquetes tan tremendamente agradables para la vista, pero cuyo contexto, a manera de poderosas alegorías, las empujaban a la suciedad y a lo grotesco para dejar más en claro su mensaje, como en películas del tipo The Cook, the Thief, His Wife and Her Lover (1989) de Peter Greenaway o Le Grand Bouffe (1973) de Marco Ferreri, para mezclar temas como la muerte, el hambre, el exceso o el egoísmo. Perfectamente equilibrado con cada elemento. 

No obstante, son las actuaciones lo que de verdad debería impactarnos de esta alucinante película. Sobre todo, del primer dúo de actores que se componen por Iván Massagué y Zorion Eguileor haciendo de Goreng y Trimagasi respectivamente y que emula de hecho a la típica mancuerna simbólica de “juventud” y “experiencia” como en otras cintas de encierros del tipo The Lighthouse (2019) o Come to Daddy (2020) y que no hacen más que hacer una poderosa referencia a Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.  

Es decir, tan solo piénselo, Sancho Panza -Trimagasi- y Don Quijote -Goreng- dentro de esta locura de instalación enfrentándose constantemente al hambre y a la exhaustiva lucha de clases. ¡Cómo no quedar locos! Los malditos molinos de viento no son más que estos constantes y pesadillescos niveles, casi infinitos, de los cuales nunca sabes si saldrás con vida.

Por otro lado, también quisiera hacer una importante mención al espléndido trabajo del actor Emilio Buale en su papel de Baharat, un fiel creyente del Dios judeocristiano que además de dotar de importantes simbolismos religiosos a esta peculiar historia, también le inyecta cierto dinamismo que cambia el transcurso de la película una vez que aparece.  

Y es que tenemos que admitir un punto importante en pos del beneficio objetivo de esta crítica. Guiño, guiño*. Pese a que la película en términos generales realmente es espléndida e interesante, sufre de ciertos bajones a causa de algunas subtramas que no terminan de cuajar del todo como producto final. 

El Hoyo (2019) / Foto tomada de YouTube

Desde el asunto del perro y el cáncer que nos viene a contar el personaje de Imoguiri -que por supuesto interpreta la actriz española Antonia San Juan- hasta la nula y poco interesante aventura de Miharu -Alexandra Masangkay- que termina quedando en el aire como una suerte de elipsis malintencionada. 

Y es que concuerdo con muchos críticos en que en realidad todos los cabos sueltos de esta película no fueron cerrados porque se les acabaron las ideas. Incluso se nota que quisieron alargar el argumento con ciertas subtramas que poco o nada terminaron aportando a su premisa central… haciéndola un tanto inconsistente. Sobre todo, con su desenlace, que lejos de aplicar la típica jugarreta de “la libre interpretación”, deja insatisfecha a su audiencia porque jamás le dieron una resolución a ninguna trama. A ninguna. 

Pero seamos justos, eso no le quita que El Hoyo sea la gran película de ciencia ficción ganadora del Sitges 2019. Porque vaya que se lo merece.  

Galder Gaztelu-Urrutia, pese a las limitaciones de la industria española y en pos del cine fantástico, nos ha entregado una interesante y reflexiva distopía justo como a lo haría la vieja escuela: apostándole al argumento antes que al presupuesto. 

El Hoyo (2019) / Foto tomada de YouTube

A través de un único e inquietante escenario su director te obliga, en una suerte de ejercicio empático, a estar en los zapatos de ambos lados de la balanza en esta monstruosa lucha de clases como no se había visto antes en la historia del género. Sin mostrar “villanos” o exaltar a “héroes”.  

Y pese a tomar prestados elementos propios de otras cintas -un poco de Cube (1997) por aquí, otro poco de Snowpiercer (2013) por allá- logra valerse de sí misma con identidad y estilo propio a un punto que innova sin la necesidad de llevar tu imaginario colectivo hacia otros referentes cuando instala su propio universo. Y eso, queridos padawans, es francamente complicado hoy en día. 

El Hoyo se gana su lugar predilecto dentro del cine fantástico indie pues propone y encanta al entendido del género con solo lo justo y lo necesario. Una imponente distopía española… hipnótica y corrosiva.

 

Sinopsis:

“En el futuro, los prisioneros se alojan en celdas verticales, observando cómo los presos de las celdas superiores son alimentados mientras los de abajo mueren de hambre. Una jungla de supervivencia donde solo hay tres tipos de personas: los que están arriba, los que están abajo y los que deciden saltar, incapaces de soportar esa agonía por más tiempo.”

 

 

*Foto de portada tomada de YouTube

Comparte
Héctor Jesús Cristino Lucas
Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com